Mi rival llevaba años enamorado de mí
Andrés se despertó sin saber dónde estaba.
La luz entraba por las rendijas de una persiana que no era la suya. El techo era demasiado alto, las paredes demasiado blancas, y la almohada olía a algo que tardó unos segundos en identificar. Procesó el silencio, el peso de la sábana sobre su cuerpo, el martillo sordo que le golpeaba detrás de los ojos.
Levantó la sábana para confirmarlo. Sin camiseta, sin calzoncillos, sin nada. La dejó caer de nuevo y se quedó mirando el techo mientras intentaba ordenar la noche anterior.
Recordaba la fiesta en el piso de Iván. Las primeras cervezas, la música demasiado alta, el humo denso del salón. Y a Diego.
Diego Saura. Su mayor fuente de irritación desde primero de carrera.
Recordaba haberlo visto apoyado en la barra, con esa postura suya de quien no tiene que esforzarse en nada, hablando con el chico al que Andrés había estado mirando toda la noche. La conversación que tuvo con él después no había sido agradable. Más allá de eso, todo estaba borroso.
Se incorporó despacio y esperó a que el mareo pasara. La habitación era ordenada: un escritorio con libros y apuntes de Derecho Penal, ropa colgada en la silla que definitivamente no era suya, una estantería con los mismos títulos que tenía él en casa pero en un orden diferente.
Recogió su ropa del suelo, se vistió en silencio y salió al pasillo.
Desde la cocina llegaba el sonido del café cayendo en una taza.
Andrés decidió no pasar por delante de la puerta y fue directamente hacia la salida. Aferró el pomo, tiró despacio.
—¿Ya te vas?
Se quedó paralizado con la mano en la puerta.
Diego estaba apoyado en el marco de la cocina. Llevaba solo unos bóxers oscuros y unas chancletas de plástico, el torso desnudo, el pelo sin peinar. No era la primera vez que Andrés lo veía así —coincidían en el gimnasio de la facultad— pero siempre era un problema mirarlo demasiado tiempo. Se le marcaba el bulto de la polla contra la tela fina del bóxer y Andrés apartó la vista más rápido de lo que le habría gustado.
—Sí —dijo Andrés sin girarse del todo—. Gracias por dejarme quedarme.
—Puedes tomar un café antes de irte.
—Tengo cosas que hacer.
Diego se separó del marco y caminó hasta apoyar una mano en el marco de la puerta de entrada, bloqueando la salida sin esfuerzo aparente. No había agresión en el gesto. Era algo más parecido a la calma de alguien que no tiene prisa.
—¿No quieres saber qué pasó anoche?
Andrés lo miró por primera vez desde que había salido al pasillo. Le costó sostenerle la mirada el tiempo necesario.
—Estaba borracho. Discutimos, supongo que me ofreciste quedarme aquí para no conducir, y me quedé dormido. No hay mucho que hablar.
Diego sonrió. Era una sonrisa lenta, de alguien que sabe algo que el otro no sabe.
—Discutimos bastante —confirmó—. Me dijiste que llevabas más de un año sin follar. Que yo tenía la culpa porque siempre me llevaba a los tíos que te gustaban.
Andrés sintió el calor subirle a la cara.
Eso era exactamente lo que pensaba, aunque nunca lo habría dicho en voz alta estando sobrio. Diego Saura llegaba a cualquier sitio, sonreía a cualquier persona, y de alguna manera inexplicable siempre terminaba siendo el centro de atención. En las clases, en los pasillos, en las fiestas. Y él, Andrés, siempre terminaba mirando desde lejos con algo parecido al resentimiento.
—No recuerdo haberlo dicho —mintió.
—Claro. —Diego retiró la mano de la puerta—. El coche está en la esquina de enfrente, por si acaso.
***
Andrés encontró la moto donde la había dejado. Se quedó apoyado en el lateral con el teléfono en la mano y marcó el número de Sara.
—Por fin —dijo ella sin saludar—. ¿Dónde te metiste anoche? Me quedé preocupada.
—Cuéntame qué pasó.
