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Relatos Ardientes

La confesión que no le hice a nadie hasta hoy

Me llamo Andrés. Treinta y dos años, metro ochenta y cinco, trabajo en distribución y llevo una vida que se parece mucho a la de la mayoría de la gente: cumplo horarios, reviso correos, asisto a reuniones donde nada cambia demasiado. No me quejaba. No era infeliz. Solo era predecible. Hasta que conocí a Valeria.

Fue en una fiesta en el apartamento de unos amigos comunes, a principios de otoño. Piso pequeño del centro, demasiada gente, música más alta de lo razonable. Yo estaba en la cocina buscando hielo cuando noté que alguien se había puesto justo detrás de mí. Se inclinó un poco y me habló al oído con voz baja y directa, sin artificios:

—Llevo toda la noche mirándote el culo. ¿Vas a invitarme a algo o me sirvo sola?

Me giré. Era menuda, con el pelo castaño cortísimo y unos ojos claros que te evaluaban antes de que abrieras la boca. Veintisiete años, supe más tarde. Se llamaba Valeria y tenía esa clase de confianza que no se aprende, la que viene de saber exactamente lo que se quiere.

Esa misma noche terminamos en el baño de la casa.

Cerró el pestillo, se subió la falda hasta la cintura y se apoyó en el lavabo. No llevaba bragas. Me miró por el espejo mientras me abría el cinturón con una mano y me sacaba la polla ya dura con la otra.

—Métemela —dijo, sin bajar la voz—. Toda de una vez, no me tengas paciencia.

La agarré por las caderas y la penetré de un solo empuje. Estaba empapada, tan mojada que resbalé hasta el fondo sin resistencia y ella soltó un gemido gutural que se comió mordiéndose el labio. Le vi la cara en el espejo, los ojos entrecerrados, la boca abierta. Empecé a follármela rápido, sin cuidado, chocando contra su culo con un ruido húmedo que en el silencio del baño sonaba obsceno. Ella se apoyaba con las dos manos y empujaba hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, buscando que le llegara más hondo.

—Más fuerte —jadeó—. Follame como si no me conocieras.

Le agarré el pelo corto por la nuca y aceleré. Sus tetas pequeñas rebotaban contra la loza fría del lavabo bajo la blusa. Sentía su coño apretarse en oleadas, chupándome la polla desde dentro. Se corrió a los dos minutos, mordiéndose el antebrazo para no gritar, y su orgasmo me arrastró: le vacié la corrida dentro con tres embestidas finales que le sacaron un gemido largo. Cuando salí, un hilo de semen le resbaló por el interior del muslo. Se subió las bragas metiéndoselo dentro con dos dedos, como si fuera parte de un ritual privado, y se lamió los dedos mirándome.

Se acomodó la falda, me besó en la mejilla y me dijo su número de teléfono de memoria, como si nos conociéramos de hace años.

—Llámame cuando no estés ocupado siendo tan serio —dijo, y salió a la fiesta como si nada hubiera ocurrido.

***

Valeria vivía sola en un apartamento bien dispuesto, con estanterías llenas de libros que efectivamente había leído. La llamé al día siguiente. A los diez días dormía allí la mitad de la semana. A las tres semanas prácticamente me había instalado.

Era insaciable de una manera que no tenía nada de actuado. Me despertaba a las dos de la madrugada con la boca ya en mi polla, chupándomela despacio hasta que abría los ojos, y entonces se subía encima y se empalaba hasta el fondo sin decir palabra. Me esperaba en la ducha con las tetas enjabonadas y la mano entre las piernas. Me mandaba mensajes durante el trabajo —fotos de su coño abierto con dos dedos dentro, notas de audio jadeando que decía mi nombre— que me obligaban a cerrar el portátil antes de que alguien los leyera por encima de mi hombro. Vivía el sexo con la misma naturalidad con la que otra gente vive el deporte, y eso, para alguien que venía de relaciones donde todo era negociado y medido, resultaba completamente adictivo.

Le gustaba que se la comiera durante horas. Se abría de piernas en el sofá y me empujaba la cabeza contra su coño con las dos manos, montándome la cara mientras miraba la tele, corriéndose tres o cuatro veces seguidas hasta que quedaba con los muslos temblando y el pelo pegado a la frente. Después me montaba a horcajadas y se ocupaba de mí con la misma dedicación, chupándomela hasta el fondo de la garganta, dejando que le escurriera la saliva por la barbilla, mirándome siempre a los ojos.

