Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nadie en el bar pudo resistirse al camionero

Kwame Asare llevaba once horas al volante cuando aparcó el Scania frente al Bar El Cruce. Era un tramo de ruta que hacía dos veces al año: recogida en las granjas del interior, entrega en los almacenes de la costa. Conocía los tiempos, los desvíos, los bares donde paraban los camioneros que valían la pena. Este no lo conocía todavía.

Pero entró como si lo conociera de siempre.

Metro noventa, espalda ancha, piel oscura como el asfalto mojado. Camisa hawaiana abierta sobre un pecho con una gruesa cadena de oro. Vaqueros ajustados que marcaban todo lo que había que marcar. En la mano izquierda, el anillo de casado. En la derecha, un anillo con calavera. Los que lo conocían entre los transportistas le llamaban La Máquina. Él no lo desmentía.

La chica que se acercó a tomarle nota tenía veintiún años, el pelo recogido en una cola con mechas y un piercing de aro en la nariz. Se llamaba Sandra. Lo miró de arriba abajo con una discreción que no tenía nada de discreta.

—¿Qué hay de comer?

—Cordero, pescado, ternera.

—Ternera, lo que haya hecho.

Sandra fue a la barra donde la encargada vaciaba el lavavajillas. Carmen tenía cuarenta y dos años, cara de ángulos marcados, melena morena, cuerpo trabajado por años de gimnasio y dos de caminar por ese pueblo de carretera. Llevaba dos años en Las Aldeas esperando que su situación mejorara lo suficiente como para poder irse.

—¿Lo conoces? —preguntó Sandra en voz baja.

—De vista —dijo Carmen—. No le des más vueltas.

Pero Sandra sí se las dio. Y cuando llegó la hora de cerrar, Kwame seguía en su mesa.

—¿Sabes si hay algún área de servicio cerca? Llevo todo el día conduciendo, necesito ducharme.

Ella lo miró un segundo de más. Dos, para ser exactos.

—Vivo arriba. Tengo baño.

No fue un ofrecimiento generoso. Fue una decisión que ya había tomado antes de abrir la boca.

Kwame subió con ropa limpia bajo el brazo. La habitación era pequeña y desordenada: cama sin hacer, ceniceros llenos, ropa encima de una silla. En el baño encontró lo que esperaba: condones, geles íntimos, toallitas usadas en la papelera de tapa abierta. Todo tenía sentido.

Se duchó, se puso el tanga atigrado que llevaba de recambio y se tumbó en la cama a esperar.

Sandra tardó quince minutos. Entró con el pelo húmedo y una toalla envuelta alrededor del cuerpo. Lo primero que miró fue el bulto. No intentó disimularlo.

—Veo que te has puesto cómodo.

Kwame se levantó despacio, le tomó la cara con una mano y la besó sin pedir permiso. Ella respondió abriendo la boca. Cuando se separaron, le quitó la toalla y la estudió: tatuaje de mariposa en la ingle izquierda, una rosa en la nalga, piercing de aro en los pezones. Cuerpo joven y curvilíneo, con más curvas de las que correspondían a su estatura.

—Menudas curvas para ser tan pequeñaja.

Con la mano derecha le agarró un pecho y con la izquierda le fue abriendo camino entre las piernas. Estaba mojada ya. Sandra cerró los ojos y apretó los dientes.

Ella se agachó y tomó en la boca todo lo que pudo de él. No era poco. Lo que no entraba lo trabajaba con la mano en círculos lentos. Le lamió el glande, bajó por el tronco hasta los testículos y volvió a subir. Tragaba hasta que le salían las lágrimas y seguía.

Kwame la cogió de los hombros, la levantó y la lanzó de espaldas sobre la cama. Le levantó las piernas y las dobló hacia atrás. Le lamió el coño y el culo de arriba abajo sin orden ni prisa, y cuando ella ya no podía más le metió tres dedos y siguió con la lengua en el clítoris.

—¡Así me corro, no pares!

Sacó un preservativo de su bolsa, se lo puso con una sola mano y la penetró en una embestida lenta y sostenida hasta el fondo.

—¡Dios!

Los dos gemían. Él marcaba el ritmo con golpes cadenciales que hacían resonar el cabecero. Sandra corrió primero, fuerte y largo, con un grito que no intentó reprimir. Kwame aguantó unos instantes más, se salió, se quitó el condón y descargó sobre su pecho.

Durmió dos horas. Cuando se despertó, ella fumaba junto a la ventana, desnuda, con el letrero luminoso del bar proyectando sombras en su espalda.

—¿Te quedas mucho tiempo por la zona?

Kwame se vistió despacio, como quien no ha estado con nadie.

—¿Has estado antes con uno como yo? —preguntó al ponerse la camisa.

