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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me usó como moneda de cambio esa noche

Aquella tarde llevaba media hora intercambiando audios con Mariana, una de mis amigas de la infancia. Ella acababa de salir de una relación larga con un tipo al que nunca había podido tragar, y necesitaba una noche fuera para olvidarse de todo. Me preguntó si me apetecía acompañarla a tomar unas copas y, por supuesto, le dije que sí. Llevaba años, demasiados, queriéndola en silencio. Cualquier excusa para volver a verla a la luz de un bar me parecía un regalo.

Yo tenía treinta y tres, ella un par de meses más, y nuestra amistad se había ido fraguando desde el instituto sin que ninguno de los dos diera nunca el paso. Lo intenté en el viaje a la costa después de la universidad, y otra vez en su cumpleaños número treinta. Las dos veces me retuvo con una sonrisa cariñosa, esa sonrisa que dice: «te quiero, pero no así». Aprendí a vivir con eso. O eso creía.

Quedamos en un local del centro, uno de esos sitios con barra larga, luces ámbar y música lo suficientemente alta para que la gente bailara sin sentirse observada. Mariana llegó tarde, como siempre, con un vestido negro corto que le marcaba el cuerpo y una sonrisa que ya venía pidiendo problemas. Me dio un beso muy cerca de la boca, otro de sus pequeños gestos ambiguos, y me empujó hacia la barra.

Las primeras dos copas las dedicamos a despellejar al ex. La tercera, a recordar tonterías del colegio. La cuarta, a bailar pegados sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta. Estábamos a punto de pedir la última cuando empecé a notar algo raro. Mariana, mientras me hablaba, miraba constantemente por encima de mi hombro. Sus ojos se desviaban un instante, volvían a los míos, y enseguida se le escapaba una sonrisa que no tenía nada que ver con lo que yo le estaba contando.

Disimulé un giro de cabeza, fingiendo buscar al camarero. A unos cinco metros, apoyados contra una columna, dos chicos la observaban sin pudor. Más jóvenes que nosotros, treinta como mucho. Altos, atléticos, con esa seguridad que da saber que el mundo te mira. Uno de ellos, el más alto, no le quitaba los ojos de encima. El otro le decía algo al oído, y los dos se reían.

Mariana se contoneaba más al moverse. Acomodaba el pelo. Hablaba más fuerte de lo necesario. Yo lo notaba todo, y empezó a corroerme algo entre los celos y la resignación.

—Espérame aquí —me dijo de pronto, y antes de que yo pudiera reaccionar ya estaba caminando hacia ellos.

La vi desde lejos. Los chicos se incorporaron al verla acercarse. Hablaron, rieron, se inclinaron a hablarle al oído. Mariana señaló hacia donde yo estaba. Los dos miraron, evaluándome, y volvieron a reír. Tragué saliva. La música tapaba todo, pero no hacía falta saber qué decían para entender que algo estaba ocurriendo y que yo no iba a salir indemne.

Cuando volvió, traía a los dos detrás. Sus ojos brillaban de una forma que yo no recordaba.

—Mira, estos son Sergio y Damián.

Me dieron la mano sin entusiasmo, mirándome de arriba abajo. Antes de que yo pudiera abrir la boca, Mariana me cogió del brazo y me arrastró al guardarropa.

—Vamos a tomar la última en mi casa. Ya te explico.

—¿Y esos quiénes son? ¿Los conoces de algo?

—Iván, no preguntes ahora. Confía en mí.

***

El taxi lo paró Sergio. Yo me senté delante, intentando aferrarme a la dignidad de quien todavía cree estar al mando. Mariana se metió detrás, en el medio, con los dos chicos a cada lado. Por el espejo retrovisor los vigilaba sin querer. Hablaban casi en susurros. Veía cómo las manos de Sergio le subían por el muslo y cómo Mariana se las apartaba con una risita que no era de protesta, sino de quien está disfrutando de ser deseada por dos al mismo tiempo. Damián, en el otro flanco, le rozaba el costado del pecho con el dorso de la mano. Ella tampoco lo paraba.

Le di conversación al taxista para no enloquecer. Hablamos del partido del domingo, de lo cara que estaba la gasolina, de cualquier cosa. Por dentro, una idea me golpeaba: Mariana se iba a ir a la cama con uno de ellos esa noche. Como mucho, con los dos. Y yo iba a ser el amigo invisible que tenía que aguantar al sobrante en el salón.

Llegamos. El portal de su edificio. El ascensor. El silencio incómodo. La puerta de su casa. Mariana nos hizo pasar al salón y sonrió a los chicos.

—Sentaos, ahora vuelvo. —Y me señaló a mí—. Tú no. Tú vienes conmigo.

La seguí por el pasillo hasta su dormitorio. Me agarró del brazo y tiró para que entrara más rápido. Cerró la puerta. Se quitó la chaqueta de un tirón y la lanzó a la cama. Se levantó el vestido por encima de la cabeza, dejándolo caer en el suelo. Se quedó frente a mí en lencería negra, esa lencería que llevaba años imaginando, y me miró con una mezcla de urgencia y diversión.

