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Relatos Ardientes

Me sometió y comprendí lo que siempre había querido

Tengo cuarenta y ocho años, soy contador, llevo veinte casado con Sandra y tengo dos hijos ya casi adultos. Durante toda mi vida fui incapaz de nombrar lo que me pasaba: esa sensación que empezaba en el pecho y bajaba hasta el vientre cada vez que alguien me imponía su voluntad. No era miedo. Era otra cosa. Una especie de alivio, como si en ese momento dejara de ser yo y pudiera descansar de todo lo que eso implicaba.

Sandra lo descubrió sola. Empezó con una broma, una orden lanzada en el tono equivocado, y vio que yo me quedaba quieto y obediente. Lo fue probando con cuidado. Luego sin tanto cuidado. Hoy sabe exactamente qué hacer para tenerme donde quiere, y yo no me imagino mi vida de otra manera. Pero había una fantasía que nunca le confesé, que ni siquiera me confesé a mí mismo durante mucho tiempo: quería que un hombre me dominara. Un hombre de verdad, grande, con manos duras y una voz que no admitiera discusión.

La historia que voy a contar ocurrió hace casi dos años, en el centro comercial más grande de la ciudad.

***

Era un martes a mediados de noviembre. Yo salía de una tienda de ropa con dos camisas en una bolsa cuando un hombre que caminaba detrás de mí empezó a gritar. Decía que le había robado la billetera. Me agarró del brazo y me giró con tanta fuerza que casi caí. Antes de que pudiera decir nada, su puño me impactó en la mandíbula. Luego otro golpe en el costado izquierdo. La gente se detuvo a mirar. Alguien gritó que llamaran a seguridad.

El hombre era enorme. Moreno, pelo negro corto, cuello ancho, hombros que parecían construidos uno a uno en el gimnasio durante décadas. Cuarenta y pocos, con una presencia física que llenaba el espacio a su alrededor. Me miraba con los ojos encendidos, completamente convencido de que yo era el ladrón. Yo estaba en el suelo con la mandíbula ardiendo y el corazón a cien por hora, y lo único que pensaba era que no debía pensar en lo que estaba pensando.

Porque mi cuerpo había reaccionado.

Llegó seguridad, llegó la policía. Pasamos todo el día en la comisaría. Yo estaba aturdido, con hielo en la cara, dando declaraciones en una silla plástica. Él esperaba en el pasillo con los brazos cruzados y cara de piedra. A las seis de la tarde trajeron al verdadero ladrón, un chico de veinte años que intentó escapar por las escaleras mecánicas con tres billeteras encima.

El hombre se llamaba Mauricio. Entró a la sala donde yo esperaba, se paró frente a mí y me extendió la mano.

—Soy un imbécil —dijo. La voz era grave, seca. No pedía disculpas: las afirmaba, como quien firma un documento—. Lo que te hice no tiene nombre. ¿Cómo estás?

—Bien —mentí.

No estaba bien. Tenía la mandíbula hinchada, el costado morado, y todavía sentía entre las piernas esa tensión sorda que no se me había pasado en todo el día.

***

Mauricio insistió en llevarme a su apartamento. Dijo que era arquitecto, que vivía a diez minutos, que tenía hielo y alcohol para desinfectar y algo mejor que el café aguado de la comisaría. No sé exactamente por qué acepté. Creo que sí sé.

El apartamento era amplio y ordenado, con estanterías de libros y planos enrollados apoyados contra la pared. Olía a madera y a algo limpio y masculino. Abrió dos cervezas y se sentó frente a mí en la mesa de la cocina. Me miraba de una manera que no terminaba de entender del todo: evaluando algo, midiendo, como se mide una distancia antes de trazar una línea.

Yo hablaba poco. Siempre hablo poco cuando estoy nervioso, y llevaba horas nervioso de una forma que no tenía que ver con el susto ni con el dolor.

—Tienes un corte encima de la ceja —dijo—. ¿Te importa si lo veo?

