Lo que Sofía despertó en mí aquella noche
Me llamo Pablo. Tengo treinta y dos años, mido metro ochenta y ocho, y hasta hace unos meses llevaba la vida más predecible del mundo: trabajo en una empresa de distribución, reuniones que podrían ser correos electrónicos, viernes de cerveza y serie. Una existencia cómoda, sin sobresaltos. Hasta que Sofía apareció.
La conocí en casa de unos amigos comunes, una noche de otoño en que llovía fuera y dentro del piso hacía demasiado calor. Estaba yo sirviendo vino en la cocina cuando ella se apoyó en el marco de la puerta y me miró de esa manera que tienen algunas personas de mirarte como si ya supieran algo sobre ti que tú todavía no sabes.
—Llevas media hora evitando el salón —me dijo—. O no conoces a nadie, o conoces a demasiada gente.
—Las dos cosas —contesté.
Sofía tenía veintisiete años, el pelo castaño recogido sin mucho cuidado y unos ojos oscuros que no parpadeaban lo suficiente. Hablamos dos horas seguidas en esa cocina mientras afuera el resto de la fiesta seguía sin nosotros. A las dos de la madrugada me pidió el número con la misma naturalidad con la que le había pedido a alguien que le pasara la sal.
Tres semanas después dormíamos juntos casi todas las noches.
Sofía era distinta a todas las personas con las que había estado. No en el sentido romántico de los libros, sino en algo más concreto: no tenía miedo a decir lo que quería. Ni en la cocina, ni en la cama, ni en ningún otro sitio. La primera vez que follamos, en su piso, se sentó a horcajadas encima de mí con mi polla dentro y me miró desde arriba con una tranquilidad casi clínica.
—Dime lo que te gusta —soltó, moviendo las caderas despacio—. Con palabras. Sin vergüenza. No pienso adivinarte.
Al principio eso me resultaba desconcertante. Después me resultó adictivo. Aprendí a decirle en voz alta que me chupara la polla, a pedirle que se sentara encima de mi cara, a describirle cómo quería correrme dentro de ella. Y ella me devolvía cada frase multiplicada por dos, mordiéndome el labio, susurrándome guarradas al oído mientras yo la embestía contra el colchón.
La confesión llegó una noche de noviembre, tumbados en el sofá después de habernos quedado sin tema de conversación y sin energía para buscar uno nuevo. Sofía tenía la cabeza apoyada en mi pecho y miraba el techo.
—¿Puedo contarte algo? —preguntó.
—Claro.
—Hay una cosa que me pone mucho. Más que nada.
Esperé. Ella respiró despacio.
—Me excita la idea de verte con un hombre. Verte follado. Verte con una polla en la boca y otra en el culo, si me apuras.
Silencio. No el silencio incómodo de cuando alguien dice algo que no debería. Sino el silencio denso de cuando alguien dice algo que te golpea en algún sitio que no sabías que tenías.
—No me mires así —continuó ella, sin moverse—. No es raro. O sí lo es, pero me da igual. Me muero de ganas de ver cómo reaccionarías. Cómo se te pondría la polla dura mientras otro te la mete.
—Sofía…
—No tienes que decir nada ahora. Solo quería que lo supieras.
Esa noche no hablamos más del tema. Pero yo no pensé en otra cosa durante días. Y ella lo sabía, porque cada vez que nos metíamos en la cama me susurraba pequeñas cosas al oído mientras me montaba: "imagínate una verga entrando en ti ahora mismo", "imagínate a alguien follándote la boca mientras yo te chupo la polla". Cosas que me hacían correrme más fuerte de lo que quería admitir.
***
Lo que vino después fue gradual. Casi imperceptible al principio, como cuando el agua sube de temperatura tan despacio que no te das cuenta de que te estás quemando.
Sofía no me presionó. No volvió a mencionar la conversación del sofá de forma directa. Simplemente empezó a introducir cosas, poco a poco, mientras follábamos. Un dedo lubricado deslizándose entre mis nalgas mientras me la chupaba. Luego dos, empujando despacio, curvándose dentro de mí buscando algo. Palabras susurradas contra mi cuello que yo fingía no estar escuchando tan atentamente como las escuchaba: "qué culo más apretado tienes", "cómo te aprietan mis dedos", "algún día vas a tener aquí algo mucho más gordo".
