El teatro, él y mi primera vez
Lo encontré en una app de citas una tarde de martes sin nada especial. Su foto mostraba a un hombre de espaldas frente al mar, y algo en ese detalle me pareció diferente al resto de los perfiles. Le di like sin pensarlo demasiado. Cuando me escribió, su primer mensaje fue una pregunta sobre un libro que yo tenía en mi perfil, no un simple «hola» ni un «buenas», sino algo concreto, algo que demostraba que había leído lo que puse. Eso ya me dijo bastante sobre cómo era él.
Se llamaba Damián. Cuarenta y dos años, casi el doble que yo, alto, de esos hombros que se notan incluso en una foto de frente. Tenía una barba espesa y bien cuidada, el cabello oscuro con algunas canas que le daban un aire de tipo que ha vivido. Vivía en Monterrey, a más de doce horas en autobús de mi ciudad. Eso debería haber sido un freno. No lo fue.
Hablamos durante meses. Primero por la app, después por WhatsApp. Las conversaciones arrancaban hablando de series, trabajo, libros, y terminaban siempre en otro sitio. Había algo muy fácil en hablar con él, esa forma suya de escuchar incluso a través de la pantalla, que hacía que uno se abriera sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. Nos escribíamos hasta las dos de la madrugada algunos días. Hubo después un silencio de casi tres meses en los que ninguno de los dos dio señales de vida, y cuando volvió a escribir fue con un «¿sigues por ahí?» que me llegó directo al pecho.
Me enteré de que Damián viajaba a mi ciudad por trámites de trabajo, pero los tiempos no cuadraban y no pudimos quedar. Yo tenía entradas para ver una obra de teatro el mes siguiente, una producción que llevaba tiempo esperando, y casi de broma le pregunté si le gustaba el teatro. Me dijo que mucho, que lo había estudiado un tiempo de joven. Le conté de la obra y de las fechas. Dijo que para entonces ya habría resuelto sus asuntos y que podríamos quedar después de la función. Lo dejamos así, sin demasiada solemnidad, como si fuera un plan cualquiera entre dos personas que se conocen de toda la vida.
El día del viaje salí temprano. Eran cinco horas en tren y llegué a mediodía. Me instalé en una pensión pequeña cerca del centro histórico, dejé la mochila, me duché y salí a caminar. Tenía esa energía nerviosa que no es exactamente ansiedad pero se le parece mucho: estómago apretado, atención exagerada a los detalles, la sensación persistente de que algo iba a pasar. O de que podía no pasar. Los dos escenarios me ponían igual de nervioso.
Unas horas después, a la entrada del teatro, dos estudiantes repartían invitaciones para la función de apertura, una obra distinta a la que yo había comprado. Me ofrecieron una entrada. La tomé y lo llamé sin pensarlo dos veces. Damián llegó veinte minutos después.
***
Bajaba por la escalinata principal del edificio cuando lo vi por primera vez en persona. Igual que en las fotos pero más real, más concreto. La barba bien recortada, una camisa azul marino arremangada hasta los codos, los zapatos oscuros limpios. Caminaba despacio, mirando la fachada del teatro como si la estuviera midiendo desde adentro. Tuve que respirar antes de levantar la mano para que me viera entre la gente que entraba.
Me vio. Sonrió.
Dios mío, pensé.
El saludo fue de esos que no son ni apretón de manos ni abrazo, sino algo en el medio que ninguno sabe muy bien cómo definir pero que ambos entienden igual. Entramos a la primera función. Yo no estaba del todo concentrado en el escenario. Estaba muy consciente del espacio entre su brazo y el mío, de cuánto ocupaba él en el asiento de al lado, de cuándo respiraba.
Después del intermedio nos quedamos para la segunda obra. Esta vez nos sentamos más juntos. Él me señalaba detalles de la puesta en escena en voz baja, comentarios de alguien que sabe lo que está mirando. En un momento se apoyó en el reposabrazos y su mano rozó la mía. Ninguno de los dos la movió.
Salimos pasadas las once. Caminamos hasta un bar con mesas en la acera y pedimos algo para picar y dos cervezas frías. Hablamos durante casi una hora de cosas que iban de lo trivial a lo personal sin que hubiera una frontera clara entre los dos. Era tan fácil estar con él en persona como lo había sido por mensajes, pero con algo más encima, una presencia física que hacía que cada silencio tuviera un peso diferente.
