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Relatos Ardientes

El desconocido de la app que llegó un sábado

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Era un sábado sin planes y con el teléfono como única compañía. Llevaba un rato deslizando perfiles en una app de contactos sin encontrar nada que me llamara la atención: fotos cortadas a la mitad, mensajes de una sola palabra, cuentas sin foto. Lo habitual. Estaba a punto de dejarlo cuando apareció su perfil.

Sin foto de cara, pero lo que mostraba era suficiente: cuerpo moreno, bien proporcionado, sin artificios. Y una foto de perfil de su polla morena, gruesa, con los huevos pesados colgando debajo, que dejaba claro con qué se estaba jugando. Su primer mensaje fue directo:

—Tienes un culo que pide a gritos que se lo follen bien.

Me reí. No era la primera vez que me lo decían, pero la forma en que lo escribió, sin rodeos, sin el preámbulo habitual de los que van de tímidos hasta que se confían, me gustó.

Empezamos a hablar. Se llamaba Mateo, era venezolano y llevaba dos años en la ciudad. Me explicó sin que se lo preguntara que disfrutaba mucho comiendo culos, que le encantaba tomarse su tiempo con la lengua metida hasta el fondo antes de follar, y que si el encuentro no empezaba con él mordiéndome las nalgas y abriéndomelas con las manos para lamer a gusto, no valía la pena. Decía todo eso con una calma que resultaba más excitante que los que van de urgentes desde el primer mensaje.

Le mandé una foto de mi culo desnudo, arqueado contra el espejo. Él me mandó dos: una de su verga a media asta, otra ya totalmente dura, brillante y venosa, con la mano cerrada en la base para que se viera bien el grosor.

La segunda me dejó claro que la tarde tenía mucho potencial. Y que iba a tener que abrirme bien para meterme esa polla entera.

—Necesito ducharme y prepararme —le escribí—. En una hora te digo algo.

—Perfecto. Yo también me preparo. Quiero llegar con ganas de comerte el culo un buen rato —contestó.

Me di una ducha larga. Me lavé por dentro con calma, dos veces, hasta quedar limpio como para que hiciera lo que quisiera. Elegí la ropa con más cuidado del que debería: unos vaqueros oscuros ajustados y una camiseta gris sencilla. Nada llamativo. Cuando estuvo todo listo le mandé el mensaje y quedamos en que vendría en cuarenta minutos.

Esos cuarenta minutos se me hicieron eternos.

Repasé el piso una vez. Me aseguré de que el baño estuviera limpio, de que hubiera toallas limpias dobladas en el estante, de que el dormitorio tuviera aspecto de estar ordenado sin que pareciera que me había esforzado demasiado. Dejé el lubricante y los condones a la vista sobre la mesilla, sin fingir que no sabía para qué venía. Puse música baja. Me miré en el espejo más de lo que admitiría en voz alta. Cuando sonó el telefonillo, respondí de inmediato.

***

Mateo llegó con un pantalón oscuro bien cortado y una camisa de manga corta entreabierta en el cuello. Tenía la piel morena y brillante, el pelo muy corto, y unos labios anchos que me resultaron imposibles de ignorar desde el primer segundo. Entró al piso y nos miramos un momento, calibrándonos, como pasa siempre cuando la pantalla se convierte en persona real.

—Hola —dijo.

—Hola —respondí.

Y fue todo el protocolo que hicimos.

Me cogió de la nuca con una mano y me besó despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche por delante. Yo apoyé una mano en su pecho y sentí el calor que irradiaba a través de la tela. Sus labios eran exactamente lo que prometían en las fotos: suaves, firmes, con una iniciativa tranquila que no dejaba dudas sobre quién llevaba el ritmo. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso y jugó con la mía, dominándola, saboreándome como si me estuviera midiendo por dentro.

Su otra mano bajó directamente a mi culo y lo apretó. No con brusquedad. Con intención clara. Me clavó los dedos por encima de los vaqueros, separándome las nalgas todo lo que la tela le permitía, y noté cómo su polla ya dura empujaba contra mi cadera.

—Sí que lo tienes bueno —murmuró contra mi boca—. Voy a comértelo hasta que me supliques que te la meta.

—Tú tampoco te quedas atrás —le dije, bajando la mano y agarrándole el bulto por encima del pantalón. Estaba caliente, gruesa, dura de arriba abajo. Se la apreté una vez, midiéndola en la palma, y él soltó un jadeo bajo contra mi cuello. Lo empujé suavemente hacia el pasillo.

