Le abrí la puerta con mi tanga negro puesto
Era sábado por la tarde y llevaba dos horas dando vueltas por casa sin saber qué hacer. Me había instalado en el sofá con el portátil, un café tibio y una de esas apps que abro cuando no tengo planes y el aburrimiento me empuja a buscar compañía. La cosa pintaba mal: mucho perfil sin foto, mucho mensaje vago, mucho «hola, qué haces» sin energía detrás.
Hasta que llegó Marcos.
El primer mensaje fue directo y sin rodeos: «Tu culo me tiene loco. Me encantaría comértelo bien, dilatarlo y luego follarte hasta que se te olvide tu nombre». Me reí solo en el sofá y, sin pensarlo mucho, le contesté que esa propuesta me parecía imposible de rechazar. Pasamos un rato intercambiando fotos. La suya cumplía exactamente lo que prometía: una polla bien morena, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, justo del tamaño que a mí me gusta para disfrutar sin que duela. Por debajo, unos huevos depilados que pedían a gritos ser lamidos.
Le pedí media hora para ducharme y prepararme. Los que llevan tiempo leyendo lo que escribo ya saben que soy maniático con eso: sin lavativa y sin aseo en condiciones, no abro la puerta. Quedamos en que a partir de las seis nos íbamos hablando para confirmar.
Mientras me secaba, recibí su mensaje: «Tienes una foto en la galería con un tanga negro. ¿Me recibes con él puesto?». Le contesté con un emoji y abrí el cajón. Tenía varios, pero el negro era mi favorito: la tela justa, la tira fina, la sensación de ir cómodo y descarado al mismo tiempo. Me lo puse, encima un vaquero ajustado y una camiseta blanca lisa. Le mandé una foto frente al espejo y le dije que ya podía venir cuando quisiera.
La espera se hizo larga. Estaba más cachondo de lo que quería admitir. Daba vueltas por el salón con una cerveza en la mano, mirando el reloj cada cinco minutos y pensando en lo que iba a pasar. Cuando por fin sonó el telefonillo, casi me tropecé al ir a abrir.
Marcos venía mejor vestido de lo que me había imaginado. Pantalón chino color caqui, ajustado de cintura y todavía más de culo. El tipo de pantalón que está hecho para que mires hacia abajo cuando se da la vuelta. Camisa azul abierta dos botones, mochila pequeña al hombro y una sonrisa tranquila que no era ni tímida ni prepotente. Y unos labios gruesos que me llamaron la atención antes que cualquier otra cosa.
—Hola —dijo, y me besó nada más cerrar la puerta.
No fue un beso de tantear el terreno. Fue un beso largo, con la mano en mi nuca y el cuerpo pegado al mío. Mientras me comía la boca, mi mano bajó sola hasta su entrepierna y palpé un bulto que ya empezaba a despertar. Él aprovechó para meter la mano por debajo de mi camiseta y me recorrió la espalda hasta dar con el elástico del tanga.
—Me has hecho caso —murmuró sin separar los labios—. Qué bien.
Me arrastró hacia el dormitorio sin dejar de besarme. Antes incluso de quitarnos la camiseta, ya me había desabrochado el vaquero y me lo había bajado hasta los tobillos. Frenó un segundo, se separó y me miró de arriba abajo: descalzo, con el tanga negro y el rabo ya levantado por dentro de la tela.
—Ponte a cuatro patas —pidió.
Nos terminamos de desnudar. Me tumbé en la cama, levanté el culo, apoyé la cara en la almohada y esperé. Él se quitó la camisa, dobló el chino con una calma que me sorprendió y se subió al colchón. Apartó el hilo del tanga con un dedo y, antes de que pudiera respirar, hundió la cara en mi agujero.
***
No pude evitar gemir. Marcos no estaba probando, estaba comiendo. La lengua le iba en círculos, paraba en el centro, presionaba como si quisiera entrar y volvía a recorrer todo el contorno. Alternaba con mordiscos suaves en las nalgas que me hacían arquear la espalda. Le oía respirar pegado a mi piel, y cada vez que tomaba aire para volver a lamer, yo soltaba un quejido nuevo.
En un momento dado, su mano buscó mi paquete. La polla me estaba reventando dentro del tanga, y noté cómo apartaba la tela con cuidado para sacarla. Me la cogió entera, midió el peso de los huevos con la palma y empezó a masturbarme despacio, muy despacio, mientras la lengua seguía haciendo de las suyas en el culo.