Cuando terminamos de cenar eran casi las doce. Salimos a caminar por el centro sin un rumbo fijo. Damián conocía la ciudad bien y me fue contando historias de cada edificio, cada calle, con esa forma de contar que hacía que cualquier cosa sonara interesante. Yo no tenía alojamiento confirmado para esa noche, algo que se me había ido por las ramas entre la emoción del viaje y los nervios de conocerlo. Se lo mencioné sin darle demasiada importancia, casi como si fuera un dato menor.
Él se quedó un momento callado.
—Si quieres, puedes quedarte en mi apartamento —dijo—. Tengo sitio de sobra.
Lo dijo con calma, sin subrayado, como si fuera la cosa más lógica del mundo. Yo por dentro no era para nada tan tranquilo. Acepté con la misma calma fingida y seguimos caminando como si nada hubiera cambiado, aunque los dos sabíamos que algo había cambiado.
El apartamento estaba en un octavo piso, con una ventana grande en el salón que daba a los tejados iluminados de la ciudad. Era un espacio ordenado, con pocos muebles pero buenos, libros en casi todas las superficies y una cocina pequeña que olía a café. Me ofreció ropa para estar cómodo y señaló el baño. Mientras yo me cambiaba, escuché el agua de la ducha al otro lado de la pared y tuve que hacer un esfuerzo consciente por respirar con normalidad. Pensaba en él desnudo del otro lado del muro, el agua bajándole por el pecho, por el vientre, por la polla, y tuve que apretar los dientes para no meter la mano dentro del pantalón ahí mismo.
Cuando salió del baño entró a la habitación con la toalla en la mano, el cabello húmedo y despeinado. Se cambió delante de mí sin ninguna ceremonia, como si la convivencia fuera algo viejo entre los dos. Le vi la espalda ancha, el culo firme, y de perfil, un segundo, la polla colgándole gruesa entre las piernas antes de que se pusiera los pantalones de dormir. Se puso una camiseta, se pasó los dedos por el pelo para secarlo un poco, y se metió a la cama sin decir nada.
Yo ya estaba ahí, apoyado en el cabecero, mirando el techo con la verga dura debajo del pantalón prestado.
Apagó la luz del techo pero dejó la de la mesita. Estuvimos un rato hablando en voz baja, esa conversación de la madrugada que siempre termina yendo a sitios adonde la conversación del día no va. En algún momento el tema dejó de importar.
Su mano llegó a mi brazo con suavidad, los dedos recorriéndome el antebrazo despacio, sin prisa, como si explorara algo nuevo. No fue un gesto accidental. Me giré hacia él. Nos miramos unos segundos en la penumbra. Y nos besamos.
No sé cuánto duró ese primer beso. Lo suficiente para que el resto del mundo desapareciera. Su lengua entró en mi boca caliente y hambrienta, y la mía respondió sin dudarlo, buscándolo, chupándosela despacio. Sus manos me sostenían la cara con una firmeza que no esperaba, y las mías encontraron su camisa sin que yo les diera instrucciones. Yo temblaba un poco y él lo notó.
—¿Estás bien? —preguntó con la boca todavía cerca de la mía.
—Sí —respondí—. Es que me gusta mucho lo que está pasando.
—Se te va a poner mejor —dijo bajito, y me mordió el labio inferior antes de volver a comerme la boca.
Me arrancó la camiseta de un tirón por la cabeza y se quedó mirándome unos segundos, el pecho subiéndome y bajándome rápido. Me pasó la palma abierta por el esternón, bajó por el vientre, y sin apartar los ojos de los míos metió la mano dentro del pantalón. Cerró los dedos alrededor de mi polla dura y me apretó despacio, midiéndome, con una sonrisa cabrona en la boca.
—La tienes durísima —murmuró—. Llevas toda la noche así, ¿verdad?
—Desde que te vi bajar la escalinata —confesé, y la voz me salió rota.