Se levantó sin esperar respuesta. Buscó algo en el baño y volvió con un botiquín. Se paró detrás de mí, muy cerca, y limpió la herida con una gasa húmeda. Sus manos eran exactamente como había imaginado durante todo el día: grandes, firmes, con esa precisión callada de alguien que sabe lo que hace y no necesita anunciarlo.

Sentí que algo se me apretaba en el pecho.

—Me queda algo de pomada —dijo mientras terminaba—. ¿Tienes más golpes?

—La espalda —dije.

No sé de dónde salió. Fue como hablar desde otro lugar. Levanté la camisa y le mostré el moretón que me cruzaba el costado izquierdo, ya oscuro y extenso.

Mauricio miró en silencio. Puso una mano sobre la zona dolorida con una suavidad que no esperaba de alguien tan grande. La presión era exacta, ni demasiado ni poco. Me dijo que me acostara en el sofá. Fui sin preguntar nada.

***

Sus manos empezaron en la espalda, siguieron por los hombros, bajaron por los costados con movimientos lentos y deliberados. Aplicaba crema con una calma que me desarmaba. Al principio era un masaje. Luego fue otra cosa. Poco a poco dejaron de ser los gestos de alguien que cura y pasaron a ser los gestos de alguien que explora.

Yo gemía sin querer. No de dolor.

—¿Te gusta? —preguntó. La pregunta era solo un trámite. Ya sabía la respuesta.

—Sí —dije. La voz me salió distinta, más baja, más suave.

Cuando sus manos llegaron a mis caderas, yo ya no pensaba con claridad. Cuando deslizó los dedos por debajo de la ropa interior y rozó el centro de todo, dejé de pensar directamente. El tiempo dentro de ese apartamento se había vuelto distinto al tiempo de afuera.

—Levántate —dijo. No como una pregunta ni como una sugerencia.

Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Era la primera vez que hacía algo así con un hombre. Me temblaban las piernas. Él se desnudó despacio, sin apartar los ojos de mí, y yo entendí que lo que había imaginado en secreto durante años no se había acercado ni de lejos a esto.

Era un hombre imponente. El tipo de cuerpo que se construye a lo largo de décadas, sin prisa pero sin pausa. Pecho amplio, brazos definidos, una línea de vello oscuro que bajaba desde el abdomen. Su erección era perfecta: larga, ancha, con venas que la recorrían de arriba abajo y una cabeza generosa que pedía ser tocada.

Me desnudó él. Fue paciente y brusco al mismo tiempo, una combinación que no sabía que existía. Me besó la espalda. Me besó el cuello. Las manos recorrieron mis nalgas con una familiaridad que me perturbó y me excitó en partes iguales.

Luego se sentó en la orilla de la cama y me atrajo hacia él.

—Arrodíllate —dijo.

Lo hice.

Lo que pasó a continuación fue lo más intenso que había experimentado en mi vida. Me tomé mi tiempo, aprendí su cuerpo con la boca y las manos, encontré el ritmo que él quería siguiendo las señales de su respiración y de los dedos que me guiaban por el pelo. Firmes sin lastimar. Controlando cada detalle sin un solo gesto innecesario.

Yo gemía. Él respiraba despacio, con ese autocontrol que me volvía loco. Le besé el interior de los muslos, le recorrí el vientre con la boca, volví a donde quería que volviera. Él me dejaba hacer y a la vez me dirigía sin decir casi nada, solo con la presión de esa mano enorme en mi nuca.

—Eres bueno —dijo al fin. Fue lo más cercano a un elogio que le escuché esa noche.

***

De un cajón de la mesita sacó un calzón de encaje negro. Lo sostuvo frente a mí sin decir nada. Yo lo tomé. Me lo puse sin que me lo pidiera dos veces. La tela era suave y fría y extrañamente cómoda.

—Acuéstate boca abajo —ordenó.