Pero la conversación que lo cambió todo no ocurrió en la cama. Ocurrió en el sofá, un martes por la noche, tirados con una película a medias y un vaso de vino cada uno.

Valeria tenía la cabeza en mi pecho y jugaba distraídamente con mis dedos. Sin mirarme, con voz tranquila:

—A veces veo porno gay cuando estoy sola. Me pone mucho.

No respondí de inmediato. Esperé.

—Me excita imaginar que estás tú ahí. —Levantó la vista—. No hace falta que pongas esa cara. Solo te lo cuento porque me interesa más tu reacción real que la que crees que deberías tener.

—¿Qué imaginas exactamente? —pregunté.

Sonrió. Era la sonrisa de alguien que ya sabe la respuesta y simplemente espera a que el otro llegue solo.

—Que te pones de rodillas. Que abres la boca. Que un tipo te mete la polla hasta la garganta y tú se la chupas porque quieres. Que otro te está follando el culo al mismo tiempo. Y que yo estoy mirando y que eso te importa tanto como lo que estás haciendo.

Algo en el estómago se me movió de una manera que no tenía nombre todavía. No era miedo. Era otra cosa. Se me estaba poniendo dura y ella lo notó sin mirar.

—Ya veo —dijo, y me puso la mano en la entrepierna sin dejar de sonreír.

***

Lo que siguió fue lento y deliberado. Valeria no tenía prisa. Nunca la tenía.

Empezó con algo pequeño, una noche mientras me la estaba mamando. Me tenía la polla entera dentro de la boca, con una mano jugándome los huevos, cuando sentí el dedo lubricado buscándome el culo. Se paró un segundo, esperó, y entró muy despacio hasta el nudillo. Curvó el dedo hacia adelante y encontró algo que hizo que se me escapara un sonido que no reconocí como mío, un gemido grave, casi de sorpresa. Ella no dijo nada. Siguió chupándome mientras me follaba con el dedo, encontrando ese punto una y otra vez, hasta que me corrí en su boca con una intensidad que me dobló las rodillas. Tragó cada gota sin apartarse, sacó el dedo despacio y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Ese punto —dijo tranquilamente—. Lo tienes ahí. Es tuyo. Vamos a usarlo.

Por las noches me hablaba con la luz apagada. No daba instrucciones; conversaba, y esa diferencia hacía que el tiempo pasara de otra manera. ¿Te imaginas cómo sería una polla ahí dentro? ¿Grande, dura, empujándote hasta que sientas que no cabe más? ¿Te pone pensarlo? Yo escuchaba sin saber qué responder, pero mi cuerpo contestaba por mí y eso era suficiente para los dos. Muchas noches me la meneaba mientras me lo susurraba al oído, y cuando me corría lo hacía a chorros, salpicándome hasta el pecho.

Una semana después llegó con una bolsita pequeña. Dentro había un plug de silicona negro y una botella de lubricante. Lo dejó sobre la mesita de noche con la misma calma con la que habría dejado un libro.

—Quiero que te acostumbres —explicó—. No hay prisa. Esto es para las próximas semanas, no para esta noche necesariamente.

Pero aquella noche sí. Me desnudó despacio, me puso boca abajo sobre la cama con una almohada bajo las caderas y pasó mucho tiempo antes de que nada entrara. Empezó chupándome el culo, separándome las nalgas con las manos y hundiendo la lengua entre ellas, empujando la punta contra el agujero hasta que se abrió lo suficiente para meterla dentro. Yo tenía la polla aplastada contra la almohada, durísima, escurriendo líquido preseminal. Después llegó el lubricante, frío, y sus dedos: uno, dos, moviéndose en círculos, abriéndome despacio.

Cuando por fin sentí el plug cruzar esa resistencia inicial y quedar completamente dentro, con el ensanchamiento máximo estirándome antes de que se estrechara en la base, solté un gemido largo y bajo que me sorprendió. Una sensación nueva, densa, que llenaba de una manera a la que no tenía referencia.

—Así —murmuró, con una mano abierta sobre mi espalda—. Quédate quieto. Siente nada más.

