Descubrí lo que mi marido quería con el chico del cine
Aquella noche del cine ya nos había roto algo. No el matrimonio —Mateo y yo llevábamos años jugando a no romperlo—, sino la última costura que separaba lo que nos dábamos permiso a fantasear de lo que estábamos dispuestos a hacer. Diego salió con nosotros de la sala oscura con la respiración entrecortada, los vaqueros mal abrochados y una pregunta en los ojos que ninguno de los tres se atrevía a formular. La formulé yo en el aparcamiento, apoyada en la puerta del coche.
—¿Te vienes a casa?
No respondió enseguida. Miró a Mateo, después a mí, después al suelo. Cuando levantó la cara, la respuesta ya estaba decidida.
***
En el salón olía a sudor seco y a la película de acción que parpadeaba sin volumen en la pantalla. Yo seguía con las medias rotas en la entrepierna, el camisón a medias, los pezones todavía hinchados de la sesión del baño del cine. Mateo se había quitado la camisa y se servía un whisky con la mano que aún le temblaba un poco. Diego estaba sentado en el borde del cojín, las piernas separadas, intentando recuperar algo parecido a la compostura.
Yo no quería que la recuperara. No esa noche.
—Esta vez sin medias tintas —dije, y abrí las piernas en una V descarada hasta apoyar los talones en el reposabrazos.
Diego tragó saliva. Mateo dejó el vaso en la mesa baja sin probarlo.
—Os quiero a los dos dentro de mí al mismo tiempo —seguí—. Quiero sentir cómo os rozáis ahí dentro, latiendo juntos. Y mientras… que os toquéis. Que os miréis. Lo que os apetezca. Esta noche no hay vergüenza. No hay reglas. Solo lo que queramos hacer.
Diego soltó el aire de golpe.
—No sé si yo… nunca he… con un tío.
Mateo se acercó despacio, se sentó a su lado y le puso la mano en el muslo interno, sin apretar, casi un gesto fraternal si no fuera por el sitio. Diego dio un respingo.
—Nadie te pide nada —dijo Mateo con su voz grave de siempre, esa que llevo años escuchando dar instrucciones de oficina y que aquella noche sonaba completamente distinta—. Pero te he visto antes en el cine. Y se te ha puesto más dura cuando me has rozado a mí que cuando la metías en ella. Solo digo eso. Si quieres probar algo más, prueba. Si no, te quedas como estás. Pero no te marches mañana pensando «ojalá».
Diego no contestó. No hizo falta.
***
Yo me bajé del sofá y me arrodillé entre los dos. Cogí la polla de Diego con una mano —larga, joven, todavía a medio gas— y la de Mateo con la otra —más gruesa, ya hinchada, con esa vena marcada que conozco de memoria—. Las masturbé despacio, recogiendo lo que goteaba de la punta y repartiéndolo por la piel hasta que las dos brillaron a la luz azulada del televisor.
—Mírame —dije—. Mira lo que hago.
Me incliné y me las metí las dos en la boca a la vez. Las cabezas se rozaban contra mi lengua, calientes, palpitando con un ritmo que iba quedándose el mismo. Diego gimió. Mateo cerró los ojos. Yo levanté la cara un segundo, con saliva chorreándome por la barbilla.
—Besadle —pedí, mirando a mi marido.
Mateo dudó medio segundo. Luego le giró la cara a Diego con el dorso de la mano y lo besó. Despacio al principio, casi pidiendo permiso. La barba de Mateo le raspaba la mejilla lampiña al chico. Diego respondió primero con la lengua, después con un gemido ahogado, después agarrando la nuca de mi marido con un hambre que yo no le había visto ni siquiera conmigo. No supe en qué momento empecé a chuparles más fuerte. Solo supe que mis bragas, las que ya estaban arruinadas, se habían empapado otra vez.
Mateo se separó de su boca con los labios brillantes.
—Chúpamela —le dijo a Diego, sin más rodeos—. Quiero verte.
Diego se dejó caer al suelo, entre las rodillas de mi marido. Tenía las manos un poco torpes, la primera vez que se prueba algo así se le notaba, pero la boca la metió con ganas. Mateo le sujetó el pelo con una mano firme y empezó a marcarle el ritmo. No demasiado profundo. Lo justo para que aprendiera.
Yo me coloqué detrás de Diego, le abrí las nalgas con las palmas y escupí. Le metí dos dedos a la vez. Estaba apretado, virgen, tembloroso, y en cuanto noté el primer espasmo busqué el punto que sé buscar. Cuando lo encontré, Diego se atragantó con la polla de Mateo y le dejó un hilo de baba en la cara interna del muslo.
—Joder, qué bien lo coge —murmuró Mateo. No me lo decía a mí. Hablaba para sí mismo, casi asombrado.
Yo metí un tercer dedo y los moví hasta que Diego se quedó con la boca floja alrededor de la polla de mi marido y los muslos temblándole sin control. Tenía la suya goteando contra el parqué.
—Sofá —ordené—. Tumbado.
***
Diego se levantó despacio, mareado. Yo me senté encima de él a horcajadas y guié su polla a mi coño de un solo golpe. Él gritó. No fue un grito teatral; fue un sonido que se le escapó. Empecé a moverme despacio, sintiéndolo entero, mientras Mateo se colocaba detrás de mí.
Mi marido escupió en su polla, alineó la punta contra mi otro agujero y empujó. La resistencia inicial duró un segundo. Después entró entero, hasta que su pelvis chocó contra mis nalgas y sentí esa pared fina de carne entre las dos pollas vibrar. Diego abrió los ojos como si acabara de entender algo.
