Lo que mi novia no sabe sobre mis deseos
Escribo esto porque necesito contárselo a alguien, aunque sea a una pantalla en blanco a las dos de la madrugada.
Tengo pareja desde hace tres meses. Se llama Sofía, tiene veintiocho años, trabaja como ilustradora y tiene esa manera de reírse que hace que todo lo demás parezca menos importante. La quiero, o al menos creo que la quiero. No siempre sé distinguir entre el amor y la costumbre, entre el deseo genuino y la comodidad de tener a alguien cerca que te conoce.
Lo que sí sé con certeza es que no quiero hacerle daño.
Y también sé que la estoy engañando.
No con otra mujer. Con hombres.
Lo digo directo porque es la única manera que conozco de decirlo. No me atrae el cuerpo masculino de forma general. No me giro cuando pasa un hombre por la calle. No fantaseo con caras, con torsos, con los detalles que normalmente definen la atracción física. Pero los penes me fascinan. El peso, la textura, la temperatura de la piel, la forma en que responden al tacto y al calor de una boca. Desde los veinte años lo sé. Durante mucho tiempo no supe cómo llamarlo. Ahora ya no me importa el nombre.
Las chicas trans son algo aparte en esta ecuación, y lo digo porque es relevante para entender el resto. Con ellas se juntan las dos cosas: el deseo hacia la persona completa y lo que me produce su cuerpo. Para mí representan una combinación que ninguna otra categoría logra. En un mundo más honesto, probablemente ahí estaría mi vida sentimental. A veces pienso que si hubiera conocido antes a una mujer trans con quien hubiera tenido algo serio, todo habría tomado un rumbo completamente diferente. Pero ese es un pensamiento que no lleva a ningún lado útil.
En este mundo me llegó Sofía.
La conocí en una boda a la que los dos fuimos por compromiso. Ella estaba apoyada en la misma pared que yo, mirando el primer vals de los novios con una expresión entre resignada y divertida. Le hice un comentario sobre el discurso interminable del padre del novio y soltó una carcajada que no esperaba. Pasamos el resto de la noche ignorando la fiesta, bebiendo de más y hablando de todo lo demás. Tres semanas después éramos pareja. Así de poco planeado.
Con Sofía el sexo es bueno. No voy a mentir sobre eso para justificar lo que hago. La como casi todos los días y follamos cuatro o cinco veces por semana. Ella disfruta, yo también disfruto. Hay algo real y concreto en nuestra intimidad: confianza, ternura, ganas genuinas. Pero hay también un hueco, un tipo de hambre específica que con ella no se llena, no por falta de deseo sino porque no es lo que me falta. No sé si eso tiene remedio o simplemente es lo que hay.
Antes de conocer a Sofía ya tenía encuentros regulares con dos hombres.
Uno es Marcos. Cuarenta y seis años, trabaja en el sector de la construcción, casado y con tres hijos. Nos conocimos hace dos años en el gimnasio, de esa manera lenta y no del todo consciente en que se inician estas cosas. Una mirada que duró un segundo de más en el pasillo de los vestuarios. Un silencio cargado mientras los dos fingíamos mirar nuestros teléfonos. Un número intercambiado sin que ninguno dijera exactamente para qué.
Dos semanas después quedamos a tomar algo en un bar cerca de su trabajo. Duramos veinte minutos con la cerveza delante. Luego nos fuimos a su coche, aparcado en un lateral oscuro, y en media hora los dos sabíamos exactamente qué éramos el uno para el otro.
Nos vemos tres o cuatro veces al mes, siempre entre semana, siempre en sitios donde nadie nos conoce. Un hotel de carretera, su coche en algún polígono industrial, un parking de centro comercial suficientemente lejos de nuestros barrios. Su mujer solo quiere sexo convencional, según me ha contado, y él necesita algo más que no puede tener en casa. No lo juzgo. Estoy en la misma situación exacta pero al revés. Yo le chupo y él me folla. Sin romanticismo, sin promesas, sin conversaciones largas después. Eso es todo y eso es suficiente para los dos.
Cuando salgo de esos encuentros la sensación es de alivio, como quien abre una válvula que lleva demasiado tiempo cerrada. No hay necesidad de hablar, no hay ternura después. Nos despedimos con un gesto y cada uno vuelve a su vida. También eso forma parte de lo que necesito.
El otro es Diego.
Diego tiene veintiséis años y es abiertamente bisexual. No esconde nada, no tiene doble vida, no le debe explicaciones a nadie sobre con quién se acuesta ni en qué orden. Come coño por la mañana y le dan una mamada por la tarde con la misma naturalidad con la que otros cambian de canal. La primera vez que noté eso me resultó incómodo. Con el tiempo entendí que lo que sentía no era incomodidad sino envidia.
