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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cabina del camión ese verano

El Audi me abandonó justo en el kilómetro 247 de la autopista, sin avisar, sin drama, con esa traición silenciosa que tienen las máquinas cuando más las necesitas. Julio apretaba desde las nueve de la mañana y ya eran las doce. Me quité la chaqueta del traje, aflojé el nudo de la corbata y llamé a la grúa mientras el asfalto relucía como un espejo roto delante de mí.

La reunión era a las cuatro. La ciudad estaba a noventa kilómetros. Y yo estaba ahí, plantado en el arcén, sudando dentro de una camisa que había costado más de lo que debería.

A lo lejos vi el Audi averiado con las luces de emergencia parpadeando. Un tipo con traje, guapo, unos treinta años. Reduje la velocidad. Bajé la ventana. No era la primera vez que paraba a ayudar a alguien en la ruta, pero sí la primera vez que sentí algo parecido a la anticipación mientras lo hacía.

El camión frenó con un chirrido suave. El hombre que bajó de la cabina medía fácil un metro noventa, hombros anchos, pantalón corto de tela, sin camisa. Treinta y cinco, quizás cuarenta años. Caminó hacia mí con esa calma que tiene quien no tiene prisa en nada y que, comparada con la urgencia que yo sentía, me pareció casi provocadora.

—¿Todo bien? —preguntó.

—La grúa está en camino —dije—. Tengo una reunión en la ciudad a las cuatro y no sé cómo llegar.

Me miró de arriba abajo. Despacio. Sin disimulo.

Guapo, sí. El traje lo delataba: ejecutivo, reunión importante, esas cosas que no me interesan. Pero debajo del traje había un cuerpo que sí me interesaba. Me pregunté cuánto tiempo llevaba sin que nadie lo mirara de verdad.

La grúa llegó antes de que pudiéramos intercambiar muchas más palabras. Iban en dirección contraria para llevarse el coche al pueblo más cercano. Él no podía subir. Y yo iba exactamente adonde él necesitaba llegar.

—Súbete —dije—. Te llevo.

Dudó un segundo. Solo uno. Luego aceptó.

El camión no tenía aire acondicionado. Se lo avisé antes de arrancar, como una advertencia justa. En la cabina el calor era físico, denso, algo que se respiraba. Él se aflojó la corbata todavía más, se desabrochó el botón del cuello. Yo conduje con una mano apoyada en la ventana, el vello rubio del antebrazo iluminado por el sol de mediodía.

—Me llamo Diego —dije sin mirarlo.

—Sebastián.

—¿Y adónde vas con ese traje, Sebastián?

—A una reunión que cada vez me importa menos —contestó, y algo en su tono me dijo que era verdad.

Sonrió cuando dije eso. No una sonrisa de cortesía, sino algo más genuino. Yo llevaba el botón de arriba del pantalón corto desabrochado —hacía demasiado calor para preocuparme por esas cosas— y noté que él lo había visto. Noté también que no apartó la vista de inmediato.

El calor se volvía insoportable. Sebastián empezó a desabrocharse los botones de la camisa, primero uno, luego otro. Señalé hacia la parte trasera de la cabina.

—Tengo un pantalón corto ahí atrás. Si quieres cambiarte, no te va a molestar nadie.

Pasó al habitáculo trasero. Más calor todavía. Mientras se quitaba la camisa, noté por el retrovisor que miraba alrededor con esa curiosidad discreta que tiene quien no quiere parecer curioso. El espacio tenía ese olor particular: sudor, tela caliente, kilómetros acumulados.

Busqué el pantalón que me había dicho. Al levantar un cojín que había sobre el banco lateral, me topé con una revista. La abrí por inercia. Hombres. Solo hombres. En distintas posiciones, distintos tamaños, distintos grados de entusiasmo. La cerré. La dejé donde estaba. Respiré despacio y me quedé un momento quieto, con la mano todavía sobre el cojín.