***

Llegamos al dormitorio sin dejar de tocarnos. La ropa cayó en el orden en que cada uno pudo quitársela. Él llevaba la iniciativa, pero yo no era pasivo. Le desabroché la camisa mientras él me bajaba los vaqueros, y cuando quedamos en ropa interior los dos, paramos un momento.

Lo miré de arriba a abajo.

Era exactamente lo que prometían las fotos, y quizás un poco más. Ancho de hombros, cintura estrecha, muslos gruesos, la piel tirante sobre el abdomen. El bóxer negro ajustado no dejaba demasiado a la imaginación: su polla estaba dura, marcándose de lado, con la punta empujando contra el elástico. Alargué la mano y le bajé el bóxer de un tirón. Se le saltó la verga hacia arriba, gruesa, morena, con la cabeza brillante y una gota de líquido preseminal ya asomando. Los huevos le colgaban pesados, tirantes, listos.

—Joder —dije en voz baja.

La cogí con la mano y se la apreté de la base a la punta. Era más gruesa de lo que había parecido en la foto. Se la moví despacio y él dejó caer la cabeza hacia atrás un segundo.

—Date la vuelta —me pidió, con la voz más ronca.

Me di la vuelta despacio.

Lo oí respirar hondo detrás de mí.

—Ponte en la cama. A cuatro patas. Con el culo hacia mí. Quiero verlo bien.

No fue una orden agresiva ni impostada. Fue una petición con mucha convicción. Y yo no tenía ninguna razón para resistirme.

Me arrodillé sobre el colchón y apoyé los codos, arqueando la espalda todo lo que pude. Él se colocó detrás de mí, me bajó la ropa interior lentamente, con las dos manos, sin apresurar el gesto. Cuando estuvo todo fuera, durante un segundo no hizo nada. Solo miró. Lo noté en el silencio, en la pausa, en el peso de su mirada sobre mi culo abierto, que es una cosa que se siente aunque uno no pueda explicar bien por qué.

Me puso las dos manos abiertas sobre las nalgas y me las separó del todo, dejando el agujero completamente expuesto. Sopló despacio. La piel se me erizó entera.

Luego hundió la cara.

***

Hay sensaciones que resultan difíciles de describir con precisión, y lo que hizo con la lengua durante los minutos siguientes entra de lleno en esa categoría. Me lamió primero de arriba a abajo, con la lengua plana y ancha, cubriendo todo el surco de un solo pasaje. Después la afinó y me la clavó en el centro del agujero, empujando, buscando entrar. La punta caliente presionaba, cedía la piel, entraba un poco, salía. Me estaba comiendo el culo con hambre real, no con protocolo.

Gemí. No lo pude evitar.

—Sabes bien —murmuró contra mi carne, y volvió a hundir la lengua.

Alternaba el ritmo con una precisión que no parecía improvisada: de movimientos anchos y lentos, lamiendo desde los huevos hasta el hueco de la espalda, a puntos de presión concretos en el borde del agujero que me hacían apretar los puños contra la sábana para no hacer demasiado ruido. Cuando notaba que yo empezaba a acomodarme al ritmo, lo cambiaba. Me metía la lengua dura y profunda, luego relajaba y me chupaba todo el contorno con los labios abiertos, luego me daba una mordida floja en la nalga y volvía a atacar el centro.

Él empujó mis caderas hacia él con las manos cuando intenté separarme instintivamente. No me iba a ir a ningún lado, y los dos lo sabíamos.

En un momento dado levantó la mano y encontró mi polla sin mirar. Me la agarró con la palma entera, sintiendo el peso, y empezó a masturbarme despacio mientras seguía comiéndome el culo. Yo estaba ya goteando en la sábana, un hilo largo que colgaba de la punta. Cuando apretó un poco más y sincronizó el ritmo de la mano con el de la lengua, perdí el hilo de dónde acababa una sensación y empezaba la siguiente.

—Joder, Mateo —jadeé—, no pares, no pares.

Su lengua no paraba. Sus manos tampoco. Me llenó el agujero de saliva, me lo dejó chorreando, y entonces subió un dedo y me lo metió despacio, hasta el fondo, sin sacar la boca. La lengua le rodeaba el dedo, entrando junto a él. Yo no podía cerrar la boca.

Cuando decidió que había terminado con esa parte del programa lo hizo saber de la manera más sencilla posible:

—Gírate.