Se rió bajo y me bajó el pantalón de un tirón. Se agachó sobre mí y me tomó la verga con la boca sin previo aviso. La lengua caliente me envolvió toda, la barba me raspó la ingle, y sentí cómo se la tragaba hasta la base, hasta que la punta le tocaba el fondo de la garganta. Solté un gemido que no supe controlar. Damián chupaba con una calma obscena, subiendo y bajando la boca por mi polla con un ritmo constante, ese ritmo suyo de tipo que sabe que tiene toda la noche por delante. Me lamía los huevos, me los metía en la boca uno por uno, y volvía a la punta a chuparme el pre-semen que me salía sin parar. Le agarré la cabeza con las dos manos y él me dejó, mirándome desde abajo con los ojos oscuros mientras me la comía entera.
—Para —le dije jadeando—, para o me corro ya.
Se apartó con la boca brillante y una sonrisa lenta. Se sentó en el borde de la cama, se sacó la camiseta y los pantalones, y por fin lo vi entero: el pecho ancho cubierto de vello oscuro, el vientre firme, las piernas gruesas, y entre ellas una polla dura, gorda, curvada hacia arriba, con la punta ya mojada. Me quedé mirándosela sin disimular. Él lo notó.
—Ven aquí —dijo, y se la agarró por la base—. Chúpamela.
Me arrodillé en la cama entre sus piernas y me la metí en la boca. Me costó al principio, la tenía gorda y el sabor era fuerte, macho, un olor a hombre recién bañado que me puso la cabeza al revés. Le agarré los muslos con las dos manos y empecé a mamársela despacio, lamiéndosela por toda la longitud, chupándole la punta, tragándomela lo más adentro que podía. Él me tenía la nuca sujeta con una mano, sin forzarme, marcándome el ritmo, murmurándome cosas que me hacían apretar los muslos.
—Así, muy bien, con toda la lengua… mírame mientras me la chupas, quiero verte los ojos.
Levanté la vista sin sacármela de la boca. Él me miraba con los dientes apretados, respirando por la nariz, y me acarició la mejilla con el pulgar.
—Qué bien la mamas, cabrón —dijo, y esa palabra dicha con esa voz me hizo apretar el culo y gemir con la verga suya adentro.
Me apartó tirándome del pelo suave y me tumbó boca arriba. Se puso encima, entre mis piernas, con esa cadencia lenta de siempre. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndomelos hasta hacerme arquear la espalda, bajó por el vientre, me abrió las piernas de par en par y me levantó las rodillas hasta el pecho. Sin decirme nada me pasó la lengua por el culo. La primera lamida me hizo soltar un grito que no vi venir. La segunda me hizo agarrar la almohada con las dos manos. Damián me comía el ojete con hambre, la barba raspándome las nalgas, la lengua entrándome y saliéndome, mientras con una mano me hacía una paja lenta que me tenía al borde del llanto de placer.
—Voy a follarte —dijo levantándose apenas—. ¿Sí?
—Sí —jadeé—. Sí, cógeme ya.
Alcanzó un bote de lubricante y un condón de la mesita. Se puso el condón despacio, sin apuro, y se echó lubricante en la polla y en mis dedos. Me metió primero uno, con la boca chupándome la verga al mismo tiempo para relajarme, y cuando entró bien me metió otro, moviéndomelos dentro con una calma que me estaba matando. Cuando puso el tercero me estaba retorciendo en la cama.
—Ya, ya, métemela —le pedí.
Sacó los dedos y se colocó entre mis piernas. Me sujetó una pierna sobre su hombro, se agarró la polla por la base y me puso la punta en el culo. Empujó despacio. Sentí cómo me abría la cabeza gorda de su verga y aguanté el aliento. Damián me miraba fijo, controlándome la cara, y cuando notó que aflojaba empujó más adentro, un centímetro más, y otro, y otro, hasta que sentí los huevos suyos golpearme contra el culo. Me quedé sin aire.
—Toda dentro —susurró—. Aguanta.
Empezó a moverse. Al principio con embestidas lentas, largas, sacándomela casi entera para volver a hundírmela hasta el fondo. La cama crujía debajo de nosotros. Yo le clavaba los dedos en los brazos, gimiendo cada vez que él me metía la polla hasta el fondo, y él respondía apretando la mandíbula y follándome más fuerte. Me cambió de postura sin sacármela: me puso de lado, me levantó una pierna, y desde ahí me embestía en un ángulo distinto que me hacía ver estrellas. Después me giró boca abajo, me levantó las caderas y me montó por detrás, con una mano en la nuca apretándome contra el colchón y la otra en la cintura, cogiéndome duro, con esas nalgadas secas de su pelvis contra mi culo que retumbaban en toda la habitación.
