Lo que mi suegra me enseñó antes de mi boda
Aquel domingo de abril empezó como cualquier otro hasta que vi el coche detenido en la cuneta de la carretera comarcal. Una chica con vestido floreado agitaba los brazos al borde del asfalto, y los triángulos rojos formaban una figura torpe detrás de un Citroën granate con la rueda trasera reventada. Hacía media hora que no pasaba nadie por allí.
Frené unos metros más adelante y bajé. Ella se acercó con cara de alivio, se presentó como Carolina y me tendió la mano. Era un poco más baja que yo, ni delgada ni gruesa, con un aire educado que no terminaba de encajar con la cuneta polvorienta donde estaba parada.
—Llevo intentándolo media hora —dijo señalando la rueda—. La llanta no se afloja.
Saqué la cruz de mi maletero y en cinco minutos había puesto la rueda de repuesto. Carolina insistió en invitarme a un café en un parador que había a cinco kilómetros, y como no tenía nada mejor que hacer un domingo, acepté.
El café se alargó dos horas. Empezamos hablando de neumáticos, pasamos a la música y terminamos en cosas más íntimas. Tenía dieciocho años recién cumplidos, vivía con sus padres y un hermano mayor en una casa con jardín a las afueras del pueblo, y nunca había tenido novio formal. Yo le dije llamarme Julián, veintitrés, vivía en el centro de la ciudad con mis padres. Cuando nos despedimos en el aparcamiento del parador, le di un beso en los labios y ella lo devolvió con una timidez que me desarmó.
Quedamos para el sábado siguiente. Y el otro. Al cabo de un mes le pedí que fuera mi novia formal. Carolina aceptó pero me puso una condición: era de familia muy conservadora, se casaría por la iglesia y llegaría virgen al matrimonio. Me lo pidió con tanta seriedad, mirándome a los ojos, que yo solo pude asentir. Me gustaba más de lo que me convenía. Hubiera aceptado cualquier cosa.
***
El segundo paso fue conocer a su familia. Beatriz, su madre, debía de tener cuarenta y pocos. Morena, melena larga recogida en un moño bajo, y una manera de mirar de soslayo que me obligó a apartar la vista más de una vez en aquella primera comida. El padre, Felipe, era alpinista aficionado y se pasaba los fines de semana en la sierra. Marcos, el hermano de veinticuatro años, me dio la mano con un apretón firme y una sonrisa que no entendí del todo.
Como la urbanización quedaba a casi una hora de la ciudad, los fines de semana empecé a quedarme a dormir allí. Tenían un cuarto de invitados que solía ocupar una hermana del padre, una tía separada que los visitaba con frecuencia. Cuando estaba ella, yo dormía en la habitación de Marcos, donde había dos camas separadas por una mesilla.
Carolina trabajaba algunos sábados en un estudio de fotografía. Felipe estaba siempre en la montaña. Marcos solía irse con sus amigos al amanecer y volver para cenar. Y así, sábado tras sábado, yo me quedaba a solas con Beatriz en aquella casa demasiado grande.
Empezó por las cosas pequeñas. La ayudaba con el jardín en cuanto despuntaba el sol, antes de que apretara el calor. Ella se ponía una bata de algodón fino para no manchar la ropa, y muchas veces no llevaba sujetador debajo. Me consideraba ya de la familia, decía. Me daba abrazos al cruzarse conmigo en el pasillo, me cogía de la cintura cuando me hablaba de cerca, apoyaba la mano en mi espalda cuando sacaba un plato del aparador. Sin malicia, decía ella. Yo intentaba creérmelo.
—Te ríes mucho con ella —me dijo Carolina una noche.
—Me trata como a un hijo —contesté.
No estaba seguro de que fuera verdad.
***
Lo que iba a pasar, pasó un sábado de junio. Carolina tenía un encargo en el estudio y le había pedido a su madre que la llevara, porque su coche estaba en el taller. Yo me ofrecí. Beatriz se vino a la ciudad conmigo, dejamos a Carolina en el portal a las tres y nos quedamos las dos horas siguientes haciendo tiempo. Entramos en el primer cine que encontramos sin mirar la cartelera. La sala estaba casi vacía.
La primera película era de aventuras, ligera y olvidable. La segunda fue otra cosa: un drama francés con varias escenas de cama explícitas que nos hicieron subir la temperatura sin querer. A los diez minutos noté a Beatriz inquieta a mi lado. Giré la cabeza despacio. Estaba con los ojos entornados, la respiración un poco más larga de lo normal, y se acariciaba los pezones por encima del vestido con dos dedos.
Me la quedé mirando más rato del que debía. Sin pensarlo, metí la mano en el bolsillo del pantalón y me apreté yo también. Ella lo notó. Vio mi mano moverse bajo la tela y se le escapó una sonrisa antes de cerrar los ojos. Se siguió tocando, despacio, con la respiración cada vez más profunda. Imaginé mi mano subiendo por su muslo, apartando la falda, encontrándola mojada. Pero no me atreví. Era la madre de mi novia. Terminé en el baño del cine, con la frente apoyada en el azulejo frío, jurándome que aquello no se repetiría.
