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Relatos Ardientes

El deseo de su mejor amigo gay lo cambió para siempre

La terraza de la mansión en Punta del Este era todo lo que el dinero podía comprar y nada de lo que el alma necesita. Eran las doce y media de la madrugada y el Río de la Plata se extendía oscuro y quieto más allá de la barandilla de piedra, con las luces de Montevideo trazando una línea borrosa en el horizonte. La música subía amortiguada desde el piso de abajo: electrónica lenta, pensada para aflojar los bordes de las personas.

Daniela Fuentes estaba sentada en los escalones de la piscina con las piernas metidas en el agua, el vestido negro enrollado hasta los muslos, mirando sin ver. Tenía veintitrés años, pelo castaño oscuro hasta los hombros y esa manera de estar quieta que tienen las personas que llevan demasiado tiempo callando algo.

La villa pertenecía a la familia de Sofía Aldana, cuyo padre había hecho fortuna en el sector financiero porteño. Ese fin de semana reunía a los cuatro amigos que habían sobrevivido al internado Villa Crespo, el colegio privado donde las familias ricas del Cono Sur mandaban a sus hijos a que aprendieran las reglas del mundo. Daniela había entrado a los catorce. Había salido a los dieciocho con las reglas aprendidas y un secreto que no había contado nunca.

—Daniela, ¿te sirvo más? —preguntó Rodrigo desde la barra portátil que habían montado junto a los escalones.

—No, estoy bien.

Rodrigo asintió y volvió a su conversación con Karim Nassir, que estaba sentado al borde del agua con los pies colgando y esa expresión calculadora que ponía cuando observaba a la gente sin que pareciera que la estaba observando.

Daniela apretó el vaso.

Mateo Riesco acababa de volver del interior y se había sentado de nuevo en la tumbona blanca, camisa de lino azul abierta sobre el pecho, el pelo ligeramente mojado por el calor, un vaso de whisky en la mano. Veinticinco años, piel bronceada, rasgos bien definidos y esa manera de ocupar el espacio que tienen algunas personas: sin esfuerzo, sin necesidad de explicarse.

Era gay. Lo había sido desde los diecisiete. Lo había dicho una sola vez y no había necesitado decirlo más.

Daniela lo amaba desde que tenía dieciséis años y él había entrado al aula de geografía con una mochila deshecha y una expresión de quien no tiene el menor interés en estar ahí. Desde ese momento exacto. No de la forma tranquila en que uno quiere a un amigo: de la otra forma. De la que no tiene salida.

—Mateo, cuéntanos lo de Berlín —dijo Karim desde el borde del agua—. El guía del museo.

—¿Cuál de todos? —respondió Mateo con una sonrisa lenta.

—El que te siguió hasta la cuarta sala.

Mateo dejó reposar el vaso sobre el muslo y miró hacia el río un segundo antes de hablar.

—Se llamaba Tobias. Treinta años, fotógrafo. Me abordó en la segunda sala y para cuando llegamos a la cuarta ya era evidente lo que iba a pasar. Terminamos en los baños del sótano casi una hora. Salimos como si nada y no llegamos a intercambiar apellidos.

Rodrigo soltó una carcajada. Sofía, que había vuelto de la cocina con otra botella, puso los ojos en blanco con una sonrisa.

Daniela sonrió también.

Era lo que hacía siempre: escuchar, sonreír, guardar. Cinco años así, desde el internado. Cinco años escuchando cada historia de Mateo con la misma atención cuidadosa y el mismo dolor quieto que nadie veía porque ella se había vuelto muy buena en no dejar que se viera. Guardarlo todo en algún lugar dentro del pecho y luego, sola, dejarlo salir de la única manera posible.

A las dos de la mañana, cuando Rodrigo ya estaba en el sofá con los ojos cerrados y Karim había desaparecido con Sofía hacia el piso de arriba, Daniela cogió su copa y bajó sola hasta la playa privada.

Se sentó en la arena. El agua estaba quieta. El cielo, despejado y lleno.

Esto ya no tiene arreglo.

No era una conclusión nueva. Era el mismo pensamiento de siempre, pero esa noche pesaba diferente. Tal vez porque hacía dos años que no lo veía en persona. Tal vez porque verlo esa tarde, cuando bajó del coche y la miró con esa sonrisa abierta y confiada de siempre, le había recordado con precisión exacta lo que no podía tener.

Escuchó pasos en la arena detrás. Se giró.

No era Mateo.

Era un hombre que no había visto en toda la noche: alto, traje oscuro sin corbata, pelo negro peinado hacia atrás, barba corta perfectamente recortada. Caminaba por la playa como si no hubiera llegado en ningún momento, como si siempre hubiera estado ahí. Cuando llegó a su altura, se detuvo y la miró con una calma que no encajaba en ninguna fiesta.

—Daniela —dijo. No era una pregunta.

Ella frunció el ceño.

—¿Quién eres?