—Qué culo tienes, joder —gruñía—, qué apretado me lo tienes, cabrón…
—Más fuerte —le pedí con la boca contra la almohada—, más fuerte, no pares.
Me tiró del pelo hasta levantarme el torso y me folló de rodillas, arqueándome contra su pecho, la barba raspándome el hombro, una mano suya cerrada en mi verga meneándomela al mismo ritmo con el que me embestía. Yo estaba a punto de correrme y él lo sabía.
Me volvió a tumbar boca arriba y se hundió otra vez en mi culo, mirándome a los ojos. Yo me aferraba a sus brazos con las dos manos. Él se movía con una cadencia constante, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y eso me llevaba al límite mejor que cualquier urgencia. Gemí sin pensarlo, y él respondió inclinando la cabeza para decirme al oído:
—Córrete para mí. Sin tocarte. Con mi polla dentro. Quiero verte.
Me embistió más profundo, más lento, buscándome la próstata con cada empujón, y yo sentí cómo se me acumulaba todo en el vientre. Me corrí gritando, con chorros de semen que me cayeron por el pecho y el estómago, el culo contrayéndose alrededor de su polla, y él siguió cogiéndome mientras yo me venía, alargándome el orgasmo hasta hacerme perder el sentido. Cuando por fin paró tenía la punta de su verga clavada en lo más hondo y me mordió el cuello, gimiendo bajo, y sentí cómo se corría dentro del condón con embestidas cortas y desesperadas.
Se dejó caer encima de mí sin sacármela, la respiración chocándome contra el cuello. Se quedó ahí un rato largo, latiéndome la polla dentro del culo, hasta que se retiró despacio y se quitó el condón. Me pasó los labios por el hombro sudado y sonrió.
Hubo un momento en que tomó mi pie entre sus manos y lo besó desde el tobillo hacia arriba. Me sorprendió tanto que me reí, y él también se rió sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, y de reírse pasó a comerme otra vez, a lamerme el semen del vientre, a chuparme la polla medio blanda hasta que se me volvió a poner dura. Me la mamó hasta que me corrí por segunda vez en su boca, tragándose todo sin apartarse, mirándome desde abajo con los ojos brillantes.
Eran las cuatro y cuarto de la madrugada cuando por fin nos quedamos quietos. Damián se tumbó boca arriba con el pecho agitado, el cabello pegado a la frente por el sudor, los ojos cerrados, la polla suya todavía brillando de saliva y sudor sobre el vientre. Yo me apoyé en el codo y lo miré durante un rato sin que él lo supiera.
—Me vas a matar —dijo sin abrir los ojos.
—Vale la pena —dije.
Se rió con la boca cerrada.
Fue a la cocina a buscar agua. Volvió con dos vasos y nos los bebimos en silencio, sentados en el borde de la cama. Luego se acostó de costado y extendió el brazo. Yo me acomodé contra su pecho y él me rodeó con ese brazo sin decir nada. Dormí mejor de lo que había dormido en semanas, hasta que el despertador lo puso en pie a las ocho y cuarto.
Se duchó, se vistió, me preparó café en la cocina. Desayunamos los dos de pie, apoyados en la encimera, hablando de cosas normales como si la noche hubiera sido lo más natural del mundo. Luego me ayudó a ubicar la parada del tren y nos despedimos en la calle con un abrazo que duró más de lo que suelen durar los abrazos de despedida.
—Avísame cuando llegues —dijo.
Lo avisé.
Días después, hablando por WhatsApp con esa naturalidad de antes pero con algo diferente debajo, me confesó que había pensado mucho en esa noche, y sobre todo en el modo en que le mamé la polla y en cómo se me apretaba el culo cuando me corría. Yo también había pensado, y se lo escribí sin filtros, con la mano metida en el pantalón mientras le contaba lo que quería que me hiciera la próxima vez. Los dos quedamos en que aquello había sido demasiado bueno como para ser la única vez. Tenía un viaje pendiente a su ciudad, y con él, la conversación que teníamos pendiente desde el primer mensaje que me mandó sobre aquel libro.