La primera vez que encontró ese punto dentro de mí, con dos dedos hundidos hasta los nudillos y la boca envolviendo la cabeza de mi polla, solté un sonido que no reconocí como mío. Un gemido agudo, casi femenino, que se me escapó de la garganta sin permiso. Ella se detuvo un momento, sacó la boca de mi verga con un chasquido húmedo, me miró con algo entre ternura y victoria, y siguió. Los dedos volvieron a presionar el mismo punto, en círculos lentos, y a los pocos segundos yo estaba corriéndome en su lengua sin haberla avisado, con las caderas subiendo del colchón y el culo apretándole los dedos como si no quisiera soltarlos.
—¿Bien? —preguntó, tragando y limpiándose la comisura de la boca con el pulgar.
No pude contestar nada coherente.
Las semanas siguientes cambiaron mi relación con mi propio cuerpo de una manera que todavía me cuesta describir. Algo se había abierto, literalmente y en otro sentido, y Sofía lo sabía antes que yo. Me compraba cosas sin preguntarme. Las dejaba en la mesita de noche sin hacer ceremonia. Un plug pequeño de silicona negra que un día apareció junto al lubricante como si siempre hubiera estado ahí.
—Esta noche quiero ponértelo —me dijo, sin rodeos, mientras cenábamos—. Y quiero que te lo dejes puesto mientras te como el coño.
Y yo dije que sí. Porque para entonces ya llevaba semanas diciéndole que sí a todo, y cada vez que lo hacía la realidad resultaba mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado de antemano.
Me puso a cuatro patas en la cama, me abrió las nalgas con las manos y me escupió directamente en el agujero. La saliva caliente resbalando entre mis piernas me arrancó un gemido. Luego el chorro frío del lubricante, sus dedos extendiéndolo en círculos, uno metiéndose, dos, la punta de la lengua acompañando. La sensación de esa primera vez —el estiramiento del plug empujando despacio, la presión, ese calor extraño que subía desde dentro, la resistencia venciéndose de golpe cuando la parte más ancha entró— me dejó inmóvil durante unos segundos. Sofía esperó, con una mano en mi espalda baja.
—Respira —dijo.
Respiré.
—¿Cómo está?
—Raro. Bien. No sé. Lleno.
—Ya sabrás —contestó ella, y sonrió de esa manera que tenía, la que significaba que llevaba razón desde el principio.
Me dio la vuelta, me abrió las piernas y se puso a comerme la polla con el plug todavía dentro. Cada vez que yo apretaba el culo, sentía la silicona presionando desde dentro esa zona que ella había descubierto la semana anterior. Me corrí en su garganta a los cinco minutos, con las manos agarradas a su pelo y la sensación clarísima de que algo había cambiado para siempre.
***
La conversación sobre Rodrigo llegó un viernes por la noche, mientras cenábamos.
Sofía dejó el tenedor, me miró y dijo:
—Hay un amigo mío que llevaría esto mucho mejor que un strap-on. La tiene gorda. Sabe follar. Y le pone la idea tanto como a mí.
Me quedé con el vaso a medio camino de la boca.
—Solo si tú quieres —añadió—. Y solo si estás seguro. No hay prisa.
No había prisa, pero la semana siguiente mi cabeza no dejó de darle vueltas al asunto. Me sorprendía a mí mismo en la oficina, mirando la pantalla sin ver nada, pensando en esa posibilidad con una mezcla de nervios y algo que prefería no nombrar demasiado claramente. Se me ponía dura debajo del escritorio pensando en una polla ajena metiéndoseme en la boca, en unas manos grandes agarrándome las caderas por detrás. Por las noches, cuando Sofía me follaba con el strap-on y me hablaba bajito —su voz pegada a mi oído, describiéndome con detalle lo que Rodrigo me haría, cómo me abriría, cómo me llenaría el culo de semen— yo cerraba los ojos, empujaba el culo hacia atrás contra sus embestidas y me corría sobre las sábanas sin que nadie me tocara la polla, solo con la idea.
Un domingo por la tarde le dije que sí.
Ella no celebró nada. Solo asintió, me besó en la frente y dijo:
—Esta semana te preparo bien. Vas a llegar a él abierto y listo. No quiero que te haga daño.
