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Relatos Ardientes

Mi compañero de equipo no era quien yo creía

Adrián tiene la piel oscura, esa clase de bronceado que parece guardar el sol incluso en los inviernos lluviosos del Cantábrico, cuando entrenamos con los dedos rígidos y el aliento se condensa en el aire del pabellón. Sus labios son gruesos, siempre brillantes, como si acabara de pasarse la lengua por ellos. Tiene el cuerpo limpio, depilado, sin una sombra que rompa la línea afilada de los músculos. Compacto. Definido. Un cuerpo hecho para saltar más alto que cualquiera, para resistir los empujones sin doblarse, para abrirse paso aunque tres rivales se le cuelguen encima. A sus dieciocho años, Adrián parece un dios.

No lo digo en voz alta, claro. Ni siquiera lo formulo con palabras completas la mayor parte del tiempo, porque cuando lo hago siento algo parecido al vértigo. Como si me asomara desde un sitio demasiado alto y me entraran ganas de retroceder dos pasos.

Yo no soy como Adrián. Yo soy el que se queda medio paso atrás en los sprints. El que se mira lo justo en los espejos del vestuario. El que ha aprendido a disimular tan bien que a veces ni yo mismo me reconozco. Soy el que mira a Adrián cuando nadie me ve, y aparta los ojos cuando alguien podría verme mirarlo.

Jugamos en un equipo de balonmano de un pueblo costero de Asturias. El suelo del pabellón siempre está un poco húmedo, el aire huele a goma de zapatilla, a sudor adolescente y a desodorante barato, y las voces rebotan contra las paredes como si todo fuera más intenso ahí dentro.

Y Adrián siempre está en el centro. Lateral derecho. Potente. Seguro. Preciso. Perfecto.

Adrián es hetero, lo tengo clarísimo. Esa voz grave que ya no se le quiebra desde hace años, esa forma de caminar abriendo el pecho, esa manera de hablarles a las chicas del instituto sin titubear. Si por algún milagro extraño fuera otra cosa, jamás me atrevería a comprobarlo.

Primero, porque no tengo el valor.

Segundo, porque Adrián, a sus dieciocho años, parece vivir en un mundo al que yo no tengo acceso. Un mundo donde nadie duda, nadie tiembla, nadie esconde nada.

Un mundo donde no existen tipos como yo.

Aquel jueves llegué tarde al vestuario. El entrenador me había retenido para corregirme una jugada en defensa, y cuando por fin crucé la puerta, el vapor de las duchas todavía flotaba en el aire, espeso, mezclado con olor a jabón de pastilla y colonia adolescente.

El ruido del agua cayendo sobre los azulejos resonaba en todo el espacio. Entré con la mochila colgada del hombro, todavía acelerado por el entrenamiento, todavía con el corazón yendo más rápido de lo que correspondía. Y entonces lo vi. No del todo. Solo lo suficiente.

Adrián salía de las duchas con una toalla colgada del cuello, el pelo oscuro pegado a la frente, la piel todavía brillante por el agua. Las gotas resbalaban por su pecho y bajaban lentamente por el contorno de cada uno de sus abdominales, como si buscaran demorarse ahí, como si supieran que las miraba. Se inclinó hacia su taquilla. La toalla cayó un poco más abajo de lo prudente.

Para cuando levanté la vista del todo, ya se había puesto los calzoncillos. Negros. Ajustados. De marca cara.

Pero aquello… aquello abultaba. Demasiado. Tanto que era imposible no fijarse, imposible no quedarse mirando un segundo más de lo que el sentido común recomendaba. Sentí mi propia entrepierna responder con un golpe seco, demasiado urgente para una situación tan simple.

Me quedé observándolo embobado, como si mis ojos se hubieran quedado pegados a ese punto concreto del tiempo y del espacio. Entonces Adrián giró la cabeza. Y me miró. Directo. Sin aviso. Sus ojos oscuros encontraron los míos con una precisión que me dejó sin aire, sintiendo el latido de mi corazón subiéndome por la garganta.

Aparté la mirada de golpe. Demasiado rápido. Demasiado evidente. Sentí el calor subiéndome desde el cuello hasta las orejas, ese rubor estúpido que siempre me delata. Me agaché fingiendo buscar algo en la mochila, aunque no necesitaba absolutamente nada.

Cuando volví a levantar la vista, Adrián ya estaba con el pantalón del chándal puesto. Pero seguía mirándome. No con incomodidad. No con sorpresa. Con algo más quieto, más calculado. Cerró su taquilla con una calma deliberada y salió del vestuario sin decir nada.

