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Relatos Ardientes

El camionero que hizo historia en el cruce

Diallo Conteh estacionó su Volvo FH750 frente al Bar El Cruce poco antes del mediodía de un lunes. Era un hombre que imponía desde lejos: metro noventa, piel negra azabache, cuerpo fibroso con bíceps que tensaban la camisa hawaiana abierta sobre un pecho ancho. Llevaba pendientes de diamante, un aro plateado en la nariz y una cadena de oro gruesa de la que colgaba un medallón. En los vaqueros ajustados se marcaba lo que las malas lenguas ya llamaban su leyenda. Lo apodaban la Máquina.

Llevaba dos años sin pasar por la zona este. Ahora le tocaba una semana y media recogiendo fruta en los almacenes de Frutasa y llevándola a la nave central: unos doscientos kilómetros diarios. El cruce le quedaba a mitad de ruta, ideal para comer y lo que surgiera. Los de Los Colmillos se lo habían dicho sin rodeos: «Para en el Bar El Cruce. Solo con verte entrar, ya tienes lo que necesitas.»

***

Verónica llevaba el uniforme mal abrochado y el pelo con mechas cobrizas recogido en una coleta. Veintiún años, con un cuerpo que el uniforme no podía disimular. Tatuaje en el antebrazo izquierdo: su nombre en letras góticas. Piercing de aro en la nariz. Cuando Diallo entró por la puerta, dejó de anotar el pedido de la mesa tres.

—¿Lo conoces? —le susurró Marta, la otra camarera.

—De nada —respondió Verónica sin apartar los ojos.

—Una amiga me dijo que no te puedes morir sin haber probado con uno como ese.

Esa noche Diallo fue el último en quedarse. No hacía falta que dijera nada: su postura, su silencio y las miradas laterales que dejaba caer sobre Verónica cada vez que ella pasaba eran suficientes. Sandra, la encargada, mandó al personal a casa antes de tiempo. Verónica se acercó a la barra.

—Si necesitas ducharte, hay un baño arriba. Vivo en el piso de encima —dijo ella, como si le importara poco que alguien lo viera.

Diallo fue al camión, cogió ropa limpia y esperó en la puerta trasera. No tardó cinco minutos.

La habitación era lo que era: cama sin hacer, ropa sobre el sofá, ceniceros llenos, olor a tabaco y perfume. Él se duchó, encontró en el armario del baño compresas, geles íntimos y condones Durex casi terminados. Se puso únicamente el bóxer negro que marcaba cada centímetro de lo que traía.

Verónica subió con una toalla al cuerpo y el pelo húmedo.

—Veo que te has puesto cómodo —dijo.

Diallo se levantó, la rodeó con un brazo y le comió la boca sin más preámbulos. Ella pudo sentir contra su vientre el bulto que ninguna foto habría hecho justicia. Le quitó la toalla de un tirón. Una rosa roja tatuada en las nalgas, una mariposa en la ingle, una serpiente en medio del pecho. Él la repasó de arriba abajo sin disimulo.

—¿Usas bóxer de stripper? —dijo ella mirando hacia abajo.

Diallo se lo bajó con un giro de muñeca.

—La virgen santa —murmuró Verónica.

Lo que siguió duró dos horas largas. Al terminar, Verónica estaba fumando desnuda en la ventana cuando él se levantó y cogió su ropa con la calma de quien sale de una reunión de trabajo.

—¿Habías probado algo así antes? —preguntó él abrochándose el cinturón.

—No, la verdad.

—Entonces ya puedes contarlo.

Salió sin más. Desde la ventana, Verónica lo vio caminar hasta el camión, orinar contra la rueda trasera sin pudor y luego girarse hacia la ventana —sabía que ella miraba— y mover lo que le colgaba con la parsimonia de quien conoce su poder.

A las dos y media de la madrugada, Sandra recibió en el móvil un mensaje de Verónica con dos fotos y el texto: «Ha sido bestial. Mira cómo duerme. Ya te cuento todo mañana.»

***

A Los Colmillos los había conocido en un área de descanso tres días antes. Seis tipos en moto, tatuados hasta las orejas, que reparaban sus motos en una nave alquilada. La moto de Sebas, el jefe, se había averiado en una carretera secundaria y Diallo paró. Les ofreció llevar la moto en el remolque. Desde entonces, cervezas y buena onda.

En ese almuerzo apareció Marisol. Cuarentona, melena entrecana a la mandíbula, cuerpo de mujer que se había cuidado sin obsesionarse. En la nuca llevaba una araña tatuada: era del extinto grupo Las Víboras. Cruzó la mirada con Diallo sin bajarla.

Los moteros salieron a quemar rueda afuera. Marisol se quedó.

—No eres de por aquí —dijo, dando una calada al cigarrillo.

—Ghana —respondió Diallo—. Aunque he vivido mucho tiempo en este país.

