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Relatos Ardientes

La noche que Valeria me cambió por dos desconocidos

3.9 (40)

La tarde había empezado con un mensaje de Valeria en el teléfono: necesitaba salir, despejarse, tomar algo. Me preguntó si me apetecía acompañarla. Respondí que sí en menos de diez segundos, que es el tiempo que tardé en dejar de fingir que lo pensaba.

Llevábamos doce años siendo amigos. Doce años en los que yo había estado enamorado de ella sin decírselo nunca, y en los que ella me había querido como al amigo más fiel del mundo, lo cual es exactamente el tipo de amor que no te lleva a ningún lado. Su ex, un tipo sin gracia al que yo nunca pude soportar, la había dejado tres semanas antes. Valeria se estaba recuperando. Yo estaba ahí para lo que necesitara.

Quedamos a las once en el bar de siempre. Ella llegó con un vestido negro que le marcaba cada curva y el pelo suelto, y cuando la vi entrar supe que esa noche iba a ser igual que todas las otras: yo mirándola, esperando el momento, sin encontrar nunca el momento.

Bebimos. Cambiamos de bar dos veces. Cerca de las dos de la mañana estábamos en la barra del tercero con los vasos casi vacíos, y yo seguía buscando esa ventana que nunca se abría. El miedo a arruinar doce años de amistad siempre ganaba al deseo. Siempre.

Fue entonces cuando noté que Valeria empezó a desviar la mirada por encima de mi hombro. No de golpe, sino en pequeñas dosis, cada vez con más frecuencia. La sonrisa que apareció en su cara no era la que yo conocía.

Me giré con disimulo.

Dos chicos. Veintitantos, altos, con esa energía que tienen las personas a quienes todavía no les ha pasado nada importante en la vida. Nos miraban sin disimulo, sobre todo a ella, aunque Valeria fingía no enterarse. El tipo de actuación que hace mucho teatro por lo baja que es la apuesta.

—Vuelvo en un momento —dijo ella, y antes de que pudiera responder ya estaba cruzando el bar hacia ellos.

La observé desde la barra. Vi cómo los dos se animaban al verla llegar, cómo ella apoyaba los codos y se inclinaba hacia adelante, cómo reían de algo que yo no podía escuchar. Diez minutos después, Valeria volvía hacia mí seguida de los dos.

—Este es Marco y este es Sebastián —dijo, con la misma naturalidad con que presentaría a viejos conocidos—. Vamos a tomar la última a mi piso.

No hubo tiempo para preguntas. Ya estaban cogiendo los abrigos.

***

En el taxi, Valeria ocupó el asiento central entre los dos chicos. Yo me puse delante con el conductor. Miraba el tráfico, escuchaba el hilo musical del coche, y en el retrovisor veía retazos de lo que pasaba atrás: Valeria apartando una mano de su muslo con una sonrisa, Sebastián acercándose a su oído para decirle algo. El tipo de escena que no hace falta leer entera para entender el final.

Soy el amigo que da conversación mientras se follan a la persona que llevo doce años queriendo, pensé, y le pregunté al taxista si siempre había tanto tráfico a esas horas.

Llegamos al piso de Valeria. Ella encendió unas luces bajas en el salón y señaló el sofá. Marco y Sebastián se sentaron como si ya conocieran el lugar. Yo todavía estaba procesando qué hacía ahí.

—Tú, ven conmigo —me dijo Valeria, señalándome.

La seguí por el pasillo hasta su habitación. Cerró la puerta.

Se quitó el abrigo, lo lanzó a la silla y empezó a desabrocharse el vestido con una calma que no le había visto nunca. Me miraba mientras lo hacía. No era la mirada de siempre.

—Val, explícame qué está pasando —dije.

—Sé que has estado con tíos antes —respondió, directa.

No lo negué.

—Esta noche va a estar bien —continuó—. Para todos.

