Lo que empezó en una app terminó en mi cama
Era un sábado de esos que se estiran sin remedio. Llevaba toda la tarde dando vueltas por el piso, con esa mezcla de aburrimiento y ganas de algo que todavía no había llegado. Abrí Grindr más por costumbre que por esperanza real, dejé el teléfono apoyado en la almohada y me quedé mirando el techo durante un momento.
Los perfiles de siempre. Caras conocidas. Algún torso sin contexto. Nada que me encendiera especialmente.
Entonces apareció un mensaje nuevo de alguien que no había visto antes.
Su perfil decía veintiocho años, moreno, versátil. La foto de cara era buena: mandíbula fuerte, mirada directa, labios que decían cosas antes de que abriera la boca. Di al perfil para ver más y la segunda foto me confirmó que el cuerpo cumplía lo que prometía la cara: espaldas anchas, cintura estrecha, esa complexión que no viene del gimnasio sino de haberse movido toda la vida.
—Llevas un rato en línea —escribió—. ¿Buscas algo esta tarde?
—Depende de lo que ofrezcas —respondí.
La conversación fue directa desde el primer minuto. Se llamaba Diego y era colombiano, llevaba dos años en la ciudad por trabajo. Me dijo que le había llamado la atención mi perfil desde hacía semanas pero que no se había decidido a escribir.
—¿Y hoy sí? —pregunté.
—Hoy tenía ganas de coger algo que valiera la pena.
Me mandó una foto más, esta vez explícita. La verga se le salía del encuadre: gruesa, morena, con las venas marcadas de abajo hacia arriba y un glande ancho brillando como si acabara de escupir sobre él. Los huevos pesados colgaban debajo, y una mano suya —grande, de dedos largos— apenas la rodeaba del todo. Era exactamente lo que había prometido en el perfil: bien proporcionado, moreno, con una polla que pedía atención y tiempo. Le respondí con honestidad.
—Esa polla tiene muy buena pinta. Se me hace la boca agua.
—¿Y el tuyo? —preguntó—. Enséñame el culo.
Se lo mandé sin pensarlo mucho. Una foto de perfil, de rodillas, con las nalgas separadas y el agujero rosado a la vista. La respuesta tardó diez segundos.
—Necesito metértela esta tarde. No sabes las ganas que tengo de abrirte ese coño.
Le dije que necesitaba tiempo para prepararme bien. Soy bastante cuidadoso con eso y no iba a cambiar mis hábitos por las prisas. Un buen enema, ducha larga, todo listo para que me pudiera follar sin freno. Quedamos en que me escribiría sobre las doce para concretar la hora, y así fue.
***
Salí de la ducha sintiéndome exactamente como quería sentirme: limpio, listo, con el culo preparado para lo que viniera y esa tensión agradable de quien sabe lo que le espera. Me puse un tanga negro ajustado que me marcaba el paquete y me levantaba el culo como si fuera una ofrenda, y encima unos pantalones oscuros y una camiseta. Me miré en el espejo. La polla ya me apretaba contra la tela. Bien.
Diego llegó puntual. Cuando abrí la puerta me encontré con alguien que superaba lo que prometían las fotos: pantalón claro que le marcaba bien las piernas y un bulto imposible de disimular en la entrepierna, camiseta ceñida que dejaba adivinar cada músculo, una sonrisa de quien sabe exactamente por qué está ahí y qué va a hacerte. Alto, moreno, con esa presencia física que se percibe nada más verla.
—Llevas expectativas encima —le dije.
—Tú también —respondió, y me miró la entrepierna sin disimular.
Tenía razón.
Lo primero que hice fue acercarme a besarle. Esos labios que me habían llamado la atención desde la foto eran, en directo, todavía mejor: besaba despacio y con ganas, sin prisa pero sin vacilación, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca y jugando con la mía. Mi mano fue directa a su cintura y de ahí al bulto del pantalón claro, apretándolo. La polla estaba dura, dura de verdad, y era grande. La sentí latir bajo mi palma. Se me escapó un gemido contra su boca.
—Está toda para ti —murmuró él, mordiéndome el labio.