—Alguien que puede ofrecerte lo que llevas años queriendo. —Se sentó a su lado sin pedirle permiso, con la calma de quien no necesita aprobación para nada—. Me llamo Víctor.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Por la misma razón que sé que llevas ocho años enamorada de un hombre que nunca va a desearte de la forma que quieres. No porque no te vea. Sino porque lo que él desea es algo que tú, en este cuerpo, no puedes darle.

Daniela apretó la mandíbula pero no dijo nada.

Víctor metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un frasco pequeño de cristal oscuro, sin etiqueta. Dentro había apenas unas pocas gotas de un líquido espeso, casi negro.

—Una sola gota. La transformación es completa y real. Tendrás exactamente lo que quieres. Pero tiene un precio.

—¿Qué precio?

—La primera vez, placer puro. Después, cada uso te cobra algo: un recuerdo pequeño, un pedazo de emoción, un fragmento de lo que eras antes. Si lo usas demasiado, en algún punto ya no sabrás quién fuiste. Tú decides cuánto pierdes. Yo solo pongo el frasco encima de la mesa.

Daniela lo miró durante un momento. Pensó en todas las noches que había pasado despierta. En las veces que había visto a Mateo salir de algún cuarto con el pelo revuelto y esa expresión satisfecha, y había sonreído como si nada mientras por dentro algo se le apretaba sin remedio. Pensó en el abrazo de la última despedida: su cara contra el cuello de él, aspirando ese olor que todavía recordaba dos años después.

Cogió el frasco.

—Una sola vez —dijo.

—La decisión siempre es tuya —respondió Víctor.

Cuando Daniela volvió a mirar hacia el lado, él ya no estaba.

***

Se encerró en el cuarto de baño de su habitación con el frasco en la mano y el corazón golpeando fuerte. Lo abrió. El olor era casi inexistente, apenas un rastro metálico, como el aire antes de una tormenta.

Dejó caer una sola gota sobre la lengua.

El efecto fue inmediato: un calor que arrancó desde el centro del pecho y se extendió hacia las extremidades en cuestión de segundos. Luego vino el dolor, sordo al principio, profundo, como cuando algo se reorganiza desde los huesos hacia afuera. Cayó de rodillas frente al espejo y vio lo que le ocurría al cuerpo y no pudo apartar los ojos.

Los rasgos de la cara se afilaron, se redefinieron. La mandíbula se cuadró. Los hombros se ensancharon bajo el vestido con un crujido sordo. El pecho se aplanó, se volvió plano y marcado. La voz, cuando soltó un sonido involuntario, salió grave y desconocida en su propia garganta.

Y entre las piernas, el cambio más drástico: completo, caliente, inesperadamente pesado.

Cuando el dolor cedió, Darío se levantó y se miró en el espejo durante un buen rato.

—Joder —dijo. La palabra salió con una voz que no reconocía como propia pero que lo era completamente.

Se tocó la cara con las manos. Pasó los dedos por el pecho plano, los costados, la cadera. Luego cerró los ojos un momento y pensó en Mateo.

Subió las escaleras.

***

Lo encontró exactamente donde lo esperaba: solo en la terraza superior, apoyado en la barandilla de piedra, mirando el río negro. Tenía un vaso de whisky a medias y esa postura de quien piensa demasiado cuando está quieto. La música de abajo llegaba como un murmullo lejano.

Mateo se giró al escuchar pasos.

Su expresión cambió: sorpresa primero, luego una evaluación rápida que terminó en curiosidad. Lo miró de arriba abajo con esa naturalidad que tiene la gente acostumbrada a saber lo que quiere.

—No te había visto antes esta noche.

—Estaba por ahí —respondió Darío.

Se miraron durante un segundo. Mateo tenía esa capacidad de leer a las personas rápido, y lo que leyó en ese momento lo hizo sonreír despacio, con esa media sonrisa suya que Daniela conocía de memoria pero que, vista desde este ángulo y desde este cuerpo, funcionaba de una forma completamente diferente.

—¿Quieres beber algo?

—No.

Darío dio dos pasos hacia él, le puso una mano en la nuca y lo besó.

No fue tentativo. Fue el beso de ocho años de espera, directo, sin disculpas. Mateo tardó exactamente dos segundos en responder, y cuando lo hizo, la mano que puso en la cintura de Darío apretó con suficiente fuerza como para dejar claro que no tenía intención de apartarse.

Se separaron para respirar.

—No sé cómo te llamas —dijo Mateo.

—Darío.

Mateo lo repitió en voz baja, como sopesándolo. Luego lo empujó suavemente hacia la pared de la terraza y le desabrochó la camisa despacio, mirándolo a la cara mientras lo hacía. Le pasó las manos por el pecho, los costados, la cadera.

—¿Primera vez? —preguntó en voz baja.

—Sí.

—Bien. —Le rozó el cuello con los labios—. Me gustan los que todavía no saben lo que les gusta.

***

Mateo no tenía prisa. Empezó por el cuello, los hombros, la espalda, aprendiendo el cuerpo de Darío con las manos como si tuviera que memorizarlo entero antes de hacer nada más. Lo giró despacio, lo colocó de cara a la barandilla y le desabrochó el cinturón con calma.

