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Relatos Ardientes

Lo que empezó con videos entre amigos

Me llamo Marcos, tengo cuarenta y un años y llevo doce casado. Trabajo en una empresa de logística, vivo en un barrio tranquilo, tengo una rutina que desde afuera parece perfectamente ordenada. El tipo de vida en que uno encaja en todas las casillas correctas y raramente se detiene a preguntarse si hay algo que no encaja.

Esta historia ocurrió hace un par de años. Todavía no sé bien cómo nombrar lo que sentí. Pero sé que fue real, y sé que cambió algo que no tiene nombre fácil.

Rodrigo y yo nos conocemos desde los dieciséis. Son más de veinticinco años de amistad, el tipo de amistad que sobrevive mudanzas, parejas, crisis y silencios largos porque está construida sobre algo más sólido que la proximidad. Estuvimos en la graduación del otro, en el velorio del padre del otro, en las bodas respectivas. Nos habíamos visto en todos los estados posibles de un hombre: borrachos, llorando, furiosos, enamorados, arrepentidos.

Con Rodrigo no había filtro. Eso era lo que teníamos. Y eso, al final, fue lo que lo cambió todo.

***

Empezó un par de años antes de la pandemia, en una época en que Rodrigo atravesaba una especie de efervescencia sexual que se le notaba en cualquier conversación. Me contaba cosas de su esposa, Valeria, con un nivel de detalle que yo no le había pedido: que la semana pasada habían hecho esto, que ella era de tal manera en la cama, que le gustaba tal cosa. Al principio lo escuchaba a medias, con esa incomodidad discreta de quien no sabe cómo reaccionar cuando un amigo habla así de su mujer.

Pero Rodrigo siguió hablando. Y en algún punto, sin que yo pudiera identificar exactamente cuándo, empecé a escuchar de verdad.

Una tarde de martes me mandó una foto sin aviso. Valeria de espaldas, en ropa interior, desde un ángulo bajo. No escribió nada, solo la imagen.

—¿Qué te parece? —llegó después.

—Está muy bien —respondí, que era lo más neutro que se me ocurrió.

—¿Nada más?

Y ahí empezó el juego.

***

Lo que siguió fueron semanas de mensajes cada vez más explícitos. Rodrigo me enviaba fotos, a veces audios que Valeria le había mandado a él, descripciones detalladas de lo que hacían juntos. Yo respondía con cautela primero, con más soltura después. En algún momento empecé a enviarle cosas de mi esposa también: una foto aquí, un detalle allá. La dinámica se instaló sola, como si hubiera estado esperando que alguien abriera esa puerta.

Mi esposa, Daniela, lo sabía en términos generales. Le parecía excitante en abstracto la idea de que otro hombre pudiera desearla, aunque en la práctica apenas participaba del intercambio. Era yo el que mantenía vivo ese canal, el que esperaba los mensajes de Rodrigo con una anticipación que en ese momento atribuí al morbo de imaginar a otro hombre con Daniela.

Ese fue el primer autoengaño. Conveniente. Duradero.

Durante meses me aferré a esa explicación.

***

El punto de quiebre llegó un miércoles a mediodía.

Rodrigo estaba trabajando desde casa. Yo también. Habíamos estado chateando desde la mañana con el tono habitual, comentando fotos de nuestras mujeres, escribiendo lo que haríamos si pudiéramos. Entonces él dijo que estaba muy caliente y que no aguantaba más.

—Jálatela —escribí, antes de pensarlo—. Grábate y mándame el video.

Hubo una pausa de casi diez minutos. Larga. Me quedé con el teléfono en la mano sin saber bien qué había querido decir con eso ni por qué lo había escrito. Era solo para mantener el juego caliente, me dije. Para que él pensara en Daniela y se excitara más. Eso era todo.

El video llegó.

Quince segundos. Rodrigo en el baño de su casa, de pie frente al espejo, sujetando su polla con una mano. Más delgada que la mía, con una cabeza prominente, hinchada, oscura en la punta. Sin circuncidar. Se la jalaba despacio, con un ritmo que parecía calculado para mostrarse, no para terminar rápido. Y en los últimos tres segundos se corrió: un chorro largo que golpeó el espejo y resbaló despacio por el cristal.

Yo me quedé mirando ese video mucho más tiempo del que habría necesitado para confirmar que lo había recibido.

No hubo más mensajes ese día. Ninguno de los dos escribió nada después. Cada uno siguió con su tarde como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado, y los dos lo sabíamos, aunque durante mucho tiempo ninguno lo dijera en voz alta.

***

Esa noche, con Daniela dormida a mi lado, me quedé mirando el techo durante un buen rato. Intenté analizar con honestidad lo que había sentido mientras miraba el video. Excitación, sí. Pero no del tipo que yo habría esperado. No era la excitación de imaginar a Rodrigo pensando en mi mujer. Era algo más directo y más difícil de sostener: la polla de mi mejor amigo, su manera de moverse, ese chorro cayendo lento por el espejo.

Es morbo, me dije. Curiosidad de hombre. No significa nada.

Me dormí tarde.

***

Dos semanas después se repitió. Esta vez en su casa, una mañana en que Valeria había salido temprano a hacer diligencias. Estábamos hablando de fútbol o de trabajo, no recuerdo bien. Entonces él dijo que estaba solo y que le había entrado una calentura de esas.

—Igual que la última vez —escribí.

—¿Me grabas si lo hago?

