El desconocido de la app que llegó un sábado
Era un sábado sin planes y con el teléfono como única compañía. Llevaba un rato deslizando perfiles en una app de contactos sin encontrar nada que me llamara la atención: fotos cortadas a la mitad, mensajes de una sola palabra, cuentas sin foto. Lo habitual. Estaba a punto de dejarlo cuando apareció su perfil.
Sin foto de cara, pero lo que mostraba era suficiente: cuerpo moreno, bien proporcionado, sin artificios. Su primer mensaje fue directo:
—Tienes un culo que pide a gritos que lo traten bien.
Me reí. No era la primera vez que me lo decían, pero la forma en que lo escribió, sin rodeos, sin el preámbulo habitual de los que van de tímidos hasta que se confían, me gustó.
Empezamos a hablar. Se llamaba Mateo, era venezolano y llevaba dos años en la ciudad. Me explicó sin que se lo preguntara que disfrutaba mucho del sexo oral, que le encantaba tomarse tiempo antes de follar, y que si el encuentro no empezaba con una buena sesión de lengua, no valía la pena. Decía todo eso con una calma que resultaba más interesante que los que van de urgentes desde el primer mensaje.
Le mandé una foto. Él me mandó dos.
La segunda me dejó claro que la tarde tenía mucho potencial.
—Necesito ducharme y prepararme —le escribí—. En una hora te digo algo.
—Perfecto. Yo también me preparo —contestó.
Me di una ducha larga. Elegí la ropa con más cuidado del que debería: unos vaqueros oscuros ajustados y una camiseta gris sencilla. Nada llamativo. Cuando estuvo todo listo le mandé el mensaje y quedamos en que vendría en cuarenta minutos.
Esos cuarenta minutos se me hicieron eternos.
Repasé el piso una vez. Me aseguré de que el baño estuviera limpio, de que hubiera toallas limpias dobladas en el estante, de que el dormitorio tuviera aspecto de estar ordenado sin que pareciera que me había esforzado demasiado. Puse música baja. Me miré en el espejo más de lo que admitiría en voz alta. Cuando sonó el telefonillo, respondí de inmediato.
***
Mateo llegó con un pantalón oscuro bien cortado y una camisa de manga corta entreabierta en el cuello. Tenía la piel morena y brillante, el pelo muy corto, y unos labios anchos que me resultaron imposibles de ignorar desde el primer segundo. Entró al piso y nos miramos un momento, calibrándonos, como pasa siempre cuando la pantalla se convierte en persona real.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí.
Y fue todo el protocolo que hicimos.
Me cogió de la nuca con una mano y me besó despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche por delante. Yo apoyé una mano en su pecho y sentí el calor que irradiaba a través de la tela. Sus labios eran exactamente lo que prometían en las fotos: suaves, firmes, con una iniciativa tranquila que no dejaba dudas sobre quién llevaba el ritmo.
Su otra mano bajó directamente a mi culo y lo apretó. No con brusquedad. Con intención clara.
—Sí que lo tienes bueno —murmuró contra mi boca.
—Tú tampoco te quedas atrás —le dije, y lo empujé suavemente hacia el pasillo.
***
Llegamos al dormitorio sin dejar de tocarnos. La ropa cayó en el orden en que cada uno pudo quitársela. Él llevaba la iniciativa, pero yo no era pasivo. Le desabroché la camisa mientras él me bajaba los vaqueros, y cuando quedamos en ropa interior los dos, paramos un momento.
Lo miré de arriba a abajo.
Era exactamente lo que prometían las fotos, y quizás un poco más. Ancho de hombros, cintura estrecha, muslos gruesos, la piel tirante sobre el abdomen. El bóxer ajustado no dejaba demasiado a la imaginación, y la imaginación de todas formas ya estaba bastante ocupada.
—Date la vuelta —me pidió.
Me di la vuelta despacio.
Lo oí respirar hondo detrás de mí.
—Ponte en la cama. A cuatro patas.
No fue una orden agresiva ni impostada. Fue una petición con mucha convicción. Y yo no tenía ninguna razón para resistirme.
