Lo que pasó en el camión con mi jefe
Llegué a España desde Venezuela con una mochila, un número de teléfono y la esperanza de que los rumores eran ciertos: que aquí se podía empezar de nuevo. Los primeros meses fueron duros, como son duros para todos los que llegamos sin red. Pero tuve suerte. Me instalé en Castellón, encontré compatriotas que me tendieron la mano, y después de varios trabajos temporales, vi una oferta para cargador en una nave de logística en el polígono industrial a las afueras. Buenas referencias, buen sueldo para empezar. Me presenté con todo lo que tenía: documentación en regla y ganas de demostrar.
La entrevista fue en una sala pequeña con mesas de plástico y olor a café viejo. Me esperaban dos personas: una mujer con gafas y una tablet en la mano, y un hombre de unos cuarenta años que me dio la mano antes de presentarse.
—Marcos —dijo—. Soy el supervisor de turno.
Fue una fracción de segundo, pero lo noté: me miró de una forma que no era estrictamente profesional. No era agresiva ni incómoda. Era otra cosa. Yo sonreí sin saber bien por qué.
La prueba de aptitud fue con la carretilla elevadora. La manejé sin problemas. La mujer tomó notas. Marcos me observó desde un lado con los brazos cruzados y una media sonrisa que no le abandonó en ningún momento. Al terminar me hizo las preguntas habituales: experiencia, disponibilidad, referencias. Luego, casi como si fuera un trámite, añadió una más:
—¿Tienes familia aquí? ¿Hijos?
—No —respondí—. Vine solo.
Asintió despacio.
—El puesto es tuyo.
Me estrechó la mano otra vez. Esta vez la sujeté con firmeza y él apretó igual de fuerte. No dijo nada más, pero tampoco soltó enseguida. Hubo ahí un segundo de más que los dos dejamos pasar sin comentar.
***
Los dos primeros meses trabajé en tareas auxiliares mientras cogía ritmo con los procedimientos internos. Marcos tenía su mesa en el centro de la nave, rodeado de sus colaboradores, siempre con papeles y pantallas y órdenes que dar. Yo estaba en el lado opuesto, entre palés y camiones, aprendiendo los turnos y las rutas. Pero cada vez que me acercaba a la zona de coordinación para resolver algo, levantaba la vista y lo encontraba mirándome. Siempre con esa atención tranquila, sin urgencia, como quien observa algo con paciencia.
Me ayudaba. No de una forma ostentosa, sino callada. Si había un problema con un compañero, aparecía en el momento justo. Si me tocaba el turno más pesado, ajustaba la distribución sin que yo lo pidiera. Los demás lo notaron antes que yo.
El primer comentario lo escuché en el vestuario, a mis espaldas.
—El venezolano ese tiene enchufe —dijo alguien.
No me volví. Me até el nudo del zapato con calma y salí.
Después vinieron más. Algunos directos, otros en forma de silencios o de miradas cuando Marcos me llamaba para consultarme algo que técnicamente no era de mi nivel. Me fui ganando enemigos sin proponérmelo. O quizás él lo sabía y simplemente no le importaba.
Lo que más sorprendió a todos fue la inducción. Lo habitual es que la haga un compañero antiguo o alguien de mesa. Pero cuando llegó el momento de formarme en las funciones que me habían asignado, Marcos se levantó de su silla, dejó lo que estaba haciendo y vino hasta donde yo estaba.
—Te lo explico yo —dijo, sin más.
Hubo murmullos. Él no los escuchó, o fingió no escucharlos. Pasó dos horas conmigo entre los palés, explicándome cada paso con paciencia, señalando los detalles con el dedo, tan cerca que a veces su hombro rozaba el mío. Cuando terminó, me miró fijo.
—¿Quedó claro?
—Quedó claro —dije.
Y sonrió. No la sonrisa de supervisor. La otra.
***
La relación fue creciendo de forma lenta y sin nombrar. Nos hablábamos más que los demás. Nos entendíamos con poco. A veces, al final del turno de tarde, cuando la nave se quedaba casi vacía, él pasaba por mi zona sin ninguna razón aparente y se quedaba unos minutos hablando de nada: del partido del fin de semana, del tráfico, del tiempo que había hecho esa semana. Conversaciones sin peso. Pero con algo debajo que ninguno de los dos tocaba.
Yo lo miraba. Me gustaba mirarlo. Tenía una forma de pararse, con las manos en los bolsillos y el peso en una pierna, que me resultaba difícil de ignorar. No era un tipo de manual, pero tenía algo en los ojos cuando me prestaba atención: una concentración total, como si en ese momento yo fuera lo único importante en toda la nave. Y me fijaba en el bulto de sus pantalones cada vez que se ponía de perfil sin querer. No podía evitarlo. Me imaginaba lo que habría ahí, cómo sería sacarlo, cuánto pesaría en la mano.