—¿Qué?

—Que si me quedo con el video esta vez.

Pensé durante unos segundos. No mucho.

—Claro —respondí.

Llegó el video. Más largo que el anterior, casi treinta segundos. Esta vez él estaba sentado en el borde de la cama, con la cámara apoyada en algo, la imagen más estable. Se lo tomó con calma. Yo lo miré tres veces seguidas antes de soltar el teléfono.

Esa tarde fui al baño de mi oficina y me masturbé. No pensé en Valeria. Pensé en él.

Eso ya no lo pude ignorar.

***

Los días que siguieron fueron extraños. Yo seguía respondiendo sus mensajes, seguía participando en el intercambio habitual, pero algo había cambiado en la manera en que procesaba lo que sentía. Dejé de hacer el esfuerzo de redirigir mis pensamientos hacia las mujeres que aparecían en las fotos. Empecé a quedarme con lo que realmente me resultaba interesante.

No se lo dije. No sabía cómo.

Rodrigo tampoco dijo nada durante esos días. Pero algo en la manera en que formulaba sus mensajes había cambiado también. Como si los dos supiéramos que estábamos hablando de algo distinto a lo que decían las palabras.

Una tarde me mandó una foto sin contexto y sin texto. No era Valeria esta vez.

Era él.

Una sola foto, tomada desde arriba, de cintura para abajo, sin mostrar la cara. Pero yo lo reconocí inmediatamente por el tatuaje que lleva en el muslo derecho desde los veintidós años: un trazo geométrico sencillo que siempre le había parecido provisional y que nunca se borró.

Tardé veinte minutos en responder. Cuando lo hice, escribí solo dos palabras: «Recibido. Bien.»

Él mandó un emoji y no volvimos a hablar del tema esa tarde.

Pero al día siguiente fue diferente.

***

—¿Te gustó? —me preguntó a las diez de la mañana, sin preámbulo, como si retomara una conversación que había dejado en pausa.

Yo estaba en medio de una reunión. Tuve que excusarme y salir al pasillo con el teléfono.

—¿Qué? —escribí, aunque sabía exactamente a qué se refería.

—La foto de ayer.

Tres segundos. Cinco. Diez.

—Sí —escribí.

—¿Cuánto?

Demasiado, pensé. Más de lo que quiero admitir. Lo que escribí fue:

—Más de lo que esperaba.

Hubo una pausa larga. Lo imaginé al otro lado, en su oficina o en el carro, leyendo eso y decidiendo qué hacer con ello. Rodrigo siempre ha sido más valiente que yo. O más honesto. Probablemente las dos cosas.

—Yo llevo semanas mandándote estas cosas y mirando las tuyas pensando en ti, no en Daniela —escribió—. No sé qué significa eso. Pero no me parece mal.

Volví a la reunión sin responder. Me senté frente a una pantalla con una hoja de cálculo abierta y no vi nada de lo que tenía delante durante los siguientes veinte minutos.

Veinte años, pensé. Veinte años de amistad y no había visto esto. O no había querido verlo.

***

Esa semana no nos mandamos nada. Una pausa que ninguno propuso pero que los dos respetamos, como cuando necesitas tiempo para dejar que algo se asiente antes de volver a tocarlo.

El viernes por la noche me escribió para ver si quedábamos el sábado a tomar algo. Solo nosotros dos, sin las esposas. Plan de siempre, de los que habíamos repetido cientos de veces en veinte años: una cerveza, un partido, conversación sin agenda.

—Sí —respondí.

—Bien —dijo él.

Nada más.

Me fui a dormir esa noche con una mezcla de anticipación y algo parecido al vértigo. No sabía qué iba a pasar el sábado. Tal vez nada. Tal vez exactamente lo de siempre: cervezas, risas, y ninguno de los dos mencionando nada de lo que había cruzado por chat en los últimos meses. Rodrigo tenía esa habilidad de sostener el silencio cuando era necesario y de abrirlo cuando había llegado el momento. Con él nunca había que forzar las conversaciones importantes. Solo esperarlas.

Esa semana, por primera vez en mucho tiempo, me fui a dormir sin intentar explicarme nada.

Solo esperé el sábado.

***

Esto ocurrió hace un par de años. Todavía no sé qué etiqueta ponerle a lo que sentí ni a lo que empecé a sentir a partir de ahí. No creo que haga falta una etiqueta exacta. Lo que sé es que fue real, que no vino de la nada, que vino de dos décadas de confianza acumulada y de la clase de amistad en que ya no tienes que fingir ser exactamente quien creías que eras.

Sé también que hay cosas que, una vez que las ves con claridad, no puedes dejar de ver.

Esta es la primera parte.

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Comentarios (6)

Rodrigo_MX

Excelente relato!!! Se nota que es real, eso se siente al leerlo

Facundo_bsas

Por favor que haya una segunda parte, no puede quedar asi

MatiasK

Me dejo pensando bastante. El excerpto ya te engancha, imaginate el relato completo. Muy bien narrado

RamiroK_91

Me surgio una duda, continuaste viendolo despues de eso o fue un momento aislado?

NachoCRD

Lo mejor de este tipo de relatos es la tension que se va construyendo de a poco. Muy bien logrado, felicitaciones

LucianoBA

Me recordo a algo que me paso con un amigo hace unos años. Nunca llegamos tan lejos pero esa tension es inconfundible. Increible como esas cosas te cambian sin que te des cuenta.

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