***

Me tumbé boca arriba. Él se inclinó sobre mí y empezó por el cuello, encontró exactamente el punto que me afloja a los tres segundos y lo trabajó con los dientes y los labios hasta que tuve que cogerle del pelo y pedirle que bajara.

Bajó.

Se detuvo en el pecho más tiempo del que yo esperaba, sin que pareciera una parada obligatoria de protocolo sino algo que le interesaba de verdad. Me chupó los pezones uno a uno, dando pequeños mordiscos y luego lamiendo, dejándomelos duros y brillantes. Luego siguió hacia abajo, mordiéndome la piel del abdomen, hasta que llegó donde yo llevaba un rato esperando que llegara.

No dudó. Me tragó la polla entera de una sola vez, hasta la base, y sentí el fondo de su garganta cerrarse alrededor de la cabeza. Me arqueé sobre el colchón.

Era bueno en esto. Mucho.

No hacía aspavientos ni movimientos innecesarios ni buscaba validación constante con la mirada. Sabía lo que hacía y lo hacía con una concentración tranquila que resultaba más excitante que cualquier teatralidad. Alternaba el ritmo: chupaba fuerte con las mejillas hundidas, luego bajaba entera y se quedaba con la nariz pegada a mi vello un segundo, tragando alrededor de la punta. Cuando subía dejaba un rastro de saliva desde la base hasta la punta. Me lamía los huevos, me los metía en la boca uno a uno, y volvía a comerme la verga entera. Cuando levantó los ojos un momento para mirarme desde abajo, con mi polla hasta la campanilla, apoyé una mano en su cabeza sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo. La empujé un poco. Él la aceptó sin resistirse.

Así estuvimos un rato largo.

Después, cuando decidí que quería yo también, lo incorporé, lo tumbé, y me coloqué. Nos organizamos para un 69 que fue, en todos los sentidos, un éxito compartido. Me monté encima suyo del revés y le agarré la polla con la mano. De cerca era todavía más impresionante. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, y luego me la metí hasta donde pude. Al principio no la aguantaba entera; me atragantaba a mitad de camino. Fui bajando de a poco, con saliva, hasta que conseguí que la garganta se abriera y me la tragué toda. Él soltó un gemido largo con mi polla dentro de su boca. La vibración me recorrió entera.

Chupé como si me pagaran por hacerlo. Con las dos manos: una en la base, moviéndose acompasada con mi boca, la otra masajeándole los huevos. Él respondió metiéndome dos dedos en el culo, ya empapado en saliva, buscando el punto justo por dentro. Cuando lo encontró, apretó. Grité con su verga en la boca.

En algún momento él sacó la boca y preguntó:

—¿Quieres que te folle?

—Sí. Ya.

—¿Cómo lo quieres?

—Encima de ti primero. Quiero sentarme yo.

***

Se tumbó en el centro de la cama. Le puse el condón con la boca, bajándoselo despacio con los labios, y añadí lubricante generoso por encima. Me pasé un poco por el agujero también, con dos dedos, metiéndolos hasta el fondo para acabar de abrirme. Me coloqué sobre él mirándole la cara, con su verga apuntando directamente hacia arriba, y me la puse contra el agujero.

Me bajé despacio, sin prisa. Sentí la cabeza gruesa empujar, forzar el anillo, entrar de golpe con un pinchazo caliente. Me detuve un segundo, respirando, y seguí bajando. El cuerpo lo acepta mejor cuando uno no se apresura, y yo no tenía la menor prisa. Fui bajando centímetro a centímetro, sintiéndola abrirme por dentro, empujando contra sitios que llevaban rato esperando. Cuando lo tuve todo dentro, con las nalgas apoyadas en sus muslos, me quedé quieto un momento, respirando, dejando que la sensación se asentara antes de empezar a moverme.

Su cara lo decía todo. Tenía la boca entreabierta y las manos aferradas a mis caderas, temblando de aguantarse.

—Estás muy apretado —jadeó—. Joder.

Empecé a moverme.

Al principio despacio, subiendo hasta que la punta casi salía y bajando de golpe hasta el fondo. Cada bajada me arrancaba un gemido. Su polla me llenaba entero, me tocaba por dentro sitios que no todos sabían encontrar. Él puso las manos en mis caderas sin ejercer presión, solo para seguir el movimiento de cerca. Yo marcaba el ritmo y él lo seguía, aunque era evidente que le costaba no adelantarse. Lo notaba en cómo apretaba los dedos cada vez que yo bajaba más despacio de lo que él quería, y en cómo su cadera se levantaba una fracción de segundo antes de que yo llegara.