Nos vemos los miércoles, casi siempre. En su piso del centro, que huele a café y tiene las persianas siempre a medio bajar. Diego tiene la polla más grande que he visto en mi vida y una forma de tomarte la nuca con la mano que hace que todo lo que hay fuera de esa habitación desaparezca por completo.
Cuando me la meto en la boca no pienso en nada. El mundo entero se reduce a eso: el peso en la lengua, el calor, la presión, el ritmo que él marca con los dedos en mi cabello. No hay ruido mental, no hay culpa. Solo ese punto de concentración absoluta que no encuentro en ningún otro sitio.
Con Sofía nunca me pasa esto.
No es que no la desee. Es que el sexo con ella existe en otro registro. Es íntimo, es placentero, hay algo genuino en ello. Pero no me borra el pensamiento. Con Diego a veces me corro sin tocarme, solo con él dentro de mí, y ese tipo de orgasmo no tiene nada que ver con lo demás que conozco. Es más físico, más hondo, como si activara algo que normalmente permanece apagado. Notar cómo se tensa cuando termina, sentir ese calor en la garganta, es algo que me pone a mil de una manera que no puedo comparar con nada más.
La última vez que quedé con Diego fue hace cuatro días. Sofía creía que tenía una cena de trabajo que se había alargado.
Me fui de su piso a las once de la noche con la ropa arrugada y ese cansancio específico que deja el sexo cuando trabaja el cuerpo de verdad. En el metro, de pie, con gente a mi alrededor mirando sus teléfonos, pensé en Sofía esperándome en casa. Me sentí mal. No destrozado, no en espiral, pero sí con esa incomodidad concreta de quien sabe que ha hecho algo que no debería haber hecho.
Lo que pasa es que tampoco sé si puedo parar.
***
Antes de que Sofía y yo fuéramos pareja oficial, le dije que mi vida sexual hasta ese momento había sido «complicada». No entré en detalles porque no sé cómo contarlos sin que suenen a excusa. Ella asintió sin preguntar más. Yo asumí que había entendido algo. Probablemente no había entendido nada.
Sofía quiere una relación convencional. Sin terceras personas, sin prácticas que se salgan de lo habitual. No porque sea cerrada de mente, sino porque es lo que necesita para sentirse segura. Y eso es completamente válido. El problema es que yo necesito cosas que no entran en esa definición, y no puedo dejar de necesitarlas por mucho que lo intente.
Lo intenté. La primera semana después de hacernos pareja no vi a ninguno de los dos. La segunda semana tampoco. El decimotercer día le escribí a Diego. No lo planeé conscientemente. Lo hice y punto.
Si le digo la verdad a Sofía, la pierdo. Y aunque lo correcto sería probablemente eso, hay una parte de mí que no quiere soltar lo que tenemos. Me gusta desayunar con ella los sábados. Me gusta cómo ordena sus ilustraciones en la mesa, en pilas por proyectos que nunca termina. Me gusta la vida que estamos intentando construir juntos, aunque tenga grietas que solo veo yo.
Si dejo a Marcos y a Diego, sé exactamente lo que pasa: aguanto un tiempo y vuelvo a buscar. No es una conjetura. Es un patrón que ya conozco de sobra.
He leído sobre esto. Sobre la diferencia entre atracción sexual y atracción romántica, sobre la bisexualidad fragmentada, sobre hombres que se identifican como heterosexuales y tienen sexo con hombres de manera regular. Ninguna categoría me calza perfectamente. Me quedé con lo que mejor describe lo que experimento: me gustan las mujeres, me gustan las chicas trans, y me gustan los penes. Las tres cosas al mismo tiempo, sin que ninguna cancele a la otra.
***
Hay noches en que Sofía duerme pegada a mí y yo me quedo despierto mirando el techo. No pienso en Diego ni en Marcos específicamente. Pienso en lo que dice de mí el hecho de que pueda querer a alguien y mentirle al mismo tiempo. ¿Soy mala persona? Probablemente. ¿Lo haría diferente si pudiera volver atrás? Honestamente, no lo sé.
Sofía merece a alguien que no le esconda nada. Marcos y Diego merecen poder vivir sin construir mentiras encima de mentiras. Yo merezco poder ser quien soy sin dividirlo en compartimentos separados que no se tocan entre sí.
Pero de momento no sé cómo hacer que eso ocurra sin que algo se rompa en el proceso.
Así que sigo. Miércoles con Diego. Tres o cuatro veces al mes con Marcos. Cuatro o cinco veces por semana con Sofía. Y esa nota disonante de fondo que no termina de resolverse, que está ahí cuando me levanto y cuando me acuesto y en todos los momentos del medio.
Escribí esto para ver si ordenarlo en palabras ayudaba a entenderlo mejor.
No ha ayudado.
Pero al menos ya no está solo en mi cabeza.