Puso una almohada debajo de mis caderas. Empezó a besarme las nalgas despacio, a lubricarme con paciencia, a hablarme al oído con esa voz baja que era más efectiva que cualquier grito. ¿De verdad lo quieres? ¿Estás seguro? Yo decía que sí. Yo decía que sí a todo con una voz que no reconocí como mía.

Cuando empezó a penetrarme, cerré los ojos. El dolor fue breve y agudo, y luego vino algo que no esperaba: una sensación de plenitud, de estar exactamente donde debía estar. Comprendí en ese momento por qué esta fantasía había vivido en mí tanto tiempo sin que me animara a nombrarla.

—Pídeme más —dijo.

—Más —dije—. Por favor.

—Trátame de usted.

—Más, por favor. No pare. Soy suyo.

Me sujetó por la cadera con las dos manos y tomó el control por completo. Yo gemía con la cara hundida en la almohada, incapaz de contenerme, sin querer contenerme. Era exactamente lo que había buscado sin saber que buscaba: rendirme por completo, sin reservas, sin tener que decidir nada, sin tener que ser nadie en particular.

—Soy su esclava —le dije con una voz que era femenina y suave y completamente mía—. Ordéneme lo que quiera.

Él lo hizo.

Eyaculó dentro de mí con una fuerza que me dejó sin aliento. Me quedé quieto un momento, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el mío, la respiración pesada y regular pegada a mi nuca. No dijimos nada. Después nos quedamos tumbados un rato, y yo comprendí que algo había cambiado de manera irreversible.

***

Volví tres días después. Luego a la semana. Luego empecé a perder la cuenta de las veces.

Mauricio me abría la puerta con la misma expresión de siempre: tranquila, controlada, casi aburrida. Eso era lo que más me perturbaba y me excitaba a la vez. Que para él yo era algo obvio, algo que había tenido muy claro desde el principio. No había protocolo ni conversación de cortesía. Entraba y él decidía dónde íbamos, cuánto tardábamos, cómo terminaba.

Me hice experto en conocer cada parte de su cuerpo. Sabía cuándo quería que fuera rápido y cuándo quería que me tomara todo el tiempo del mundo. Aprendí a leerlo en la manera en que ponía la mano en mi cabeza, en el ritmo de su respiración, en la tensión de sus muslos. Nunca tuve que preguntar nada.

Me cambió el nombre. En esos momentos yo era Sofía. Al principio lo dije en voz baja, casi avergonzado. Después lo decía con naturalidad, porque ese nombre era de alguien que no tenía que controlar nada, que no tenía que sostener nada, que podía simplemente estar.

A veces la dinámica cambiaba. Me pedía que lo penetrara a él, y entonces yo era quien tenía el control, y él tenía otro nombre: Daniela. Eso también lo aprendimos juntos, con la misma lentitud con que se aprende cualquier idioma nuevo.

Sigo casado con Sandra. Ella tiene sus propios secretos, y yo los míos. No sé si sospecha algo. No sé si le importaría. Lo que sé es que encontré algo que durante años no me animé a buscar, y que ya no puedo imaginar mi vida sin eso.

Hay cosas que uno aprende de sí mismo a los cuarenta y ocho años que nadie te enseña a los veinte. A veces hace falta un golpe en la mandíbula y un hombre de manos grandes para que todo encaje finalmente en su lugar.

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Comentarios (5)

LucasNocturno

tremendo relato!!! de los mejores que lei aca en mucho tiempo

GuilleNqn

Por favor una segunda parte, la historia recien empieza. Quede con demasiadas ganas de saber que paso despues!!

PatricioRos

Me gusto mucho como transmitiste esa sensacion de rendirse sin saber bien por que. Se siente autentico, no forzado.

elviajero_cr

Me recordo a algo que me paso hace años, esa mezcla de susto y curiosidad al mismo tiempo... muy bien descrito. Saludos desde Costa Rica

Facu_Cba

el inicio me enganchó de golpe, no me esperaba que continuara asi. tremendo

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