Me quedé en silencio. Valeria se acercó, me cogió por el cuello de la camisa y me besó. Un beso rápido, sin preámbulos, que me desarmó en menos de dos segundos. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía la camisa a medio desabrochar y los pantalones sueltos. Me tomó de la mano y abrió la puerta.

Me llevó al salón con la camisa abierta y la cabeza todavía girando.

***

Marco y Sebastián se pusieron de pie cuando llegamos. Algo habían acordado en el taxi que yo no había escuchado, porque cada uno supo exactamente hacia dónde moverse. Marco fue directo a Valeria. Sebastián se quedó delante de mí.

Me miró de arriba abajo. Luego puso ambas manos sobre mis hombros y empujó hacia abajo, despacio pero sin dejar espacio para la ambigüedad.

Me arrodillé.

Sebastián se desabrochó los vaqueros frente a mi cara. Yo lo tomé en la mano y empecé despacio. Sentí cómo respondía, cómo su respiración se volvía más pesada. Le metí su polla en la boca y lo trabajé con calma. Sebastián me puso una mano en la nuca, sin presionar, marcando el ritmo.

Tenía los ojos cerrados, pero los abría de vez en cuando para mirar a Valeria. Marco la tenía contra el sofá. Le había bajado los tirantes del vestido y le recorría el pecho con la boca mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. La escuchaba gemir. Era la primera vez que la escuchaba así, y el sonido hacía que algo dentro de mí apretara con fuerza.

Marco la tumbó en el sofá. Se arrodilló frente a ella. Valeria abrió las piernas y él se inclinó para lamerle el coño con una concentración metódica que a ella le estaba funcionando muy bien, a juzgar por los sonidos que iban en aumento.

Yo seguía con Sebastián. Él me cogía la cabeza con las dos manos ahora, marcando un ritmo constante. Lo dejé. Me concentré en hacer lo que hacía bien y en no pensar demasiado en el ruido que hacía Valeria a tres metros de mí.

—Chicos —dijo Valeria de pronto, incorporándose—, ¿y si seguimos de otra forma?

No esperó a que nadie respondiera. Se puso de rodillas en el sofá, con los antebrazos apoyados en el respaldo y el culo levantado. Luego me miró directamente y me hizo un gesto con la cabeza.

Sebastián me ayudó a levantarme. Me condujo hacia el sofá y me puse a su lado, en la misma posición que Valeria. Sebastián me bajó los bóxers y yo respiré hondo.

Me escupió en el ano. Extendió la saliva con el pulgar, tomándose su tiempo. Luego sentí la presión de su capullo contra mí y esperé.

Cedí despacio. El dolor duró unos segundos y luego se diluyó en algo distinto. Sebastián entró poco a poco, sin prisa, y cuando tuvo todo adentro me agarró de las caderas y empezó a moverse con un ritmo regular que fue ganando intensidad.

A mi lado, Marco penetró a Valeria de golpe. Ella soltó un sonido que fue mitad grito y mitad risa. Yo la miré. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, el pelo cayéndole por la cara, los nudillos blancos de apretar el respaldo. Era una cara que nunca le había visto. No conseguía dejar de mirarla.

Extendí el brazo y le toqué el pecho con la mano. Ella no lo apartó. Cerré los dedos con suavidad sobre su pezón y ella respondió con un sonido que tampoco conseguí descifrar del todo.

Sebastián aceleró. Las embestidas me cortaban la respiración y yo me aferraba al sofá con la mano que me quedaba libre, tratando de mantener el equilibrio y de no perder de vista a Valeria al mismo tiempo. Marco le daba palmadas en el culo de vez en cuando y ella se arqueaba hacia adelante.

No había conversación entre los cuatro. Solo respiración, movimiento, y los sonidos que hacemos cuando dejamos de fingir que somos otra persona.

***

El ritmo bajó gradualmente. Sebastián salió de mí y yo sentí el aire frío donde hacía un momento había calor. Valeria miró hacia atrás y asintió con la cabeza.