—No.

—Entonces ya tienes algo de lo que hablar.

Y salió.

***

Al mediodía siguiente, el camarero era diferente. Se llamaba Marcos, veintiún años, muy delgado y lampiño, con una coleta y unos modales que no dejaban lugar a interpretaciones. Era guapo de cara, con ojos grandes que evitaban los de Kwame cada vez que se cruzaban. Caminaba con cuidado, como si algo le molestara.

Kwame se sentó en su mesa.

—¿Qué hay hoy?

—Merluza al horno, cordero o ternera.

—Merluza.

Cuando Marcos le retiró los platos, Kwame señaló el aparcamiento.

—Ese Scania de ahí es mío. Ochocientos caballos.

—Buena máquina.

—¿Te gustan los camiones?

—Los camiones, sí.

—¿Y los camioneros?

Marcos no respondió. Fue a buscar el café. Cuando volvió a pasar junto al baño, Kwame lo esperaba en el pasillo. Le puso la mano en el culo por encima del pantalón, despacio, como comprobando el terreno.

—A las cuatro salgo —dijo Marcos, sin moverse.

Kwame esperó en el camión con la música puesta. Marcos apareció puntual, duchado y con ropa cómoda. Subió sin que nadie se lo pidiera dos veces.

—Antes de dejarte en Las Aldeas, damos una vuelta.

La cabina era amplia. En los parasoles había fotos: una mujer alta y robusta, cuatro niños en distintas edades, un par de ancianos frente a una casa de campo. En un pequeño estante, preservativos y toallitas húmedas.

—Mi familia —dijo Kwame señalando las fotos—. Llevo quince años en la carretera para que ellos puedan vivir bien.

Marcos miraba las fotos. Le sonó el móvil. Era Sandra.

Había una imagen: una polla de dimensiones llamativas junto a un brazo, para que se viera la escala.

«CUIDADO MARCOS ES UN CAÑÓN Y NO PERDONA»

Kwame lo vio de reojo.

—La camarera te ha puesto sobre aviso.

—Pues... sí.

—¿Y bien?

Marcos titubeó.

—Bueno, digamos que...

Kwame se desabrochó el pantalón conduciendo y sacó la polla. La apoyó sobre el muslo y siguió mirando la carretera.

—Ahora la ves al natural.

Marcos la miró un buen rato sin decir nada. Kwame puso el intermitente y torció por un camino de tierra que bajaba entre pinos hasta una explanada. Aparcó, apagó el motor. Atrajo a Marcos hacia él y lo besó. No fue un beso tentativo. Marcos respondió con las dos manos aferradas a su camisa.

Pasaron a la litera de la cabina.

Kwame le trabajó el culo con los dedos y la boca durante un buen rato, sin prisas, abriéndolo poco a poco. Le masajeaba las nalgas, le daba palmadas que las hacían temblar. Marcos gemía con la cara hundida en el colchón. Cuando Kwame lo volteó y le guió la cabeza hacia abajo, Marcos lo hizo sin dudar, con esa torpeza auténtica que ningún fingimiento puede imitar. Le lamió el glande, bajó hasta los testículos, volvió a subir, apretó con los labios.

—¿Crees que puedes con todo esto? —preguntó Kwame.

—Quiero intentarlo.

Usaron vaselina. Marcos se montó encima, controlando el descenso centímetro a centímetro, encontrando cada límite y superándolo. A la primera vez llegó a la mitad. A la segunda, a tres cuartos. Sudaba, apretaba la mandíbula, pero no se detuvo.

—Todo —dijo con la voz rota—. Quiero todo.

—A la de tres.

A la tercera, Kwame empujó desde abajo y Marcos dejó caer todo su peso.

—¡Dios!

Se quedó quieto unos segundos, adaptándose al calor y al tamaño. Luego Kwame comenzó a bombear desde abajo con movimientos cortos y Marcos encontró un ritmo que no sabía que tenía. Se corrió encima de él, derramándose hasta el cuello de Kwame. Este rugió y descargó con los dientes apretados.

Marcos quedó así un minuto más, los ojos brillantes, el culo latiendo.

Cuando Kwame lo dejó en su calle, Marcos apenas podía andar derecho.

—¿Cómo te llaman? —preguntó desde la acera.

—La Máquina.

Arrancó con un bocinazo seco y tomó la carretera.

***

Esa noche había fiestas en Las Aldeas. Cuatro calles iluminadas, una barra improvisada, música alta y el pueblo entero en la calle. Carmen se había puesto un vestido negro con escote y el pelo suelto. Los vecinos la miraban con desconfianza desde hacía dos años: la llamaban altiva, fría, una forastera que no acababa de encajar. A ella le importaba poco.

