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Relatos Ardientes

La confesión que no le hice a nadie hasta hoy

Me llamo Andrés. Treinta y dos años, metro ochenta y cinco, trabajo en distribución y llevo una vida que se parece mucho a la de la mayoría de la gente: cumplo horarios, reviso correos, asisto a reuniones donde nada cambia demasiado. No me quejaba. No era infeliz. Solo era predecible. Hasta que conocí a Valeria.

Fue en una fiesta en el apartamento de unos amigos comunes, a principios de otoño. Piso pequeño del centro, demasiada gente, música más alta de lo razonable. Yo estaba en la cocina buscando hielo cuando noté que alguien se había puesto justo detrás de mí. Se inclinó un poco y me habló al oído con voz baja y directa, sin artificios:

—Llevo toda la noche mirándote el culo. ¿Vas a invitarme a algo o me sirvo sola?

Me giré. Era menuda, con el pelo castaño cortísimo y unos ojos claros que te evaluaban antes de que abrieras la boca. Veintisiete años, supe más tarde. Se llamaba Valeria y tenía esa clase de confianza que no se aprende, la que viene de saber exactamente lo que se quiere.

Esa misma noche terminamos en el baño de la casa.

Fue rápido, sin ceremonias. Ella se apoyó en el lavabo, me miró por el espejo y levantó la falda. Cuando terminamos, me besó en la mejilla y me dijo su número de teléfono de memoria, como si nos conociéramos de hace años.

—Llámame cuando no estés ocupado siendo tan serio —dijo, y salió a la fiesta como si nada hubiera ocurrido.

***

Valeria vivía sola en un apartamento bien dispuesto, con estanterías llenas de libros que efectivamente había leído. La llamé al día siguiente. A los diez días dormía allí la mitad de la semana. A las tres semanas prácticamente me había instalado.

Era insaciable de una manera que no tenía nada de actuado. Me buscaba a las dos de la madrugada porque se había despertado pensando en algo. Me esperaba en la ducha sin avisar. Me mandaba mensajes durante el trabajo que me obligaban a cerrar el portátil antes de que alguien los leyera por encima de mi hombro. Vivía el sexo con la misma naturalidad con la que otra gente vive el deporte, y eso, para alguien que venía de relaciones donde todo era negociado y medido, resultaba completamente adictivo.

Pero la conversación que lo cambió todo no ocurrió en la cama. Ocurrió en el sofá, un martes por la noche, tirados con una película a medias y un vaso de vino cada uno.

Valeria tenía la cabeza en mi pecho y jugaba distraídamente con mis dedos. Sin mirarme, con voz tranquila:

—A veces veo porno gay cuando estoy sola. Me pone mucho.

No respondí de inmediato. Esperé.

—Me excita imaginar que estás tú ahí. —Levantó la vista—. No hace falta que pongas esa cara. Solo te lo cuento porque me interesa más tu reacción real que la que crees que deberías tener.

—¿Qué imaginas exactamente? —pregunté.

Sonrió. Era la sonrisa de alguien que ya sabe la respuesta y simplemente espera a que el otro llegue solo.

—Que te pones de rodillas. Que lo haces porque quieres. Que yo estoy mirando y que eso te importa tanto como lo que estás haciendo.

Algo en el estómago se me movió de una manera que no tenía nombre todavía. No era miedo. Era otra cosa.

***

Lo que siguió fue lento y deliberado. Valeria no tenía prisa. Nunca la tenía.

Empezó con algo pequeño, una noche mientras estábamos juntos. Un dedo, muy despacio, con cuidado. Encontró algo y yo solté un sonido que no reconocí como mío. Ella no dijo nada. Siguió durante un buen rato, dejando que me acostumbrara a la sensación antes de añadir nada más.

Por las noches me hablaba con la luz apagada. No daba instrucciones; conversaba, y esa diferencia hacía que el tiempo pasara de otra manera. ¿Te imaginas cómo sería? ¿Te pone pensarlo? Yo escuchaba sin saber qué responder, pero mi cuerpo contestaba por mí y eso era suficiente para los dos.

Una semana después llegó con una bolsita pequeña. Dentro había un plug de silicona y lubricante. Lo dejó sobre la mesita de noche con la misma calma con la que habría dejado un libro.

—Quiero que te acostumbres —explicó—. No hay prisa. Esto es para las próximas semanas, no para esta noche necesariamente.