Él no tardó en ir a lo que quería. Antes de que nos hubiéramos quitado la ropa ya tenía las manos dentro de mi pantalón, apretándome el culo por encima del tanga, metiendo los dedos entre las nalgas hasta rozar el agujero, midiendo, apretando, con esa concentración de quien lleva tiempo pensando en esa culada y no quiere malgastar la oportunidad. Cuando sintió la tela del tanga separó la boca de la mía y sonrió.
—Cabrón, viniste preparado —dijo, y me dio una nalgada seca.
—Quiero verte en la cama —me ordenó después—. Boca abajo. Con el culo en pompa.
Nos desnudamos por el camino, dejando la ropa tirada en el pasillo. Cuando le vi la polla en directo me quedé un segundo mirando: era todavía más de lo que había enseñado en la foto, morena, con el glande morado ya asomando y una gota de precum brillando en la punta. Me lamí los labios sin pensarlo. Me puse en cuatro sobre la cama, con el tanga negro puesto todavía, ofreciéndole el culo levantado, y giré la cabeza para mirarle por encima del hombro.
***
Lo que hizo a continuación me dejó claro desde el principio que Diego sabía exactamente lo que hacía. Apartó la tela del tanga a un lado, dejando el agujero al descubierto, y se tomó su tiempo. Sopló primero, una vaharada caliente que me erizó la piel, y después escupió sobre el agujero. Sentí la saliva bajarme entre las nalgas antes de que empezara. Su lengua trabajó con dedicación y sin prisa: lenta, ancha, plana al principio, lamiendo el agujero de abajo hacia arriba una y otra vez, después la punta más dura, presionando el centro, entrando y saliendo un poco, alternando ritmo y presión de una forma que no tardó en hacerme empezar a empujar el culo contra su cara sin quererlo. Me metía la lengua tan adentro como podía, la sacaba, me mordía las nalgas con la fuerza justa dejándome las marcas, escupía otra vez y volvía al centro. Repetía el ciclo.
—Qué culo más rico tienes —murmuró contra la piel—. Se abre solo.
Yo apretaba las manos contra el colchón y trataba de no hacer demasiado ruido, aunque tampoco tenía mucho control sobre eso. Los gemidos me salían de la garganta sin permiso.
En algún momento sus manos encontraron mi entrepierna. La polla ya me sobresalía del tanga, dura como una piedra y goteando. Apartó la tela y empezó a masturbarme despacio, con el puño cerrado bien apretado, sin perder el ritmo de lo que hacía con la boca en mi culo. Un dedo grueso encontró el agujero y empezó a empujar, entrando hasta el nudillo con la ayuda de toda la saliva que había acumulado. Después metió el segundo. Alternaba entre los dos sin aviso, bajaba la cabeza a chuparme el agujero con los dedos dentro, subía a lamerme las nalgas, seguía sin prisa. Me abría, me preparaba, me dejaba listo.
—Voy a destrozarte con la polla —dijo, casi para sí—. Este culo lo estoy dejando abierto de par en par.
Estuvo así un tiempo que no supe medir. No quería que parara pero tampoco podía aguantar mucho más. Sentía que si me tocaba dos veces más iba a correrme sobre las sábanas sin poder evitarlo.
Cuando ya me tenía al límite me incorporé y le indiqué que se tumbara boca arriba. No había probado su polla todavía y no iba a seguir esperando.
Me tomé mi tiempo. Empecé por el cuello porque quería saber dónde respondía, y lo encontré enseguida: un músculo en el lateral que le hizo cerrar los ojos y soltar el aire con un sonido muy satisfactorio. Continué hacia abajo. Me detuve en los pezones más de lo habitual porque su reacción lo pedía —los mordía suave y él arqueaba la espalda cada vez—. Luego fui bajando con calma, lamiéndole el ombligo, sin romper el contacto.