Pasamos el resto del fin de semana hablando de la boda como si nada. Beatriz me sirvió el café del domingo con la misma sonrisa de siempre. Pero durante la semana no pude pensar en otra cosa. Y cuanto más se acercaba el sábado, peor.
***
El sábado siguiente Carolina libraba pero había salido temprano a una prueba del vestido con su prima. Felipe, en la montaña. Marcos, fuera. A las nueve de la mañana, Beatriz me dijo que una amiga le había dejado una película y que si quería verla con ella mientras desayunábamos. Llevaba la bata corta del jardín. Acepté sabiendo perfectamente lo que me esperaba.
La película era explícita desde los créditos. Beatriz se sentó a mi lado en el sofá y se acomodó de manera que la bata le quedara subida hasta la mitad del muslo. A los cinco minutos volvía a tocarse los pezones por encima de la tela, mirándome a mí, no a la pantalla. Le puse la mano en la rodilla y la fui subiendo despacio. No me apartó. Abrió la bata, se sacó los pechos y siguió acariciándose mientras yo le subía la mano por el muslo. No llevaba bragas. Estaba empapada.
—Llevo meses esperando que te decidieras —murmuró sin abrir los ojos.
La abracé y le metí un pecho entero en la boca. Ella me abrió la bragueta con una sola mano, me sacó la polla y tiró de mí hacia su cuerpo. Le abrí las piernas, separé los labios con la punta y empujé hasta el fondo. Soltó un gemido largo, contra mi cuello, y me clavó las uñas en la espalda.
—No comprendo cómo la tonta de mi hija quiere esperar tanto —jadeó—. No sabe lo que se pierde.
—Que espere —contesté yo entre embestidas—, mientras yo pueda follarte a ti.
No tuvimos tiempo de desnudarnos del todo. Lo hicimos medio vestidos, ella con la bata abierta y yo con los vaqueros bajados hasta las rodillas. Me agarró del culo con las dos manos para clavarme dentro y no soltarme. Cuando me corrí, fue ella la que me lo pidió: dentro, llénalo, no la saques. Le obedecí.
Subimos a su habitación temblando los dos. La apoyé contra la pared, junto a la ventana, y volvimos a empezar. Esta vez sin prisa. Le levanté los brazos por encima de la cabeza y se la metí de pie, con una pierna suya apoyada en el sillón de leer. El semen anterior hacía que entrara fácil. Estuvimos un buen rato así, contra la pared, y cuando estaba a punto de correrse otra vez me arrastró a la cama.
—Dentro —repitió—. Quiero sentirte dentro cuando me corra.
***
Después, sentados en la cama, todavía desnudos, le dije que no podía repetirse. Que era la madre de Carolina. Que me sentía responsable. Beatriz me escuchó en silencio, jugando con un mechón de mi pelo, y luego me contestó con una calma que no esperaba.
—Felipe y yo apenas follamos. Casi todos los fines de semana me deja sola con sus rocas. No te sientas responsable, Julián, llevo meses provocándote. Mi hija no tiene mi sangre caliente. Tú sí. Mientras no salga de casa, no le hace daño a nadie.
Esa misma frase me la repetiría muchas veces durante las semanas siguientes. Aprendí a llegar de la oficina a media tarde los martes y los jueves, cuando Beatriz estaba sola, y me iba antes de que volviera Felipe. Eran dos horas robadas, intensas, sin tregua. Carolina seguía esperando a la luna de miel, ajena a todo, y yo la besaba al verla los fines de semana con una culpa que se me deshacía en la boca.
***
Tres semanas después, un viernes por la noche, llegué a la casa con la idea de ver primero a Beatriz. Cuando entré me hizo un gesto rápido en el pasillo: la tía Mireia, la separada, había llegado esa misma tarde para ayudar con los preparativos de la boda. Quince días de visita. Iba a dormir en el cuarto de invitados. Y eso significaba que yo, esa quincena entera, dormiría con Marcos.
Aquella primera noche, después de cenar, Marcos y yo subimos a su habitación. Hacía un calor pegajoso. Nos quedamos los dos en calzoncillos, sentados cada uno en su cama, escuchando un disco antiguo. Cuando Marcos se quitó los pantalones, vi que llevaba un tanga negro en lugar de los bóxer de siempre.
—¿Te gusta? —preguntó al notar mi mirada.
—Te queda bien —contesté sin pensar.
—He comprado dos. ¿Por qué no te pruebas el otro?
—No, gracias. No me vería bien con eso.
—Solo para que vea cómo te queda.
Acabé probándomelo, casi en broma, y me planté delante de él dando una vuelta. Marcos se levantó de la cama, se acercó y me dio una palmada en el culo.
—Tienes un cuerpo precioso —dijo, y antes de que pudiera apartarme me pasó la mano por la nuca y me besó en la boca.