Pero aquella noche sí. Me desnudó despacio, me puso boca abajo sobre la cama y pasó mucho tiempo antes de que nada entrara. Sus manos eran meticulosas. Cuando por fin sentí el plug cruzar esa resistencia inicial y quedar completamente dentro, solté un gemido largo y bajo que me sorprendió. Una sensación nueva, densa, que llenaba de una manera a la que no tenía referencia.

—Así —murmuró, con una mano abierta sobre mi espalda—. Quédate quieto. Siente nada más.

Me quedé dormido con eso dentro. A la mañana siguiente me lo retiró con cuidado, me hizo café y me lo puso en la mesita. Un día completamente normal.

Excepto que ya no era lo mismo que el día anterior.

***

El jueves de la semana siguiente llegó con una caja negra. Un arnés de cuero ajustable, un dildo de silicona de tamaño considerable y dos botellas de lubricante.

—Esta noche te follo yo a ti —dijo. Sin pregunta. Sin preámbulo.

Lo que me sorprendió fue descubrir que mi primera reacción no era resistencia. Era algo más parecido al alivio de que por fin se dijera en voz alta lo que llevábamos semanas construyendo hacia allí.

Me colocó en el centro de la cama con las caderas elevadas y tardó mucho tiempo preparando el terreno antes de ponerse el arnés. Cuando sentí la presión contra mí, contuve la respiración.

—Respira —dijo, y empujó despacio.

Fue lento. Centímetro a centímetro. El estiramiento era intenso pero controlado. Cuando la base tocó mis caderas solté un sonido largo que me salió de algún lugar que no había explorado antes. Valeria se quedó quieta unos segundos, sin moverse.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —dije. Y era verdad.

Empezó a moverse. Salidas cortas, entradas profundas. Se inclinó sobre mi espalda, me besó el hombro, me mordió el cuello con suavidad. Fue construyendo ritmo sin apresurarse, y en algún punto del proceso dejé de pensar y me entregué completamente a lo que estaba pasando, que era algo sin nombre preciso pero muy claro en el cuerpo.

Me corrí sin que nadie me tocara. Con una intensidad que me dejó sin habla varios minutos.

Valeria se salió despacio, se quitó el arnés y se tumbó a mi lado. Me miró con una expresión que mezclaba satisfacción y algo más blando, más personal.

—El viernes viene un amigo —dijo después de un silencio largo—. Alguien de confianza. Solo quiero que estés ahí con nosotros. Si en algún momento no quieres seguir, paras y ya está.

Tardé menos de lo que esperaba en asentir.

***

El viernes llegó con una niebla de anticipación que me ocupó el pecho todo el día. En la oficina no pude concentrarme en nada útil. Salí antes de hora.

Valeria me recibió en el apartamento con esa calma característica suya que no era indiferencia sino lo contrario: una atención absoluta disfrazada de naturalidad. Me pidió que estuviera de rodillas en el salón cuando él llegara. Lo pensé un momento. Decidí que quería hacerlo. La diferencia entre hacerlo porque alguien lo pide y hacerlo porque uno lo elige importa, aunque el resultado externo sea idéntico.

Rodrigo entró a las diez de la noche. Treinta y cinco años, alto, barba descuidada, la clase de hombre que no necesita llenar el silencio. Cuando me vio asintió brevemente, sin dramatismo.

—Valeria me habló de ti —dijo.

Se desnudó sin prisa. Valeria se colocó detrás de mí, me puso las manos en los hombros y me besó la sien.

—Solo quiero que lo pruebes —murmuró—. Cuando quieras parar, paras.

Rodrigo se acercó. Estaba completamente duro, a la altura de mi cara, con una calma que yo no tenía. Olía a piel limpia y a algo que resultó más familiar de lo que esperaba.

Abrí la boca.

Los primeros segundos fueron de calibración pura: la temperatura, el peso, el sabor ligeramente salado. Me concentré en moverme con atención, en no pensar demasiado. Valeria me guiaba con la voz, sin tocarme, indicándome cómo moverme, cómo respirar.

—Bien —decía—. Más despacio. Así.

Rodrigo tenía una mano en mi cabeza, sin presionar, solo sosteniéndola. Cada tanto soltaba un sonido grave desde el pecho y yo entendía que lo estaba haciendo bien. Esa señal, descubrí, tenía un efecto que no esperaba.