No sabía si él era gay. No me lo había planteado en serio. Lo que sentía era más simple y más complicado a la vez: quería que esa tensión llegara a algún sitio. Quería que me follara. Así de crudo era en mi cabeza cuando me acostaba solo en el piso y me la meneaba pensando en él, en su boca, en sus manos, en lo que me haría si un día se decidía.
Hubo una tarde en que llegamos los dos al mismo tiempo al cuarto de descanso. Solo éramos nosotros. Me sirvió un café sin preguntarme y lo dejó en la mesa frente a mí como si fuera algo que hacía siempre. Nos sentamos y estuvimos diez minutos sin hablar. No fue incómodo. Fue lo contrario: la clase de silencio que se da entre dos personas que ya han decidido algo sin decirlo todavía.
—Llevas bien el ritmo —dijo al final.
—Es buen trabajo —respondí.
Me miró un segundo por encima de su taza.
—Sí —dijo—. Es buen trabajo.
Ninguno de los dos hablaba del trabajo.
***
Una noche de finales de noviembre, el volumen de mercancía bajó tanto que la mitad del personal marchó antes de hora. Quedamos cuatro personas en la nave, cada uno en su rincón. Yo estaba cargando un camión frigorífico en la última bahía, la más alejada de la entrada, donde la luz del techo no llegaba bien y el interior del camión era prácticamente negro.
Llevaba media carga cuando escuché pasos detrás de mí.
Me di la vuelta y lo vi ahí, parado en el borde del muelle, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el camión. Luego me miró a mí.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Venía a verificar que la estiba está correcta.
Miró el interior oscuro del camión. Luego otra vez a mí.
—Entremos.
Bajé de la carretilla y la dejé en la entrada del camión, bloqueando el paso. Entré detrás de él. Dentro hacía frío y la oscuridad era casi completa. Solo llegaba un hilo de luz desde el muelle que nos recortaba como dos sombras.
Nos movimos entre los palés. Él iba delante, pasando los dedos por las esquinas de las cajas, comprobando la posición de cada unidad. Yo lo seguía de cerca. El espacio era estrecho y a veces tenía que ladearme para no rozarle la espalda. En uno de esos pasos, mi cadera chocó con la suya y ninguno de los dos se apartó. Sentí el calor de su cuerpo a través de la ropa, la solidez de su culo cuando se pegó un instante contra el mío. Se me puso dura ahí mismo, sin poderlo evitar, y supe por la manera en que él respiró que lo había notado.
—Vas bien —dijo sin volverse—. El trabajo de estos meses ha sido bueno.
No respondí. Sentí su mano en mi hombro: una presión breve, firme, aprobatoria. La dejó ahí un momento más de lo necesario. Luego bajó los dedos por mi brazo, despacio, como midiendo si iba a apartarme. No me aparté.
Entonces señaló hacia abajo.
—Esa etiqueta está mal pegada. La del segundo palé, en la base.
Me agaché. La etiqueta estaba casi a ras del suelo. Me arrodillé para despegarla y cuando alcé la mirada, él estaba justo delante de mí. Quieto. Con una expresión que ya no era la de supervisor. La entrepierna se le marcaba en el pantalón, a la altura exacta de mi cara, y no hizo nada por disimularlo.
Nos miramos un momento en la oscuridad.
Vi que tenía la cremallera abierta.
—Se te ha abierto —dije. Mi voz sonó más tranquila de lo que yo estaba.
Él bajó la vista, luego me miró otra vez sin moverse.
—Ciérrala tú.
Me quedé un segundo inmóvil. Luego levanté las manos despacio y busqué la cremallera. Cuando la agarré, él tensó los hombros. Mis dedos no iban solos hacia el cierre: iban con intención, tocando lo que había debajo, sintiendo el calor a través de la tela. La tenía dura ya, dura del todo, marcándose gorda contra el algodón del calzoncillo. La palpé con toda la mano abierta, apretándosela sin prisa, sintiendo cómo pulsaba bajo la palma.
—¿Qué haces? —dijo, pero no retrocedió ni un centímetro.
—Lo que me pediste —respondí.
Silencio.
Luego, una sonrisa en la oscuridad.
No retiró las manos. Yo tampoco las mías. Metí los dedos por la abertura del pantalón, aparté el calzoncillo y le saqué la polla. Salió pesada, dura, gorda, con la piel tensa y la punta ya brillante de la humedad que se le había juntado ahí de tanto rato aguantando. Se la agarré por la base y se la miré de cerca en la penumbra. Era grande. Más de lo que había imaginado en todas las pajas que me había hecho pensando en él. Se la moví despacio, arriba y abajo, y él soltó un suspiro largo que no pudo controlar.