Me aparté de su polla durante un buen rato, trabajando la zona interior de los muslos, la ingle, oliendo esa mezcla de sudor y jabón que se le acumulaba en el pliegue, tomándome tiempo con cada parte. Le lamí los huevos uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, chupándolos despacio. Diego soltó un jadeo largo y me agarró del pelo, pero no empujó. La verga le latía contra la mejilla, dura, caliente, dejándome un rastro de precum en la piel. Lo hacía a mi ritmo, sin que él pudiera anticipar cuándo iba a llegar a la polla. Me miraba con una mezcla de deseo y algo parecido a la exasperación que me resultó muy satisfactoria.
Cuando por fin subí la lengua por su longitud, despacio, desde la base hasta la punta, sin llegar al glande todavía, soltó un sonido que no era exactamente un gemido pero se le parecía mucho. Repetí la operación dos veces más antes de tomármelo en serio. Entonces sí: me la metí entera en la boca de golpe, hasta la garganta, hasta que sentí los huevos en la barbilla y las ganas de arcada me subieron. Aguanté un segundo, tragando, apretando la garganta alrededor de la punta, y salí despacio dejando un hilo de saliva. Volví a bajar. Y otra vez. Lento, profundo, con la lengua moviéndose en la punta cada vez que subía mientras una mano se ocupaba de bombearle la base. Le chupaba, le sacaba entera para lamerle el glande morado, le escupía encima y volvía a metérmela hasta el fondo. Su respiración cambió de inmediato y sus caderas empujaron hacia arriba sin que él se lo propusiera, follándome la boca a un ritmo que él ya no controlaba.
—Joder, mámala así —jadeó—. Cómete esa polla entera.
***
Mientras se la trabajaba con la boca me acerqué más a su cuerpo, explorando. Como vi que no ponía ninguna resistencia y que su postura lo estaba invitando abiertamente, le levanté un poco más las piernas y dediqué un tiempo a disfrutar de ese trasero firme y moreno que me había llamado la atención nada más verle entrar por la puerta. Se lo abrí con las dos manos y me lancé a comérselo sin miramientos: lengua ancha primero, escupitajo después, chupándole el agujero con hambre, metiéndosela hasta donde llegaba. Estaba apretado, virgen o casi, pero cedía. Volví a chuparle la polla sin soltarle el culo, alternando entre las dos cosas, dejándole la entrepierna entera empapada de saliva.
Diego gemía. No en plan teatral sino ese sonido involuntario que sale cuando algo te sorprende bien y no tienes tiempo de contenerte.
—Métemela —dijo al final, casi sin voz—. Un poco, aunque sea.
Empujé un poco. Solo la punta. Su cuerpo respondió abriéndose sin resistencia, tragándome el glande y apretándolo con una fuerza que me hizo apretar los dientes para no correrme allí mismo. Versátil de verdad, pensé. Estuve un momento ahí, sintiendo cómo el anillo me apretaba, sin forzar, respirando hondo. Pero ese día no era el plan y no llevaba condón encima, así que di marcha atrás antes de que la situación tomara ese camino sin vuelta.
Me puse encima de él y juntamos los dos cuerpos, las dos pollas apretadas entre nuestros abdómenes, resbalando con el sudor y la saliva. Sus manos recorrieron mi espalda hacia abajo hasta agarrarme las nalgas y separarlas de nuevo, un dedo buscándome el agujero otra vez. Nos besamos largo, con la boca todavía sabiendo el uno al otro, con esa calma de quien ya ha probado suficiente como para tomarse el tiempo que quiere.
—¿Quieres que te folle? —preguntó contra mi boca—. ¿Quieres esta polla dentro?
—Desde que te vi en la puerta —respondí—. Métemela ya.
***
Se incorporó para buscar el condón en su ropa. Lo observé mientras lo hacía: esa espalda, esa forma de moverse con una seguridad tranquila que no necesitaba demostrar nada, la polla dura balanceándose entre las piernas. Cuando estuvo listo con el condón puesto y bien lubricado, brillando de arriba abajo, se tumbó en la cama y me indicó que me pusiera encima.