Lo vi por el retrovisor. Levantó el cojín, abrió la revista, la cerró. Cuando volvió al asiento delantero ya no llevaba la camisa y traía el pantalón corto puesto. No dijo nada. Yo tampoco.

Pero los dos sabíamos.

Me abrí un poco más de piernas. El sol me daba de lleno en el muslo. Sebastián miró sin fingir que no miraba. Abrir las piernas fue un gesto pequeño. Pero los gestos pequeños, en un espacio tan cerrado, tienen un peso enorme.

El camión era un espacio pequeño y el calor lo hacía más pequeño todavía. Diego conducía con esa tranquilidad que empieza a verse diferente cuando uno sabe lo que ha visto. Yo seguía sin decir nada de la revista. Él seguía sin preguntar. Pero el silencio entre nosotros había cambiado de naturaleza: ya no era el silencio de dos desconocidos, sino el de dos personas que están midiendo distancias.

Tenía una erección. No podía evitarla. El pantalón corto prestado no la disimulaba bien.

Salí de la autopista. Conozco esa zona: hay una carretera secundaria que no transita nadie a esas horas, con sombra de pinos, con espacio de sobra para parar el camión. Tomé el desvío sin dar explicaciones. Sebastián no preguntó adónde íbamos. En algún punto entre la autopista y ese desvío habíamos dejado de necesitar palabras para las cosas importantes.

Paré el motor. El silencio del campo en verano entró por las ventanas. Solo el sonido de los grillos y el tictac del metal enfriándose.

Lo miré.

—¿Bajamos? —dije.

No dijo nada. Abrió la puerta y bajó.

Rodeé el camión. Cuando llegué a su puerta ya estaba fuera, de pie sobre el arcén de tierra seca, con el sol partiéndole la cara en dos. Me coloqué delante de él y lo miré sin prisa. Olía a trabajo, a sol, a algo que me costó nombrar pero que ya conocía de antes: el olor de alguien que acaba de tomar una decisión.

Puse las manos en sus caderas. Lo empujé suavemente hacia mí. Sentí todo lo que llevaba midiendo desde la autopista.

—Llevas un buen rato mirando —dije.

—Y tú llevas un buen rato dejándote mirar —respondió.

Me reí. Era verdad. Le bajé el pantalón despacio, lo giré, lo apoyé contra la cabina. Tenía una espalda estrecha, un culo respingado, la piel caliente de tanto sol. Le mordí la nuca y lo sentí tensarse contra mí.

Sus manos recorrieron mis nalgas, las abrieron con una lentitud que parecía deliberada. Sentí su respiración en la nuca, luego su boca recorriendo mi columna vértebra a vértebra. Mis piernas temblaron. No de miedo. De anticipación.

Tomé mi tiempo. Él lo necesitaba y yo disfrutaba dándoselo. Fui despacio, con paciencia, con las manos aprendiendo su cuerpo antes de pedirle nada. Cuando escuché que su respiración ya no era regular sino rota, me escupí en la palma y me preparé.

—Dime si paro —dije.

—No pares —respondió.

Entró despacio, un poco a la vez. Dolió, claro que dolió. Pero entre el dolor había otra cosa, algo que empujaba hacia adentro en lugar de hacia afuera, algo que me hacía querer más incluso cuando una parte de mí pedía que esperara. Me aferré a la puerta con las dos manos y apoyé la frente en el metal caliente.

Diego esperó. Dejó que mi cuerpo se acostumbrara al tamaño de él. Luego, cuando empezó a moverse, lo hizo con una cadencia que yo no esperaba: lenta, profunda, medida. Como alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

Cuando encontré el ángulo, cuando lo oí cambiar de sonido —del jadeo contenido al gemido franco— supe que lo había encontrado. Ese punto que no todos buscan y que casi nadie sabe encontrar. Sebastián se empujó hacia atrás para recibirme mejor, con esa urgencia que se apodera de uno cuando el dolor desaparece y queda solo el placer.