—Voy a dar una vuelta por los matorrales. Si quieres ver paisaje.

Caminó despacio, dejando que él mirara. Por encima de los vaqueros asomaba el tanga. Diallo la siguió sin prisa.

—Los africanos la tenéis más grande —dijo ella cuando llegaron al claro entre los pinos.

—Es innegable. Y tú ya sabes lo que eso significa.

Ella se acercó y le cogió la bragueta sin más preámbulos. Se dieron un beso largo y brusco al mismo tiempo. Diallo le subió la camiseta, le bajó el sujetador: tetas grandes con piercing en los pezones, un pájaro tatuado con las alas extendidas en medio del pecho.

Uno de los moteros que estaba meando al otro lado de los arbustos los descubrió.

—¡Sebas! ¡Que Marisol está en acción! ¡Ven a ver esto!

Sebas y otros dos se acercaron y miraron desde detrás de los matorrales sin molestarse en disimular.

—Vaya pedazo gasta el africano —dijo uno en voz baja.

Marisol se puso a cuatro en el suelo sin que nadie se lo pidiera.

—Dame de una vez, que no tengo todo el día.

Diallo entró de golpe. Ella exhaló con fuerza. Él bombeó con el ritmo de quien conoce exactamente lo que hace: rápido, profundo, sin pausa. Sabía que los moteros miraban y eso lo encendía más. Los resoplidos de los dos se mezclaban con el crujir de las ramas secas bajo sus rodillas.

—No tardará —dijo Sebas con tono casi didáctico—. Son efectivos.

Acabó descargando dentro con un rugido que hizo callar a los pájaros del pinar. Después se incorporó, se ordenó la ropa y se dio la vuelta hacia los matorrales donde los moteros seguían mirando.

—¿Te gusta preñar, eh? —dijo Marisol de pie, abriéndose con los dedos para ver qué salía.

—Es tu problema, no el mío —respondió Diallo.

Subió al camión, encendió el motor y salió tocando el claxon dos veces.

***

El joven camarero que sustituyó a Verónica dos días después se llamaba Richi: veintiún años, metro sesenta y algo, delgado como un junco, guapo de cara, afeminado en cada gesto. Caminaba con una cadencia particular que no pasó desapercibida. Llevaba el pelo recogido en una coleta.

Diallo pidió un filete y lo observó durante toda la comida. Al terminar, Richi le retiró los platos.

—Tienes un camión muy chulo —dijo el chico.

—Volvo FH750. Setecientos cincuenta caballos. ¿Te gustan los camiones?

—Bastante, sí.

—No sabía que a los chicos como tú les gustaran los camiones. Pensaba que preferíais a los camioneros.

Richi se quedó sin palabras. Al traerle el café, Diallo preguntó sin levantar la vista:

—¿Dónde vives?

—En Villanueva del Puente. Aquí al lado. Pero tengo la moto en el taller. Voy con Sandra o en autobús.

—Yo te acerco. A las cuatro.

Richi tardó tres segundos en responder que sí.

Dentro del camión, Diallo le mostró la litera trasera sin que él lo pidiera: fotos de sus cuatro hijos en la playa, en bicicleta, con su mujer al lado. En el pequeño estante de la cabina, una caja de condones Durex XL y un bote de vaselina.

—Deben echarte de menos —dijo Richi mirando las fotos.

—En mi zona hay apagones frecuentes. Poca cobertura. Cuando van a la capital aprovechamos.

Antes de que pudiera decir nada más, el móvil de Richi vibró. Era Verónica: una foto y el texto: «Cuidado con el africano. Es un cañón y no perdona nada.»

—Ella te habló de mí —dijo Diallo sin apartar los ojos de la carretera.

—Bueno... ayer la vi con un moratón en el cuello y preguntando si había analgésicos.

—Cuando las conozco tienen un nombre. Después son un número. ¿Eres homosexual?

—Bue... sí, más o menos.

—O lo que su puta madre quieran llamarlo —dijo Diallo, y le puso la mano en el muslo sin apartar los ojos de la carretera.

Paró el camión en un camino junto a un pinar. Pasaron a la litera trasera. Diallo era directo: besó a Richi con toda la boca, luego le bajó los pantalones y lo trabajó primero con los dedos y vaselina durante un buen rato, midiendo.

—¿Te ves capaz?

—Déjame intentarlo a mi ritmo.

Richi tardó media hora en tenerlo completo. Lloró un poco. Sudó mucho. Pero no paró hasta que no pudo más y se derramó él solo encima de Diallo, que rugió y acabó después con dos golpes lentos y profundos.

Lo dejó frente a su portal en Villanueva del Puente. El chico caminaba con cuidado, como si el suelo estuviera inclinado.

—Me conocen como la Máquina —dijo Diallo antes de arrancar—. Ya sabes dónde encontrarme si pasas por el cruce.

