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Relatos Ardientes

Lo que mi novia no sabe sobre mis deseos

4.5(50)

Escribo esto porque necesito contárselo a alguien, aunque sea a una pantalla en blanco a las dos de la madrugada.

Tengo pareja desde hace tres meses. Se llama Sofía, tiene veintiocho años, trabaja como ilustradora y tiene esa manera de reírse que hace que todo lo demás parezca menos importante. La quiero, o al menos creo que la quiero. No siempre sé distinguir entre el amor y la costumbre, entre el deseo genuino y la comodidad de tener a alguien cerca que te conoce.

Lo que sí sé con certeza es que no quiero hacerle daño.

Y también sé que la estoy engañando.

No con otra mujer. Con hombres.

Lo digo directo porque es la única manera que conozco de decirlo. No me atrae el cuerpo masculino de forma general. No me giro cuando pasa un hombre por la calle. No fantaseo con caras, con torsos, con los detalles que normalmente definen la atracción física. Pero las pollas me fascinan. El peso, la textura, la temperatura de la piel, la forma en que se ponen duras en mi mano, cómo laten cuando las tengo en la boca, cómo el glande se hincha y brilla cuando paso la lengua por debajo. Desde los veinte años lo sé. Durante mucho tiempo no supe cómo llamarlo. Ahora ya no me importa el nombre.

Las chicas trans son algo aparte en esta ecuación, y lo digo porque es relevante para entender el resto. Con ellas se juntan las dos cosas: el deseo hacia la persona completa y lo que me produce su cuerpo. Para mí representan una combinación que ninguna otra categoría logra, esa mezcla de tetas suaves y polla dura entre las piernas que me pone enfermo. En un mundo más honesto, probablemente ahí estaría mi vida sentimental. A veces pienso que si hubiera conocido antes a una mujer trans con quien hubiera tenido algo serio, todo habría tomado un rumbo completamente diferente. Pero ese es un pensamiento que no lleva a ningún lado útil.

En este mundo me llegó Sofía.

La conocí en una boda a la que los dos fuimos por compromiso. Ella estaba apoyada en la misma pared que yo, mirando el primer vals de los novios con una expresión entre resignada y divertida. Le hice un comentario sobre el discurso interminable del padre del novio y soltó una carcajada que no esperaba. Pasamos el resto de la noche ignorando la fiesta, bebiendo de más y hablando de todo lo demás. Tres semanas después éramos pareja. Así de poco planeado.

Con Sofía el sexo es bueno. No voy a mentir sobre eso para justificar lo que hago. Le como el coño casi todos los días y follamos cuatro o cinco veces por semana. Me gusta cómo huele entre las piernas, cómo se moja en cuanto le paso la lengua por encima del clítoris, cómo me agarra del pelo cuando le meto la lengua hasta donde puedo. Le encanta que se la chupe lento, separándole los labios con los dedos, lamiéndola de abajo arriba hasta que empieza a temblar y me suplica que la folle. Entonces me pongo encima, le meto la polla de un empujón y la noto cerrarse alrededor mía, caliente, apretada, todavía pulsando del primer orgasmo. Le encanta que me corra dentro y casi siempre lo hago, sintiendo cómo me aprieta con los músculos del coño hasta vaciarme entero. Hay algo real y concreto en nuestra intimidad: confianza, ternura, ganas genuinas. Pero hay también un hueco, un tipo de hambre específica que con ella no se llena, no por falta de deseo sino porque no es lo que me falta. No sé si eso tiene remedio o simplemente es lo que hay.

Antes de conocer a Sofía ya tenía encuentros regulares con dos hombres.

Uno es Marcos. Cuarenta y seis años, trabaja en el sector de la construcción, casado y con tres hijos. Nos conocimos hace dos años en el gimnasio, de esa manera lenta y no del todo consciente en que se inician estas cosas. Una mirada que duró un segundo de más en el pasillo de los vestuarios. Un silencio cargado mientras los dos fingíamos mirar nuestros teléfonos. Otra mirada, esta vez bajando a la entrepierna del otro mientras nos cambiábamos, y la certeza de que el bulto que se le marcaba en los calzoncillos no era casualidad. Un número intercambiado sin que ninguno dijera exactamente para qué.