Me arrodillé sobre el colchón y apoyé los codos. Él se colocó detrás de mí, me bajó la ropa interior lentamente, con las dos manos, sin apresurar el gesto. Cuando estuvo todo fuera, durante un segundo no hizo nada. Solo miró. Lo noté en el silencio, en la pausa, en el peso de su mirada, que es una cosa que se siente aunque uno no pueda explicar bien por qué.
Luego hundió la cara.
***
Hay sensaciones que resultan difíciles de describir con precisión, y lo que hizo con la lengua durante los minutos siguientes entra de lleno en esa categoría. Lamía despacio, con la cara presionada contra mí, alternando el ritmo con una precisión que no parecía improvisada: de movimientos anchos y lentos a puntos de presión concretos que me hacían apretar los puños contra la sábana para no hacer demasiado ruido.
Gemí. No lo pude evitar.
Él empujó mis caderas hacia él con las manos cuando intenté separarme instintivamente. No me iba a ir a ningún lado, y los dos lo sabíamos.
En un momento dado levantó la mano y encontró mi paquete sin mirar. Me acarició despacio, sintiendo el peso, sin prisa, y yo intenté mantener la respiración regular y no lo conseguí. Cuando apretó un poco más, con la palma entera, perdí el hilo de dónde acababa una sensación y empezaba la siguiente.
Su lengua no paraba. Sus manos tampoco.
Cuando decidió que había terminado con esa parte del programa lo hizo saber de la manera más sencilla posible:
—Gírate.
***
Me tumbé boca arriba. Él se inclinó sobre mí y empezó por el cuello, encontró exactamente el punto que me afloja a los tres segundos y lo trabajó con los dientes y los labios hasta que tuve que cogerle del pelo y pedirle que bajara.
Bajó.
Se detuvo en el pecho más tiempo del que yo esperaba, sin que pareciera una parada obligatoria de protocolo sino algo que le interesaba de verdad. Luego siguió hacia abajo, sin apresurarse, hasta que llegó donde yo llevaba un rato esperando que llegara.
Era bueno en esto. Mucho.
No hacía aspavientos ni movimientos innecesarios ni buscaba validación constante con la mirada. Sabía lo que hacía y lo hacía con una concentración tranquila que resultaba más excitante que cualquier teatralidad. Alternaba el ritmo, bajaba, volvía. Cuando levantó los ojos un momento para mirarme desde abajo, apoyé una mano en su cabeza sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo.
Así estuvimos un rato largo.
Después, cuando decidí que quería yo también, lo incorporé, lo tumbé, y me coloqué. Nos organizamos para un 69 que fue, en todos los sentidos, un éxito compartido. El tipo de cosa en la que los dos ponen la misma atención y ninguno finge que le importa más dar que recibir.
En algún momento él sacó la boca y preguntó:
—¿Quieres que te folle?
—Sí.
—¿Cómo lo quieres?
—Encima de ti primero.
***
Se tumbó en el centro de la cama. Yo puse el condón con cuidado, añadí lubricante, y me coloqué sobre él mirándole la cara. Me bajé despacio, sin prisa. El cuerpo lo acepta mejor cuando uno no se apresura, y yo no tenía la menor prisa. Cuando lo tuve todo dentro me quedé quieto un momento, respirando, dejando que la sensación se asentara antes de empezar a moverme.
Su cara lo decía todo.
Empecé a moverme.
Él puso las manos en mis caderas sin ejercer presión, solo para seguir el movimiento de cerca. Yo marcaba el ritmo y él lo seguía, aunque era evidente que le costaba no adelantarse. Lo notaba en cómo apretaba los dedos cada vez que yo bajaba más despacio de lo que él quería.
—Así —decía, en voz baja.
—No te muevas —le decía yo.
Y lo aguantaba un momento antes de ceder y bajar del todo, y entonces él soltaba el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.
Empezó a besarme cuando me incliné hacia él para cambiar el ángulo. Aproveché que estaba distraído para frenar el ritmo casi hasta detenerme, y sus caderas reaccionaron solas, buscándome hacia arriba sin que él lo hubiera decidido conscientemente.