Me coloqué sobre él a horcajadas, con la polla suya contra mi culo, y me pasé el glande por el agujero un par de veces, empapándolo. Encontré la posición y empecé a bajar despacio. Entre la preparación que había hecho antes y todo el trabajo que me había hecho con la boca y los dedos, entró sin complicaciones. Sentí cómo me abría por dentro centímetro a centímetro, esa presión gorda y caliente ganándome terreno hasta que el culo me tocó sus muslos y la tenía toda dentro. Se me escapó un gemido largo. Su cara cuando me sintió cerrarse alrededor de su verga fue suficiente recompensa por sí sola: los ojos entrecerrados, los labios ligeramente abiertos, ese momento en que alguien deja de fingir que controla la situación.
—Joder, qué apretado estás —jadeó—. Muévete, cabalga esa polla.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, primero despacio, aprendiendo el ángulo, cerrando el culo alrededor de él cada vez que subía. Él tenía las manos en mis caderas pero sin dirigir, solo siguiendo. Me dejó llevar el ritmo durante un buen rato, mirándome fijamente, con esa concentración de quien quiere no perderse ningún detalle. Yo aceleraba, dejaba caer todo el peso, sentía la polla golpearme dentro cada vez más profundo. Mi verga rebotaba entre los dos, chorreando precum sobre su vientre.
Luego quiso besarme. Me incliné hacia él y en ese momento, con la distancia reducida, aprovechó para clavar los talones en el colchón y empezar a embestirme desde abajo. El cambio fue inmediato: ya no controlaba el ritmo, lo recibía. Me cogí de sus hombros y me dejé llevar. Sus embestidas encontraron el ángulo exacto casi desde el principio, dándome contra la próstata a cada golpe, y no lo soltaron. Sentía cada polla entera subir y bajar por dentro, cada golpe en el pecho, los huevos chocándome contra las nalgas con un sonido húmedo que llenaba la habitación.
—Así, así, así —le gemía en la oreja—. No pares, cógeme más fuerte.
Cuando llevábamos un rato así me pidió que cambiara de posición.
***
Me puse en el borde de la cama, de rodillas, con el culo bien levantado, y él se colocó detrás. Esta vez no hubo rodeos: me agarró la cadera con una mano, se guio la polla con la otra y entró directo hasta el fondo de una sola embestida. Grité contra la almohada. Puse las manos en el colchón para aguantar y me dejé llevar por un ritmo que no daba tregua. Golpe tras golpe, seco, profundo, la piel de sus muslos chocando contra mi culo con un chasquido que se repetía sin descanso. Cada vez que pensaba que había encontrado el límite de intensidad, subía un poco más.
—Este culo es mío esta tarde —gruñó, dándome una nalgada tan fuerte que la piel me ardió—. Dilo.
—Es tuyo —jadeé—. Todo tuyo, fóllame.
En algún momento levantó una pierna sobre la cama, cambiando el ángulo, y lo que ya era mucho se convirtió en algo diferente. Ahora me daba desde arriba, la polla entrando más profundo todavía, y cada embestida me arrancaba un gemido de la garganta. Apretaba los dientes. Mis nudillos estaban blancos sobre la sábana. Sentía el culo abierto, ensanchado, deformado alrededor de esa verga que no me daba tregua.
—¿Bien? —preguntó, sin parar ni un segundo, con la voz ya áspera.
—No pares —fue todo lo que pude articular—. Rómpeme.
Después me hizo tumbarme boca abajo, aplastado contra el colchón, y continuó sobre mí. La presión de su peso en mi espalda, su respiración cerca de mi oído, la polla clavada hasta el fondo con el ritmo constante sin interrupción, embistiéndome contra la cama. Con cada golpe mi verga rozaba las sábanas dejando un rastro húmedo. Me mordió el hombro, me lamió el cuello, me murmuró cochinadas en la oreja que no repetiría fuera de esa cama. Perdí la noción del tiempo. Solo existía esa sensación —la polla llenándome, saliendo, volviendo a entrar— y su cuerpo sudado sobre el mío.
Luego me pidió que me girara. Quería verme la cara mientras me follaba.