Kwame apareció cerca de las once. Recién duchado, con su cadena de oro, la camisa hawaiana abierta sobre el pecho, los vaqueros marcando todo. Entró en la plaza y los focos rebotaron en su piel. Encontró a Carmen en la barra y se colocó a su lado sin rodeos.

—Entonces tuviste algo que ver con el ganadero del que hablan por aquí.

—Negocios que salieron mal. Las consecuencias las pagué con tiempo y con el cuerpo.

—Y ahora sirves mesas en un pueblo de mala muerte.

—¿Te parezco muy vieja?

La recorrió con la mirada de arriba abajo, sin prisa.

—Estás muy bien. Al menos vestida.

En ese momento pasó Marcos, renqueando levemente. Los vio juntos, titubeó, saludó con la mano y siguió caminando.

—Marcos —dijo Kwame, en voz alta—. Si en unas semanas no te viene la regla, llámame. Soy de los que asumen consecuencias.

Marcos se puso rojo hasta las orejas y se alejó a toda velocidad sin mirar atrás.

—Eres un cabrón —dijo Carmen, entre divertida e incrédula—. ¿También con hombres?

—Todo lo que lo valga.

—¿Y ahora yo?

—Tú ya tomaste tu decisión hace un rato.

Carmen lo miró fijo un momento. Luego se levantó y empezó a caminar hacia su calle. Kwame fue detrás.

El apartamento era pequeño: salón con cocina integrada, un dormitorio al fondo. Nada más cerrar la puerta se miraron un segundo. Luego se abalanzaron.

Él le bajó los tirantes del vestido, le desabrochó el sujetador y sepultó la boca en sus pechos. Ella le abrió el cinturón, metió la mano y lo sacó. Lo tuvo en la palma y lo sopesó con calma.

—Madre mía.

Desde la plaza llegaba música amortiguada por las persianas. Petardos. El parpadeo incandescente de los fuegos artificiales colándose entre las lamas.

Hicieron el sesenta y nueve. Carmen arriba, tomando en la boca todo lo que podía, trabajándolo en espiral con la mano. Kwame lamía coño y culo alternando, con la lengua larga y activa, manteniéndole el culo abierto con las dos manos. Desde fuera llegaba el ruido sordo de los cohetes y la luz palpitaba a través de las persianas en ráfagas irregulares.

Cuando Carmen ya no aguantaba más, Kwame la giró. La puso al borde de la cama de rodillas y entró sin preservativo, de golpe, hasta el fondo.

—¡Ohh!

El ritmo creció desde el principio. Cada embestida resonaba en el dormitorio. Él la sujetaba de las caderas con las dos manos, luego le metió el pulgar en el culo mientras seguía moviéndose. Le revolvió el pelo con la otra mano y la dobló hacia atrás. Carmen miraba el techo con los ojos brillantes, respirando por la boca, incapaz de articular nada.

—¡Me voy a correr!

Lo hizo largo, con todo, con un squirt que empapó las sábanas. Kwame escupió en su culo, entró el glande y descargó con un rugido que no intentó contener.

Quince minutos después salía a la plaza con la camisa abierta sobre el pecho. Los vecinos cuchicheaban entre ellos. Una señora sacudió la cabeza. Él se detuvo en una caseta de feria y compró una bolsa de juguetes sin mirar el precio. Volvió al camión y se recostó en el asiento con la ventana abierta, la noche cálida encima, los petardos apagándose a lo lejos.

A las seis de la mañana arrancó el motor y puso el intermitente.

La autovía estaba vacía. Kwame encendió la música en el ordenador de abordo y aceleró. Tenía entrega en dos horas y otros doscientos kilómetros de ruta por delante. Le quedaban tres días más en la zona.

En el Bar El Cruce, Carmen sirvió los primeros cafés del día sin decir nada. Pero Sandra llegó tarde, con ojeras y buen humor, y al cruzarse en la barra murmuró:

—¿Sabes cómo le llaman?

—La Máquina —dijo Carmen, sin levantar la vista de los vasos—. Y tiene razón.

Valora este relato

Comentarios (7)

Ruben

tremendo relato, no pude parar de leerlo hasta el final. muy bueno

MiguelA_89

espero que haya segunda parte porque quede con muchas ganas de saber que paso despues con los otros

caminante_nocturno

Kwame es de esos personajes que no se olvidan facil. Buenisimo!!

Florencia_R

me identifico con los que simplemente cedieron jajaja, muy bien narrado la verdad

Marcos_del_sur

sera que hay algo mas de esta historia? digo, por las personas que lo buscaron... ahi hay material para otra entrega!

vale_2103

Excelente!!!

GabrielMDQ

Directo y sin vueltas. Me gusto mucho el estilo, se nota que hay oficio en como esta escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.