—Ahí están —jadeé—. Las dos. Sentidlo. Sentidme.
Empezamos a movernos sin coordinación, y eso era exactamente lo que yo quería. Mateo embestía con su ritmo de hombre que sabe lo que quiere; Diego con la urgencia de un chico al que el cuerpo le iba más rápido que la cabeza. Cada vez que uno entraba, el otro salía un poco. Las pollas se rozaban a través de mí. Yo tenía una mano entre las piernas, abriéndome los labios para ellos, los dedos en el clítoris frotando despacio, viendo cómo me llenaban en sitios distintos al mismo tiempo.
Diego se inclinó hacia adelante por encima de mi hombro y buscó la boca de Mateo. Volvieron a besarse encima de mí, jadeando contra mi cuello, las lenguas enredadas mientras seguían sin parar. Aquello fue lo que me reventó. Sentir a mi marido perderse en la boca de otro hombre, mientras los dos me follaban a la vez, fue algo que no había anticipado y que mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
Me corrí gritando. No fue elegante. Fue un alarido animal, todo el cuerpo en tensión, las paredes contrayéndose sobre las dos pollas como una tenaza. Diego no aguantó. Empujó hacia arriba, profundo, y se vació dentro con un quejido roto que me llenó hasta rebosar. Sentí el calor subir, mezclarse con lo de antes, escurrirse por donde Mateo seguía bombeando.
Mateo aguantó un poco más. Salió de mí, se masturbó dos o tres veces con la mano que llevaba toda la noche enseñándole a Diego cómo se hacían las cosas, y descargó sobre mi cara y mi cuello. Chorros espesos, abundantes, calientes. Me cayó en los labios entreabiertos, en la barbilla, entre los pechos. Tragué lo que pude. El resto me chorreó por el cuello hasta que se mezcló con el sudor del esternón.
***
Me derrumbé sobre Diego, que seguía debajo de mí con los ojos cerrados y una sonrisa idiota. Mateo se sentó en el reposabrazos, jadeando, y le pasó la mano por el pelo al chico como si fuera un gesto antiguo entre los dos. La intimidad de aquel gesto me sorprendió más que cualquier cosa que hubiera pasado en los veinte minutos anteriores.
—¿Otra ronda? —dijo, mirándome.
Asentí sin levantar la cabeza.
Esta vez fue distinto. Más sucia. Más nuestra.
Diego se quedó tumbado de lado en el sofá. Mateo se colocó detrás de él, con la polla otra vez dura, y le acarició la espalda hasta que Diego separó las piernas. Yo me quedé de pie al borde del sofá, viéndolos. Era increíble lo que estaba viendo. Mi marido, con cuarenta y muchos, escupiéndose en la mano y preparando despacio el culo de un chico que no llegaba a los treinta. Sin prisa. Sin teatro. Como si hubiera estado esperando ese momento durante años y no se hubiera dado cuenta hasta esa noche.
Cuando empezó a metérsela, Diego apretó la cara contra el cojín y soltó un quejido largo. No le dolía exactamente; era otra cosa, una mezcla de susto y rendición. Yo me senté delante de su cara, le levanté la barbilla y le acerqué mi coño todavía chorreando a la boca.
—Cómeme mientras te folla —le pedí—. Limpia lo que él me ha dejado.
Diego empezó a lamerme con desesperación. Sabía a los dos. A los tres. A todo el sofá, en realidad. Yo le agarré el pelo con una mano y mi pezón con la otra, mirando a Mateo embestir despacio, midiendo, atento al chico. Mi marido nunca había sido egoísta en la cama. Esa noche tampoco.
—Tranquilo —le dijo a Diego, con la mano abierta apoyada en su cadera—. Tú me dices.
Diego no le dijo nada. Solo arqueó la espalda contra él y le pidió más con el cuerpo. Mateo entendió, porque siempre entiende. Aceleró. La velocidad subió. La lengua de Diego se volvió torpe contra mí porque ya no podía coordinar nada.
Me corrí encima de su cara, empapándolo. Diego cerró los ojos y lo recibió todo. Mateo gruñó contra su nuca, se apretó contra él una última vez y se vino dentro con un escalofrío que sentí desde donde estaba. Diego se vino solo, sin que nadie le tocara la polla, manchando la tela del sofá entre los muslos.
Nos quedamos así un rato largo, los tres pegados, intentando que la respiración volviera a parecer respiración. La película había terminado en la tele. La pantalla se había quedado en azul.
***
—Mañana lo limpio yo —dijo Mateo, mirando el sofá.
Diego se rió sin abrir los ojos. Una risa joven, agotada, libre. Yo le pasé un dedo por la mejilla y recogí algo que ya no sabría decir si era suyo, mío o de mi marido.
—¿Te quedas a dormir? —pregunté.
—Si no sobro.
—No sobras.
Mateo no dijo nada. Se levantó, fue a la cocina, volvió con una botella de agua que nos pasamos los tres. Bebimos turnándonos. Diego primero. Después yo. Después él. Pequeño ritual sin importancia que de pronto pareció el más íntimo de los tres.
Antes de subir a la cama, Mateo besó a Diego otra vez. Con calma. Sin pedir permiso ya. Yo los miré desde la puerta y entendí que aquella noche no iba a ser solo una historia para contarse en voz baja a alguna amiga. Algo nos había cambiado a los tres, y de los tres, el más cambiado era el hombre con el que llevo dieciséis años casada.
—¿Mañana? —preguntó Diego, todavía desnudo en el sofá.
—Mañana —respondió Mateo.
—Y pasado —añadí yo desde la escalera.
No respondió. No hacía falta.