La noche en la finca donde todo cambió entre nosotros
Era lunes festivo cuando Tomás llegó cargado de historias. Habíamos cenado en familia, mis padres ya se habían retirado a su cuarto, y los dos acabamos en mi habitación con el pretexto de la consola. Pero ninguno de los dos tenía la cabeza en el juego. Tomás soltó el control sobre la cama y se recostó apoyando las piernas sobre las mías, con esa actitud que tiene cuando quiere contar algo pero espera que yo lo provoque primero.
—Cuéntame —le dije.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo.
Sonrió y empezó.
***
La finca de Sebastián estaba en las afueras, a unos cuarenta minutos de la ciudad. Una propiedad grande, con piscina, mesa de billar y una terraza con parrilla que olía a carbón desde que llegaron el viernes por la tarde. Eran cinco: Sebastián como anfitrión, Carlos, Nico, Rodrigo y Tomás. La madre de Sebastián los recibió con sándwiches y limonada fría, y al rato ya tenían las cervezas abiertas y la música sonando a un volumen que los vecinos más cercanos no podían ser un problema.
Carlos era el más callado del grupo, de esos que están pero casi no se notan. Nico, en cambio, era todo lo contrario: moreno, de piel canela, con el cuerpo marcado por horas de entrenamiento y una sonrisa que usaba con demasiada frecuencia y demasiada eficacia. Rodrigo medía cerca de un metro noventa, delgado y oscuro, con el cabello trenzado muy corto y una forma de moverse que ocupaba todo el espacio de una habitación. Y luego estaban los padres de Sebastián.
El padre, Federico, era el tipo de hombre que uno no espera encontrarse en una finca un fin de semana largo. Cuarenta y tantos años, cabeza rapada, barba negra bien perfilada, brazos tatuados desde la muñeca hasta el hombro. Se conservaba, claramente. Esa tarde andaba con el torso descubierto preparando la parrilla, y Tomás admitió que fue la primera vez en cuatro años de conocerlo que lo miró de verdad. Siempre había tenido ojos para la madre, Elena, una rubia voluptuosa que se movía por la terraza con una copa en la mano y demasiada confianza en sus propios encantos. Pero ese día, Federico le robó toda la atención.
La voz de Federico era grave y clara al mismo tiempo, de esas que se escuchan encima de la música sin necesidad de levantar el tono. Tomás la siguió de una conversación a otra durante toda la tarde sin poder evitarlo.
La tarde transcurrió entre risas, juegos y el sonido del agua en la piscina. Cuando cayó la noche, la dinámica cambió. Elena se fue a dormir antes de medianoche, cansada o bebida, probablemente las dos cosas. Federico tomó el control de la música: vallenato, salsa, esas canciones que se meten por la piel cuando hay suficiente alcohol en el cuerpo. Tomás se sentó junto a él en una tumbona al borde de la piscina y aprovechó. Hablaron de fútbol, de la universidad, de los planes del verano. Federico le preguntó por sus padres, por las chicas que le gustaban, con esa familiaridad tranquila que tienen los hombres que han vivido lo suficiente. Tomás respondía con cuidado, sin mentir del todo pero sin decir tampoco lo que pensaba de verdad.
Lo que pensaba de verdad era que quería quitarle el bañador.
***
Fue Rodrigo el que se escabulló primero. Tomás lo vio alejarse hacia la parte trasera de la casa con ese paso discreto que no engaña a nadie cuando ya llevas horas mirando a la gente. Lo siguió por otro camino, tardó un poco en encontrarlo, pero lo encontró apoyado contra un árbol, con un cigarrillo de marihuana entre los dedos y una expresión de quien por fin puede respirar.
—Qué susto —dijo Rodrigo—. Pensé que eras Federico.
—Tranquilo. Dame un poco.
Fumaron en silencio un rato. La oscuridad era casi total, solo unas farolas lejanas iluminaban el perímetro de la finca. Rodrigo exhalaba despacio, con los ojos entrecerrados.
—Solo faltan las chicas —dijo.
Tomás se rió por lo bajo.
—O algo parecido.
Rodrigo lo miró de reojo, con una sonrisa que no era del todo inocente.
—Con este ron encima me pongo de un humor de mierda si no hay con quién desfogar.
—¿En serio?
—Lo que sea que aparezca, me vale.
Tomás sintió algo moverse en el pecho. No era la primera vez que escuchaba ese tono, esa ambigüedad calculada. Pero nunca de Rodrigo. Rodrigo era su amigo desde el bachillerato, lo había visto con novia, lo había visto borracho, lo había visto dormir en el sofá de su casa. Nunca lo había mirado así.
Rodrigo dejó caer la mano y, sin ningún preámbulo, se abrió el bañador. Ahí estaba, media erección al aire, reflejada apenas por la luz de la luna entre los árboles.