—Venga, rápido.

—Mariana, en serio… ¿qué está pasando?

—Vamos, Iván, que sé perfectamente que alguna vez has estado con un tío. No te hagas el sorprendido. Lo vamos a pasar bien los cuatro.

Me quedé sin aire. Era cierto. Hacía años, en una etapa borrosa de la veintena, había experimentado un par de veces con hombres. Lo había hecho más por curiosidad que por deseo, y nunca se lo había confesado a nadie excepto a Mariana, una madrugada de demasiada sinceridad. Lo creí enterrado. Ella, evidentemente, no lo había olvidado.

Antes de que pudiera decir nada, se acercó y me cogió por el cuello de la camisa. Su boca chocó con la mía en un beso rápido, hambriento, casi violento. No fue dulce. Fue un beso para sellar un pacto que yo no recordaba haber firmado. Mientras me dominaba con la lengua, me empujó la camisa hacia atrás y me la sacó por los brazos. Sus manos volaron al cinturón. Mis pantalones cayeron al suelo de un tirón.

Me cogió de la mano. Abrió la puerta del cuarto. Tiró de mí hacia el salón. Yo iba detrás, en calzoncillos, mirándole la curva del culo apenas tapada por un tanga negro. Cualquier cosa antes que pensar.

***

Cuando entramos, los dos se levantaron a la vez. Sin hablarse, sin coordinar nada, cada uno fue hacia uno de nosotros. Sergio, el más alto, se plantó delante de Mariana y empezó a besarla. Damián avanzó hacia mí. Me soltó la mano de Mariana con una firmeza que no admitía discusión. Me miró de arriba abajo, con un desprecio mezclado con una excitación nada disimulada. Apoyó las manos en mis hombros y empujó hacia abajo. Lo entendí. Me dejé caer de rodillas en la alfombra.

Se desabrochó los vaqueros frente a mi cara. Se bajó los calzoncillos. Allí estaba, a un palmo, su polla todavía floja. La cogí, me la metí en la boca y empecé a succionar despacio. Sentía cómo se iba endureciendo entre mis labios, cómo crecía y latía. Cerraba los ojos para concentrarme, pero los abría cada pocos segundos para ver lo que estaba ocurriendo a mi lado.

Mariana, de pie, se besaba con Sergio mientras él le desabrochaba el sostén. Cuando se lo quitó, ella se llevó la mano a uno de sus pechos pequeños, perfectos, y se mordió el labio. Sergio la empujó al sofá. De un tirón le arrancó el tanga. Le abrió las piernas y se hundió a comerle el sexo con una destreza que la hizo arquearse y soltar un gemido largo.

Yo seguía con la boca llena de Damián. Él me había agarrado de la nuca y marcaba el ritmo. La situación era absurda, humillante y brutalmente excitante a la vez. La mujer que llevaba años deseando estaba a un metro, gimiendo por culpa de otro, y a mí me usaban como peaje.

—Chicos —dijo Mariana de pronto, incorporándose—, ¿por qué no nos folláis un poquito?

No esperó respuesta. Apoyó las rodillas en el sofá, los brazos en el respaldo, y arqueó la espalda. El culo en pompa, a la altura justa. Sergio se sacó un preservativo del bolsillo, se lo puso con un gesto practicado y la penetró desde atrás. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito de placer que casi me parte en dos.

Me hizo un gesto con la mano para que me pusiera a su lado. Damián lo entendió. Me cogió del brazo y me levantó. Me empujó al sofá. Adopté la misma posición que ella. Me bajó los calzoncillos. Sentí su saliva caer entre mis nalgas y un dedo abrirse paso, masajeando.

Lo único que yo quería era mirar a Mariana. Verle la cara mientras se la follaban. Verle los pechos moviéndose con cada embestida. Verle esa expresión de zorra que jamás habría imaginado en su rostro. Ella, todavía en medio del placer, giró la cabeza, me guiñó un ojo y me susurró:

—Disfrútalo, cariño.

Su cara cambió de inmediato. Cerró los ojos, abrió la boca, y ya no hubo más palabras. Sergio había vuelto a empujar.

Casi al mismo tiempo, Damián apoyó la punta contra mi entrada. Empujó. Mi cuerpo se resistió. Empujó de nuevo. Algo cedió. Gemí, mitad dolor mitad descarga eléctrica. No le importó. Entró despacio, pero una vez dentro me agarró de la cadera y empezó a cogerme con un ritmo que me cortaba la respiración.

De vez en cuando me daba una palmada en una nalga. Sergio, divertido, hacía lo mismo con Mariana, y luego, por turnarse, también conmigo. Era como si hubieran decidido que esa noche dos amigos se iban a ir con las marcas en el culo. Apenas se hablaban entre ellos. No hacía falta. Sabían lo que estaban haciendo.

Yo seguía consolándome con verla. Aprovechaba los breves segundos en que conseguía sostenerme con una sola mano para tocarle un pecho, pellizcarle un pezón, recordarme a mí mismo que de algún modo retorcido también la estaba teniendo.