Sin avisar, bajó la cabeza y me la metió en la boca. Yo, con la cara hundida en la almohada, empecé a gemir como un crío. La sensación de tener su lengua en el ojete, después su boca en la polla y los dedos jugando entre las dos zonas, era demasiado para procesar. Estuvo así un rato largo, alternando, sin prisa, hasta que volvió a centrarse en el culo.
Cuando ya estaba a punto de pedirle clemencia, me incorporé y le hice un gesto para que parara. Quería probarle yo a él. Le indiqué que se tumbara boca arriba y se dejó caer sobre el colchón con una sonrisa que decía que sabía perfectamente lo que venía.
Empecé por la boca. Le besé despacio y fui bajando. Su cuello fue una sorpresa: en cuanto le pasé la lengua por debajo de la oreja, soltó un suspiro hondo y vi cómo se le tensaba todo el cuerpo. Punto débil identificado. Me entretuve ahí más de lo necesario, mordisqueando, lamiendo, soplando con suavidad sobre la piel mojada.
Bajé a los pezones. Los tenía pequeños y oscuros, perfectos para chuparlos sin prisa. Mientras le mordía uno, le pellizcaba el otro entre el pulgar y el índice. Él intentó cogerme la cabeza para guiarme, pero le aparté las manos. Quería hacerlo a mi ritmo.
Mi lengua siguió bajando. Pasé por encima del ombligo, me detuve en el pubis y desvié el recorrido hacia las ingles. Las lamí enteras, una y otra, alternando con los huevos. Subía y bajaba por el rabo sin tocar el capullo, rozando con la punta de la lengua los costados, deteniéndome justo antes del glande. Cada vez que me retiraba, él soltaba un quejido frustrado.
Cuando vi que ya no podía más, por fin le metí la polla entera en la boca. La acaricié con la lengua mientras le sostenía los huevos en la palma. Él me miraba desde arriba, con los ojos entornados, y eso me ponía todavía más. Mamé despacio, dejando que se le acumulara la saliva en el capullo, deslizando los labios hasta la base.
Después le pedí que se diera la vuelta. Quería probar su culo en una postura cómoda. Se puso a cuatro patas y le abrí las nalgas con las dos manos. Tenía un agujero pequeño, limpio, del mismo tono moreno que el resto. Cuando le pasé la lengua por encima, soltó un gruñido grave que me hizo sonreír. No ofreció ninguna resistencia cuando empecé a jugar con el dedo en el centro, así que me dediqué a comerle el culo a conciencia mientras él se aferraba a la sábana.
Cuando paré, se giró, me agarró por la cintura y me arrastró hacia él hasta que quedé tumbado encima, entre sus piernas. Volvimos a besarnos, esta vez con la respiración entrecortada, mientras nuestras pollas se rozaban. La mía pasó peligrosamente cerca de su agujero, todavía húmedo, y los dos lo notamos.
***
—Boca arriba —ordenó.
Me tumbé y dejé que tomara el control. Empezó por el cuello, repitió todo lo que yo había hecho con el suyo y siguió por los pezones. Sin dar muchos rodeos, bajó hasta la polla y me hizo una mamada como hacía meses que no me hacían. Profunda, con la mano en la base, alternando con lamidas a los huevos y bajando de vez en cuando hasta el ojete. En un momento, todavía con mi rabo dentro de su boca, buscó mis manos, entrelazó los dedos con los míos y siguió mamando sin soltarme. Ese gesto, no sé por qué, fue lo que me hizo perder cualquier precaución.
—Ven —le dije—. Hagamos un sesenta y nueve.
Se incorporó y se colocó en la postura. Yo me tumbé debajo, él encima. Cuando bajó la cara y me la metió otra vez en la boca, yo levanté la cabeza y le tragué la suya. Estuvimos así un rato largo, gimiendo cada uno contra la polla del otro, sintiendo cómo nos chupábamos al mismo tiempo. Lo hice salivar bien y empecé a buscar de nuevo su agujero con la lengua. Le levanté las piernas con las manos y me dediqué a ese culo con la misma intensidad que él me había dedicado al mío al principio.
Cuando lo tenía bien húmedo, me arrastré por debajo y lo coloqué de costado. Le acerqué la punta de la polla al ojete y empujé apenas, lo justo para que notara la presión. Se estremeció y soltó un «joder» que casi me hace correrme allí mismo. Estaba descubriendo que era versátil y la idea me encantaba. Empujé un poco más, se la metí solo el principio y volví a sacarla. No llevaba condón puesto y, además, esa tarde quería que él me follara a mí. Quería su polla dentro.