—Con eso en mente, imagínate —dijo, pasando el pulgar despacio por la base.
Tomás no respondió. Miró. Y siguió mirando más de lo que debería.
—Alguien que supiera lo que hace —continuó Rodrigo—. Que no se asustara. Alguien de confianza.
Pausa larga.
—Además, no sería la primera vez que lo hago con un tío.
Tomás lo miró a la cara.
—No lo sabía.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
Fue Rodrigo el que dio el último paso. Lo cogió suave de la nuca y lo guió hacia abajo. Y Tomás fue. Sin dudar demasiado, sin hacer más preguntas, se arrodilló en la tierra húmeda y tomó lo que le ofrecían.
Era grande. Largo y ligeramente curvado, con una vena gruesa que recorría todo el tallo y que Tomás sintió latir contra la lengua. Se lo tragó despacio al principio, después con más hambre, con las manos aferradas a los muslos de Rodrigo para mantenerse. Rodrigo apoyó la espalda en el árbol, echó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido largo y contenido.
No duraron mucho. Se oyeron voces desde la terraza: Carlos y Sebastián los llamaban. Tomás se recompuso rápido, se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie.
—Después terminamos —dijo Rodrigo, mientras se cerraba el bañador.
—Ya —respondió Tomás, todavía sin aliento.
***
Volvieron al grupo como si nada. Sebastián no preguntó, Carlos tampoco. Siguieron con la parrilla, con las canciones, con los juegos en la piscina. Pero la dinámica había cambiado de forma sutil e irreversible. Tomás lo sabía, Rodrigo lo sabía, y en el fondo probablemente Sebastián también, porque de vez en cuando miraba a los dos con esa media sonrisa de quien ata cabos sin necesidad de preguntar.
El juego de los jinetes fue idea de Sebastián. Parejas en la piscina, el jinete encima del caballo, el último en caer ganaba el round. Tomás maniobró para quedar con Federico. Era ridículo, lo sabía, pero el ron y las circunstancias hacen cosas raras con el juicio. Subirse encima de ese hombre fue exactamente tan perturbador como había imaginado: el calor de su cuello, la dureza de sus hombros, la sensación de ser sostenido por alguien que no hacía ningún esfuerzo visible para aguantarlo.
Tomás tuvo una erección que el agua no disimulaba del todo. Federico no dijo nada. O no se dio cuenta, o eligió no decir nada, y Tomás todavía no sabía cuál de las dos opciones era más desconcertante.
Los castigos del juego fueron escalando. Primero tragos, después ejercicios absurdos, después quitarse el bañador. Nico fue el primero en hacerlo, con la indiferencia de quien está acostumbrado a que lo miren. Los demás siguieron entre carcajadas y empujones. Cuando llegó el turno de Federico, protestó durante cinco minutos largos y al final cedió por presión de su propio hijo. Tomás tuvo que mirar al cielo para no reaccionar de manera obvia.
Más tarde, Federico propuso cambiar los roles. Quería ser él el jinete. Tomás fue su caballo, aguantando el peso con las piernas entumecidas y la cabeza llena de imágenes que no correspondían a ese momento ni a ese lugar. Federico no puso nada entre su cuerpo y los hombros de Tomás. El calor de su piel fue inmediato y completamente inesperado.
A las cinco de la mañana, Federico se levantó, se despidió de todos y al pasar junto a Tomás le revolvió el pelo con la mano, sin decir nada más, y desapareció escaleras arriba. Tomás se quedó mirando el punto donde había estado.
***
Quedaron tres: Rodrigo, Sebastián y Tomás. Sebastián empezó a quedarse dormido en una tumbona, con la copa inclinada y los ojos cerrados. Rodrigo aprovechó el momento.
—Vamos a fumar afuera —le dijo a Tomás en voz baja.
Salieron. Esta vez no se molestaron en tomar caminos distintos. Fueron juntos hacia la zona arbolada al fondo de la finca, donde la oscuridad era suficiente para lo que venía. Rodrigo encendió el porro, le dio una calada larga y se lo pasó.
—Ahora sí —dijo.
—Ahora sí —confirmó Tomás.
No hubo más palabras. Rodrigo lo empujó suave contra el tronco más cercano, le bajó el bañador hasta los muslos y se arrodilló. Tomás cerró los ojos. Rodrigo le tomó la verga con una mano y durante un buen rato le devolvió exactamente lo que había recibido antes: atención seria, sin prisa, sin fingir nada. Lo chupó bien, con ganas, hasta que Tomás tuvo que agarrarse al árbol para no doblarse.
Después Rodrigo se puso de pie.
—Date la vuelta.
Tomás apoyó las palmas contra la corteza. Sintió las manos de Rodrigo separándole las nalgas con cuidado, y luego su boca, caliente e inesperada, lamiéndole el culo con una concentración que lo dejó sin capacidad de pensar. No duró poco. Rodrigo tardó, exploró, se tomó su tiempo hasta que Tomás tuvo que morder el labio para no hacer demasiado ruido.
