La noche que Valeria me cambió por dos desconocidos
La tarde había empezado con un mensaje de Valeria en el teléfono: necesitaba salir, despejarse, tomar algo. Me preguntó si me apetecía acompañarla. Respondí que sí en menos de diez segundos, que es el tiempo que tardé en dejar de fingir que lo pensaba.
Llevábamos doce años siendo amigos. Doce años en los que yo había estado enamorado de ella sin decírselo nunca, y en los que ella me había querido como al amigo más fiel del mundo, lo cual es exactamente el tipo de amor que no te lleva a ningún lado. Su ex, un tipo sin gracia al que yo nunca pude soportar, la había dejado tres semanas antes. Valeria se estaba recuperando. Yo estaba ahí para lo que necesitara.
Quedamos a las once en el bar de siempre. Ella llegó con un vestido negro que le marcaba cada curva y el pelo suelto, y cuando la vi entrar supe que esa noche iba a ser igual que todas las otras: yo mirándola, esperando el momento, sin encontrar nunca el momento.
Bebimos. Cambiamos de bar dos veces. Cerca de las dos de la mañana estábamos en la barra del tercero con los vasos casi vacíos, y yo seguía buscando esa ventana que nunca se abría. El miedo a arruinar doce años de amistad siempre ganaba al deseo. Siempre.
Fue entonces cuando noté que Valeria empezó a desviar la mirada por encima de mi hombro. No de golpe, sino en pequeñas dosis, cada vez con más frecuencia. La sonrisa que apareció en su cara no era la que yo conocía.
Me giré con disimulo.
Dos chicos. Veintitantos, altos, con esa energía que tienen las personas a quienes todavía no les ha pasado nada importante en la vida. Nos miraban sin disimulo, sobre todo a ella, aunque Valeria fingía no enterarse. El tipo de actuación que hace mucho teatro por lo baja que es la apuesta.
—Vuelvo en un momento —dijo ella, y antes de que pudiera responder ya estaba cruzando el bar hacia ellos.
La observé desde la barra. Vi cómo los dos se animaban al verla llegar, cómo ella apoyaba los codos y se inclinaba hacia adelante, cómo reían de algo que yo no podía escuchar. Diez minutos después, Valeria volvía hacia mí seguida de los dos.
—Este es Marco y este es Sebastián —dijo, con la misma naturalidad con que presentaría a viejos conocidos—. Vamos a tomar la última a mi piso.
No hubo tiempo para preguntas. Ya estaban cogiendo los abrigos.
***
En el taxi, Valeria ocupó el asiento central entre los dos chicos. Yo me puse delante con el conductor. Miraba el tráfico, escuchaba el hilo musical del coche, y en el retrovisor veía retazos de lo que pasaba atrás: Valeria apartando una mano de su muslo con una sonrisa, Sebastián acercándose a su oído para decirle algo, Marco metiéndole los dedos por el escote del vestido sin disimulo. El tipo de escena que no hace falta leer entera para entender el final.
Soy el amigo que da conversación mientras se follan a la persona que llevo doce años queriendo, pensé, y le pregunté al taxista si siempre había tanto tráfico a esas horas.
Llegamos al piso de Valeria. Ella encendió unas luces bajas en el salón y señaló el sofá. Marco y Sebastián se sentaron como si ya conocieran el lugar. Yo todavía estaba procesando qué hacía ahí.
—Tú, ven conmigo —me dijo Valeria, señalándome.
La seguí por el pasillo hasta su habitación. Cerró la puerta.
Se quitó el abrigo, lo lanzó a la silla y empezó a desabrocharse el vestido con una calma que no le había visto nunca. Me miraba mientras lo hacía. No era la mirada de siempre. El vestido cayó al suelo y se quedó en bragas negras y sin sujetador, con los pezones duros y la respiración un poco más rápida de lo normal.
—Val, explícame qué está pasando —dije.
—Sé que has estado con tíos antes —respondió, directa.
No lo negué.