—Apoya las manos ahí —dijo, señalando la piedra.

El mar estaba abajo. Las estrellas, arriba. El viento corría con esa temperatura exacta de las noches de verano que casi no se nota pero que lo cambia todo.

Mateo tomó su tiempo. Cuando por fin empezó a entrar, lo hizo centímetro a centímetro, sin forzar, dando tiempo al tiempo. Darío apretó los antebrazos contra la piedra fría y trató de respirar de forma normal, lo que resultó imposible. El dolor era real, concreto, pero había algo por debajo del dolor que era todavía más intenso: la certeza de que esto estaba ocurriendo, de que el cuerpo de Mateo estaba pegado a su espalda y dentro de él de formas que había imaginado durante ocho años sin creer que pudieran ser reales.

—¿Bien? —murmuró Mateo contra su oído.

—Sí. No pares.

Mateo no paró. Empezó a moverse: despacio al principio, luego con más ritmo, con más fuerza. Le sujetó las caderas con las dos manos. Cada empuje era completo, profundo, controlado pero sin ceder. La barandilla era sólida bajo las manos de Darío, que la agarraron hasta que los nudillos dolieron.

—Eres increíblemente tenso —dijo Mateo en voz baja, sin detenerse—. Como si llevaras mucho tiempo esperando esto.

No tienes ni idea.

Darío cerró los ojos. El viento, el mar abajo, el olor a sal mezclado con el olor a piel caliente, el peso y el movimiento y el calor de Mateo contra él, completamente real, completamente ahí. El orgasmo llegó antes de que lo esperara: una sacudida que arrancó desde adentro y se extendió hacia todas las extremidades, dejándolo sin aire, con la frente apoyada en las manos y los brazos temblando sobre la piedra.

Mateo siguió unos segundos más, hasta el final, y se quedó quieto con la cara hundida en el cuello de Darío, el cuerpo de los dos todavía en contacto, el aliento de ambos al mismo ritmo.

Silencio. El agua abajo. El viento.

—Oye —dijo Mateo en voz baja—. ¿Estás bien?

—Sí. —La palabra salió entera, sin fisura. Y era verdad: estaba bien de una forma que hacía que la palabra resultara completamente insuficiente.

Mateo se apartó despacio. Darío se incorporó y se giró para mirarlo. La expresión de Mateo era curiosa, como si estuviera intentando resolver algo que no terminaba de encajar del todo.

—Me recuerdas a alguien —dijo en voz baja.

Darío lo miró durante un momento sin responder.

—No creo que nos hayamos visto antes.

—No. —Mateo negó con la cabeza—. No es eso. Es algo en cómo miras.

Darío cogió la camisa del suelo y se la puso sin prisa. Mateo lo observaba. El río seguía negro y tranquilo más allá de la barandilla, las luces de Montevideo parpadeando en la lejanía igual que una hora antes, como si nada hubiera cambiado en el mundo.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó Mateo.

—No lo sé todavía.

Mateo asintió. Cogió el vaso de whisky que había dejado en el suelo y bebió un trago despacio. Luego miró a Darío con esa media sonrisa suya que Daniela había conocido de memoria desde los dieciséis años, pero que ahora tenía otro significado, o quizás el mismo significado pero dirigido por fin en la dirección correcta.

—Espero que te quedes un tiempo —dijo.

***

Darío bajó al cuarto de baño de la planta baja antes de que nadie más se moviera. Se miró en el espejo bajo la luz blanca y fría. Seguía siendo Darío: mandíbula cuadrada, pelo corto, manos de hombre. Daniela quedaba en algún lugar dentro, entera pero como vista desde muy lejos, como un recuerdo que todavía duele pero que ya no pesa igual.

Sacó el frasco del bolsillo de la camisa. Todavía había más gotas.

Víctor había dicho que la decisión era suya.

Lo guardó.

Apagó la luz del baño y subió las escaleras despacio, sin hacer ruido. Desde la terraza superior llegaban pasos: Mateo, todavía despierto, moviéndose en la oscuridad.

Darío llegó al último escalón y se detuvo un momento. Afuera, el amanecer empezaba a insinuarse en el borde del cielo, esa franja gris tenue que precede la luz y que parece siempre una promesa. El frasco seguía en el bolsillo. Las gotas, intactas.

Una sola vez, había dicho.

Subió el último escalón.

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Comentarios (7)

Nico_Cordoba

Que bueno que alguien escriba con emocion real y no solo sexo directo. Me gusto muchisimo!!!

DarkReader09

8 años callado... eso duele. La parte del extraño me dejó con ganas de saber mas

FernandoQ88

Increible como lo contaste, se siente autentico sin ser forzado. Segui publicando!

PeloRubio88

se hizo corto jaja, necesito la segunda parte si o si

MarceloR88

Nunca habia leido algo de esta categoria pero este me atrapó desde el principio. Buenísimo.

NachoQuilmes

La tension acumulada de todos esos años me pegó fuerte. Muy bien narrado, en serio.

Valentina_rdp

Uy que final!!! Necesito continuacion urgente por favor

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