El amo que me eligió la noche de mi cumpleaños
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
La maleta de Unai ya estaba hecha, pero antes de cruzar el océano quedaba una última noche: cuatro cuerpos, dos correas y una despedida que ninguno olvidaría jamás.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Cualquiera habría pensado que después del banquete de la noche anterior estaríamos saciados. En esta casa, el deseo nunca descansa, y aquel domingo iba a desbordarse.
Cuando crucé el umbral de su ático, supe que ese mes con mi hermana mayor no iba a parecerse en nada a las vacaciones familiares que mis padres imaginaban.
«Si eres un niño bueno tendrás premio», me dijo antes de salir. No imaginé que el premio sería compartido, ni que mi madre disfrutaría tanto mirando.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Pensé que sería una tarde tranquila frente a la tele, hasta que el pie descalzo de mi hermanastra empezó a subir por mi muslo y una pregunta lo cambió todo.
Seis meses de libertad terminaron con una llamada: el padre volvía a casa. Y ellos tendrían que esconder, bajo el mismo techo, un fuego que ya no sabían apagar.
Sabía que mi novio estaba en el turno de tarde. Toqué la puerta del departamento con el corazón golpeándome, decidida a no irme sin lo que llevaba semanas imaginando.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
Desperté empapado y su mensaje ya brillaba en la pantalla: no se le ocurra borrar nada. Llevaba sus calzoncillos puestos y él todavía no había terminado conmigo.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Nunca había besado a nadie. Lo confesé junto a la piscina, con los dedos hundidos en sus rizos, sin saber que esa frase iba a cambiarlo todo entre nosotros aquella noche.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras mi cuñada, mi hijo entendió que la mentira que había contado en la mesa no iba a salirle gratis.
Cuando ella colgó el teléfono, supe que al día siguiente iría a su casa. Su marido estaba fuera. Y mi hija ya no me miraría igual nunca más.
Todos en el barrio la deseaban, pero esa tarde de cumpleaños descubrió hasta dónde era capaz de llegar para ser, otra vez, el centro de su propia familia.