Me metió los dedos en el coño delante de mi cara para que se lo chupara y se tocó el clítoris con la otra mano hasta correrse encima de mi hombro, con el plug todavía dentro de mí, apretándose contra mí. Después me montó la cara, se me sentó encima de la boca, y me corrí solo, con la polla sin tocar, sintiendo el plug moverse dentro cada vez que me contraía.

Me quedé dormido con eso dentro. A la mañana siguiente me lo retiró con cuidado, me hizo café y me lo puso en la mesita. Un día completamente normal.

Excepto que ya no era lo mismo que el día anterior.

***

El jueves de la semana siguiente llegó con una caja negra. Un arnés de cuero ajustable, un dildo de silicona gruesa y larga, considerablemente más grande que el plug, y dos botellas de lubricante.

—Esta noche te follo yo a ti —dijo. Sin pregunta. Sin preámbulo.

Lo que me sorprendió fue descubrir que mi primera reacción no era resistencia. Era algo más parecido al alivio de que por fin se dijera en voz alta lo que llevábamos semanas construyendo hacia allí.

Me colocó en el centro de la cama con las caderas elevadas sobre dos almohadas, la cara contra el colchón, el culo levantado y abierto para ella. Tardó mucho tiempo preparando el terreno antes de ponerse el arnés. Me lamió, me abrió con los dedos —uno, dos, tres, cuatro—, me trabajó hasta que el agujero se quedaba abierto solo cuando sacaba los dedos. Yo estaba jadeando contra las sábanas, con la polla goteando entre las piernas.

—Mírate —dijo, dándome una nalgada suave—. Todo abierto para mí. Un culo hambriento, eso es lo que tienes.

Se puso el arnés. Oí el chasquido de las hebillas ajustándose sobre sus caderas. Cuando sentí la punta gruesa del dildo, cargada de lubricante, presionar contra mi entrada, contuve la respiración.

—Respira —dijo, y empujó despacio.

Fue lento. Centímetro a centímetro. El estiramiento era intenso, en el límite de lo soportable, pero controlado. Sentí cada milímetro de silicona abriéndose paso, ensanchándome, empujando más profundo de lo que nada había estado nunca. Cuando la base tocó mis nalgas solté un sonido largo que me salió de algún lugar que no había explorado antes. Valeria se quedó quieta unos segundos, sin moverse, dejándome sentir cómo estaba llena, cómo su polla postiza ocupaba todo el espacio dentro de mí.

—¿Cómo estás? —preguntó, inclinándose sobre mi espalda para besarme entre los omóplatos.

—Bien —dije. Y era verdad.

Empezó a moverse. Salidas cortas al principio, saliendo apenas unos centímetros y volviendo a entrar. Después, salidas más largas, casi hasta la punta, y entradas profundas y firmes. Se inclinó sobre mi espalda, me besó el hombro, me mordió el cuello con suavidad. Sus tetas se aplastaban contra mi espalda, los pezones duros. Fue construyendo ritmo sin apresurarse. Empezó a follarme en serio, con embestidas completas, chocando contra mi culo. Sentía el arnés golpearme con cada empuje.

—Toma, toma, toma —murmuraba ella al ritmo de las embestidas—. Así. Este culo es mío. Mira cómo se lo traga.

Me alcanzaba la próstata en cada embestida, un golpe seco, eléctrico, que me subía por la columna. Me estaba corriendo por dentro sin correrme, en oleadas que no terminaban de llegar y no terminaban de irse. En algún punto del proceso dejé de pensar y me entregué completamente a lo que estaba pasando, que era algo sin nombre preciso pero muy claro en el cuerpo. Metí la mano debajo para tocarme y ella me la apartó.

—No. Así. Sin manos. Córrete con mi polla dentro.

Y me corrí. Sin que nadie me tocara. La polla saltando sola, disparando chorros gruesos de semen contra las almohadas debajo de mí, con una intensidad que me dejó sin habla varios minutos. Ella siguió empujando durante mi orgasmo, alargándolo, hasta que quedé temblando.

Valeria se salió despacio —sentí el vacío enorme que dejaba— se quitó el arnés y se tumbó a mi lado. Me miró con una expresión que mezclaba satisfacción y algo más blando, más personal. Me pasó los dedos por el pelo sudado.

—El viernes viene un amigo —dijo después de un silencio largo—. Alguien de confianza. Solo quiero que estés ahí con nosotros. Si en algún momento no quieres seguir, paras y ya está.