—¿Qué pasó? Te emborrachaste, discutiste con Diego delante de todos, le dijiste que te había arruinado el último año y medio, y luego os fuisteis juntos al baño.
—¿Al baño.
—Sí. Él salió veinte minutos después. Solo.
—¿Y yo?
—Saliste poco después con Mateo. Y luego Diego se fue contigo. Ya no supe más. —Una pausa—. Andrés, ¿qué pasó exactamente?
—No lo sé. Eso es el problema. —Colgó antes de que ella pudiera responder.
Mateo tardó tres tonos en contestar.
—Sabía que ibas a llamar —dijo.
—Cuéntame lo del baño.
Un silencio.
—Diego me pidió que no dijera nada.
—Mateo. Estaba yo ahí.
Otro silencio, más largo.
—Entré a por papel —dijo al fin—. Vosotros dos estabais junto al lavabo. Tú lo tenías contra la pared y le estabas metiendo la lengua hasta la garganta. Le tenías la mano metida por dentro del pantalón, agarrándole la polla, y él no se apartaba exactamente. Se le oían los gemidos desde la puerta. Luego te empujó hacia uno de los cubículos y fue a la máquina de condones de la pared. Fue entonces cuando me vio. Me miró, señaló la puerta, y me pidió que no dijera nada. Salí.
Andrés no respondió de inmediato.
—¿En algún momento intentó apartarse? —preguntó.
—No. —Una pausa—. La tenía dura. Se la notabas de kilómetros. Solo te empujó hacia adentro. Para seguir, no para parar.
—Gracias —dijo, y colgó.
***
Subió los tres pisos a pie porque necesitaba el tiempo para pensar, aunque no le sirvió de mucho. Llamó al telefonillo con más fuerza de la necesaria.
—Sube —dijo Diego sin preguntar quién era.
Andrés entró al apartamento y se quedó de pie en el centro del salón. Diego estaba sentado en el sofá, la taza de café en la mano, con una expresión que no era sorpresa.
—Sé lo que pasó en el baño —dijo Andrés—. Me lo contó Mateo. Le estaba besando, te tenía la polla en la mano y tú no te apartaste. Me empujaste adentro y fuiste a por un condón.
Diego dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—Sí.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Qué más quieres que diga?
—Por qué me dijiste esta mañana que no había pasado nada.
Diego se levantó. Era ligeramente más alto que Andrés, y cuando caminaba hacia él había algo en su postura que era difícil de ignorar. No era agresión. Era exactamente lo contrario.
—Porque ibas muy borracho —dijo—. Y porque cuando Mateo entró y me miró de esa manera, me di cuenta de que si continuaba, al día siguiente tú ibas a arrepentirte. O ibas a decir que yo me había aprovechado. Y ninguna de las dos cosas era lo que quería. Y me la comía por dejarte, te lo juro. La tenía tan dura que me dolía.
—¿Qué es lo que querías?
Diego no respondió de inmediato. Fue hasta la ventana y se quedó mirando la calle con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Que lo recordaras —dijo al final—. Que lo decidieras tú, con la cabeza despejada.
Andrés lo estudió desde el otro lado del salón. Llevaba cuatro años estudiando criminología y había aprendido a reconocer cuándo alguien estaba dando rodeos.
—¿Por qué llevas tres años intentando superar mis notas en cada examen? —preguntó—. ¿Y hablando con cada tío con el que he coincidido en una fiesta?
Diego siguió mirando la calle.
—Lo segundo no es exactamente como tú lo describes.
—Entonces descríbelo tú.
Una pausa larga.
—¿Alguna vez has hecho algo estúpido durante mucho tiempo porque no sabías hacer otra cosa?
Diego se giró por fin. Tenía una expresión que Andrés no le había visto nunca. No era la sonrisa calmada de los pasillos ni la confianza irritante de los seminarios. Era algo mucho más parecido a la incomodidad.
—Te conozco desde los catorce años —dijo—. Del instituto. Estabas en otra clase. No creo que te acuerdes de mí.
Andrés frunció el ceño.
—No.
