Cuando el hijo de mi vecino llamó a mi puerta
Rodrigo abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza al pasillo antes de hacer nada. Vacío. Solo entonces hizo un gesto con la mano y Adrián salió rápido, con esa zancada larga que tenía cuando no quería que nadie lo viera.
—Hasta mañana —susurró el chico, y le rozó los labios con un beso tan breve que casi no contaba como beso.
Desapareció escaleras abajo. Rodrigo cerró la puerta y se apoyó en ella un momento, escuchando el silencio del rellano.
***
Cuando Ernesto llegó al edificio con su hijo hacía ya varios meses, Rodrigo no le dio demasiada importancia. Llevaba veinte años en ese piso y había visto a mucha gente entrar y salir del apartamento de enfrente. Pero Ernesto resultó ser de los que se quedan, y no solo en el edificio. En cuestión de semanas se convirtió en algo que Rodrigo hacía tiempo que no tenía: un amigo de verdad.
Tenían la misma edad, más o menos. Salían juntos a buscar sitios donde comer o a tomarse una cerveza, que era la bebida que ambos preferían a cualquier otra. Hablaban durante horas sin mirar el reloj. Compartían ese tipo de silencio cómodo que solo se da entre personas que ya no tienen que demostrar nada.
Adrián era otra historia.
Adrián era joven, adulto pero joven, con esa clase de belleza descuidada que tienen algunos hombres sin proponérselo. Delgado, piel naturalmente bronceada, pelo castaño que empezaba muy levemente a ralear. Ojos azules que destacaban mucho en su cara morena. Tenía un punto blanco en cada lagrimal que a Rodrigo, por alguna razón que no supo explicarse, le resultaba fascinante. Y esa boca: labios rosados, siempre algo húmedos, como si acabara de lamerlos.
Rodrigo tenía pasados los setenta. El cabello y la barba completamente blancos, los ojos verdes que todavía funcionaban sin gafas, y un cuerpo que se había mantenido razonablemente bien gracias a que toda la vida le había gustado moverse. Nada extraordinario. Pero tampoco era el anciano que la gente imagina cuando alguien menciona esa edad. Sebastián, su amigo de toda la vida, le había dicho más de una vez que estaba loco por seguir teniendo esa clase de pensamientos. A tu edad ya no toca. Como si el deseo tuviese fecha de caducidad impresa en algún sitio que Rodrigo se había perdido.
Rodrigo no le hacía caso. Se tocaba pensando en Adrián y eso era asunto suyo.
El problema era Ernesto.
Ernesto era homófobo de los que no se molestan en disimularlo, de los que sueltan el comentario sin pensarlo y esperan que todos se rían. Rodrigo era bisexual, así que podía seguirle la corriente contando historias de mujeres y Ernesto le daba la razón satisfecho. Pero si Ernesto supiera lo que Rodrigo pensaba sobre su hijo cada vez que se lo cruzaba en el pasillo, y lo que había pasado después de aquel día de verano con el azúcar... No quería ni imaginarlo. Que su mejor amigo fuera el mismo que se follaba a su hijo era el tipo de cosa que terminaba relaciones de por vida, y algo peor.
Una vecina del tercero, cotilla de manual, había soltado un comentario vago semanas atrás. De esos que no se pueden confirmar ni rebatir. Rodrigo se lo contó a Adrián y el chico intentó quitarle importancia, que seguro había sido casualidad, que nadie sabía nada. Rodrigo no estaba tan convencido. Desde entonces extremaban aún más la precaución: puertas abiertas con sigilo, besos en voz baja, despedidas contadas en segundos.
***
La primera vez fue en pleno verano, con ese calor que aplasta y no deja pensar bien.
Rodrigo estaba en el balcón, en la silla de siempre, aprovechando que daba sombra a esa hora y llegaba alguna brisa. Llevaba solo un pantalón viejo y nada más. Sin camiseta, sin calzado. El calor era una buena excusa, aunque en realidad hacía años que se había dejado de excusas para ir así por casa.
Llamaron a la puerta.
Era Adrián. Con una expresión algo avergonzada y una taza vacía en la mano, preguntó si Rodrigo tenía azúcar. Estaba haciendo un bizcocho, le faltaban unos diez gramos según la receta.
—Pasa —dijo Rodrigo—. Ahora te lo preparo.
Fue a la cocina, sacó el bote, midió los diez gramos con exactitud y, cuando volvió al recibidor con el vaso medidor en la mano, se encontró con que Adrián lo estaba mirando de una manera que no era habitual entre vecinos que se piden azúcar prestada.
Rodrigo tampoco le quitaba los ojos de encima. Hacía tiempo que no se los quitaba.
Cuando Adrián rozó sus dedos al coger el vaso, Rodrigo no lo pensó. Lo agarró de la muñeca, le quitó el vaso de la mano, lo dejó en el suelo y lo besó. No con delicadeza ni con permiso previo. Lo besó y ya.
Adrián no se apartó. Por el contrario, parecía haber estado esperando exactamente eso. Abrió la boca, le devolvió el beso y empujó con el cuerpo hacia adelante. El azúcar terminó desparramado por el suelo. El bizcocho quedó en el olvido por completo.
Rodrigo cerró la puerta de un golpe seco, sin separar la boca de la del chico, y lo apretó contra ella con el peso de su cuerpo. Adrián movía la cadera despacio, con una claridad que no dejaba margen para la interpretación.
***
Lo llevó a la cama sin prisa.
Le arrancó la camiseta de tirantes, la tiró al suelo, y lo tumbó con cuidado, con una suavidad que contrastaba con la fuerza con que lo había empujado contra la puerta. Adrián abrió las piernas y Rodrigo se echó sobre él, encajando los cuerpos. Hacía mucho tiempo que no encontraba esa clase de encaje.