Lo aparté de un empujón. Marcos no se movió. Me miró sin enfado, casi divertido.
—Si le gustas a mi madre, también me gustas a mí —dijo—. Y si te follas a mi madre, también te vas a follar a mí.
Le contesté lo que pude. Le pedí que parara. Le dije que estaba inventando cosas. Marcos abrió el cajón de la mesilla y me enseñó una foto en la pantalla del móvil donde Beatriz y yo aparecíamos en el sofá del salón en una posición que no dejaba lugar a dudas. Hacía dos sábados.
—Yo aviso —me dijo—. O eres de los dos, o no sé qué le contaré a mi padre.
***
Me costó dormir. Daba vueltas en la cama mirando el techo. Hacia las tres de la mañana me levanté y me fui a sentar en el borde de su cama. Marcos abrió un ojo.
—¿Qué quieres ahora?
—Te debo una disculpa —dije.
Marcos me cogió de la nuca y me besó otra vez. Esta vez no me aparté. Me dejé caer contra él y nos abrazamos en silencio durante un minuto que se hizo largo. Tenía la polla durísima, igual que él. Me metió un dedo entre las nalgas con una lentitud calculada, y yo me dejé.
—Túmbate de espaldas —murmuró—. Hoy te monto yo.
Sacó preservativos y lubricante de la mesilla, se preparó la entrada con dos dedos y se sentó encima de mi polla con la naturalidad de quien lo había hecho mil veces. Se movía despacio, acariciándome los pezones, sin dejar de mirarme.
—Primero te follo yo —dijo—. Mañana lo hago al revés. Para que vayas cogiéndole el gusto.
Por la mañana, en cuanto despertamos, Marcos me preparó con un consolador fino y mucho lubricante. Me puso a cuatro patas en la cama y me la metió poco a poco, sin prisa, sujetándome de la cadera con una mano y masturbándome con la otra. Fue distinto a todo lo que conocía. No me dolió. Me corrí gritando contra la almohada.
Quince días dormí con Marcos. Quince días en que el deseo cambió de forma cada noche.
***
El día que la tía Mireia se fue, llamé a Beatriz desde el coche y quedamos a las cinco. Subí directamente al dormitorio del matrimonio, pensando que estaríamos los dos como siempre. Cuando abrí la puerta, Marcos estaba desnudo en la cama de Beatriz, esperándonos.
—Julián —dijo Beatriz cerrando la puerta detrás de mí—, a estas alturas no puede haber secretos entre nosotros. Soy la amante de mi hijo desde hace tres años. Podemos pasarlo muy a gusto los tres. ¿Qué dices?
Me senté en el borde de la cama porque no me sostenían las piernas. Beatriz me empezó a desnudar mientras Marcos me besaba el cuello desde atrás. Cuando estaba ya sin ropa, hicieron lo mismo el uno con el otro: madre e hijo besándose delante de mí con una soltura que decía que aquello pasaba en aquella habitación cada semana. La follé yo, encima de mí, mientras Marcos la enculaba a ella desde detrás. Acabamos los tres mezclados, sin saber dónde empezaba un cuerpo y dónde terminaba el otro.
Después, todavía recuperando el aliento, junté el valor para preguntar lo que tenía que preguntar.
—¿Y Carolina?
Marcos y Beatriz se miraron. Fue Marcos el que habló.
—Ahora que estás dentro, te lo decimos: mi hermana es virgen de coño, sí, pero solo de coño. Lleva años acostándose con mi madre y conmigo. Por detrás. Eso es todo lo que ella acepta. El resto lo guarda para el matrimonio, como ella quiere. Te quiere, Julián. Te quiere de verdad. Pero esta familia somos así.
Me quedé mirando el techo de aquella habitación que ya no era la habitación de mis suegros, sino la cueva de algo que no sabía cómo nombrar. Pensé en levantarme y marcharme y no volver nunca. Pensé en Carolina riendo conmigo en el parador del primer día. Pensé en su mano en mi mano cuando me dijo que se quería casar de blanco.
—Necesito pensar —dije.
—Tienes todo el tiempo del mundo —contestó Beatriz—. Si te vas y no vuelves, lo entenderemos.
***
Bajé al salón vestido a medias, con la idea de coger el coche y salir de allí para siempre. En el último escalón me crucé con Carolina, que volvía antes de lo previsto del estudio. Me vio la cara y soltó el bolso al suelo. La abracé sin decir nada, hundiendo la cabeza en su pelo, y rompí a llorar.
—Te quiero a ti, Carolina —le dije—. Te quiero a ti. Pero también quiero a tu madre. Y a tu hermano. A todos. Joder, qué lío.
Carolina me apartó un poco para mirarme a los ojos. No pareció sorprendida. Me besó en la frente como se besa a alguien que por fin ha llegado a casa, y fue ella la que se echó a llorar entonces, abrazándome y dándome las gracias.
De la tía Mireia, esa que vino a ayudar con los preparativos, ya hablaremos en otra ocasión.