Dos semanas después quedamos a tomar algo en un bar cerca de su trabajo. Duramos veinte minutos con la cerveza delante. Luego nos fuimos a su coche, aparcado en un lateral oscuro, y en media hora los dos sabíamos exactamente qué éramos el uno para el otro. En cuanto cerró las puertas yo ya tenía la mano sobre su muslo, subiendo, hasta encontrarle la polla dura debajo del pantalón. Le bajé la cremallera sin decir nada, le saqué la verga gruesa de calzoncillo y la tenía en la boca antes de que él pudiera reaccionar. Marcos soltó un gemido grave, se reclinó en el asiento y me puso la mano en la nuca. Yo me la tragué entera, hasta sentir que me tocaba la garganta, y empecé a chupársela con todo, subiendo y bajando, dejando que la saliva resbalara por el tronco, lamiéndole los huevos cuando me daba el aire. Cuando se corrió me agarró del pelo y me empujó la cabeza abajo. Tragué todo. Me limpié la comisura con el dorso de la mano y nos despedimos sin apenas hablar.

Nos vemos tres o cuatro veces al mes, siempre entre semana, siempre en sitios donde nadie nos conoce. Un hotel de carretera, su coche en algún polígono industrial, un parking de centro comercial suficientemente lejos de nuestros barrios. Su mujer solo quiere sexo convencional, según me ha contado, y él necesita algo más que no puede tener en casa. No lo juzgo. Estoy en la misma situación exacta pero al revés. Yo se la chupo y él me folla. Y me folla de verdad. Marcos tiene la polla gruesa, no especialmente larga, pero ancha de una manera que te abre y te deja sintiéndola durante días. En el hotel de carretera me pone a cuatro patas sobre la cama, me unta el culo con saliva y lubricante, mete dos dedos hasta que noto cómo me relajo, y luego me clava la polla de un empujón firme que me arranca un quejido contra la almohada. Me folla agarrándome de las caderas, sin prisa al principio, dejando que su pelvis me golpee el culo con un ritmo seco y constante. Cuando se acelera me agarra del pelo, tira hacia atrás y me obliga a arquear la espalda mientras me embiste cada vez más fuerte. La última vez me la sacó justo antes de correrse, me dio la vuelta de un movimiento y se vino sobre mi cara, el semen caliente cayéndome en la frente, en los labios, en la barbilla. Yo abrí la boca y le chupé la cabeza para sacarle las últimas gotas. Sin romanticismo, sin promesas, sin conversaciones largas después. Eso es todo y eso es suficiente para los dos.

Cuando salgo de esos encuentros la sensación es de alivio, como quien abre una válvula que lleva demasiado tiempo cerrada. No hay necesidad de hablar, no hay ternura después. Nos despedimos con un gesto y cada uno vuelve a su vida. También eso forma parte de lo que necesito.

El otro es Diego.

Diego tiene veintiséis años y es abiertamente bisexual. No esconde nada, no tiene doble vida, no le debe explicaciones a nadie sobre con quién se acuesta ni en qué orden. Come coño por la mañana y le mama la verga a un tío por la tarde con la misma naturalidad con la que otros cambian de canal. La primera vez que noté eso me resultó incómodo. Con el tiempo entendí que lo que sentía no era incomodidad sino envidia.

Nos vemos los miércoles, casi siempre. En su piso del centro, que huele a café y tiene las persianas siempre a medio bajar. Diego tiene la polla más grande que he visto en mi vida, larga y gruesa, con esa curva mínima hacia arriba que la hace todavía más obscena cuando está dura. Tiene una forma de tomarte la nuca con la mano que hace que todo lo que hay fuera de esa habitación desaparezca por completo.

En cuanto entro en su piso ya sé cómo va a empezar. Me besa contra la puerta, me mete la lengua en la boca, me agarra la polla por encima del pantalón y la aprieta hasta que se me escapa un gemido. Luego me empuja hacia abajo. Yo me arrodillo sin que tenga que pedírmelo. Le abro el botón del vaquero, le bajo la cremallera, le saco esa verga enorme del calzoncillo y se me hace la boca agua de solo verla, gruesa, recta, con esa vena marcada que recorre todo el tronco. Cuando me la meto en la boca no pienso en nada. El mundo entero se reduce a eso: el peso en la lengua, el calor, la presión, el ritmo que él marca con los dedos en mi cabello. No hay ruido mental, no hay culpa. Solo ese punto de concentración absoluta que no encuentro en ningún otro sitio.