Tardé menos de lo que esperaba en asentir.

***

El viernes llegó con una niebla de anticipación que me ocupó el pecho todo el día. En la oficina no pude concentrarme en nada útil. Salí antes de hora.

Valeria me recibió en el apartamento con esa calma característica suya que no era indiferencia sino lo contrario: una atención absoluta disfrazada de naturalidad. Me pidió que estuviera desnudo, de rodillas en el salón, cuando él llegara. Lo pensé un momento. Decidí que quería hacerlo. La diferencia entre hacerlo porque alguien lo pide y hacerlo porque uno lo elige importa, aunque el resultado externo sea idéntico.

Rodrigo entró a las diez de la noche. Treinta y cinco años, alto, barba descuidada, la clase de hombre que no necesita llenar el silencio. Cuando me vio arrodillado en el centro de la alfombra, asintió brevemente, sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo.

—Valeria me habló de ti —dijo.

Se desnudó sin prisa. Tenía el cuerpo de alguien que hace ejercicio pero no vive para eso, el pecho con algo de vello oscuro, y una polla ya medio dura entre las piernas que fue creciendo mientras se acercaba. Gruesa, con las venas marcadas, la cabeza congestionada. Más grande que la mía. Valeria se colocó detrás de mí, me puso las manos en los hombros y me besó la sien.

—Solo quiero que lo pruebes —murmuró—. Ábrele la boca. Cuando quieras parar, paras.

Rodrigo se acercó hasta que la punta de su polla me tocó los labios. Estaba completamente duro, a la altura de mi cara, con una calma que yo no tenía. Olía a piel limpia y a algo que resultó más familiar de lo que esperaba. Con la mano se la sostenía por la base, apuntándomela.

Abrí la boca.

Los primeros segundos fueron de calibración pura: la temperatura, el peso, la textura de la piel, el sabor ligeramente salado del líquido preseminal que ya asomaba en la punta. Me la metió despacio, unos centímetros, dejó que me acostumbrara, y empujó un poco más. Me concentré en moverme con atención, en no pensar demasiado, en usar la lengua alrededor de la cabeza como sabía que a mí me gustaba. Valeria me guiaba con la voz, sin tocarme, indicándome cómo moverme, cómo respirar.

—Bien —decía—. Más despacio. Chúpasela entera. Ahí, así. Deja que te la meta más al fondo.

Rodrigo tenía una mano en mi nuca, sin presionar, solo sosteniéndola. Empezó a moverse en mi boca con embestidas cortas, entrando y saliendo, dejándome respirar entre una y otra. Cada tanto empujaba más hondo y me llegaba a la garganta, y yo aprendía a tragar, a no cerrarme, a dejar que la boca fuera un agujero para él. Cada tanto soltaba un sonido grave desde el pecho y yo entendía que lo estaba haciendo bien. Esa señal, descubrí, tenía un efecto que no esperaba: se me estaba poniendo dura como una piedra, goteando sobre mis propios muslos, solo por sentir que un hombre disfrutaba de mi boca.

Valeria se colocó detrás y empezó a prepararme con los dedos mientras yo seguía. Fría, la lengua primero, después el lubricante, después dos dedos que entraron sin resistencia porque ya sabía cómo abrirse. La combinación de los dos focos de atención fue algo para lo que no tenía referencia. Una polla en la boca, dos dedos en el culo, y yo entre los dos, respirando por la nariz, entregado. El cuerpo respondía en los dos sitios a la vez, y eso resultaba imposible de ignorar.

Cuando Rodrigo estaba cerca del límite —lo noté en cómo se le hinchó todavía más la polla contra mi paladar y en el temblor de sus muslos— Valeria hizo un gesto suave y él se retiró. Un hilo de saliva y preseminal me colgaba de la boca hasta la punta de su polla.

—Por esta noche es suficiente —dijo ella—. Que se quede con ganas.

Rodrigo se vistió, nos dimos las buenas noches y Valeria me llevó a la cama. Antes de dormir se subió encima y se folló mi polla dura y frustrada hasta correrse dos veces, mientras me susurraba al oído lo bien que me había visto de rodillas. Cuando por fin me dejó correrme dentro de ella, fue casi doloroso de tan intenso.

Nos tumbamos en silencio un buen rato, con las luces apagadas.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —dije—. ¿Cuándo vuelve?