—Eres mala persona —dijo contra mi boca.
Me reí.
***
A cuatro patas fue diferente.
Me colocó cerca del borde de la cama y entró de nuevo. Desde esa posición el control era completamente suyo, y lo usó sin dudar. No fue violento en ningún momento, pero tampoco suave en el sentido de contenido: fue exactamente la cantidad de fuerza necesaria para que yo tuviera que agarrarme a algo para no resbalar hacia la cabecera.
Me agarré a la sábana con los dos puños.
Cambió el ángulo una vez, buscando algo específico. Lo encontró. Cambió otra vez. Luego levantó una rodilla sobre el colchón para ganar altura y entonces noté la diferencia en profundidad con total claridad. Cerré los ojos.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí. No pares.
No paró.
Estuvo así un buen rato, con un ritmo que variaba lo suficiente para que yo no pudiera predecirlo ni acostumbrarme del todo. Cuando notaba que yo empezaba a acoplarme, lo cambiaba. Era la clase de cosa que o se te da de forma natural o no se aprende fácilmente.
A él se le daba de forma muy natural.
***
Después me tumbó boca arriba.
Se colocó entre mis piernas, las levantó y apoyó mis tobillos en sus hombros. Desde esa posición nuestras caras quedaban cerca y podíamos mirarnos sin esfuerzo. Entró de nuevo y empezó a moverse con un ritmo largo y deliberado, más lento que antes, con algo más de intención en cada empuje.
—Quería verte así —dijo.
No contesté. No hacía falta.
Mantuve los ojos abiertos. Él también. Hay algo en mirarse de esa forma, sin esconderse, que añade una capa a todo lo demás que es difícil de neutralizar o de ignorar. En un momento determinado me extendió una mano y la entrelazó con la mía contra el colchón, sin decir nada, sin que viniera especialmente a cuento, y sin embargo resultó completamente natural.
Así seguimos.
***
Llevábamos cerca de una hora cuando él empezó a cambiar el ritmo sin que yo se lo pidiera. Lo reconocí por la respiración más corta, por el ritmo más urgente, por cómo los músculos de su abdomen se contraían con cada empuje. No necesitaba palabras para leerlo.
Salió de mí y nos pusimos de pie junto a la cama.
—¿Dónde quieres que me corra? —preguntó.
—En la boca.
Me arrodillé delante de él. Puse una mano en su muslo y lo cogí con la otra mientras acercaba la boca. Él se masturbó con mi mano encima de la suya, marcando el ritmo, hasta que noté los primeros espasmos y entonces lo metí del todo.
Se corrió con fuerza, en varias oleadas. Yo lo mantuve hasta el final, hasta que dejó de temblar y soltó el aire que había estado aguantando sin darse cuenta. Le pasé la lengua una última vez antes de levantarme.
Fui al baño. Cuando volví, él estaba sentado en el borde de la cama con las manos en las rodillas y una expresión tranquila, de alguien que acaba de terminar algo que le ha ido bien.
—Bueno —dijo.
—Sí —respondí.
No hacía falta añadir nada.
***
Se duchó. Yo puse agua a calentar mientras esperaba. Cuando salió del baño ya vestido nos tomamos un café de pie en la cocina, sin hablar demasiado pero sin el silencio incómodo que a veces aparece después. Hablamos de cosas intrascendentes: del barrio, del tiempo que hacía, de cuánto tardaba el metro en esa hora.
Antes de irse, ya en la puerta, se giró:
—Te paso mi número, si te parece bien.
—Me parece muy bien.
Le mandé un mensaje por la app para que tuviera el mío. Él respondió con un escueto «guardado» y bajó las escaleras sin mirar atrás.
Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento.
Eran las seis de la tarde de un sábado que había empezado sin ningún plan y había terminado mejor de lo que tenía derecho a esperar. Me prometí no dejar pasar demasiado tiempo antes de escribirle.
Y esa vez, pensé, tendría que ser yo quien llevara la iniciativa.