Empezó por el cuello. Lamió y mordisqueó despacio hasta que Adrián emitió un sonido ahogado que confirmó que iba por buen camino. Luego bajó al pecho. Los pezones, que succionó con presión suficiente para arrancarle más sonidos. El estómago. El ombligo, que produjo un efecto mayor del esperado: Adrián arqueó la espalda y tensó todo el cuerpo, y el gemido que salió de su garganta fue largo y limpio.
Sin despegar los labios de ahí, Rodrigo pasó la mano por encima de la tela del pantalón del chico. Lo notó duro ya, muy duro. Le levantó levemente la cadera, le bajó el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento, y se tomó su tiempo con lo que había debajo. Primero los besos, luego la lengua recorriendo toda la longitud de arriba a abajo, luego los testículos. Finalmente se lo metió entero en la boca y chupó con parsimonia, sin apresurarse, notando cada reacción del chico con atención.
Cuando terminó, Adrián respiraba como si hubiera subido corriendo las escaleras. Los ojos cerrados, las manos aferradas a la sábana.
Rodrigo aún no había acabado. Hizo que Adrián se sujetara él mismo las piernas y empezó a trabajar con la lengua, lento, metódico, notando cómo el músculo cedía poco a poco. Adrián había dejado de intentar contener los gemidos.
Rodrigo se irguió y lo miró.
—¿La quieres? —dijo.
Adrián asintió sin poder articular palabra, con una gota de saliva en el labio inferior.
Rodrigo se quitó el pantalón. Adrián lo miró con hambre evidente y se relamió, y eso a Rodrigo le gustó más de lo que esperaba. Le acercó la cadera a la cara y el chico empezó a acariciar con ambas manos mientras enterraba la boca en los testículos. Rodrigo observaba con la respiración controlada. Después, Adrián se introdujo el pene centímetro a centímetro, usó la lengua con una presión exacta sobre el glande que arrancó un gemido limpio al hombre mayor.
—Para —ordenó Rodrigo.
Adrián obedeció de inmediato.
Lo puso boca abajo con un movimiento brusco y volvió al trabajo previo. Cuando notó que la dilatación seguía ahí, lo besó repetidamente, sobando y dando varios azotes en las nalgas, fuertes, con el sonido resonando en toda la habitación. Adrián no se quejó. Gemía más que antes.
Rodrigo abrió el cajón de la mesilla, sacó un preservativo y lubricante. Se puso el condón, lubricó bien tanto él como el orificio del chico, y entró.
—¡Ah! —gritó Adrián, y Rodrigo le tapó la boca con la palma de la mano, amortiguando los que vinieron después.
Entró despacio, dejando que el cuerpo de Adrián se aclimatara sin dejar de moverse. Luego lubricó de nuevo con más generosidad y volvió a penetrarlo con más presión y más velocidad. Adrián tenía los ojos apretados y aferraba los antebrazos de Rodrigo con las dos manos. Jadeaba sin parar, dividido entre el dolor y el placer, sin querer que ninguno de los dos cesara.
Rodrigo aceleró. Adrián tenía la espalda estrecha y el culo redondo y tirante, y el espectáculo de follárselo a su manera lo estaba llevando al límite. Si Sebastián me viera ahora mismo le daba un ataque. Eso le hizo gracia, sonrió, y dio más fuerte.
Paró un momento para cambiar de postura. Se tumbó de lado, pegó la espalda del chico a su pecho, le separó las piernas y volvió a penetrarlo. Desde esa posición la velocidad fue mayor. Cada embestida producía un sonido que llenaba la habitación. Los gemidos de Adrián se convirtieron en algo más parecido a gritos, cortos, secos, que salían justo cuando Rodrigo llegaba al fondo del todo.
Rodrigo notó que el chico se limpiaba la cara con el dorso de la mano.
—¿Estás llorando? —preguntó, sin parar.
—Sí —jadeó Adrián—. Pero no pares. Sigue.
Y Rodrigo obedeció.
Volvió a la posición inicial porque le resultaba más cómodo para embestir, y siguió sin contemplación. Adrián no tuvo que tocarse: con las penetraciones y el roce de las sábanas eyaculó solo, y Rodrigo lo notó y fue todavía más rápido, sin piedad. El chico gritaba y aferraba lo que tenía a mano, incapaz de decidirse entre pedir que parara y pedir que siguiera.
En poco tiempo volvió a tener una erección. Eyaculó una segunda vez. Rodrigo llegó también. Sin ceder en el ritmo, acabó con fuerza y con un sonido que no pudo contener, y cuando salió de Adrián se dejó caer a su lado completamente agotado. Se quitó el preservativo, lo tiró al suelo sin mirar dónde caía, y se pasó la mano por la cara. Húmeda. Todo su cuerpo estaba empapado de sudor, igual que el del chico.
Adrián se puso boca arriba y lo miró.
Esa cara. Ovalada, tez bronceada, los ojos azules cansados con ese brillo raro que aparece después del sexo cuando algo va más allá del sexo. La sonrisa que dibujó entonces, lenta, sin esfuerzo, fue lo que terminó de hacer el daño.
Rodrigo notó algo que hacía mucho tiempo que no reconocía en sí mismo. Algo que no era solo deseo.
El resto ya era historia. Una historia de puertas abiertas con sigilo, de despedidas en voz baja, de una amistad con Ernesto que cada día costaba más sostener. Una historia de la que no sabía cómo iba a terminar, pero que, de momento, valía exactamente lo que costaba.