Nos cambiaron como fichas sobre un tablero.

Marco se puso detrás de mí. Se puso un preservativo limpio y lo sentí en la espalda antes de tocarme. Era más grande que Sebastián, y lo supe en cuanto empezó a entrar.

Apreté los dientes. Me aferré al respaldo con las dos manos. Marco no fue brutal, pero tampoco fue suave: fue preciso, metódico, con un ritmo que no tenía prisa pero que no daba respiro. Con cada embestida yo perdía un poco más la capacidad de pensar en otra cosa que no fuera aguantar y respirar.

—¿Te gusta? —le preguntó a Valeria, no a mí.

Ella se rio.

Sebastián la tenía ahora a ella, y Valeria sonaba diferente con él: más contenida, más en control, como si llevara las riendas aunque no fuera ella quien marcaba el ritmo. Me buscó con los ojos a través del respaldo del sofá y los encontró.

—Disfruta —me dijo, en voz baja.

Sonó a algo más que una instrucción.

Marco empezó a gemir. Aumentó la velocidad en tres tandas distintas y luego salió de golpe, poniéndose a mi lado jadeando.

Valeria se soltó de Sebastián y se arrodilló frente a los dos en el suelo. Abrió la boca. Marco se quitó el condón y se corrió en su cara, en sus labios, sobre su barbilla. Sebastián se acercó con la mano moviéndose rápido y esperó su turno. Cuando llegó, el chorro le cubrió la boca y el pecho.

Yo me quedé sentado en el sofá, con las piernas que no terminaban de responderme, mirando la escena.

Valeria limpió lo que pudo con el dorso de la mano. Luego se levantó del suelo y vino hacia mí. Me besó despacio esta vez, con la lengua, sin prisa. Sabía a ellos. No me importó.

Cuando se separó, bajó por mi cuello, por mi pecho, por mi estómago. Me metió la polla en la boca con una determinación que no admitía dudas. Yo cerré los ojos.

Doce años. Todo ese tiempo concentrado en un solo punto. No duré mucho. Cuando sentí que me desbordaba, Valeria acercó el pecho y lo recibió todo sobre su piel.

Marco dijo algo desde el otro extremo del salón. Un comentario sobre los dos. Algo dicho con la risa del que ya consiguió lo que quería y no necesita quedarse.

Valeria se levantó. Recogió el vestido del suelo sin apresurarse. Los miró con una calma que no era indiferencia, sino algo más frío que eso.

—Ya podéis iros —dijo.

No fue una petición.

Los dos recogieron su ropa sin protestar. La puerta del piso se cerró a los dos minutos.

***

Valeria y yo nos quedamos solos. El salón olía a sudor y a sexo y a algo que todavía no sabía cómo nombrar. Ella fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua. Me dio uno.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije.

Era la verdad.

Nos sentamos en el sofá con los hombros tocándose, sin hablar de nada importante durante un rato. Afuera la ciudad seguía igual que siempre. Dentro, algo había cambiado entre nosotros, aunque ninguno de los dos lo dijera todavía.

Esa conversación llegó después. Pero eso ya es otra historia.

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3.9 (40)

Comentarios (8)

stahl79

Increible relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Gracias por compartirlo!

LauraM22

Dios mio, doce años... eso es mucho tiempo. Me dejo con el corazon en la mano. Hay segunda parte?

pablito_33

excelente!!!

Rober_74

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, esa sensacion de esperar tanto y que las cosas salgan distinto a lo soñado. Muy bien narrado, se siente real.

Monica_BA

Que manera de escribir, te metes dentro de la historia sin darte cuenta. Sigue asi por favor!

NocturnoMX

Por favor continua, necesito saber que paso despues...

Marcos_72

Buenisimo. La tension que construiste desde el principio es tremenda. Habia que leerlo de una sola vez jajaja

Charo_Mdq

Me encanto como lo narraste, se siente muy autentico. Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo.

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