Yo salí unos minutos después, todavía con las manos algo temblorosas mientras me ataba las zapatillas.

***

El aire frío me golpeó la cara nada más cruzar la puerta del pabellón. El aparcamiento estaba casi vacío y las farolas amarillas dibujaban sombras alargadas sobre el suelo húmedo de la última lluvia. Eché a andar hacia casa por el sendero que bordea el pinar de detrás del polideportivo, intentando convencerme de que no había pasado nada. Que Adrián no se había dado cuenta. Que era yo el que estaba imaginando cosas. Como siempre.

Y entonces escuché su voz.

—Eh.

Me giré.

Adrián estaba apoyado contra la valla metálica, mirando hacia el sendero que llevaba al pequeño bosque que había detrás del pabellón. Le brillaba la punta de un cigarrillo entre los dedos, aunque yo no recordaba haberlo visto fumar nunca. La capucha del chándal le caía sobre la frente. Me esperaba a mí.

—¿Vienes un momento? —Señaló con la cabeza hacia el bosque—. Solo un momento.

No supe decir que no. Nunca supe decir que no cuando se trataba de él.

Caminamos por el sendero cubierto de hojas húmedas que crujían bajo nuestras zapatillas. El aire olía a tierra mojada, a resina, a frío. Avanzábamos sin hablar. Yo todavía tenía clavada en la cabeza la imagen del vestuario. Aquellos calzoncillos negros. Aquel volumen imposible de ignorar. Y la sensación absurda, ardiente, de haber sido descubierto en pleno delito.

Adrián se detuvo a unos cien metros, en una pequeña explanada donde los árboles formaban una especie de círculo natural. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un paquete de tabaco. Me quedé mirándolo. Aquella escena no encajaba con la imagen que yo tenía de él, esa imagen de chico perfecto, deportista intachable, hijo modélico.

—¿Fumas? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No.

Sonrió apenas.

—Yo tampoco debería.

Sacó un cigarrillo y se lo colocó entre los labios. Encendió el mechero, y el chasquido resonó en medio del silencio del bosque como si alguien hubiera disparado una pistola muy lejos. Aspiró despacio. Muy despacio. El pecho se le hinchó ligeramente y luego soltó el humo con una lentitud que me dejó mirándolo sin poder evitarlo. El humo salió en una nube densa y blanca. Se quedó flotando entre los dos.

—¿Quieres probar?

Me miró directamente, sin pestañear.

Tragué saliva.

—Nunca he fumado.

—Siempre hay una primera vez.

Se acercó un paso. Luego otro. Me ofreció el cigarrillo. Lo tomé. Nuestros dedos se rozaron. Un roce mínimo, casi accidental, pero suficiente para que una corriente cálida me subiera por el brazo y se me instalara detrás del esternón.

Llevé el cigarrillo a los labios. Inhalé torpemente. Tosí con fuerza, doblándome un poco hacia delante.

Adrián se rió. Una risa baja, ronca, que no se parecía a su risa de los entrenamientos.

—Despacio —dijo.

Se acercó más. Puso su mano sobre la mía. Solo un instante. Guiando el gesto.

—Así.

Su voz sonó más baja todavía.

Aspiré otra vez. Más lento. El humo bajó arañándome la garganta, pero esta vez aguanté. Lo solté despacio. Se quedó flotando entre los dos.

***

Y entonces empezó algo extraño. Un juego silencioso del que yo no conocía las reglas y él parecía haber inventado.

Tomó el cigarrillo entre los labios y aspiró sin apartar los ojos de mí. Su mirada se clavó en la mía como si estuviera esperando algo, una respuesta, una señal. Exhaló despacio, pero no hacia arriba como había hecho antes. Hacia mí. El humo avanzó directo, lento, envolviéndome la cara antes de disiparse. Respiré parte de ese aire sin querer. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del bosque.

Volvió a aspirar. Más profundo. Esta vez se inclinó un poco antes de expulsar el humo. Tan cerca que pude sentir el calor de su respiración antes de que la nube blanca saliera de su boca.

—Respira —dijo.

Obedecí. Inhalé lentamente. El olor del tabaco se mezcló con el olor de su piel, esa mezcla de gel de ducha y sudor reciente que reconocería en cualquier vestuario del mundo. Me mareó ligeramente. Y supe en ese momento, con una claridad casi dolorosa, que ya no había vuelta atrás.

