No esperaba acabar de rodillas detrás de las gradas
Practico básquet desde los diecisiete años. Nada serio, nada profesional. Es solo que cuando el trabajo me come la cabeza y el departamento se vuelve demasiado pequeño, agarro el balón y camino cuatro cuadras hasta la cancha del parque Rivero. Media hora rebotando tiros y vuelvo diferente. Más tranquilo, o al menos lo suficiente para poder dormir.
Por eso no fue ninguna rareza que la noche del jueves terminara ahí después de las once. Lo raro era lo que me había llevado a salir tan tarde.
Dos noches antes había tenido un sueño. En él estaba tirando al aro solo cuando llegaba un hombre al que no le veía bien la cara. Jugábamos un rato en silencio. Después, sin que mediara ninguna palabra, él se acercaba hasta pegarme el cuerpo por la espalda. Su mano encontraba mi cadera. Yo dejaba caer el balón. Lo que seguía era tan claro y tan físico que me desperté con la respiración acelerada y con el cuerpo todavía creyendo que estaba ocurriendo.
Me quedé mirando el techo un buen rato. Tenía el pecho húmedo de sudor y una sensación en el bajo vientre que no conseguía ignorar. Ese hombre sin cara había sido grande, de espaldas anchas, con manos que sabían exactamente dónde apoyarse. No era el tipo de sueño que se borra con el café de la mañana.
Estuve dos días con eso. Con la imagen dando vueltas, con el cuerpo que pedía algo concreto y que el trabajo y la rutina no alcanzaban a tapar. El tercer día agarré el balón, metí una botella de agua en la mochila y salí.
En el parque ya no quedaba casi nadie. Algunos rezagados terminando sus vueltas de trote, una pareja paseando un perro por el sendero iluminado. La cancha estaba vacía. Me puse a tirar solo durante un rato, dejando que el ritmo del rebote y el sonido de la suela sobre el cemento me vaciaran la cabeza. No lo lograron del todo.
Cuando llegó Héctor, lo reconocí de vista. Lo había visto antes por ahí, en distintas noches, siempre con ropa deportiva y el pelo canoso apretado hacia atrás. Cincuentón largo, espalda ancha, manos grandes. El tipo que a esa edad todavía tiene la forma de alguien que levantó cosas pesadas toda la vida. Caminó hasta el borde de la cancha sin apuro y se quedó parado, mirando el aro.
—¿Te molesta si tiro un rato? —preguntó.
—Para nada —dije.
Estuvimos en silencio un buen momento, tirando cada uno por su lado. Después empezamos a conversar sin que ninguno lo decidiera del todo. Me dijo que tenía insomnio desde hacía meses, que salía a caminar cuando no podía dormir y que a veces terminaba en la cancha porque el movimiento le ayudaba más que quedarse mirando el techo. Vivía a dos cuadras. Trabajaba en turno mañana y se levantaba a las seis, así que la situación no tenía ninguna lógica práctica.
—¿Jugamos un uno a uno? —propuso.
Era tarde y no había nadie mirando. Dije que sí.
***
El básquet de contacto tiene algo particular. El cuerpo del otro aparece de repente y desaparece igual. Un codo en el pecho, una mano en la cadera para bloquear, el hombro pegado al hombro cuando los dos van al rebote al mismo tiempo. En condiciones normales eso no significa nada. Pero esa noche yo llevaba dos días con un sueño metido en la cabeza y Héctor era exactamente el tipo de hombre que había estado imaginando.
Empecé a notar cuando él tardaba un poco más de lo necesario en soltar cuando me marcaba por detrás. Cuando su mano en mi espalda era menos defensa y más contacto deliberado. Cuando al pasar junto a mí rozaba el costado de mi cuerpo con el suyo de una manera que no tenía nada de accidental. Yo tampoco me aparté. Empecé a moverme hacia él en lugar de alejarlo.
El balón rodó fuera de la cancha y ninguno de los dos fue a buscarlo.
Nos quedamos parados, cerca. La única luz llegaba desde el sendero del parque, a unos veinte metros. Héctor me miraba con una expresión tranquila, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El sudor le brillaba en la frente. Respiraba pausado.