Ella sonrió en la oscuridad.

—El sábado, con un amigo suyo.

***

El sábado Valeria pasó la tarde preparándome con una atención que no tenía nada de mecánica. Me metió en la bañera, me lavó por dentro con calma, me depiló las últimas zonas que había estado postergando. Me hizo tumbarme boca abajo y me trabajó el culo con los dedos y con el plug más grande, subiendo el tamaño de a poco, para que llegara la noche ya abierto. Me habló durante todo el proceso. No daba instrucciones; conversaba, y eso hacía que el cuerpo se relajara solo, sin que me diera cuenta de que estaba respirando más despacio.

—Esta noche van a ser dos —me decía en el oído, con los dedos moviéndose dentro de mí—. Uno delante y uno detrás. Y yo mirándolo todo. Quiero verte lleno por los dos lados. Quiero ver cómo te corres sin que nadie te toque la polla. ¿Te imaginas?

Yo asentía contra la almohada, con la polla dura debajo de mí.

Rodrigo llegó a las once con su amigo Tomás. Más corpulento, brazos tatuados, pocas palabras y esa clase de presencia física que no necesita anunciarse. Cuando se desnudó, vi que la tenía todavía más grande que Rodrigo, gruesa desde la base, con los huevos pesados. Me miraron sin juicio, con la misma naturalidad que Valeria ponía en todo.

Ella se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, en bragas y sin nada arriba, con las tetas pequeñas al aire y los pezones duros.

—Esta noche quiero verlos a los tres —dijo simplemente—. Sin apuros. Yo aviso cuándo terminan.

Me puse a cuatro patas en el centro de la alfombra. Rodrigo se colocó delante, con la polla ya dura frente a mi cara. Tomás, detrás, arrodillado entre mis piernas. Me sentí abierto, expuesto, disponible, y descubrí que eso era exactamente lo que quería sentir.

Abrí la boca para Rodrigo sin que hiciera falta que me lo pidiera. Se la metió hasta la garganta en el primer empuje, aprovechando que ya la conocía de la noche anterior, y empezó a follarme la boca con ritmo firme, agarrándome la cabeza con las dos manos. Yo me relajé la mandíbula y dejé que entrara y saliera, saboreándolo, sintiendo la vena gruesa de la parte de abajo contra mi lengua.

Detrás, Tomás me estaba lubricando. Sentí sus dedos gruesos abrirme, primero uno, después dos, después la punta de su polla presionando contra mi entrada. Enorme. Mucho más gruesa que cualquier cosa que hubiera tenido dentro. Contuve la respiración.

—Relájate —dijo él, con voz grave, la primera vez que hablaba—. Tranquilo. Empujá contra mí, no te alejes.

Empujé hacia atrás y él empujó hacia adelante, y su polla empezó a entrar. El estiramiento fue más intenso que con el arnés de Valeria, quemaba en el borde, pero él sabía lo que hacía: avanzó en etapas, esperando en cada una hasta que mi cuerpo se abría solo. Cuando por fin sentí sus caderas contra mis nalgas, y sus huevos colgando pesados contra mi perineo, solté un gemido ahogado alrededor de la polla de Rodrigo. Estaba lleno por los dos lados. Empalado.

El ritmo entre los dos llegó sin necesidad de negociarlo, como si lo hubieran hecho juntos antes. Cuando uno salía, el otro entraba. Cuando uno entraba hasta el fondo, el otro me daba tiempo para respirar. Tomás me follaba con embestidas largas y profundas, chocando contra mí con un sonido húmedo cada vez, dándome nalgadas ocasionales que me hacían apretarme alrededor de su polla. Rodrigo me usaba la boca, alternando entre embestidas rápidas y momentos en los que se me quedaba en el fondo de la garganta y me obligaba a mantenerlo ahí unos segundos, hasta que me lloraban los ojos.

Valeria gemía desde el sofá. Se había quitado las bragas y tenía los dos dedos metidos en el coño, tocándose despacio, sin apresurarse, mirando con esa expresión de satisfacción serena que me resultaba tan excitante como cualquier otra cosa en esa habitación. Con la otra mano se pellizcaba un pezón.

—Así —decía de vez en cuando—. Exactamente así. Miralo, mirá cómo le gusta. Mirale la polla al pobre, va a explotar sin que nadie se la toque.