***

Tras unos minutos, los dos bajaron el ritmo. Damián salió de mí. Sentí cómo mi cuerpo intentaba recomponerse, sin lograrlo del todo. Mariana miró por encima del hombro y asintió con la cabeza. Nos iban a cambiar como si fuéramos cromos.

Yo también miré atrás. La polla de Sergio me dejó la boca seca. Era considerablemente más grande que la de Damián. Con razón Mariana gemía así. Él se dio cuenta de mi mirada.

—¿Te gusta, eh, perra? —me dijo.

No respondí. No me dio tiempo.

—Pues vas a flipar cuando la sientas dentro.

Se cambió el preservativo. Se colocó detrás de mí. Empujó sin paciencia, sin saliva nueva, sin avisar. Me partió en dos. Las piernas me temblaron. Quise gritar, pero el grito se me quedó atascado en algún sitio entre el pecho y la garganta. Y entonces, cuando el dolor empezó a volverse otra cosa, llegó el placer. Un placer completo, animal, vergonzoso, que me llenó entero. Me agarré al respaldo del sofá como un náufrago.

Sergio me cogió del pelo. Tiraba con cada embestida, recordándome quién mandaba. Yo no opuse resistencia. No quería oponerla. A mi lado, Damián trataba ahora de darle a Mariana lo que le había dado a mí, aunque ella, después de la perforación de Sergio, ya estaba en otro plano. Se reía mirándonos, recreándose en cómo estaban reventando a su amigo. Cada tanto me lanzaba una mirada cómplice que me dolía y me ponía a partes iguales.

Entre embestida y embestida, yo intentaba sostenerme con una mano para alcanzarla. Le toqué los pechos. Le pellizqué los pezones, pequeños, rosados, con cierta venganza. Era lo único que podía hacer. Su cuerpo era lo único que de verdad me importaba en aquella habitación.

De pronto Sergio aceleró.

—Me corro. Me corro.

Mariana se incorporó como un resorte. Apartó a Damián, se dejó caer de rodillas en el suelo y separó a Sergio de mi culo de un empujón cariñoso. Él se arrancó el preservativo y entendió perfectamente lo que ella quería. Soltó la primera descarga directa en su lengua. Mientras Sergio se vaciaba, Mariana le hacía gestos a Damián para que se acercara también. Damián vino cascándosela, se colocó al lado de su amigo, y un par de segundos después estalló sobre su cara. Un chorro le cubrió de la barbilla a la frente. Otros dos cayeron en su boca abierta.

Yo lo miraba todo desde el sofá, con el culo destrozado y los ojos llenos de algo que no sabría llamar.

Cuando los dos terminaron, Mariana se levantó y se acercó a mí. Me besó. Un beso largo, profundo, con la boca llena. Me empujó la mezcla con la lengua y esperó hasta asegurarse de que me la había tragado. No fue un castigo. Fue otra cosa. Fue ella diciéndome, sin palabras: «esto también es contigo».

Después se arrodilló. Me deslizó la lengua por el pecho, por el vientre, hasta llegar a mi polla, que llevaba toda la noche aguantando como podía. Se la metió en la boca con una desesperación que no esperaba. Me chupó como si me debiera algo, y a lo mejor me lo debía. No duré nada. Demasiada noche, demasiada humillación, demasiado deseo acumulado durante años. Cuando sentí que estallaba, ella se incorporó un poco y acercó sus pechos. Me corrí sobre ellos en chorros largos. Fue, sin saberlo, lo más parecido a estar con ella que había tenido nunca.

Sergio y Damián nos miraban con desprecio.

—Qué putas sois los dos —dijo Sergio, riéndose.

Mariana lo miró con la misma sonrisa con la que se había acercado a ellos en el bar. Una sonrisa que ahora reconocí: era la de quien siempre había sabido lo que estaba haciendo.

—Coged vuestras cosas y largaos —dijo, señalándoles la ropa amontonada en el suelo.

No se lo discutieron. Recogieron, se vistieron en silencio y se fueron. Mariana cerró la puerta detrás de ellos. Volvió al sofá. Se sentó a mi lado, desnuda, con el pelo revuelto y la cara todavía mojada en algunos sitios. Apoyó la cabeza en mi hombro.

—Te debía una —dijo, sin mirarme.

No le contesté. No hacía falta.

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Comentarios (7)

SusanaBA

Dios mio... que final!!! Me quede sin palabras

RodrigoKarlos

Necesito saber como termino todo eso!! Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

Fede_Cba

Me recordo a una noche con una amiga que tambien me metio en una situacion sin avisarme nada... las mejores amigas son las mas peligrosas jaja

laurita_82

buenisimo!!! segui escribiendo, espero ver mas relatos tuyos pronto

Valentina22

La forma en que lo narraste lo hace muy creible. Se siente real, que buena pluma

NocheDeVinos

la amistad tiene precios muy interesantes jajaja tremendo titulo tambien

caos2001

Desde el principio tenes esa sensacion de que algo está por pasar y no podes dejar de leer. Muy buen ritmo, se nota que sabes escribir. Mas de esto!

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