Me la trago lo más adentro que puedo, sintiendo cómo me golpea el fondo de la garganta, atragantándome y volviendo a tragar saliva para seguir. Diego me sujeta la cabeza y me guía, a veces lento, dejando que le pase la lengua por el frenillo y le chupe los huevos uno por uno, a veces con una impaciencia que me enciende, follándome la boca con embestidas que me hacen lagrimear. Yo le respondo con ganas, con saliva resbalando por la comisura y cayéndome al pecho, con la mandíbula tensa y la nariz pegada a su pelvis, oliendo ese sudor de macho que me pone cachondo de una manera que no sé explicar. Cuando gime ese sonido me golpea directo en la polla. Sus dedos se clavan en mi pelo, me empuja más abajo, me retiene ahí unos segundos hasta que me lloran los ojos, y cuando me deja respirar le miro desde abajo con la boca abierta y la lengua fuera y él me escupe en la cara y se ríe con esa sonrisa torcida que me hace querer ser su puta.

Con Sofía nunca me pasa esto.

No es que no la desee. Es que el sexo con ella existe en otro registro. Es íntimo, es placentero, hay algo genuino en ello. Pero no me borra el pensamiento. Con Diego a veces me corro sin tocarme, solo con él dentro de mí, y ese tipo de orgasmo no tiene nada que ver con lo demás que conozco. Es más físico, más hondo, como si activara algo que normalmente permanece apagado. Notar cómo se tensa cuando termina, sentir ese calor en la garganta, esa primera lefa espesa que me golpea el paladar y me hace tragar entre arcadas, es algo que me pone a mil de una manera que no puedo comparar con nada más.

A veces me pone boca arriba en el colchón, me dobla las piernas hasta los hombros y se queda mirándome el culo como si fuera el plato de su cena. Me escupe encima, frota la saliva con dos dedos, y me los mete despacio, primero uno, luego dos, abriendo, preparándome. Cuando ve que ya estoy listo me coloca la polla en la entrada y me la mete despacio al principio, solo la cabeza, empujando hasta que siento cómo me estira, cómo me rellena hasta hacer que se me corten los gemidos en el pecho y me obligue a respirar hondo por la nariz. Luego empuja un poco más, y un poco más, hasta que la tiene toda dentro y mis huevos se estrellan contra los suyos cada vez que se mueve. Me folla con una precisión que me desarma, sujetándome por la cadera, levantándome el culo, escupiéndome en la cara, dándome bofetadas suaves en la mejilla mientras me llama suya. Cambia el ritmo hasta que me deja temblando, gimiendo como si nunca me hubiera follado nadie antes, suplicándole que no pare. Cuando me agarra la polla y empieza a pajearme al mismo tiempo que me embiste, me corro entre espasmos, manchándome el pecho y la barriga, sintiendo cómo todo el cuerpo se me contrae alrededor de él. Diego acelera, me agarra del cuello, y se vacía dentro entre gruñidos guturales que me llegan al hueso. Cuando termina, se queda un segundo quieto, respirando fuerte, con la polla todavía dura clavada hasta el fondo, y ese silencio después del empujón final es casi tan intenso como la corrida. Cuando me la saca, despacio, siento cómo el semen empieza a escurrirme por la raja del culo, y él me mira con esa sonrisa de cabrón satisfecho que me hace querer pedirle más.

La última vez que quedé con Diego fue hace cuatro días. Sofía creía que tenía una cena de trabajo que se había alargado.

Esa tarde estuve dos horas en su piso. Me la chupó él primero, arrodillado entre mis piernas en su sofá, mirándome a los ojos mientras se metía mi polla en la boca hasta el fondo. Luego me follé yo a él un rato, con él a cuatro patas en la alfombra, agarrándole de las caderas mientras le metía la polla hasta los huevos y le sentía gemir contra el suelo. Y al final me folló él a mí en su cama, contra la pared, con las piernas alrededor de su cintura, durante lo que me pareció una eternidad. Me corrí dos veces. Él una. Cuando terminé estaba destrozado, con el culo ardiendo, los labios hinchados de tanto chupar y una mancha de semen secándose en el muslo que él me había escupido encima cuando se corrió en mi boca y no me dio tiempo a tragarlo todo.

Me fui de su piso a las once de la noche con la ropa arrugada y ese cansancio específico que deja el sexo cuando trabaja el cuerpo de verdad. En el metro, de pie, con gente a mi alrededor mirando sus teléfonos, pensé en Sofía esperándome en casa. Me sentí mal. No destrozado, no en espiral, pero sí con esa incomodidad concreta de quien sabe que ha hecho algo que no debería haber hecho. Cuando llegué, ella me abrazó en la puerta sin sospechar nada, y yo le devolví el abrazo sintiendo todavía la lefa de Diego dentro del cuerpo.

Lo que pasa es que tampoco sé si puedo parar.

***

Antes de que Sofía y yo fuéramos pareja oficial, le dije que mi vida sexual hasta ese momento había sido «complicada». No entré en detalles porque no sé cómo contarlos sin que suenen a excusa. Ella asintió sin preguntar más. Yo asumí que había entendido algo. Probablemente no había entendido nada.