—Así —murmuró Rodrigo detrás de él—. Así está bien.
Se escupió la mano, se lubricó y apuntó. La entrada fue despacio, un poco a la vez, dejando que Tomás se acostumbrara al tamaño considerable de lo que tenía encima. Cuando estuvo dentro del todo, los dos soltaron el aire que habían estado reteniendo.
—No te muevas —pidió Tomás.
—No me muevo.
Un momento quietos. Después Rodrigo empezó a moverse, primero suave, después con más fuerza, con las manos aferradas a las caderas de Tomás como si fueran lo único sólido que tenía. Subió una rodilla a la raíz expuesta del árbol para ganar ángulo. Tomás dobló más el torso, abrió los pies sobre la tierra húmeda.
Lo follaron bien y durante mucho tiempo. Rodrigo se tomó su tiempo, cambió de posición dos veces, detuvo el ritmo cuando estaba demasiado cerca para no acabar antes de querer. Tomás sentía su respiración contra la nuca, con olor a alcohol y a noche, y en algún punto dejó de pensar en Federico, en Sebastián, en el juego de los jinetes, en todo. Solo estaba eso: el peso de Rodrigo sobre él, la fricción, el esfuerzo de los dos.
Cuando Rodrigo acabó lo hizo dentro, con un sonido bajo y sostenido, aferrado a los hombros de Tomás para empujar los últimos golpes. Después se quedó inmóvil un momento. Después salió despacio.
Tomás seguía apoyado en el árbol, con las piernas flojas y la mano libre moviéndose sobre sí mismo.
Rodrigo metió la verga aún húmeda en la boca de Tomás, que la limpió con la lengua sin decir nada. Después, con un gesto casi distraído, la dirigió hacia un lado y empezó a orinar contra el árbol. Y Tomás, con el alcohol en la cabeza y algo más difícil de nombrar moviéndose por el cuerpo, no pensó. Cogió esa verga y la dirigió hacia sí mismo.
El chorro caliente le recorrió el pecho, el cuello, la cara. Lo dejó. Lo quiso. Hubo un momento en que lo llevó hacia su boca y tragó, y ese momento no lo olvidaría fácilmente, no porque hubiera sido hermoso sino porque fue la primera vez que el deseo y el instinto le ganaron completamente a la razón.
Se corrió en ese instante. Solo, con la mano, temblando un poco.
Rodrigo lo miró sin decir nada. Luego guardó todo y se sacudió las manos en los muslos.
—Vamos —dijo, como si hubieran estado mirando las estrellas.
Tomás se tiró a la piscina para limpiarse. Después se duchó bajo el agua fría durante un buen rato. Cuando llegó al cuarto, Rodrigo ya dormía boca arriba con los brazos cruzados sobre el pecho, con la cara completamente tranquila.
Tardó en dormirse. Llevaba años conociendo a Rodrigo de otra forma: como amigo, como compañero de equipo, como la persona con quien compartías la entrada al partido o el apretón en la última jugada. Conocerlo así, descubrir esa parte suya, fue como encontrar una habitación nueva en una casa que creías conocer de memoria. Pensó en él, pensó en Federico, pensó en las manos grandes de ese hombre sujetándolo por los hombros encima del agua.
Antes de quedarse dormido, se masturbó pensando en los dos. No en un orden particular.
***
El domingo y el lunes festivo transcurrieron con más calma. Federico estuvo más atento que el día anterior, buscó a Tomás para el parqués, para el billar, para las conversaciones largas junto a la parrilla mientras los demás dormían la resaca. En un momento, sin ninguna ceremonia, dijo que Tomás era el tipo de compañía que le faltaba. Tomás no supo si era una broma o algo más. Probablemente las dos cosas.
Con Rodrigo no hubo ninguna referencia a lo que había pasado entre ellos. La amistad siguió igual, las bromas siguieron igual, el trato siguió exactamente igual. Solo cuando se cruzaban las miradas en ciertos momentos había algo diferente, un reconocimiento silencioso y sin nombre que los dos dejaron donde estaba.
Al salir, Tomás entendió que aquello no había sido solo el alcohol ni el momento ni la oscuridad entre los árboles.
***
Cuando terminó de contar, los dos ya teníamos las vergas fuera. Habíamos ido llegando ahí despacio, sin decidirlo del todo, mientras la historia avanzaba y la habitación se quedaba sin otro ruido que el suyo. Me la llevó a la boca primero, con esa confianza que solo existe entre nosotros dos, y yo lo atendí después de la misma forma. Luego cada uno para su cuarto, sin comentarios.
Algunos fines de semana merecen ser contados. Y algunos relatos encuentran al oyente exacto.