Y lo hizo. Cada noche de esa semana fue una variación sobre el mismo tema: plugs cada vez más gruesos, sesiones largas con el strap-on en distintas posiciones, dedos, lengua, más lubricante del que creí que existía. Me hacía ponerme a cuatro patas y me comía el culo durante veinte minutos, con la lengua metiéndose todo lo que podía y los dedos siguiéndola. Me hacía cabalgar el strap-on sentado encima de ella, viéndome la cara mientras yo bajaba y subía con la polla de silicona hundiéndoseme entera. Me follaba de lado, con una pierna mía levantada, susurrándome que Rodrigo me iba a poner exactamente así, que iba a ver mi cara mientras me abría.
Sofía tenía una manera de hablarme durante el sexo que convertía cada frase en algo que se me quedaba grabado. "Vas a estar precioso con su polla dentro", me decía, embistiendo desde atrás. "Voy a verte la cara cuando te corras solo con él follándote. Voy a mirarte tragar." No era crueldad ni humillación real, era algo más parecido a una guía. Como si supiera exactamente adónde quería llevarme y estuviera trazando el camino con paciencia.
El sábado me dijo:
—Mañana viene Rodrigo.
Esa noche casi no dormí. Me hice una paja en el baño a las tres de la madrugada pensando en el día siguiente, corriéndome contra los azulejos con un gemido apretado entre los dientes.
***
El domingo llegó envuelto en una calma extraña. Sofía me hizo ducharme con tiempo, me dio un enema que ella misma me colocó con la misma naturalidad con la que alguien te sirve un café, eligió ropa para mí, cocinó algo ligero al mediodía. Se movía por el apartamento con una serenidad que contrastaba con el ruido que tenía yo dentro.
A las ocho de la tarde sonó el timbre.
Rodrigo tenía unos cuarenta años, era alto, con barba corta salpicada de gris en las patillas y esa clase de calma física que tienen los hombres que no necesitan demostrar nada. Entró al apartamento, me dio la mano, y no hubo en ese gesto ningún tipo de teatralidad. Solo normalidad. Lo que me resultó, paradójicamente, más desconcertante que cualquier otra cosa.
Sofía los presentó con naturalidad, ofreció algo de beber, y los tres nos sentamos en el salón durante un rato hablando de cosas intrascendentes. Fue su manera de bajar la temperatura, supongo. De convertir la situación en algo que comenzara desde un lugar humano antes de convertirse en otra cosa.
Cuando Sofía se levantó y me miró, yo entendí que era el momento.
—¿Estás bien? —me preguntó, solo para mí.
—Sí —contesté, y era verdad.
***
En el dormitorio, Sofía tomó el control desde el principio. Era su escena, la que llevaba meses construyendo en su cabeza, y se la veía completamente en su elemento. Rodrigo se dejó dirigir sin problema. Yo también.
Me desnudé despacio. Rodrigo hizo lo mismo. Su cuerpo era sólido, diferente al mío, con pecho ancho y una mata de vello oscuro bajando desde el ombligo. Cuando se bajó los calzoncillos, se me secó la boca. La tenía grande y gruesa, ya medio dura, colgando pesada entre sus piernas con las venas marcadas y los huevos pesados debajo. Más gorda que la mía, sin duda. Sofía se sentó en el borde de la cama y nos miró a los dos con una expresión que no le había visto antes: concentrada, hambrienta, feliz de una manera que iba más allá del deseo.
—Acércate a él —me dijo, en voz baja—. De rodillas.
Me acerqué. Bajé las rodillas al suelo, delante de Rodrigo. Él me puso una mano en el pelo, sin brusquedad. Me miró a los ojos un momento y luego, sin decir nada, me levantó la cara y se agachó para besarme. Fue un beso directo, con lengua, sin tentativas. Su barba raspándome la cara, su boca sabiendo a algo que yo no reconocí. Nada de lo que esperaba.
Sofía soltó un sonido suave detrás de nosotros.
Cuando Rodrigo se enderezó, su polla quedó justo delante de mi cara. Ya la tenía dura del todo, tiesa contra su vientre, la cabeza hinchada y roja, una gota de líquido brillándole en la punta. La agarré con la mano —caliente, más pesada de lo que me esperaba— y me la acerqué a la boca.
—Solo si quieres —dijo Sofía desde la cama.
Quería.