Salió tocando el claxon una vez.

***

Sandra tenía cuarenta y dos años. Cara ovalada, ojos oscuros, melena castaña hasta los hombros. Había pasado años en el gimnasio y aunque lo había dejado, seguía corriendo por las mañanas: pechos generosos, caderas anchas, piernas largas. Llevaba dos años en aquel pueblo esperando que su proyecto en la ciudad terminara de cuajar.

Conocía de vista a Diallo. Sabía de dónde venía y quién era, porque conocía al hombre que le debía una cuenta pendiente a los dos: Rodrigo el ganadero, que años atrás los había dejado en una situación complicada a cada uno por su lado.

Cuando Diallo se lo insinuó en el bar, ella respondió sin rodeos:

—Si mal no recuerdo, fue Rodrigo quien te bajó los humos en su día.

La mirada de Diallo se endureció un segundo. Luego la dejó pasar. Sabía cuándo callar.

Esa noche había fiestas en el pueblo: cuatro casas con farolillos, una barra improvisada y música que llegaba hasta el campo. Sandra se puso un vestido negro con escote y falda por encima de las rodillas. Los vecinos la miraban con esa mezcla de envidia y reprobación que llevaba acumulando dos años.

Diallo llegó pasadas las once. Camisa hawaiana abierta, cadena de oro, perfume de oferta que olía mejor de lo que costaba. Entró en la plaza y la buscó entre la gente. Se colocó a su lado en la barra como si hubieran quedado.

—Entonces tenemos algo en común —dijo él.

—Rodrigo nos debía algo a los dos. Y pagamos con carne, como siempre.

Bebieron. Pasó Richi por allí, caminando con un leve balanceo que no había tenido antes. Los vio, saludó rápido y siguió de largo.

—¿También te acostaste con él? —preguntó Sandra.

—Todo agujero que lo valga.

—Activazo total. Ya veo.

—¿Cuánto llevas en este pueblo?

—Dos años. Me voy en cuanto pueda.

—Entonces soy tu mejor opción esta noche. Aquí solo hay cuatro matados de paso.

—Y en Ghana solo tienes a tu mujer y alguna cabra, supongo.

Diallo absorbió el golpe sin parpadear. Estaba en juego una buena noche y no iba a cagarla por orgullo. Se levantó. Ella también.

El piso de Sandra era pequeño: salón, cocina, un baño, un dormitorio. Nada más cerrar la puerta él le comió la boca con ansiedad. Ella tenía los ojos brillantes. Él le bajó los tirantes del vestido y sacó sus pechos con una mano. Desde la plaza llegaba música amortiguada por las persianas.

Se turnaron. Ella mamó con toda la boca cuanto pudo, sin apartar los ojos. Él la lamió de arriba abajo con una lengua larga y activa hasta que ella le apretó la cabeza con los muslos y se retorció.

Al borde de la cama, sin condón porque ella no lo pidió. Diallo entró despacio la primera vez, luego sin contemplaciones. Cada golpe resonaba en las paredes. Ella se agarró a la sábana. Le metió el pulgar en el culo mientras bombeaba y con la mano libre le agarró el pelo y tiró hacia atrás. Cuando ella llegó al límite, gritó y empapó la cama. Él acabó justo después con un bramido sordo que ella sintió por dentro.

Quince minutos más tarde salía a la plaza con la camisa abierta y el paso largo. Los vecinos cuchicheaban. Él paró en una caseta, compró un juguete de madera y un llavero para sus hijos, y volvió al camión con una sonrisa que saboreaba algo.

***

El viernes por la mañana, el Volvo FH750 desapareció de la zona antes del amanecer. Verónica lo supo cuando fue a abrir el bar y el hueco de la calle estaba vacío. Sandra lo oyó arrancar desde el dormitorio y no se molestó en levantarse. Richi no lo vio marchar, pero esa mañana fue al trabajo caminando con cuidado y nadie le preguntó por qué.

En el Bar El Cruce se habló de él durante semanas. La historia cambió según quien la contara. Pero todos coincidían en una cosa: había pasado la Máquina, y nada volvió a ser exactamente igual.

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Comentarios (6)

sergiodelnorte

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. De lo mejor que leí en mucho tiempo en esta categoría.

CuriosaSiempre

Esto paso de verdad??? Porque si es confesion real me muero jajaja. Increible.

Marcos_99

excelente!!!

VickyRos

Me dejo con ganas de saber mas, espero que haya una segunda parte con lo que paso despues. Por favor seguí contando!

LaChicaDelSur

Me recordo a algo que viví hace unos años en un viaje por ruta. Esas semanas que quedan grabadas para siempre... lo contaste muy bien.

DiegoBA

Buenisimo, se hizo corto. Quiero saber como reaccionó el pueblo después jajaja

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