Me coloqué en el borde de la cama con las piernas sobre sus hombros, el culo bien al aire, la polla mía dura contra el vientre. Esa posición lo cambia todo: sin escapatoria posible, mirándose directamente. No hay forma de fingir nada desde ahí, ni tampoco ninguna razón para intentarlo. Diego lo sabía y lo buscó a propósito. Se guio la polla y volvió a entrar de un golpe. Me agarró los tobillos para abrirme del todo y empezó a bombear sin piedad, mirándome a los ojos, viéndome la cara con cada embestida, cómo se me abría la boca sin sonido, cómo se me ponían los ojos en blanco cuando me daba justo.
Seguimos así un buen rato más. Yo aguantaba sin tocarme la polla porque sabía que al primer roce no iba a poder controlarlo y no quería que terminara todavía. Se me sacudía sola contra el vientre a cada embestida, chorreando precum en un charco sobre mi ombligo. Diego lo notó.
—¿No quieres correrte? —preguntó, sin bajar el ritmo, con una sonrisa medio ladeada—. Estás a punto, se te nota.
—Quiero que te corras tú primero —respondí, apenas con aire—. Quiero verte.
Salió de mí de golpe y el vacío se sintió casi peor que la penetración. Se quitó el condón y lo tiró al suelo. Nos pusimos de pie los dos. Juntamos los cuerpos y empezamos a masturbarnos los dos al mismo tiempo, mirándonos, con las dos pollas rozándose de vez en cuando en el puño, mezclando el precum de los dos. Esa fricción doble, sus ojos sobre los míos, la presión de nuestros cuerpos tan cerca —el pecho contra el pecho, el sudor mezclándose— fue algo diferente al resto de la tarde: más íntimo de lo que esperaba.
—¿Dónde quieres que me corra? —me preguntó con la respiración entrecortada, la polla ya latiendo en su puño.
—En la boca —dije, y me arrodillé frente a él.
***
Me puse en cuclillas y mientras él terminaba de llevarse al límite con la mano, yo pasaba la lengua por la punta, chupándole el glande, lamiéndole los huevos, dejándomela toda babeada. Le agarré el culo con las dos manos y lo apreté hacia mí. Cuando llegó fue contundente: un gruñido largo, las piernas tensas, y una, dos, tres sacudidas largas de la polla. El primer chorro me cayó en la lengua, espeso y caliente, y sabía a él. Me la metí entera en la boca para recibir el resto y sentí cómo latía contra la lengua descargando el segundo y el tercero, llenándome. Me quedé ahí, con la polla dentro, hasta que terminó del todo, sin perder nada, con su mano enredada en mi pelo agarrándome fuerte y su respiración haciéndose lenta poco a poco. Tragué. Cada gota. Después le pasé la lengua otra vez para limpiarle la punta y saqué la polla despacio, con un beso final en el glande.
—Joder —murmuró él, mirando hacia abajo—. Eres una jodida bestia.
Cuando me incorporé nos besamos otra vez, con el semen todavía en mi boca, y él no se apartó. Lento. Sin la urgencia de antes. Su mano bajó a mi polla, todavía dura, y me la agarró. Bastaron cuatro tirones firmes y me corrí sobre su vientre con un gemido largo contra sus labios, chorros gruesos que le mancharon la piel morena. Él me siguió besando mientras yo me vaciaba en su mano.
Fue al baño a asearse. Yo me senté en el borde de la cama, todavía con el tanga puesto —había aguantado toda la sesión conmigo, arrugado a un lado, empapado— y me di cuenta de que en ningún momento me lo había quitado del todo. Me lo saqué y lo tiré encima del colchón. Diego volvió ya vestido y se quedó mirando la tela negra sobre las sábanas revueltas.
—Follarte con eso puesto tiene algo especial —dijo—. Vuelve loco.
—Tengo más —le respondí—. Y de todos los colores.
—Eso espero verlo. Y probarlo.
Antes de irse me pidió el número. Se lo di sin dudarlo. Le escribí por la app para decirle que había sido una tarde muy buena. Su respuesta tardó un minuto y fue directa:
—Para mí también. Avísame cuando tengas ganas de repetir. Y ponte otro tanga.
Le contesté que no iba a tardar mucho. Era verdad. Y esa vez, pensaba devolverle con intereses todo lo que me había hecho —hasta la última embestida, hasta la última gota.