—¿Querés que te siga contando del insomnio o ya quedó claro para qué vine? —dijo.
No respondí con palabras. Me acerqué hasta quedar a un palmo de él y levanté la cara. Sus ojos bajaron a mi boca, después a mi pecho, y volvió a mirarme a los ojos como si estuviera decidiendo algo que ya había decidido. Le apoyé una mano en el abdomen, noté la dureza debajo de la remera empapada y sentí su respiración cambiar apenas.
—¿Querés que te la chupe? —le pregunté, sin rodeos.
Su sonrisa fue mínima, pero la entendí enseguida.
—Sí —dijo—. Quiero que me la chupes.
***
Detrás de la gradería de cemento había un espacio estrecho entre la estructura y el cerco perimetral. Pasto largo, algunas piedras, el suelo irregular. No era el lugar más cómodo del mundo pero quedaba fuera del ángulo de las pocas luces del parque y nadie pasaba por ahí. Nos metimos juntos.
Lo besé primero, con hambre. Héctor me respondió de inmediato, abriéndome la boca con la suya, metiendo la lengua despacio y luego más hondo, como si quisiese probarme antes de tocarme en serio. Tenía gusto a transpiración, a metal, a noche. Su mano fue a mi nuca y la sostuvo un segundo; la otra me apretó la cintura. Me corrí apenas contra él, sintiendo el bulto duro contra mi muslo, y eso hizo que soltara un gruñido bajo, casi animal.
Le bajé el short hasta los muslos y me arrodillé sin pensarlo demasiado. Lo que encontré era grueso y todavía medio dormido, con la cabeza ancha y oscura. Le pasé el pulgar por el borde del glande y lo sentí endurecer entre mis dedos. Lo toqué desde la base hasta el extremo con la palma entera, primero lento, después con más presión, y vi cómo se le marcaban los tendones del cuello cuando soltó el aire.
—Mirá qué lindo la tenés —murmuré, mirándolo desde abajo.
Él soltó una risa breve, ronca.
—No me hagas hablar mucho.
Empecé despacio. Primero solo con la lengua, recorriendo el borde de la cabeza, presionando justo debajo donde la piel es más fina. Le di una lamida larga por debajo, desde la base hasta casi la punta, y después envolví el tronco con la boca. Héctor apoyó una mano en mi cabeza, pesada pero controlada, sin apretar de más, y con la otra se agarró del borde de cemento para no perder el equilibrio.
Lo metí más adentro y le chupé con ritmo, dejando que mi lengua trabajara en la parte de abajo mientras mis labios apretaban fuerte. Escuché su respiración cambiar de golpe. No era un gemido todavía; era una serie de exhalaciones más cortas, como si el aire empezara a faltarle por debajo de la piel. Le chupé los huevos con cuidado, uno por uno, pasándolos por la lengua y llevándome el sabor salado de su piel. Después volví a subir y me entregué a la verga con ganas, tragándola hasta donde podía, soltando y volviendo a bajar.
—Despacio —dijo en voz baja. No como una queja. Como si quisiera que durara más.
Aflojé el ritmo un segundo y después empecé de nuevo, más hondo, más lento. Le pasé la mano por el muslo, firme, sintiendo cómo se tensaba cada vez que mi boca se cerraba a su alrededor. El peso de su mano en mi nuca aumentó apenas. Me estaba guiando, sí, pero con una paciencia que me encendía más que cualquier apuro. Yo iba y venía por su polla, lamiendo el costado, chuperreteando la punta, apretando con la lengua el frenillo hasta hacerlo estremecer.
—Así… eso… —murmuró, la voz ya rota.
Me gustó el sonido que le arrancaba. Me gustó sentir cómo se le endurecía más la polla en la boca, cómo el abdomen se le contraía cada vez que yo metía la lengua más profundo. Empecé a tocarme a mí mismo con la mano libre, por encima del pantalón, solo para aliviar la presión que me estaba abriendo entre las piernas. Héctor me vio y soltó una respiración temblorosa, como si el gesto lo terminara de empujar al borde.
—Quiero cogerte —dijo, con la voz más ronca que al principio.
—No tengo condón —respondí, sacándolo de la boca un momento.
—Yo tampoco.