—Así —decía, en voz baja—, así, no pares.

—No te muevas —le decía yo—. Aguanta.

Y lo aguantaba un momento antes de ceder y bajar del todo, y entonces él soltaba el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.

Empezó a besarme cuando me incliné hacia él para cambiar el ángulo. En esa posición su verga me daba de lleno en la próstata cada vez, y yo tenía que morderme el labio para no correrme ahí mismo. Aproveché que estaba distraído para frenar el ritmo casi hasta detenerme, contrayendo el culo alrededor de él, apretándole la polla con cada anillo del canal. Sus caderas reaccionaron solas, buscándome hacia arriba sin que él lo hubiera decidido conscientemente, empujando hacia dentro con desespero.

—Eres mala persona —dijo contra mi boca.

Me reí. Y volví a apretar.

***

A cuatro patas fue diferente.

Me colocó cerca del borde de la cama, con el culo levantado, y entró de nuevo, esta vez de un solo empuje, hasta el fondo. Grité contra la almohada. Desde esa posición el control era completamente suyo, y lo usó sin dudar. No fue violento en ningún momento, pero tampoco suave en el sentido de contenido: fue exactamente la cantidad de fuerza necesaria para que yo tuviera que agarrarme a algo para no resbalar hacia la cabecera.

Me agarré a la sábana con los dos puños.

Empezó a follarme con embestidas largas, saliendo casi entera y volviendo a entrar hasta la base. Cada empuje me arrancaba un sonido de la garganta que no era palabra ni gemido, algo intermedio. El sonido de sus huevos golpeando contra los míos, húmedos, llenaba la habitación. Me agarró de la cadera con una mano y del hombro con la otra, para clavarme contra él en cada bajada.

Cambió el ángulo una vez, buscando algo específico. Lo encontró. Me la metió justo ahí y me hizo temblar entero. Cambió otra vez. Luego levantó una rodilla sobre el colchón para ganar altura y entonces noté la diferencia en profundidad con total claridad. Cerré los ojos. La cabeza de su polla me tocaba tan adentro que casi dolía, y aún así lo quería más.

—¿Bien? —preguntó, sin frenar.

—Sí. No pares. Más fuerte.

Aceleró. Me metía la verga entera cada vez, con un ritmo que me sacudía el cuerpo hacia adelante y me hacía apretar la cara contra la almohada para ahogar los gritos. Me pasó una mano por debajo y me agarró la polla, masturbándomela al ritmo de las embestidas. Yo estaba a punto. Se lo dije.

—Aguanta —me dijo—. Aguanta que quiero más.

Bajó el ritmo. Me dejó al borde y me hizo bajar, y luego volvió a subirlo. Estuvo así un buen rato, con un ritmo que variaba lo suficiente para que yo no pudiera predecirlo ni acostumbrarme del todo. Cuando notaba que yo empezaba a acoplarme, lo cambiaba. Era la clase de cosa que o se te da de forma natural o no se aprende fácilmente.

A él se le daba de forma muy natural.

***

Después me tumbó boca arriba.

Se colocó entre mis piernas, las levantó y apoyó mis tobillos en sus hombros. Desde esa posición nuestras caras quedaban cerca y podíamos mirarnos sin esfuerzo. Entró de nuevo, de un solo movimiento firme que me sacó todo el aire de golpe, y empezó a moverse con un ritmo largo y deliberado, más lento que antes, con algo más de intención en cada empuje. Doblado como estaba, con las rodillas contra el pecho, la sentía todavía más profunda.

—Quería verte así —dijo—. Con mi polla dentro y la cara así.

No contesté. No hacía falta.

Mantuve los ojos abiertos. Él también. Hay algo en mirarse de esa forma, sin esconderse, mientras te están follando y no puedes disimular ni una sola reacción, que añade una capa a todo lo demás que es difícil de neutralizar o de ignorar. En un momento determinado me extendió una mano y la entrelazó con la mía contra el colchón, sin decir nada, sin que viniera especialmente a cuento, y sin embargo resultó completamente natural. Con la otra mano me cogió la polla y empezó a masturbármela otra vez, coordinando con las embestidas.

Yo no iba a aguantar mucho más.

—Me voy a correr —jadeé.