Valeria se colocó detrás y empezó a prepararme con los dedos mientras yo seguía. La combinación de los dos focos de atención fue algo para lo que no tenía referencia. El cuerpo respondía en los dos sitios a la vez, y eso resultaba imposible de ignorar.

Cuando Rodrigo estaba cerca del límite, Valeria hizo un gesto suave y él se retiró.

—Por esta noche es suficiente —dijo ella.

Rodrigo se vistió, nos dimos las buenas noches y Valeria me llevó a la cama. Nos tumbamos en silencio un buen rato, con las luces apagadas.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —dije—. ¿Cuándo vuelve?

Ella sonrió en la oscuridad.

—El sábado, con un amigo suyo.

***

El sábado Valeria pasó la tarde preparándome con una atención que no tenía nada de mecánica. Me habló durante todo el proceso. No daba instrucciones; conversaba, y eso hacía que el cuerpo se relajara solo, sin que me diera cuenta de que estaba respirando más despacio.

Rodrigo llegó a las once con su amigo Tomás. Más corpulento, brazos tatuados, pocas palabras y esa clase de presencia física que no necesita anunciarse. Me miraron sin juicio, con la misma naturalidad que Valeria ponía en todo.

Ella se sentó en el sofá con las piernas cruzadas.

—Esta noche quiero verlos a los tres —dijo simplemente.

Me puse a cuatro patas en el centro de la alfombra. Rodrigo se colocó delante. Tomás, detrás.

Tomás entró despacio, con cuidado, como quien sabe que no hay prisa. El estiramiento fue más intenso que con el arnés de Valeria, pero él sabía lo que hacía: avanzó en etapas, esperando en cada una hasta que mi cuerpo se abría solo. Rodrigo me sostuvo la cabeza con las dos manos. El ritmo entre los dos llegó sin necesidad de negociarlo, como si lo hubieran hecho juntos antes.

Valeria gemía desde el sofá. Tocándose despacio, sin apresurarse, mirando con esa expresión de satisfacción serena que me resultaba tan excitante como cualquier otra cosa en esa habitación.

—Así —decía de vez en cuando—. Exactamente así.

No sé cuánto duró. El tiempo funciona de otra manera en ese estado. Lo que sé es que en algún momento dejé de estar pendiente de mí mismo, de si lo hacía bien, de qué pensarían de mí, y me encontré simplemente presente. Sin vigilancia. Sin distancia entre lo que estaba ocurriendo y yo.

Me corrí sin que nadie me tocara. El orgasmo empezó desde dentro y se extendió hacia afuera, y fui consciente de cada segundo de él de una manera que no había experimentado antes. Largo, limpio, sin resaca.

Rodrigo se corrió en mi boca poco después. Tomás, dentro de mí. Valeria se corrió mirando.

Cuando los dos se fueron, Valeria me llevó al baño. Me lavó con agua caliente y paciencia, me trajo agua, me metió en la cama y se tumbó a mi lado.

—¿Cómo estás? —preguntó por tercera vez en dos semanas.

Pensé en la respuesta un momento.

—Diferente —dije.

Asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír.

No dormí hasta tarde. Miraba el techo en la oscuridad y pensaba en el hombre que había sido cuando entró en aquella cocina buscando hielo, creyendo que tenía todo más o menos claro. El mismo hombre, en todo lo que importaba. Solo que con las fronteras de lo posible dibujadas en un lugar distinto.

Valeria me había preguntado desde el principio qué quería. No lo que se supone que uno debe querer, ni lo que era razonable querer. Lo que realmente quería.

Esa pregunta, resulta, lo cambia todo cuando alguien te la hace en serio.

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Comentarios (7)

Marcos_B

Increible relato, me tuvo enganchado desde la primera linea. Muy bien escrito!

lector_ansioso

Y bueno... ¿hay segunda parte o nos dejas con la intriga para siempre? jaja esperemos que no

SolMartinez

Me recordó tanto a una noche que tuve hace años en una fiesta. Esas cosas que pasan y nunca olvidás. Muy bien contado!

NocheVieja22

¿Es real o es ficcion? porque se siente demasiado autentico para ser inventado

Carlita_BA

Me encanta cuando los relatos empiezan con algo tan simple y cotidiano. Se siente real, no forzado. Sigue asi

CarlosRds

corto pero intenso, quiero mas!!!

LeticiaPdM

Tremendo, no me lo esperaba para nada. Esa frase al oido desde el principio ya me atrapo. Esperando lo que venga despues

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