—Entonces no.
Hubo un silencio de dos segundos. Héctor asintió. No protestó, no insistió. Le dije que podía venirse en mi boca si quería y volvió a asentir con esa misma calma de antes.
Le agarré la verga con una mano y seguí chupando desde la punta, despacio al principio, después más rápido. La otra mano le apretó la base con firmeza. Él volvió a poner la mano en mi cabeza, esta vez con más presión, guiándome. Su respiración se fue haciendo más corta y más ruidosa. Los músculos de los muslos se le marcaron debajo del short caído. Yo seguí, tragándomelo entero una vez más, sintiendo cómo me llenaba la boca de calor y de saliva, cómo el sonido húmedo de mi boca sobre su verga se mezclaba con el del parque vacío y el zumbido lejano de una luz.
—No pares —dijo, ya casi sin voz.
Lo apreté más fuerte con los labios y llevé la mano a sus huevos, masajeándolos con dos dedos mientras la lengua le rozaba la punta una y otra vez. La tensión le subió al cuerpo de golpe. Avisó antes de llegar, con un gruñido grave al fondo de la garganta, y entonces se le aflojaron las piernas. Me sostuvo la cabeza con firmeza, sin dolor, y yo seguí hasta que empezó a venirse.
La corrida fue abundante y caliente. Sentí el primer golpe de semen en el fondo de la boca y no me aparté. Me quedé quieto y lo dejé terminar por completo, tragando apenas lo suficiente para no ahogarme, guardando el resto un momento, sintiendo el sabor espeso y salado extendiéndose en la lengua. Héctor respiraba fuerte, la cabeza echada un poco hacia atrás, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una carrera.
Le pasé la lengua por la punta para sacar el resto y me lo miró hacer con los ojos entrecerrados. Después tragué despacio, sin apartar la vista, y él soltó un sonido bajo, satisfecho, casi incrédulo.
—Carajo —dijo, muy despacio, como si la palabra le costara.
Me levanté del suelo con las rodillas un poco rígidas. Él se acomodó el short y se pasó una mano por el pelo canoso, respirando todavía agitado. En ese momento escuchamos pasos firmes y el haz de una linterna barriendo desde el sendero. El vigilante nocturno haciendo su ronda, con esa puntualidad que tienen los vigilantes de parque a las horas en que nadie los espera. Nos movimos sin hablar, saliendo del espacio entre la gradería y el cerco, caminando por separado hacia la salida principal.
***
En el estacionamiento, debajo de una farola, nos detuvimos. Héctor buscó el teléfono en el bolsillo del short y me lo extendió sin decir nada. Cargué mi número. Él me mandó un mensaje de texto en ese momento para que yo tuviera el suyo guardado.
Hablamos cinco minutos más. Supe que estaba divorciado hacía cuatro años, que tenía dos hijos ya grandes y que vivía solo desde que la última relación se había terminado unos meses atrás. Trabajaba en una empresa de logística, turno mañana, se levantaba a las seis. Me dijo que no le gustaba complicarse la vida pero que había noches en que el cuerpo pedía cosas que una cama vacía no daba y que para eso prefería ser honesto antes que hacer cualquier otra cosa.
Lo entendí perfectamente.
Nos despedimos con un apretón de manos que era raro después de lo que había pasado detrás de las gradas, pero los dos lo hicimos igual, con naturalidad. Después caminamos en direcciones opuestas.
Llegué a casa antes de la una. Me duché, me tomé un vaso de agua fría y me acosté. El sueño que me había traído hasta ahí ya no pesaba igual que los días anteriores. No había desaparecido del todo, seguía siendo una imagen vaga de espaldas anchas y manos que saben dónde apoyarse, pero estaba más tranquilo. Como una deuda que no está saldada del todo pero al menos reconocida.
Antes de apagar la luz miré el número nuevo guardado en el teléfono. El nombre que le puse fue solo «Héctor». Sin apellido, sin nota, sin nada que explicara el contexto a quien viera la pantalla.
No sé si va a escribir. No sé si yo voy a escribir primero. Pero el hecho de que el número esté ahí, y de que ninguno de los dos lo borrara en el camino a casa, dice algo.
Ya veremos qué dice.