No sé cuánto tiempo duró. El tiempo hizo algo raro ahí afuera, en esa carretera secundaria con el camión como único testigo. Cada movimiento de Diego llegaba a un lugar que yo no sabía que tenía. No pensé en la reunión. No pensé en el coche averiado ni en los noventa kilómetros que me faltaban. No pensé en nada que no fuera ese momento, ese calor, ese hombre detrás de mí que olía a verano y a tierra seca.

Cuando me corrí, lo hice sin que nadie me tocara. Solo con el movimiento de él dentro de mí. Un orgasmo largo, sordo, que me vació por completo.

Lo sentí contraerse antes de que me lo dijera. Unos segundos después me corrí yo también, con las manos en sus caderas y la cabeza echada hacia atrás, soltando un sonido que se perdió entre los pinos del arcén y no le importó a nadie.

***

Nos quedamos un momento quietos, recuperando el aliento. El campo seguía igual: grillos, calor, el olor a resina de los pinos. Salí despacio, con cuidado. Sebastián se giró y me miró por primera vez de cerca, sin el vidrio del retrovisor entre nosotros.

Era más guapo de lo que había calculado desde lejos. Tenía los ojos claros y una expresión que no había visto antes en alguien que acababa de correrse: algo parecido a la perplejidad.

Se sentó en el escalón de la cabina. Yo me puse de pie delante de él. Sin pensarlo demasiado, Sebastián bajó hasta arrodillarse. Me miró desde abajo y supe lo que iba a pasar antes de que ocurriera.

Era lo menos que podía hacer. También era lo que quería hacer.

La boca de Sebastián era experta. No se apresuró. Me tomó entero, o casi entero, sin forzar, sin perder el ritmo, con una paciencia que yo no esperaba de un hombre que llevaba toda la tarde con prisa. Apoyé la mano en su cabeza pero no empujé. No hacía falta.

Cuando me corrí por segunda vez, fue diferente: más suave, más lento, como si el primero hubiera gastado la urgencia y esto fuera solo placer puro, sin apuro, sin destino.

Me limpié la comisura de la boca. Diego me tendió la mano para ayudarme a levantarme. La tomé.

Nos vestimos en silencio. El mismo silencio de antes, pero distinto. Más liviano.

—Todavía llegas a tu reunión —dije mientras subíamos al camión.

—Sí —contestó—. Aunque ya me importa todavía menos que antes.

Arranqué el motor. Sebastián miró por la ventana mientras tomábamos el camino de vuelta a la autopista. De vez en cuando me miraba a mí. Yo seguía la ruta de siempre, la misma que llevaba haciendo años, pero algo en esa tarde de julio hacía que el trayecto pareciera distinto. Más corto, quizás. O simplemente más interesante.

En la gasolinera del kilómetro 31 paré a echar combustible.

—Tienen duchas —dije—. Por si necesitas presentarte decente a esa reunión.

Me miró con una sonrisa que no había visto antes, más amplia, más relajada que todas las anteriores.

—¿Entras tú también?

—Tenía pensado hacerlo —respondí.

Apagué el motor. Nos bajamos del camión. El sol de julio seguía castigando el asfalto como si nada hubiera pasado, como si ese desvío en la carretera secundaria hubiera sido solo un desvío cualquiera. Pero cuando la puerta de la ducha se cerró detrás de nosotros, los dos sabíamos que no lo había sido.

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Comentarios (5)

Andresito_BA

Tremendo relato!!! me tuvo pegado hasta el final sin poder parar

RubioCBR

El calor de verano bien descripto, se siente la tension desde el principio. Muy bueno

ToniVzla

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues entre ellos

CamineroFan

jaja la avería como excusa es un clasico pero aca funciona de diez

Marcos_norte

Me encanto como lo narraste, tiene algo muy cinematografico. Se visualiza todo perfectamente

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