Saqué la lengua y recogí esa gota primero. Salada, densa. Luego abrí la boca y la metí. El primer contacto fue extraño durante exactamente dos segundos. Caliente, sólida, con un sabor que no se parece a nada que yo pudiera haber imaginado de antemano. La piel resbalando contra mi lengua, el peso rellenándome la boca, la vena gruesa por debajo palpitándome contra el paladar. Luego el extrañamiento desapareció y quedó otra cosa: una atención nueva, casi total, a algo que tenía justo delante y que reclamaba toda mi concentración.
Sofía se arrodilló a mi lado.
—Así —me susurró, mostrándome con la voz lo que quería—. Despacio. Tómate tu tiempo. Chúpasela como te gusta que te la chupen a ti. Con la lengua debajo. Eso es. Ahora más adentro. Un poco más. Respira por la nariz.
Fui aprendiendo. La empujé más adentro, hasta que la cabeza me tocó el fondo de la garganta y tuve que echarme atrás con arcada. Rodrigo esperó. Sofía me acariciaba la espalda. Volví a intentarlo, esta vez más despacio, aflojando la mandíbula, dejando que se me metiera más. La saliva me chorreaba por la barbilla y le caía a él sobre los huevos. Rodrigo empezó a mover las caderas, muy suave, follándome la boca con embestidas cortas mientras me sujetaba la cabeza con las dos manos.
—Precioso —susurró Sofía—. Mírate. Estás precioso.
Me apartó un momento, me limpió la barbilla con el pulgar, y me hizo levantarme. Me guio hasta la cama, me puso boca abajo con las caderas levantadas y las rodillas separadas. La almohada debajo del vientre. La cara contra la sábana. Todo listo.
Oí a Rodrigo colocarse detrás de mí. El sonido del lubricante. Sus dedos —gruesos, más gruesos que los de Sofía— entrando primero uno, luego dos, buscando y encontrando enseguida ese punto que ella había enseñado a mi cuerpo a reconocer. Solté un gemido largo contra la sábana.
—Está listísimo —le dijo Sofía a Rodrigo, con una voz tranquila, casi orgullosa—. Llevo una semana preparándotelo. Puedes empezar.
Sentí la cabeza de su polla apoyándose contra mí, gruesa, resbaladiza. Empujó despacio. La primera resistencia venció con un pequeño ardor, y luego la cabeza entró de golpe. Grité algo contra la sábana —ni yo sé qué— y él se detuvo.
—Respira —dijo Sofía, agachándose delante de mí, cogiéndome la cara con las dos manos—. Mírame. Aquí.
La miré. Respiré. Rodrigo empujó otro centímetro. Otro. Otro. Hasta que noté sus caderas apoyándose contra mis nalgas y sus huevos rozándome por debajo. Estaba entero dentro.
—Perfecto —susurró Sofía, sin soltarme la cara—. Lo tienes todo dentro. Mira lo bien que lo estás llevando.
Rodrigo empezó a moverse. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo con una lentitud que me hacía sentir cada centímetro. Luego más rápido. Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia atrás para clavármela más profunda cada vez. El sonido de su vientre chocando contra mis nalgas llenó la habitación. Yo gemía contra la sábana, con la polla dura como una piedra debajo de mí, chorreando pre-semen sobre el algodón.
Sofía se subió a la cama, se colocó delante de mí y se abrió las piernas. Su coño rosado, hinchado, brillando de lo mojada que estaba. Me agarró la cabeza y me la metió contra ella.
—Cómemelo —ordenó—. Mientras te folla. Cómemelo bien.
Saqué la lengua y me lancé sobre su clítoris. Cada vez que Rodrigo me embestía, mi cara se hundía más contra su coño. Ella gemía, agarrándome del pelo, moviendo las caderas contra mi boca. El sabor a sal y almizcle, la polla llenándome por detrás, mi propia polla goteando debajo. Era demasiado. Todo a la vez.
—¿Lo ves? —me susurró Sofía, tirando de mi pelo para poder mirarme a los ojos—. Te lo decía. Mira en lo que te has convertido. En una preciosidad. En una boca y un culo esperando a que os llenen. Mío. Todo mío.
No había crueldad en su voz. Era admiración, casi orgullo. Como si estuviera viendo a alguien que por fin había llegado a donde tenía que estar.