Junté nuestros rabos con las dos manos y empecé a pajearlos juntos. Los capullos se rozaban, los dos lubricados ya, y la sensación era tan buena que tuve que bajar el ritmo para no terminar antes de tiempo. Le miré a los ojos y le pregunté lo que en realidad ya había decidido por los dos:
—¿Quieres follarme?
—Sí —contestó sin dudar—. Me encanta lo apretado que tienes el culo.
—Pues es todo tuyo.
Le pasé un condón, le ayudé a ponérselo y le eché un chorro generoso de lubricante. Él se tumbó boca arriba y dio dos golpecitos en su pelvis.
—Ven aquí —dijo—. Quiero que lo tomes tú.
Me subí encima a horcajadas. Cogí su polla con la mano, la guié hasta el centro y empecé a bajar. Entró a la primera, sin resistencia. Su cara fue impagable: cerró los ojos, abrió la boca y soltó un jadeo que me hizo sonreír desde arriba. Empecé a moverme despacio, apoyando las manos en su pecho, marcándole el ritmo, mirando cómo le subía y le bajaba la respiración cada vez que me dejaba caer hasta el fondo.
Después de un rato cabalgándolo, se incorporó y me besó con esa polla todavía dentro. Aprovechó que estaba más tumbado y que no podía moverme con la misma facilidad, y empezó a embestirme desde abajo a base de bien. Los jadeos se mezclaban con los besos. Yo no sabía si gemir, si besarle o si simplemente dejarme follar.
—A cuatro patas —pidió al rato—. En el borde de la cama.
Me bajé, me coloqué como me había indicado y noté cómo se ponía detrás de mí. Me cogió de la cintura, se metió entera de un golpe y empezó a follarme sin piedad. Yo me agarré a la sábana con las dos manos para aguantar las embestidas. En algún momento subió una pierna a la cama, encontró un ángulo nuevo y la sensación cambió por completo. Estaba en la gloria.
Después me empujó suavemente y se tumbó encima. Volvió a metérmela y se quedó quieto un segundo, dándome un beso en la nuca, antes de empezar a bombear despacio. Cuando llevaba un rato así, paró, salió, me dio la vuelta y me llevó hasta el borde de la cama.
—Quiero verte la cara mientras te follo —me dijo.
Me puso las piernas sobre sus hombros y empezó a empujar como si no existiera mañana. Yo me sostenía el cuerpo con los codos, mirando cómo se le tensaban los abdominales con cada embestida, mordiéndome el labio para no correrme antes de tiempo. Cualquier roce en la polla y se me iba. Me preguntó varias veces si quería que me la cascara y le dije que no, que aguantara, que quería que terminara él primero.
Cuando llevábamos casi una hora de sexo, salió de mí. La sensación de vacío me hizo soltar un jadeo. Nos pusimos de pie, junto a la cama, frente a frente. Su rabo seguía durísimo. Volvimos a juntar las pollas y a masturbarlas a la vez, esta vez sin condón, sin dejar de mirarnos.
—¿Dónde la quieres? —preguntó con la voz tomada.
—En la boca.
Me puse en cuclillas y empecé a pasarle la lengua por el capullo mientras él se la cascaba. Le veía los huevos contraerse, las venas marcadas en el antebrazo, la mandíbula apretada. Cuando su respiración se aceleró, le metí la polla entera en la boca y noté cómo los primeros chorros me caían en la lengua. Acaricié su muslo con una mano mientras él me sostenía la cabeza con la suya. Le saqué hasta la última gota.
***
Me incorporé y me fui al baño a aclararme. Cuando volví al dormitorio, me encontré a Marcos ya en pie, todavía desnudo, mirando el tanga negro encima de la cama. Nos fundimos en un beso tranquilo, esta vez sin urgencia. Él se aseó después y se vistió mientras yo me dejaba caer en el colchón, agotado, dándome cuenta de que no me había quitado el tanga en ningún momento de la sesión. Lo deslicé por las piernas y lo lancé sobre la sábana.
—Me ha encantado follarte con el tanga puesto —dijo mientras se ponía la camisa—. Te queda fenomenal.
—Pues que sepas que tengo varios más.
Se rió. Me pidió mi número para no perder la conversación si la app se nos colgaba, y se lo di sin pensarlo. Le acompañé hasta la puerta y, antes de irse, me dio un beso largo, con la mano otra vez en la nuca.
Una hora más tarde, ya tumbado en el sofá, me llegó su mensaje:
«Para mí también ha sido un placer enorme. A ver cuándo te veo con los otros tangas».
Le contesté con una foto del cajón abierto y la promesa implícita de que la próxima vez su culo no iba a salir indemne.
Espero que os haya gustado. Como siempre, estaré encantado de leeros por aquí.
—Pol