—Córrete —dijo, sin frenar el ritmo—. Córrete conmigo dentro.

Aceleró la mano y las caderas a la vez. Empujó fuerte, hasta el fondo, y volvió a empujar, y a la tercera me corrí de golpe, con una fuerza que no había sentido en meses. Solté un grito ronco. El semen me saltó en chorros gruesos por el pecho y el abdomen, un chorro llegó hasta la clavícula. Mi culo se contrajo alrededor de él en espasmos largos, apretándole la verga con cada oleada.

—Joder, joder —jadeó él—, así, exprímela así.

Así seguimos.

***

Llevábamos cerca de una hora cuando él empezó a cambiar el ritmo sin que yo se lo pidiera. Lo reconocí por la respiración más corta, por el ritmo más urgente, por cómo los músculos de su abdomen se contraían con cada empuje y por la forma en que había empezado a apretar los dientes. No necesitaba palabras para leerlo.

Salió de mí, se quitó el condón de un tirón y nos pusimos de pie junto a la cama.

—¿Dónde quieres que me corra? —preguntó, con la polla en la mano, moviéndosela despacio para no correrse todavía.

—En la boca. Toda.

Me arrodillé delante de él en la alfombra. Puse una mano en su muslo y le cogí los huevos con la otra mientras acercaba la boca. Se los apreté con suavidad, sintiéndolos ya duros, cargados, listos. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y me la metí hasta la garganta. Él se masturbó con mi mano encima de la suya, marcando el ritmo, empujando la polla dentro de mi boca cada vez con más urgencia. Yo lo miraba desde abajo, con la boca abierta, la lengua fuera, ofreciéndosela.

—Ya, ya —jadeó.

Noté los primeros espasmos en la base y entonces la metí del todo hasta el fondo de la garganta. Se corrió con fuerza, en varias oleadas gruesas y calientes. La primera me llenó la boca de golpe; la segunda salió cuando ya la estaba tragando; la tercera y la cuarta me las corrió sobre la lengua, con la polla apoyada en los labios para que él pudiera ver cómo se acumulaba el semen antes de que yo tragara. Yo lo mantuve hasta el final, hasta que dejó de temblar y soltó el aire que había estado aguantando sin darse cuenta. Tragué todo, hasta la última gota. Le pasé la lengua una última vez por la punta, limpiando lo que había quedado, y él se estremeció por la sensibilidad.

Me levanté.

Fui al baño. Cuando volví, él estaba sentado en el borde de la cama con las manos en las rodillas y una expresión tranquila, de alguien que acaba de terminar algo que le ha ido bien.

—Bueno —dijo.

—Sí —respondí.

No hacía falta añadir nada.

***

Se duchó. Yo puse agua a calentar mientras esperaba. Cuando salió del baño ya vestido nos tomamos un café de pie en la cocina, sin hablar demasiado pero sin el silencio incómodo que a veces aparece después. Hablamos de cosas intrascendentes: del barrio, del tiempo que hacía, de cuánto tardaba el metro en esa hora.

Antes de irse, ya en la puerta, se giró:

—Te paso mi número, si te parece bien.

—Me parece muy bien.

Le mandé un mensaje por la app para que tuviera el mío. Él respondió con un escueto «guardado» y bajó las escaleras sin mirar atrás.

Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento.

Eran las seis de la tarde de un sábado que había empezado sin ningún plan y había terminado mejor de lo que tenía derecho a esperar. Me prometí no dejar pasar demasiado tiempo antes de escribirle.

Y esa vez, pensé, tendría que ser yo quien llevara la iniciativa. Quería probar cómo follaba él por debajo.

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Comentarios(8)

Gastón_86

Tremendo arranque, se te hace corto. Mas por favor!!!

Fede_lee

Genial como lo contaste, se siente que uno estaba ahi viendo todo. Espero la segunda parte

NocheSolitaria22

Me recordo a algo que me paso hace unos meses jajaja muy bueno, muy realista

MarcosTP

Buenisimo, quede con ganas de mas. Por favor segui escribiendo

IceEnd

Excelente!!! El comienzo me engancho de una, no pude parar

RosaEterna

Me encanto el detalle con el que arranca. Se nota que sabes escribir, no es lo tipico de por aca. Sigue asi!

felipemdz22

Jaja la parte de que ya sabia como iba a terminar me mato. Demasiado

Aquiles

Esperando ansioso tu proximo relato. Muy bueno esto, saludos desde uruguay

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