Y era verdad. La polla me colgaba entre las piernas durísima, escurriendo un hilo continuo de líquido sobre la alfombra, saltando sola con cada embestida de Tomás contra la próstata.

No sé cuánto duró. El tiempo funciona de otra manera en ese estado. Lo que sé es que en algún momento dejé de estar pendiente de mí mismo, de si lo hacía bien, de qué pensarían de mí, y me encontré simplemente presente. Sin vigilancia. Sin distancia entre lo que estaba ocurriendo y yo. Una polla en la garganta, otra clavada hasta el fondo del culo, y yo entero convertido en el agujero donde los dos se estaban dando placer.

Me corrí sin que nadie me tocara. El orgasmo empezó desde dentro, desde ese punto que Tomás no dejaba de castigar con la cabeza gruesa de su polla, y se extendió hacia afuera en oleadas. La polla me saltó sola, disparando chorros gruesos de semen sobre la alfombra debajo de mí, y fui consciente de cada segundo de él de una manera que no había experimentado antes. Largo, limpio, sin resaca. Gemí alrededor de Rodrigo con la boca llena.

Rodrigo se corrió en mi boca poco después, sujetándome la cabeza con las dos manos y empujando hasta el fondo mientras me llenaba la garganta de corrida espesa y caliente. Tragué todo lo que pude, sintiendo el sabor salado y denso resbalar hacia adentro, mientras lo que se escapaba me chorreaba por la barbilla. Cuando se retiró, me lamí los labios sin pensarlo.

Tomás me agarró las caderas con las dos manos y aceleró. Sentí cómo se le hinchaba dentro, cómo empujaba más profundo cada vez, hasta que soltó un gruñido animal desde el pecho y me llenó por dentro. Fue una descarga larga, en oleadas, cada una acompañada de una embestida más lenta. Sentí el calor extenderse por dentro. Cuando salió, un chorro grueso de semen me escurrió por los muslos hasta las rodillas.

Valeria se corrió mirando, mordiéndose el labio, con los dedos empapados. Vino hasta mí, se agachó y me besó en la boca con el sabor de Rodrigo todavía ahí, sin ninguna resistencia. Después, sin decir nada, se agachó detrás de mí y me lamió el semen que me escurría de las nalgas, chupando lo que Tomás me había dejado dentro. Me estremecí entero.

Cuando los dos se fueron, Valeria me llevó al baño. Me lavó con agua caliente y paciencia, me trajo agua, me metió en la cama y se tumbó a mi lado. Me abrazó por la espalda, un brazo cruzado sobre mi pecho, y me besó la nuca varias veces.

—¿Cómo estás? —preguntó por tercera vez en dos semanas.

Pensé en la respuesta un momento.

—Diferente —dije.

Asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír.

No dormí hasta tarde. Miraba el techo en la oscuridad y pensaba en el hombre que había sido cuando entró en aquella cocina buscando hielo, creyendo que tenía todo más o menos claro. El mismo hombre, en todo lo que importaba. Solo que con las fronteras de lo posible dibujadas en un lugar distinto.

Valeria me había preguntado desde el principio qué quería. No lo que se supone que uno debe querer, ni lo que era razonable querer. Lo que realmente quería.

Esa pregunta, resulta, lo cambia todo cuando alguien te la hace en serio.

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Comentarios(10)

Marcos_B

Increible relato, me tuvo enganchado desde la primera linea. Muy bien escrito!

lector_ansioso

Y bueno... ¿hay segunda parte o nos dejas con la intriga para siempre? jaja esperemos que no

SolMartinez

Me recordó tanto a una noche que tuve hace años en una fiesta. Esas cosas que pasan y nunca olvidás. Muy bien contado!

NocheVieja22

¿Es real o es ficcion? porque se siente demasiado autentico para ser inventado

Carlita_BA

Me encanta cuando los relatos empiezan con algo tan simple y cotidiano. Se siente real, no forzado. Sigue asi

CarlosRds

corto pero intenso, quiero mas!!!

LeticiaPdM

Tremendo, no me lo esperaba para nada. Esa frase al oido desde el principio ya me atrapo. Esperando lo que venga despues

viajero_mx

Las confesiones reales siempre son las mejores. Saludos desde Mexico

RosarioSur

jajaja lo de la cocina de la fiesta... cuantas historias habrán empezado exactamente igual

Pancho_99

Se hizo corto :)

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