Rodrigo aumentó el ritmo. Sus embestidas ya no eran cuidadosas: eran profundas, duras, con un ritmo que me subía por la columna. El colchón crujía. Sus dedos se me clavaban en las caderas. Cada vez que embestía hasta el fondo, su polla golpeaba ese punto de dentro y me arrancaba un gemido que ni siquiera intentaba controlar.
—Me voy a correr —soltó él, con la voz ronca—. ¿Dónde?
—Dentro —dijo Sofía, sin dudar—. Quiero que se lo llenes todo.
Rodrigo apretó los dientes, me clavó los dedos en las caderas, y empujó hasta el fondo con un gruñido grave que noté en la garganta antes de notar ninguna otra cosa. Sentí los chorros calientes descargándose dentro de mí, uno tras otro, llenándome. La sensación —caliente, líquida, íntima de una manera nueva— me dejó sin aire.
Se quedó dentro un momento, respirando fuerte, y luego salió despacio. Un hilo caliente de semen resbaló por la parte interior de mi muslo. Sofía soltó un jadeo al verlo.
—Mira eso —susurró—. Míralo goteando.
Rodrigo se movió al lado de mi cara. Su polla todavía dura, ahora brillando de lubricante y semen. La acercó a mi boca sin decir nada. Abrí. Se la limpié entera con la lengua, tragando el sabor mezclado, mientras Sofía me tocaba desde debajo con la mano abierta contra mi vientre.
Después me hizo darme la vuelta. Me tumbó boca arriba, se subió encima y se sentó a horcajadas sobre mi cara, con su coño empapado tapándome la boca entera. Con la otra mano me agarró la polla y empezó a masturbármela rápido, casi con brusquedad. Yo comía todo lo que podía —clítoris, labios, coño abierto— con la barbilla pegajosa y las caderas subiéndome solas del colchón. Rodrigo se había sentado en el sillón del rincón, desnudo, mirándonos con calma, la polla todavía a media asta descansando sobre el muslo.
Sofía se corrió primero, empujando el coño contra mi boca con espasmos, ahogándome un momento con sus muslos apretándome la cabeza. Yo me corrí segundos después —fuerte, largo, con el culo apretándose alrededor del semen que Rodrigo me había dejado dentro y la cabeza completamente en blanco— mientras ella me decía bajito que sí, que así, que perfecto, que su niño.
***
Rodrigo se vistió sin prisa, nos dio las buenas noches a los dos y se fue. No hubo conversación larga después, ni momento de reflexión compartida. Simplemente se fue, y nosotros nos quedamos.
Sofía me llevó al baño, abrió el grifo de la ducha, me metió debajo del agua caliente y se colocó a mi lado sin decir nada durante un rato. Me lavó el pelo como se lo lava a alguien que está cansado de verdad. Con los dedos me limpió por dentro, sacando lo que quedaba del semen de Rodrigo con una ternura que no pegaba con nada de lo que acababa de pasar y a la vez pegaba con todo. Luego me secó, me llevó a la cama y se tumbó pegada a mí.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Pensé en la pregunta con más cuidado del habitual.
—Bien —dije—. Raro. Pero bien.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Era exactamente como lo imaginaba —dijo—. Mejor, en realidad. Tenías una cara increíble cuando te corrió dentro.
Silencio. La oí respirar. La ciudad hacía sus ruidos de fondo.
—¿Tú cómo estás? —le pregunté.
Sonrió contra mi piel.
—Muy bien —contestó—. Llevaba mucho tiempo esperando esto. Y la próxima vez le vamos a pedir que traiga a un amigo.
Me quedé mirando el techo en la oscuridad. El cuerpo agotado, el culo todavía palpitando suavemente, la mente despejada de una manera que no esperaba. Pensé en cómo había llegado hasta aquí, en todos los pasos pequeños que Sofía había ido colocando sin que yo me diera cuenta de que los estaba siguiendo.
No sentía vergüenza. Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa. Había esperado vergüenza, o al menos algo parecido a ella. Pero lo que había en cambio era una especie de claridad nueva, como cuando aceptas algo que llevabas tiempo resistiendo sin saber muy bien por qué lo resistías.
Sofía se quedó dormida antes que yo.
Yo seguí mirando el techo un rato más, pensando en que la persona que había entrado en ese apartamento esa mañana no era exactamente la misma que iba a levantarse al día siguiente. Y que eso, por algún motivo que todavía no sabía nombrar del todo bien, no me parecía mal.
Me parecía el principio de algo.