Los gemelos del pinar me enseñaron quién era yo
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Iván y Nico cruzaron la puerta como si el ático ya fuera suyo, y antes de saludar siquiera ya nos habían empujado contra la pared del salón.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Veinte años, virgen y encerrado entre cómics. Mi padre creía que un viaje al campo me convertiría en hombre. No imaginaba quién me estaría esperando allí.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Tenía diecinueve años y una calentura imposible de esconder. Él lo notó apenas me abrió la puerta de su departamento, y ya no hubo forma de disimular lo que los dos queríamos.
Cuando crucé esa puerta dejé de ser yo. Él me esperaba sin peluca ni maquillaje, con una sonrisa de chico malo y mi nombre nuevo ya elegido.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Frente al espejo del hotel, ese bikini no me quedaba bien. Nada me quedaba bien desde que decidieron qué clase de cuerpo merecía tener.
Subí al auto con el corazón en la boca y le dije, casi sin pensar, que entendía por fin lo que sentía una mujer cuando va camino a entregarse.
Cada tarde, al volver de la facultad, guardaba la ropa de hombre en el cajón de abajo como quien esconde pruebas de un delito. Y bajaba la escalera con tacones.
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Nunca había bajado más de tres escalones vestida de Lía. Esa tarde, con el encaje blanco rozándome los muslos, decidí que llegaría hasta la calle.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
Bajé el vidrio, crucé dos palabras con ella y la invité a subir. No imaginaba que esa morocha de la esquina sin luz me esperaba con una sorpresa entre las piernas.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Lo esperó en el descansillo sin saber muy bien qué hacía allí. Solo sabía que, después de la noche anterior, ya no podía fingir que aquello había sido un accidente.