La esclava que aceptó perder el control
Había rogado durante meses por una sola palabra suya. El martes llegó su mensaje, y la propuesta era tan temeraria que aceptarla podía costarle mucho más que su orgullo.
Había rogado durante meses por una sola palabra suya. El martes llegó su mensaje, y la propuesta era tan temeraria que aceptarla podía costarle mucho más que su orgullo.
Lo até con una correa fina alrededor de todo lo que le importaba y, cuando tiré por primera vez, supe que esa noche iba a ser mía de principio a fin.
Pensé que mi secreto estaba a salvo detrás de una puerta entreabierta. No imaginé que ella terminaría con mi destino apretado dentro de su puño.
Bastó un resbalón y unas risas crueles para que descubriera que aquella vergüenza, lejos de doler, encendía algo nuevo y oscuro dentro de él.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Cuando entramos desnudos y chorreando, los tres tipos que se enjabonaban se apartaron sin decir nada y nos dejaron el centro, como si supieran que la noche todavía no había terminado.
Sabía que en cuanto cruzara su puerta no habría vuelta atrás: hoy iba a dejar que me lo hiciera de verdad, y llevaba toda la semana imaginándomelo.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
Llevaba un año buscando a alguien dispuesta a tomarme por completo. El correo de aquella desconocida lo cambió todo: no quería jugar conmigo, quería quedarse con mi vida entera.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Aguanté toda la tarde pensando en el momento exacto en que cruzaría la puerta de esa habitación y él entendería, otra vez, para qué estaba ahí.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Me dieron a elegir entre tres años de cárcel o convertirme en el perro sumiso de mi mujer. Elegí mal, y esa noche en El Reservado lo entendí del todo.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
El cajón se atascaba por culpa de un cuaderno manuscrito. Dentro estaban escritas las páginas más íntimas de un desconocido y su amante de ocho años.
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.