El cigarrillo iba y venía entre nosotros como si marcara un ritmo propio, un compás que solo nosotros oíamos. A veces lo acercaba a mis labios sin tocarme. A veces lo retiraba en el último instante, como si disfrutara de esa distancia mínima, como si jugara con ella, con mi paciencia, con mi cordura.

En un momento aspiró profundo y, en lugar de soltar el humo al aire libre, acercó su boca a la mía. Muy despacio. No llegó a tocarme. Pero estuvo tan cerca que pude sentir el calor de su aliento en mis labios entreabiertos. Y entonces soltó el humo. Directo. Hacia mí. Entró en mi boca sin que pudiera evitarlo. Lo respiré por reflejo, por necesidad, por algo que no sabía nombrar.

El corazón empezó a latirme con tanta fuerza que pensé que él podía oírlo.

—¿Ves? —murmuró.

Su voz sonó baja. Casi íntima. Casi tierna.

Volvió a hacerlo. Otra vez. Cada vez más cerca. Cada vez más lento. Cada vez quedando menos milímetros de distancia entre nuestros labios. El cigarrillo se consumía entre sus dedos mientras el aire entre nosotros se volvía más caliente, más denso, más imposible de respirar sin él.

En un momento dado tomó mi mano. La levantó. Colocó el cigarrillo entre mis dedos, sus dedos cerrándose sobre los míos, guiando el gesto.

—Ahora tú.

Aspiré. Cuando solté el humo, lo hice hacia él. Adrián no se apartó. Respiró despacio, como si recogiera el aire que yo acababa de expulsar, como si aquello fuera una forma muda de besarnos sin atrevernos a hacerlo del todo. Nuestros rostros estaban tan cerca que podía ver cada detalle de su piel: la curva exacta de sus labios, la humedad en la comisura, el brillo oscuro de sus ojos, la pestaña húmeda más larga que las otras.

Ese humo iba y venía entre nosotros como un hilo invisible que nos cosía la boca el uno al otro. El cigarrillo ya estaba casi terminado cuando nuestras manos volvieron a coincidir. Esta vez no apartó la suya. La dejó encima de la mía. Caliente. Firme. Pesada.

Algo me hizo sentir que el pecho se me prendía fuego por dentro, y mi propia entrepierna ardía con una urgencia que ya no podía esconder en los pliegues del chándal.

—¿Mañana quieres quedar aquí otra vez después del entrenamiento? —dijo entre susurros, como si pronunciarlo en voz alta pudiera romper algo.

—Sí —dije, casi sin voluntad propia.

—Perfecto.

Lo dijo con una calma que no parecía corresponderse con la situación. Como si todo aquello, para él, fuera una jugada más, ensayada. Como si llevara meses esperando el momento exacto.

Para mi sorpresa, a continuación me dio un beso en la mejilla. O más bien en la frontera, justo en la comisura de mis labios, en ese punto exacto donde un beso deja de ser de amigo y empieza a ser otra cosa. Aquello hizo que mi erección se levantara de golpe, de tal forma evidente que hasta él se dio cuenta del bulto que sobresalía bajo mi pantalón.

Sonrió levemente.

—Veo que no soy el único —señaló su propio pantalón, dejando ver una empalmada igual de obvia que la mía, igual de imposible de ocultar.

A continuación se marchó solo por el sendero, sin volverse a mirar, con la misma seguridad con la que había entrado en el bosque. Yo me quedé clavado en el suelo, todavía con el cigarrillo apagado entre los dedos, todavía con su saliva en la comisura, todavía con la duda golpeándome por dentro como un balón mal botado.

No entendía nada.

¿Adrián no era hetero?

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Comentarios (8)

Carlox88

que bueno!!! me enganchó de principio a fin

GabrielMDQ

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Muy bueno

LucasDelV

Me encanto como construiste la tension desde el principio. Se sentia que algo iba a pasar pero no sabia exactamente que. Muy bien logrado

fer_lector_22

increible!! seguí publicando!!

HoracioLector

Me recordo a algo que me paso hace unos años con un conocido del gimnasio. Nunca hablamos de eso pero los dos sabiamos. Buena escritura, muy real

Nico_curioso

¿hay continuacion prevista? quede muy intrigado con lo que paso despues

Pato77

el arranque con el cigarrillo me atrapó, muy cinematografico el inicio. Buen ojo para los detalles

Rodrigo_ba

Me gusto mucho la forma en que lo contaste, sin apresurarte. Se nota que cuidaste cada frase. Esperando mas relatos de este estilo

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