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Relatos Ardientes

Por qué vuelvo cada verano a casa del abuelo

En este pueblo siempre hace calor. Hasta en pleno invierno cuesta que llueva, y agosto es directamente un horno seco que reseca la garganta nada más asomarse al porche. Aun así, llevo años repitiendo el mismo plan: dejar la capital, montarme en la moto y conducir hasta el fin del mundo a pasar la mitad del verano. Mis amigos no lo entienden. Para ellos el pueblo no es más que un bar de tapas, un estanco y una oficina de correos que abre dos horas mal contadas al día.

Nunca les he dicho la verdad. Tampoco pienso hacerlo. ¿Cómo voy a confesarles por qué mi abuelo me regala cada año el último iPhone? ¿Cómo explicar la balda repleta de videojuegos, la moto que sigue pagando a plazos, los billetes que me pasa cuando se lo pido? Mejor que sigan preguntando.

Tampoco quiero que esto suene a lo que no es: el viejo nunca me ha obligado a nada. Lo que pasa entre nosotros es un acuerdo de los que no se firman, ni siquiera se hablan. Empezó una tarde cualquiera, cuando yo todavía era casi un crío, y desde entonces se repite cada verano sin que ninguno de los dos lo cuestione del todo.

No voy a fingir que jamás he dudado. Sobre todo en los eventos familiares, cuando miro a mi padre a los ojos y me ataca un cosquilleo en el estómago. Solo pido que no se entere nunca.

—Papá, lo tienes demasiado mimado, así no va a madurar nunca —le soltó el año pasado, cuando vio aparcada en la puerta la moto que me había comprado el abuelo.

—Yo no le pido nada, es él quien me consiente —respondí.

Y era verdad. Al viejo le gusta verme contento, presumir de nieto, pasarme el brazo por encima del hombro delante de los vecinos.

Hoy he pasado el día fuera. Nada del otro mundo, solo tirado en el merendero del mirador, mi escondite preferido. Allí casi nunca aparece nadie. Cuando me sobrepasa la cabeza subo, lío un par de porros y me quedo mirando el cielo despejado hasta que el ruido interior se calla. Este pueblo aburre, sí, pero también es bonito a su manera. Empiezo a entender por qué mi abuelo no se ha mudado nunca.

Las tripas me han avisado de que era hora de bajar. He encendido el móvil y he descubierto un par de mensajes de las chicas que dejé en la capital y tres llamadas perdidas del viejo. Se desespera si tardo en volver. Me he puesto el casco y en diez minutos estaba aparcando en la puerta. Antes de meter la llave en la cerradura, él ya la había abierto. La moto es la única del pueblo, así que es una sirena que avisa de que llego.

—¿Dónde te has metido? —me ha preguntado nada más verme—. Tenía el almuerzo hecho y no has aparecido. Lasaña casera, de la que te gusta.

Maldito charlatán. Cuando se pone a controlarme me pone de los nervios.

—He salido a dar una vuelta. ¿No puedo o qué? —le he replicado mientras pasaba a su lado sin mirarlo.

—N-no, claro que puedes, Saúl. Solo preguntaba —se ha disculpado bajando el tono.

Ya no reclamaba. Agachaba la cabeza, justo como me gusta.

—Pues menos hablar y más cocinar. Vengo muerto de hambre.

—Claro, claro. ¿Quieres lo que sobró del mediodía? Me salió riquísima.

—Lo que sea. Caliéntamelo.

Me he tirado en el sofá, ese al que llevo todo el verano haciéndole pequeñas marcas de colilla, y me he puesto a liar tabaco mientras él recalentaba la lasaña en el horno. Sabe que el microondas lo odio. Al rato ha aparecido con el plato y lo ha dejado en la mesita, separado de los restos de papel y picadura. En la tele estaban dando la recta final del concurso de las tardes.

He acabado el porro apretándolo entre los dedos hasta dejarlo uniforme, he humedecido el borde del papel con la lengua sabiendo que el viejo me observaba, y lo he cerrado de un movimiento. Después lo he revisado un segundo y me lo he colocado detrás de la oreja para más tarde. Solo entonces me he puesto a cenar.

—¿Está rico, Saúl? —ha preguntado en cuanto me ha visto masticar el primer bocado.

He suspirado. De verdad que quería ser amable, pero no me lo ponía fácil.

—Sí, abu. Está bueno.

—Me alegro.

Su voz se ha perdido entre la del presentador, y agradecí los minutos de silencio. Demasiado pronto, ha vuelto a la carga.

—He hablado con Toribio sobre lo que me pediste.

Le había encargado al viejo que pasara por el único bar del pueblo a tantear al dueño. Necesitaba unas pelas extra para mis cosas y estaba claro que no podía depender solo de la pensión miserable del abuelo.