—Joder —murmuró—. Llevaba meses queriendo esto.
—Yo también —dije.
Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta el glande, lento, saboreándolo. Estaba salado, caliente, con ese olor a hombre encerrado bajo el uniforme de trabajo que me puso a mil. Le lamí los huevos también, uno primero y luego el otro, chupándoselos con cuidado dentro de la boca mientras seguía meneándosela con la mano. Él apoyó una mano en el palé de detrás para no perder el equilibrio y con la otra me acarició la nuca sin apretar.
Me quedé de rodillas ante él, en el interior oscuro y frío del camión, y me la metí en la boca.
La tomé despacio al principio, encontrando el ritmo. La lengua contra la parte de abajo, los labios apretados alrededor, la mano siguiendo el mismo movimiento en la base para que sintiera continuidad. Él puso las manos en mi cabeza sin forzar, solo apoyándolas, como si necesitara sujetarse a algo. Sus gemidos eran bajos, controlados, el tipo de sonido que hace alguien que está tratando de no hacerse notar. Me gustó eso. Me gustó tenerlo así, tan cerca de perder el control y tan empeñado en no perderlo.
—Así —susurró—. Chúpamela así, no pares.
La saqué un momento y le pasé la lengua por la punta, describiendo círculos alrededor del glande, hurgando con la punta de la lengua en el agujerito hasta que soltó un jadeo entrecortado. Luego me la volví a meter, más adentro esta vez, tragándomela hasta la mitad y sintiendo cómo se abría paso por dentro de la boca. La saliva empezó a caerme por la barbilla y no me importó. Le agarré el culo con las dos manos por encima del pantalón, apretándoselo, tirándolo hacia mí para que me la metiera más.
Él entendió. Empezó a moverse él también, empujando la cadera hacia mi cara, follándome la boca con embestidas cortas y controladas. Yo lo dejaba hacer. Abrí más la garganta, respiré por la nariz, y cuando la sentí golpear el fondo no retrocedí. Le clavé las uñas en el culo. Él soltó un gruñido bajo que llenó todo el interior del camión.
—Hostia, tragas de puta madre —masculló—. Puto venezolano, cómo mamas.
Aguanté la respiración cuando la sentí en la garganta y no retrocedí. Noté que sus piernas se tensaban. Sus dedos apretaron un poco más en mi cabeza. La saliva le corría por los huevos, se los lamí también entre embestida y embestida, chupándoselos hasta que le arranqué otro gemido más ronco.
—Para —dijo en voz baja—. Que me voy a correr.
No paré.
Lo abracé por las caderas para que no pudiera retroceder y seguí, más rápido, sin soltarlo. Le apreté los huevos con una mano mientras con la otra le agarraba el culo, y le clavé la boca hasta el fondo, tragándomela entera de una vez. Unos segundos después sentí que se corrió: caliente, en oleadas, directo contra el fondo de la garganta. Fue un chorro largo, espeso, tan cargado que casi me atraganto. Lo tragué sin soltarlo hasta que terminó del todo, hasta que lo sentí aflojarse por completo entre mis manos. Le pasé la lengua por la punta para limpiar la última gota y él tembló entero.
Se quedó apoyado en los palés con la respiración entrecortada, los ojos todavía cerrados. Luego me ayudó a levantarme con una mano firme en el brazo.
—Joder —dijo—. No esperaba esto.
Yo no dije nada. Todavía sentía el sabor en la boca y me parecía bien así.
Se arrodilló entonces y me devolvió el favor. Me abrió el pantalón con las dos manos, tirando del cinturón como si tuviera prisa de recuperar el tiempo, y me bajó el vaquero hasta los muslos. La polla se me salió disparada, hinchada, mojada de la propia humedad que llevaba acumulada desde el primer roce. Él la miró un segundo, casi sonriendo, antes de metérsela entera en la boca de golpe.
No fue delicado. Me la chupó con hambre, con ganas de más de un año de mirarme desde su mesa sin poder tocarme. La lengua le corría por toda la longitud, subía hasta la punta, bajaba a los huevos y volvía a subir. Me agarró el culo con las dos manos, tirándome hacia su cara, tragándomela hasta el fondo sin toser. Yo le puse una mano en la cabeza y le miré desde arriba en la penumbra: al supervisor, al tipo que daba órdenes desde su silla, arrodillado ante mí en el interior de un camión frigorífico, con mi polla dentro de la boca.
—Así —le dije en un susurro—. Así, Marcos, mámamela toda.
Él gimió con la boca llena y el gemido me vibró por dentro. Me la sacó un segundo para lamerme los huevos, para pasarme la lengua por el perineo, para volver a subir por toda la polla dejando un rastro de saliva que me hizo temblar las piernas. Luego me la volvió a meter y empezó a mover la cabeza rápido, apretando los labios, con una técnica que decía a las claras que no era la primera vez que se la comía a un tío.