—Llegamos a la misma carrera y de repente estabas ahí otra vez. —Se pasó una mano por el pelo—. La única manera que se me ocurrió de estar cerca sin que pareciera raro fue competir contigo. Ponerte delante algo que tuvieras que superar. —Una pausa—. Es una estupidez. Lo sé perfectamente.
El silencio que siguió era distinto a todos los anteriores de esa mañana.
Andrés dio un paso hacia él. Luego otro.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?
—Desde primero.
—Son cuatro años, Diego.
—Ya lo sé.
—¿Y los tíos de las fiestas?
Diego hizo un gesto vago con la mano.
—A veces me ponía nervioso verte hablar con alguien. No era un plan. Era reflejo. —Bajó la vista—. Tampoco estoy orgulloso de eso.
Andrés se quedó parado a menos de un metro de él. Desde esa distancia podía ver el pequeño músculo que Diego apretaba en la mandíbula cuando estaba tenso. Lo había visto antes, en los días de entrega de notas, cuando esperaban los resultados en el pasillo. Siempre lo había interpretado como rivalidad.
—Esta mañana me dijiste que no había pasado nada —dijo Andrés—. Pero me limpiaste el coche. Y me dejaste una nota.
Diego bajó la vista al suelo.
—No podía dejarlo así.
—¿Por qué no?
—Porque importaba —dijo, en voz más baja—. Aunque tú no lo fueras a recordar.
Andrés se acercó el último paso. Estaban a veinte centímetros de distancia. Diego no se movió, pero tampoco levantó la vista de inmediato.
—Anoche —dijo Diego sin moverse—, cuando Mateo entró y me miró de esa manera, lo primero que pensé no fue que me habías sorprendido. Lo primero que pensé fue que por fin.
—¿Por fin qué.
—Por fin algo sin competencia. Sin excusas. —Una pausa mínima—. Algo real.
Andrés levantó la mano y le puso los dedos en el pecho. Sintió el latido acelerado bajo la palma, más rápido de lo que esperaba. Lo empujó despacio hasta que Diego se sentó en el sofá.
Se quedó de pie delante de él.
—Cuatro años —dijo.
—Sí.
—Eres un idiota.
—Lo sé.
—Podrías haber dicho algo en cualquier momento. En cualquiera de los cuatro años.
Diego lo miró desde abajo con esa expresión nueva que Andrés seguía sin saber cómo clasificar exactamente.
—¿Lo habrías escuchado?
Andrés pensó en cuatro años de exámenes comparados en voz alta, de apuntes prestados con desgana, de conversaciones que empezaban como discusiones y terminaban durando más de lo necesario. Pensó en todas las veces que había llegado a una fiesta buscando algo sin saber muy bien qué, y en todas las veces que Diego estaba ahí, siendo exactamente lo que era.
Se sentó a su lado en el sofá.
—Probablemente no —admitió.
Diego soltó el aire muy despacio.
—Por eso —dijo.
No se tocaron. Se quedaron sentados uno al lado del otro, con el café ya frío en la mesa y la luz de la tarde entrando por la ventana. Era la primera vez en cuatro años que Andrés no sentía la necesidad de ganarle en nada.
Después de un rato largo, Diego habló sin moverse.
—Puedo hacer más café.
—Sí —dijo Andrés—. Haz más café.
Diego se levantó. Andrés lo siguió a la cocina sin que nadie lo dijera en voz alta, y se quedó apoyado en la encimera mientras Diego llenaba la cafetera. La tarde afuera estaba tranquila. En el apartamento también.
—La próxima vez que quieras hablar conmigo —dijo Andrés al final—, no hace falta que te lleves a mis ligues.
Diego se rió. Fue breve, casi sorprendida, una risa que Andrés no le había oído nunca con ese tono.
—Trato hecho —dijo.
Y entonces Andrés dio el paso que le faltaba. Le puso una mano en la nuca, lo giró hacia él y lo besó sin preguntar. Diego se dejó besar durante medio segundo antes de responder con la lengua, empujándolo despacio contra la encimera. Fue un beso húmedo, profundo, con los dientes chocándose y el sabor a café todavía entre los labios. Andrés sintió la polla de Diego crecerle contra la cadera a través de la tela del bóxer y se dio cuenta de que él estaba igual de duro dentro de los vaqueros.