—Esta noche te van a follar a ti también —continuó—. Quiero verte. Quiero verte mientras a mí me follan los dos. ¿Vas a poder?
Me quedé en silencio. Sentí la polla endurecerse contra el pantalón antes de que la cabeza alcanzara a procesar nada. Valeria lo notó. Bajó la mirada y sonrió.
—Eso es un sí —dijo.
Se acercó, me cogió por el cuello de la camisa y me besó. Un beso rápido al principio, sin preámbulos, que en dos segundos se volvió hondo y húmedo, con la lengua metida hasta el fondo y los dientes mordiéndome el labio. Me llevó la mano a una teta y me la apretó con sus propios dedos por encima de los míos. Le pellizqué el pezón y ella soltó un gemido corto contra mi boca.
—Doce años —murmuró—. Doce putos años y no te has atrevido nunca.
Me bajó la cremallera del pantalón y me metió la mano dentro. Me agarró la polla por encima del bóxer, midiéndome, y se rió bajo cuando notó lo dura que estaba.
—Esto es para más tarde —dijo.
Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía la camisa a medio desabrochar y los pantalones sueltos. Me tomó de la mano y abrió la puerta.
Me llevó al salón con la camisa abierta, la polla marcando el bóxer y la cabeza todavía girando.
***
Marco y Sebastián se pusieron de pie cuando llegamos. Algo habían acordado en el taxi que yo no había escuchado, porque cada uno supo exactamente hacia dónde moverse. Marco fue directo a Valeria, le bajó las bragas de un tirón y la empujó contra el respaldo del sofá. Sebastián se quedó delante de mí.
Me miró de arriba abajo. Se desabrochó el cinturón sin dejar de mirarme. Luego puso ambas manos sobre mis hombros y empujó hacia abajo, despacio pero sin dejar espacio para la ambigüedad.
Me arrodillé.
—A ver cómo la chupas —dijo.
Sebastián se desabrochó los vaqueros frente a mi cara y se sacó la polla. La tenía ya medio empalmada, gruesa y rosada, con el glande hinchado asomando por el prepucio. Yo se la tomé en la mano y empecé despacio, masturbándolo con el puño cerrado mientras le pasaba la lengua por la punta. Probé el sabor agrio del pre-semen y sentí cómo se endurecía del todo en cuestión de segundos.
—Mámamela entera —ordenó, agarrándome del pelo.
Abrí la boca y me la metí hasta el fondo. Sentí cómo la polla me llenaba el paladar, cómo me tocaba la garganta, cómo me obligaba a relajar la mandíbula para que entrara entera. Sebastián soltó un gruñido por encima de mí y empujó las caderas hacia adelante. Yo lo trabajé con la lengua, lamiéndole los huevos cuando salía, chupándole el glande con presión cuando volvía, dejándole resbalar la verga por la garganta hasta atragantarme un poco. Me caía la saliva por la barbilla. Sebastián me agarraba la nuca con las dos manos y me follaba la boca con un ritmo que iba creciendo, cada vez más profundo, cada vez más rápido.
—Joder, qué bien la chupas —jadeó—. La chupas mejor que muchas tías.
Tenía los ojos cerrados, pero los abría de vez en cuando para mirar a Valeria. Marco la tenía contra el respaldo del sofá. Le había bajado los tirantes del vestido, que ya estaba completamente fuera, y le devoraba las tetas con la boca abierta, chupándole los pezones uno tras otro mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y le cogía la cabeza con las dos manos.
—Méteme los dedos —le pidió ella, con la voz ronca—. Méteme los dedos en el coño.
Marco bajó la mano. Le pasó dos dedos por la raja antes de meterlos, y cuando lo hizo Valeria soltó un gemido largo que se me clavó en el pecho. Era la primera vez que la escuchaba así, y el sonido hacía que la polla me palpitara más fuerte dentro de la boca de Sebastián.