Sofía quiere una relación convencional. Sin terceras personas, sin prácticas que se salgan de lo habitual. No porque sea cerrada de mente, sino porque es lo que necesita para sentirse segura. Y eso es completamente válido. El problema es que yo necesito cosas que no entran en esa definición, y no puedo dejar de necesitarlas por mucho que lo intente.

Lo intenté. La primera semana después de hacernos pareja no vi a ninguno de los dos. La segunda semana tampoco. Me masturbaba en el baño pensando en la polla de Diego, en el sabor del semen de Marcos, viéndome en el espejo con vergüenza y corriéndome de todas formas en la mano con un gemido que tenía que ahogar para que Sofía no me oyera desde el salón. El decimotercer día le escribí a Diego. No lo planeé conscientemente. Lo hice y punto. Esa misma tarde estaba arrodillado en su cocina con la polla de él en la boca, tragándomela como si llevara semanas en ayunas. Y la verdad es que llevaba semanas en ayunas.

Si le digo la verdad a Sofía, la pierdo. Y aunque lo correcto sería probablemente eso, hay una parte de mí que no quiere soltar lo que tenemos. Me gusta desayunar con ella los sábados. Me gusta cómo ordena sus ilustraciones en la mesa, en pilas por proyectos que nunca termina. Me gusta la vida que estamos intentando construir juntos, aunque tenga grietas que solo veo yo.

Si dejo a Marcos y a Diego, sé exactamente lo que pasa: aguanto un tiempo y vuelvo a buscar. No es una conjetura. Es un patrón que ya conozco de sobra.

He leído sobre esto. Sobre la diferencia entre atracción sexual y atracción romántica, sobre la bisexualidad fragmentada, sobre hombres que se identifican como heterosexuales y tienen sexo con hombres de manera regular. Ninguna categoría me calza perfectamente. Me quedé con lo que mejor describe lo que experimento: me gustan las mujeres, me gustan las chicas trans, y me gustan las pollas. Las tres cosas al mismo tiempo, sin que ninguna cancele a la otra.

***

Hay noches en que Sofía duerme pegada a mí y yo me quedo despierto mirando el techo. No pienso en Diego ni en Marcos específicamente. Pienso en lo que dice de mí el hecho de que pueda querer a alguien y mentirle al mismo tiempo. A veces, mientras ella respira hondo contra mi cuello, se me empalma sin querer al recordar la polla de Diego abriéndome el culo o el semen de Marcos cayéndome en la cara, y tengo que quedarme muy quieto para que ella no lo note. ¿Soy mala persona? Probablemente. ¿Lo haría diferente si pudiera volver atrás? Honestamente, no lo sé.

Sofía merece a alguien que no le esconda nada. Marcos y Diego merecen poder vivir sin construir mentiras encima de mentiras. Yo merezco poder ser quien soy sin dividirlo en compartimentos separados que no se tocan entre sí.

Pero de momento no sé cómo hacer que eso ocurra sin que algo se rompa en el proceso.

Así que sigo. Miércoles con Diego, su polla en mi boca, en mi culo, su lefa por dentro y por fuera. Tres o cuatro veces al mes con Marcos, su verga gruesa abriéndome a cuatro patas en un hotel de carretera. Cuatro o cinco veces por semana con Sofía, comiéndole el coño, follándola despacio, corriéndome dentro de ella mientras pienso en otra cosa que no debería estar pensando. Y esa nota disonante de fondo que no termina de resolverse, que está ahí cuando me levanto y cuando me acuesto y en todos los momentos del medio.

Escribí esto para ver si ordenarlo en palabras ayudaba a entenderlo mejor.

No ha ayudado.

Pero al menos ya no está solo en mi cabeza.

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Comentarios(8)

andres29

increible, no puede terminar asi!!!

NocheEnBlanco

Por favor seguí, quede con ganas de saber como termina todo. Muy bueno

Tomas_cba

Me recordó a una situacion que viví hace años... esas cosas siempre terminan igual, de una manera o de la otra

Marcos_Bs

Y como termina todo esto? hay segunda parte? me dejaste con la intriga jaja

PensamientoRoto

Lo de llegar oliendo a otro es un detalle que te parte el alma. Muy bien narrado, se siente autentico

zodape

sigue asi, excelente!!

marianela22

Las confesiones enganchan porque uno nunca sabe si es verdad o no jaja. Este especialmente

Patricia_86

Tremendo relato, me tuvo pegada hasta el final. Esperando el proximo

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