—A la habitación —dijo Diego contra su boca.
—No —contestó Andrés, y le mordió el labio—. Aquí primero.
Le empujó los bóxers hacia abajo con las dos manos. La polla de Diego saltó libre, gruesa, ya goteando en la punta. Andrés se arrodilló en el suelo de la cocina sin ceremonia y se la metió entera en la boca. Diego soltó un gemido ronco, apoyó las palmas contra la encimera y bajó la vista para mirarlo. Andrés se la chupó despacio la primera vez, la sacó hasta la punta, pasó la lengua por debajo del glande hasta recoger la gota de semen que colgaba ahí, y luego se la volvió a tragar hasta la garganta.
—Joder —murmuró Diego—. Joder, Andrés.
Andrés lo miró desde abajo mientras se la mamaba. Le encantaba tenerlo así, con esa polla dura y palpitante llenándole la boca, después de cuatro años de mirarlo desde lejos y odiarlo por ser exactamente lo que era. Le pasó la lengua por toda la longitud, le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca de dos en dos, se la volvió a tragar entera. Diego le hundió los dedos en el pelo, no para forzarlo, solo para sujetarse a algo.
—Si sigues así me corro en tu boca —dijo Diego con la voz rota.
Andrés se la sacó de la boca con un ruido húmedo y se levantó, los labios brillantes de saliva.
—Todavía no.
Diego le tiró del cuello para volver a besarlo, sabiéndose a sí mismo en la boca de Andrés. Le arrancó la camiseta por encima de la cabeza, le desabrochó el vaquero de un tirón, le bajó los calzoncillos con la misma prisa. La polla de Andrés se le clavó a Diego en el estómago cuando quedaron los dos desnudos en la cocina. Diego le agarró la polla con la mano, se la pajeó dos veces despacio, apretando desde la base hasta la punta.
—A la habitación —repitió Diego, esta vez sin preguntar.
Lo llevó del brazo por el pasillo. Andrés cayó sobre la cama boca arriba y Diego se subió encima a horcajadas. Se inclinó y volvió a besarlo, largo, mientras se frotaba las dos pollas juntas con la mano. El calor de la piel contra la piel, el líquido preseminal que ya empezaba a mojarlos a los dos, la respiración cortada.
—Un año y medio —dijo Diego contra su cuello—. Es lo que dijiste anoche. Un año y medio sin follar.
—Cállate —respondió Andrés, y le tiró del pelo para que le mordiera más fuerte.
Diego bajó por su cuerpo besándole el pecho, los pezones, el estómago. Le agarró la polla con la mano y se la metió en la boca de un solo movimiento. Andrés arqueó la espalda contra el colchón. Diego se la chupó con una calma que era casi cruel, chupando y soltando, lamiéndole toda la longitud, chupándole los huevos hasta que Andrés lo sujetó del pelo con las dos manos.
—Para. Me voy a correr y no quiero correrme así.
—¿Cómo quieres correrte?
Andrés lo miró. Tenía los labios rojos e hinchados de mamársela, la barbilla mojada, el pelo revuelto.
—Contigo dentro.
Diego se estiró hacia la mesita de noche, sacó lubricante y un condón. Andrés se puso boca abajo y separó las piernas sobre las sábanas. Diego le mordió una nalga y luego la otra, antes de pasarle la lengua por en medio. Andrés hundió la cara en la almohada al sentir la lengua de Diego lamiéndole el agujero, empujando hacia dentro, ensalivándoselo entero.
—Joder —gimió Andrés contra la almohada—. Joder, Diego.
Diego se lo comió el culo durante varios minutos, sin prisa, alternando la lengua con los dedos ya húmedos de lubricante. Primero uno, luego dos, moviéndolos despacio, abriéndolo, buscando el punto que hacía que Andrés soltara un gemido distinto. Cuando lo encontró Andrés empezó a follarse los dedos moviendo las caderas hacia atrás por su cuenta.
—Métemela ya.
—Espera.
—Que me la metas de una puta vez.