—¿Y bien?

—N-no me ha dado una respuesta clara. Dice que en principio no piensa ampliar la plantilla, pero me ha pedido que te pases mañana cuando haya cerrado, sobre las once de la noche.

—¿Tan tarde? ¿Qué se ha creído ese fósil?

—Y-yo te digo lo que me ha dicho.

Pensándolo bien, tampoco me venía mal. Yo me acuesto a las cuatro de la mañana y me levanto bien entrado el mediodía, así que el horario me lo ponía hasta fácil.

—Vale, mañana iré.

He seguido cenando con calma, asomándome cada poco al móvil para ver vídeos de chicas mostrando culo. Justo cuando dejaba el plato a un lado, como si llevara toda la cena cronometrando mis movimientos, he notado su mano posarse en mi muslo. Los dedos ásperos del viejo subían por encima del vaquero, rozando, tanteando. Han llegado hasta el botón. Por primera vez en toda la noche me he dignado a mirarlo a los ojos.

Y ahí estaba esa mirada de perra en celo que solo le pone un hombre entre las piernas.

—¿Te he dicho yo que tenga ganas? —le he soltado.

Esta vez no se ha acobardado. Estaba demasiado necesitado.

—Creo que me lo merezco, Saúl.

He apartado la mirada y me he dejado hacer. Ese era todo el permiso que necesitaba. Me ha bajado la cremallera y me ha sacado los vaqueros con torpeza. Su mano ha abarcado el bulto, ya un poco abultado, y se ha quedado un rato así, deleitándose, como quien admira una vista que no se ve todos los días. Mis muslos peludos junto a los Calvin Klein blancos que él mismo me había regalado contrastaban con la piel morena del verano. Yo mismo me he quitado la camiseta. Sabía que tarde o temprano acabaría en el suelo.

Mientras me palpaba con una mano, ha extendido la otra para recorrerme el resto del cuerpo. Repartía besos por el abdomen, lamía la tetilla derecha, la del pequeño tatuaje que le obsesiona. Me ha mordisqueado los pectorales y los músculos del brazo. Para él soy una especie de dios privado, y yo lo sé.

Se ha agachado en el frío del suelo de mármol y ha enganchado el elástico del calzón con los dientes. Ha tirado hacia abajo, despacio, hasta que la polla, ya semi dura, le ha rebotado contra la cara. La mueca de gusto que ha puesto no la olvido.

Cuando ya estaba completamente desnudo, ha empezado a chuparla. He pensado que era el momento perfecto para sacar el porro de detrás de la oreja.

El humo entraba y salía por sus fosas nasales mientras me la tragaba hasta la base. Le daba con hambre, sin esfuerzo, como si llevara meses esperando. Por momentos se concentraba en el glande, lo succionaba y le daba vueltas con la lengua. Después bajaba al tronco entero, lo lamía y le iba dejando besos húmedos.

—Joder, qué maricón eres —le he soltado entre caladas.

Le encanta cuando le hablo así. Lo he visto sonreír con la boca llena.

Después ha bajado a los huevos. Jugaba con ellos mientras me masturbaba con la otra mano, aprovechando su saliva como lubricante. Da un placer que no es de este mundo. No alcanzaba para hacerme correr —para eso necesito mucho más, soy un toro—, pero sí para que algo dentro de mí cambiara de marcha. He apagado el porro en el cenicero y he tirado el móvil a un rincón del sofá.

El viejo siempre entiende las señales. Se ha levantado del suelo dándole un respiro a las rodillas y se ha desabrochado a una velocidad pasmosa la camisa de cuadritos y el pantaloncillo corto. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de que no llevaba ropa interior. Llevaba todo el día planeando este encuentro, seguro. Ha salido casi corriendo a su habitación, como si temiera que me arrepintiese, y ha vuelto con el lubricante.

Condones nunca usamos. Solo el bote de gel para que el viejo no acabe haciéndose daño.

Me ha embadurnado la polla y se ha pasado un poco por el ano. Después ha apoyado las manos en mis muslos como soporte y se ha ido bajando despacio, intentando empalarse encima de mí. Lo más difícil siempre es la cabeza. Si entra eso, entra todo.

—Uuhh, joder, no entra...

He mirado hacia abajo. La mano le temblaba de los nervios. Esta vez, como tantas otras, he sido amable.

—La estás alineando mal. Quita, te la meto yo. Tú relájate.

Me ha obedecido y se ha dado la vuelta. Enseguida he encontrado el ángulo y he empezado a entrar con cuidado.

—Ay, ay... despacito, Saúl.

—Estoy yendo despacio, dramático —le he contestado entre jadeos, sintiendo cómo me iba apretando.

Cuando he querido darme cuenta, el glande ya había sido tragado. Le he dado un minuto para que respirara y he ido entrando hasta que sus nalgas rozaban mis huevos.