Marco la tumbó en el sofá. Le abrió las piernas de un tirón y se arrodilló frente a ella. Valeria estaba completamente desnuda, abierta como nunca la había visto, con el coño rosado y brillante de saliva y deseo. Marco se inclinó y empezó a comérselo con una concentración metódica que a ella le estaba funcionando muy bien, a juzgar por los sonidos que iban en aumento. Le separó los labios del coño con la lengua, le chupó el clítoris con los labios cerrados, le metió la lengua entera hasta que ella arqueó la espalda.
—Así, ahí, ahí —jadeaba Valeria—. No pares, joder, no pares.
Marco le subió las piernas a los hombros y se la siguió comiendo sin descanso, alternando la lengua con dos dedos que le metía y sacaba haciendo ese ruido húmedo que solo hace un coño bien mojado. Valeria se agarraba al respaldo con los dedos abiertos, respirando a golpes, temblándole el abdomen, y la cara que ponía era una que yo no le había visto en doce años de mirarla.
Yo seguía con Sebastián. Él me cogía la cabeza con las dos manos ahora, marcando un ritmo constante, follándome la boca como si fuera un coño cualquiera. Lo dejé. Me concentré en hacer lo que hacía bien y en no pensar demasiado en el ruido que hacía Valeria a tres metros de mí.
—Chicos —dijo Valeria de pronto, incorporándose con las mejillas rojas y el pelo revuelto—, ¿y si seguimos de otra forma?
No esperó a que nadie respondiera. Se puso de rodillas en el sofá, con los antebrazos apoyados en el respaldo y el culo levantado en pompa. Tenía el coño abierto, brillante, ofrecido a la vista. Luego me miró directamente y me hizo un gesto con la cabeza.
—Tú al lado mío —ordenó—. Quiero verte mientras te follan.
Sebastián me ayudó a levantarme. Me condujo hacia el sofá y me puse a su lado, en la misma posición que Valeria, con el culo en pompa y la cara casi pegada a la de ella. Sebastián me bajó los bóxers de un tirón y yo respiré hondo.
Me escupió en el ojete. Extendió la saliva con el pulgar, abriéndome el agujero poco a poco, metiéndome primero uno y luego dos dedos hasta los nudillos. Yo apreté los dientes y me dejé. Sentí el dedo pulgar haciendo presión hacia dentro, abriéndome para él, mientras con la otra mano se masturbaba la polla detrás de mí.
—Qué culo tan apretado tienes —dijo, riéndose bajo—. Vamos a abrirlo.
Luego sentí la presión de su polla contra mi entrada y esperé. Empujó con calma, dejando que el glande me forzara el esfínter centímetro a centímetro. El dolor me cruzó la columna entera. Apreté los puños sobre el respaldo y aguanté el aire.
—Aguanta —me dijo Valeria al oído, mirándome a los ojos con una sonrisa torcida—. Aguántale toda la polla.
Cedí despacio. El ardor duró unos segundos y luego se diluyó en algo distinto, en una mezcla de presión y placer que me hizo soltar un gemido largo cuando Sebastián terminó de meterse entero. Me la tenía dentro hasta los huevos, pegado contra mis nalgas, y me agarró de las caderas para empezar a moverse. Las primeras embestidas fueron lentas, casi cuidadosas, pero a la tercera ya me la estaba clavando hasta el fondo con un ritmo regular que me cortaba el aire.
—Joder, qué bien me la coges —jadeaba—. Qué culito de mierda, qué culito apretado.
A mi lado, Marco se puso un condón con la boca y penetró a Valeria de golpe, hasta el fondo, sin advertencia. Ella soltó un sonido que fue mitad grito y mitad risa, agudo y descontrolado.
—¡Joder! ¡Joder, así, fóllame así!
Yo la miré. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, el pelo cayéndole por la cara, los nudillos blancos de apretar el respaldo. Marco le agarraba las caderas con las dos manos y la embestía con golpes secos que le hacían rebotar el cuerpo contra el sofá, le hacían botar las tetas contra el cuero. Era una cara que nunca le había visto. No conseguía dejar de mirarla.