Fue menos tiempo, porque yo llevaba rato en tensión. Sentí cómo se me juntaba todo en la base, cómo se me endurecían los huevos, cómo el placer subía en oleadas cortas y cada vez más rápidas.
—Me corro —le avisé.
Se apartó y me terminó con la mano, despacio, mirándome a los ojos en la oscuridad. Me la meneaba con un ritmo firme, apretando en la base cada vez que subía, y cuando exploté le llegó todo a la cara y al cuello del uniforme. Chorros gruesos, calientes, uno detrás de otro. Él no apartó los ojos ni una vez. Cuando terminé, se pasó dos dedos por la barbilla, se los lamió sin dejar de mirarme, y se levantó.
Después ninguno de los dos habló durante un momento. El frío del camión nos devolvió a la realidad de la nave, de los turnos, de todo lo que había fuera de ese rectángulo oscuro. Me subí el pantalón. Él se limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo y se recompuso el uniforme con la calma de quien acaba de firmar un albarán.
—Sal tú primero —dijo él—. Yo espero un poco.
Asentí. Salí al muelle, monté en la carretilla y seguí cargando como si nada hubiera pasado. A los diez minutos lo vi cruzar la nave de vuelta a su mesa, con paso normal, las manos en los bolsillos.
Antes de llegar a su silla, se volvió una vez.
—No me equivoqué al elegirte —dijo, en voz baja, desde lejos.
Sonreí sin responder y seguí con el trabajo.
***
Eso fue el principio. Lo que vino después fue una cosa discreta, sin nombre ni etiquetas, que duró todo el tiempo que estuve en esa empresa. Nos encontrábamos cuando el trabajo lo permitía, siempre con cuidado, siempre sin decirlo delante de nadie. Buscábamos los momentos: un turno con poco personal, una zona alejada, diez minutos que nadie reclamaba. Nos volvimos muy buenos en leer el espacio y el tiempo.
En el almacén de repuestos, entre las estanterías del fondo, me tuvo apoyado contra la pared con los pantalones a la altura de las rodillas más veces de las que puedo contar. Ahí fue donde me la metió por primera vez. Me untó dos dedos con saliva, me los fue metiendo despacio hasta que me abrió lo suficiente, y luego se puso detrás de mí, se escupió en la polla y me la clavó hasta el fondo de una embestida lenta y firme. Me tapé la boca con la mano para no gritar. Él me agarró las caderas y empezó a follarme ahí de pie, con los huevos golpeándome el culo cada vez que empujaba, susurrándome guarradas al oído sobre lo apretado que estaba, sobre lo bien que se sentía dentro de mí, sobre cómo llevaba meses queriendo hacer justo eso. Se corrió dentro, sin sacarla, y sentí los chorros llenándome mientras me mordía el hombro para no gemir.
En el vestuario, después de las duchas, cuando ya no quedaba nadie, más de una vez me arrodillé en las baldosas mojadas y se la volví a mamar hasta hacerle temblar las piernas. Y él, otras veces, me apoyó en los bancos y me la comió por detrás con la lengua, abriéndome con las manos, comiéndome el culo hasta dejarme suplicándole que me la metiera otra vez.
Hasta en su despacho, con la puerta cerrada con llave, me lo folló yo una tarde a él. Boca abajo sobre su propia mesa, con los papeles apartados a un lado, me pidió que se la metiera. Se la metí. Le tapé la boca con la mano para que sus gemidos no se oyeran fuera y le vacié los huevos dentro sin sacarla, apretando los dientes para no rugir. Cuando salí del despacho a los diez minutos, un compañero pasaba por el pasillo. Le dije que había venido a pedir un anticipo. Se lo tragó.
Nadie lo supo nunca, o si lo supieron, nadie habló. Los que me tenían manía por el trato que me daba Marcos nunca imaginaron cuánto más allá llegaba ese trato. Que su supervisor se corría en mi boca y en mi culo con la misma frecuencia con la que ellos fichaban entrada y salida. Eso también tenía algo de satisfacción, lo reconozco.
No sé qué era para él exactamente. No lo hablamos nunca. Para mí era algo que había empezado en aquella primera entrevista, en aquel apretón de manos que duró un segundo de más, y que terminó de forma natural cuando me fui a otra ciudad por un trabajo mejor. Sin drama. Sin promesas rotas.
Nos despedimos en el aparcamiento, a las siete de la mañana, después de mi último turno. Me dio la mano igual que la primera vez. Los dos apretamos igual de fuerte.
—Suerte —dijo.
—Gracias por todo —respondí.
Y fue suficiente.