Diego se rió por lo bajo contra su culo, se puso el condón, se echó lubricante encima y se colocó detrás. Le pasó la mano por la espalda, le agarró la cadera, y le apoyó la punta de la polla en el agujero.
—Respira.
Empujó despacio. Andrés apretó los ojos al sentir cómo entraba, el estirón caliente, la presión que era casi dolor y luego era otra cosa. Diego se paró a medio camino, dejó que se acostumbrara, y empujó otra vez hasta el fondo. Los huevos le chocaron contra el culo. Andrés soltó un gemido largo contra la almohada.
—¿Bien? —preguntó Diego con la voz apretada.
—Fóllame.
Diego empezó a moverse. Primero despacio, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, disfrutando cada centímetro. Luego más rápido, agarrándole las dos caderas con las manos, follándoselo con un ritmo constante que hacía sonar los cuerpos al chocar. Andrés le empujaba el culo hacia atrás para recibirlo entero.
—Así —jadeó—. Más fuerte.
Diego se echó sobre él, le puso una mano en la nuca, le apretó la cara contra la almohada y le clavó la polla más profundo. Empezó a follárselo de verdad, con embestidas duras que hacían crujir la cama contra la pared, con la respiración jadeando junto a su oído. Le mordía el hombro, el cuello, la oreja.
—Cuatro años —gruñó Diego contra su piel—. Cuatro putos años imaginándome esto.
—Cállate y sigue.
Diego se incorporó, tiró de Andrés hasta ponerlo de rodillas, con el pecho todavía contra el colchón. Desde ese ángulo la polla le entraba distinto, más profundo, tocándole un punto que le hacía ver luces. Andrés se agarraba a las sábanas y gemía sin poder disimular.
—Date la vuelta —dijo Diego de repente, saliendo de él con un ruido húmedo.
Andrés obedeció. Se puso boca arriba y Diego le levantó las dos piernas por encima de los hombros y volvió a metérsela de un solo empujón hasta el fondo. Ahora podían verse las caras. Diego lo folló mirándolo a los ojos, y era casi peor así, era casi imposible aguantar.
—Tócate —le dijo Diego con la voz ronca—. Quiero verte correrte.
Andrés se agarró la polla y empezó a pajearse al ritmo de las embestidas. La cama chocaba contra la pared, el olor a sudor y a sexo llenaba el cuarto, y Diego seguía follándoselo mientras le miraba la cara sin apartar la vista. No tardó mucho. Andrés sintió el orgasmo subiendo desde los huevos, apretó las piernas alrededor de las caderas de Diego, y se corrió a chorros sobre su propio pecho y su estómago. La polla le palpitó en la mano mientras el semen salía en varias oleadas espesas y calientes, salpicándole hasta la clavícula.
Diego siguió follándoselo mientras Andrés se venía, y el culo apretándose alrededor de su polla fue demasiado. Se salió de golpe, se arrancó el condón de un tirón, y se pajeó tres veces sobre él. Se corrió sobre el pecho de Andrés, mezclando su semen con el suyo, dejando caer chorros gruesos que le cayeron en el estómago y en la barbilla.
Se quedó respirando encima de él sin moverse. Le pasó los dedos por el pecho, mezclando el semen de los dos, y le pasó el pulgar por los labios. Andrés le agarró la muñeca y le chupó los dedos con la corrida todavía tibia.
—Joder —dijo Diego, muy bajo—. Joder.
Se dejó caer al lado. Los dos se quedaron mirando al techo mientras la respiración volvía a la normalidad. Andrés notó que le picaba la piel donde el semen empezaba a secarse.
—Si esto es lo que llevaba un año y medio esperando —dijo—, la culpa la tienes tú por callarte tanto tiempo.
Diego se rió otra vez, con esa risa nueva.
—Me lo apunto para la próxima.
—Va a haber próxima en un rato.
—Ya lo sé.
Se giró de lado y le pasó el brazo por encima. Andrés cerró los ojos, con el semen de los dos secándosele en el pecho y la respiración de Diego lenta contra el hombro, mientras el apartamento se llenaba de una tarde que ninguno de los dos tenía prisa por terminar.