Extendí el brazo y le toqué el pecho con la mano. Ella no lo apartó. Cerré los dedos con suavidad sobre su pezón y se lo pellizqué. Valeria abrió los ojos, me miró, y se acercó hasta plantarme la boca en la boca. Me besó mientras Marco la seguía follando, con los dos jadeando dentro del mismo beso, mezclando salivas. Le pellizqué el otro pezón también y ella gimió entre mis labios.
—Mira cómo me la mete —me susurró contra la boca—. Mira cómo me folla mientras a ti te empalan.
Sebastián aceleró. Las embestidas me cortaban la respiración y yo me aferraba al sofá con la mano que me quedaba libre, tratando de mantener el equilibrio y de no perder de vista a Valeria al mismo tiempo. Sentía la polla de Sebastián entrando y saliendo de mi culo con un ritmo cada vez más brutal, golpeándome el fondo, mientras él me clavaba los dedos en la carne de las caderas.
Marco le dio una palmada a Valeria en el culo, fuerte, y ella se arqueó hacia adelante, ofreciéndole más.
—Otra —pidió ella.
Marco le dio otra, más fuerte aún. Le quedó la marca roja de la mano en la nalga. Valeria gimió y se la siguió ofreciendo, abriéndose más, jadeando cada vez con menos control. Marco le metía la polla hasta los huevos con cada embestida y a ella se le escapaban gemidos rotos, sucios, de esos que no se pueden fingir.
No había conversación entre los cuatro. Solo respiración, movimiento, choque de carne contra carne, y los sonidos que hacemos cuando dejamos de fingir que somos otra persona.
***
El ritmo bajó gradualmente. Sebastián salió de mí y yo sentí el aire frío donde hacía un momento había calor. Sentí también el ojete latiendo, abierto, palpitando con el vacío. Valeria miró hacia atrás y asintió con la cabeza.
Nos cambiaron como fichas sobre un tablero.
Marco se puso detrás de mí. Se quitó el condón usado y se puso uno limpio. Lo sentí en la espalda antes de tocarme, frotándome la polla por la raja del culo para untarse de la saliva que Sebastián había dejado ahí. Era más grande que Sebastián, y lo supe en cuanto empezó a entrar.
—Ábrete bien —me dijo.
Apreté los dientes. Me aferré al respaldo con las dos manos. Marco no fue brutal, pero tampoco fue suave: fue preciso, metódico, abriéndome el agujero con una polla que se sentía como una barra de acero. Empujó hasta el fondo de una sola embestida larga, y cuando llegó al tope se quedó quieto unos segundos, dejándome adaptarme, antes de empezar a follarme con un ritmo que no tenía prisa pero que no daba respiro.
Con cada embestida yo perdía un poco más la capacidad de pensar en otra cosa que no fuera aguantar y respirar, sintiendo cómo me abría del todo, cómo la fricción me arrancaba un temblor que subía desde el culo hasta la nuca. Tenía la polla dura colgándome entre las piernas, goteando, y cada vez que Marco me embestía hasta el fondo me la sacudía contra el sofá.
—¿Te gusta? —le preguntó a Valeria, no a mí—. ¿Te gusta verlo así?
Ella se rió.
—Me encanta —dijo—. Fóllalo más fuerte.
Marco obedeció. Aceleró el ritmo hasta que el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas llenó el salón. Yo no podía contener los gemidos. Cada vez que me la clavaba hasta el fondo me arrancaba un sonido nuevo, más alto, más roto.
Sebastián la tenía ahora a ella. Le había dado la vuelta, la tenía de espaldas sobre el sofá con las piernas abiertas y los tobillos por encima de los hombros, y le metía la polla con embestidas largas que le hacían temblar las tetas con cada golpe. Valeria sonaba diferente con él: más contenida, más en control, como si llevara las riendas aunque no fuera ella quien marcaba el ritmo. Le acariciaba la cara, le mordía el labio, le decía cosas al oído.
Me buscó con los ojos a través del respaldo del sofá y los encontró.
—Disfruta —me dijo, en voz baja, mientras Sebastián la seguía clavando—. Disfrútalo, mi amor.