—Oh, dios... —ha balbuceado al sentirse empalado del todo. Le había tocado el punto solo con meterla.

—Muévete para mí.

Y se ha movido. Yo solo veía su espalda ancha, fruto de los años de malos hábitos, y unos pliegues que rebotaban mientras el culo le saltaba sobre la polla.

Joder, ¿qué cojones estoy haciendo otra vez?

Me hago la misma pregunta cada vez que me lo follo. Y, aun así, vuelvo a hacerlo. Una y otra vez. Es una adicción rara, de las que te atrapan y no te sueltan.

Ha estado cabalgándome un buen rato, gimiendo y soltando guarrerías que me dejaban el cerebro frito.

—Qué rica está tu polla, Saúl...

—¿Te gusta el culo del abuelo?

—Eres perfecto. Ojalá fueras solo mío.

El sonido de las nalgas chocando contra mis muslos rebotaba en las paredes viejas de la casa, mientras yo me mantenía casi inmóvil, recibiendo descargas que me iban acercando al final.

Entonces algo se me ha cruzado en la cabeza y he querido más. Tomar el control. Destrozarle el culo como castigo por hacerme volver, una y otra vez, a este sitio. Por hacerme sentir un placer que se supone que no debería sentir. He empezado a mover yo las caderas, debilitando sus sentadas hasta que era yo el único que se movía. Le he pasado los brazos alrededor del cuello y lo he asfixiado un poco con los bíceps. Sabe que eso lo enloquece.

Los dos gemíamos sin disimulo. Como ha podido, se ha agarrado la polla y se ha empezado a masturbar al ritmo que yo le marcaba. No he bajado el ritmo en ningún momento. Cada embestida me acercaba más al final y no quería frenar.

Se ha corrido antes que yo. Le he visto manchar de leche los restos de tabaco del cenicero.

—¡Ahí va, abu!

Poco después he soltado un bufido y le he descargado dentro todo lo que llevaba acumulado de varios días. He sentido cómo los huevos se vaciaban en su interior.

Nos hemos quedado en silencio un rato, recuperando el aliento. Lo he liberado del cerco de mis brazos y me he desplomado en el sofá. He cogido el móvil. Mensajes de chicas, del grupo familiar, uno de mi primo Marcos. Solo le he respondido a él.

El viejo se ha levantado de mi regazo —la polla ya estaba flácida— y he visto, con cierto orgullo, cómo el semen le resbalaba por la cara interna de los muslos.

—Pásame doscientos pavos.

Se ha girado.

—¿Doscientos? Saúl, te di más de cien la semana pasada. No soy rico. ¿Cuánto crees tú que cobra un jubilado?

Lo he mirado a los ojos sin pestañear, dejándole claro que sus excusas no me interesaban.

—¿Y? Los necesito y punto. Tengo gastos.

Una carcajada inesperada me ha descolocado. Nunca antes me había puesto pegas para darme nada.

—¿Tú? ¿Gastos? Si tienes veintitrés años. ¿Para qué los quieres? ¿Para alguna putilla?

Se me ha hecho un nudo en la garganta y no he sabido qué contestar. Me he callado. He ido buscando el calzoncillo y la camiseta sin mirarlo, dándole la espalda mientras me cubría el cuerpo que él tanto codicia.

—Me voy en dos semanas —le he dicho mientras me ponía los vaqueros—. Pero si te apetece, me voy mañana.

He cogido el mechero y el tabaco y me he ido al patio a respirar.

***

Cuando he vuelto, más calmado, había trescientos euros sobre la mesita del salón, al lado del cenicero ya limpio. Junto al dinero, un papel doblado.

«Perdona. Sabes que el abuelo te quiere.»

He chasqueado la lengua. He dudado un segundo si cogerlo o dejarlo, pero he acabado guardándomelo en la cartera. Al fin y al cabo, esta es la verdadera razón por la que vuelvo cada agosto.

Al cerrar la cartera me he dado cuenta de que no había leído el final de la nota.

«PD: ¡No te olvides de pasar mañana por la noche por el bar de Toribio!»

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Comentarios (7)

FerRosario

tremendo!!! me quede con ganas de saber mas

Dante_22

Por favor que haya segunda parte, el final me dejo pensando todo el dia

LucasVerano

Me recuerda a mis propios veranos en el campo, aunque a mi nunca me paso algo así jaja. Muy bueno!

marianela22

Se nota que lo viviste, tiene ese detalle que solo da la experiencia real. Increible

Nano

sigue asi!!

SilviaFromRos

Lo contás con una naturalidad que engancha desde el primer parrafo. Espero el proximo!

elPueblerino

jaja los pueblos perdidos no son tan aburridos despues de todo. Genial!!!

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