Sonó a algo más que una instrucción.
Marco empezó a gemir detrás de mí. Aumentó la velocidad en tres tandas distintas, follándome el culo con embestidas cortas y rabiosas, y después salió de golpe. Se puso a mi lado jadeando, con la polla todavía erecta brillándole bajo el preservativo.
Valeria se soltó de Sebastián y se arrodilló frente a los dos en el suelo. Abrió la boca y sacó la lengua, mirándolos desde abajo con los ojos brillantes. Marco se quitó el condón de un tirón y empezó a masturbarse rápido frente a su cara. Aguantó tres pajazos más antes de correrse. El chorro le cayó a Valeria en la frente, en los párpados cerrados, en los labios entreabiertos. Le manchó la mejilla con un hilo largo que le bajó hasta la barbilla.
Sebastián se acercó con la mano moviéndose rápido y esperó su turno. Cuando llegó, le agarró el pelo con la otra mano y le inclinó la cabeza para apuntarle bien. El chorro de semen le cubrió la boca, la lengua y le cayó después sobre las tetas. Valeria abrió la boca para que le entrara dentro, tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por el cuello.
Yo me quedé sentado en el sofá, con las piernas que no terminaban de responderme, mirando la escena con la polla tan dura que me dolía.
Valeria limpió lo que pudo con el dorso de la mano. Luego se levantó del suelo y vino hacia mí. Tenía manchas de semen secándose en el pecho y en la barbilla, el pelo revuelto, los labios hinchados. Estaba más guapa que nunca. Me besó despacio esta vez, con la lengua, sin prisa. Sabía a ellos. A salado y a sexo y a otra cosa que no supe nombrar. No me importó.
Cuando se separó, bajó por mi cuello, por mi pecho, por mi estómago. Me lamió la cadera, me mordió el muslo, y me metió la polla en la boca con una determinación que no admitía dudas. Me la chupó entera, hasta el fondo, dejándomela resbalar por la garganta sin atragantarse. Yo le agarré el pelo y cerré los ojos.
Doce años. Todo ese tiempo concentrado en un solo punto. Valeria me la mamaba con hambre, subiendo y bajando con la boca llena de saliva, jugando con la lengua en el glande cada vez que llegaba arriba, lamiéndome los huevos cuando se separaba. Me chupó la polla como si llevara doce años esperando hacerlo, y quizá los llevaba.
No duré mucho. Cuando sentí que me desbordaba se lo avisé con un gemido, y ella sacó la polla de la boca y se inclinó hacia adelante. Acercó el pecho. Yo me la masturbé los últimos golpes y exploté sobre su piel, chorro tras chorro, manchándole las tetas con mi semen mezclado al de los otros dos. Ella se miró el pecho y sonrió.
—Eso era para mí —dijo, mirándome con los ojos brillantes—. Eso siempre fue para mí.
Marco dijo algo desde el otro extremo del salón. Un comentario sobre los dos. Algo dicho con la risa del que ya consiguió lo que quería y no necesita quedarse.
Valeria se levantó. Recogió el vestido del suelo sin apresurarse, sin limpiarse el semen del pecho, como si lo llevara puesto a propósito. Los miró con una calma que no era indiferencia, sino algo más frío que eso.
—Ya podéis iros —dijo.
No fue una petición.
Los dos recogieron su ropa sin protestar. La puerta del piso se cerró a los dos minutos.
***
Valeria y yo nos quedamos solos. El salón olía a sudor y a sexo y a algo que todavía no sabía cómo nombrar. Ella fue a la cocina, se limpió el semen del pecho con un paño húmedo y volvió con dos vasos de agua. Me dio uno.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije.
Era la verdad.
Nos sentamos en el sofá con los hombros tocándose, sin hablar de nada importante durante un rato. Afuera la ciudad seguía igual que siempre. Dentro, algo había cambiado entre nosotros, aunque ninguno de los dos lo dijera todavía.
Esa conversación llegó después. Pero eso ya es otra historia.
