La cremallera abierta frente a un desconocido
Nicolás llegó al almacén de materiales con la lista de su tío arrugada en el puño y el sol de las cuatro de la tarde aplastándole la nuca. Tenía veinticinco años y la costumbre pésima de salir de casa con prisas, sin desayunar y, con demasiada frecuencia, sin ropa interior. Esa tarde cumplía con los tres.
El local olía a polvo metálico, a grasa y a madera vieja. Era el tipo de tienda que parece ignorar que ha pasado el tiempo: estantes hasta el techo cargados de cajas sin etiqueta, herramientas colgadas en filas sobre tableros perforados, una luz de tubo que zumbaba con la insistencia de un moscardón atrapado. El suelo de linóleo estaba rayado de años de carretillas y botas de trabajo.
Detrás del mostrador, un hombre de unos cuarenta y ocho años hojeaba una revista técnica sin aparente urgencia. Era ancho de hombros, con las manos del tamaño de palas. Llevaba una camisa de cuadros azules con las mangas subidas hasta el codo, y entre los dedos gruesos sostenía un bolígrafo que hacía girar despacio. Tenía el pelo oscuro con vetas grises, una barba de tres o cuatro días que le daba aspecto de hombre que duerme bien y no le importa lo que piensen de él. La chapa de plástico prendida en la camisa decía: Roberto.
—Buenas —dijo Nicolás, acercándose al mostrador—. Busco tornillos de métrica ocho, cabeza hexagonal. Para madera, creo. Unos diez centímetros.
Roberto levantó la vista. Sus ojos eran de un color marrón oscuro, tranquilos.
—¿Madera maciza o aglomerado?
—Madera, supongo. Mi tío no me lo especificó.
—¿Y el grosor del material que vas a atravesar?
Nicolás parpadeó. La lista del tío no decía nada sobre grosores.
—No tengo ni idea —admitió.
Roberto soltó el bolígrafo sobre el mostrador con un sonido seco y se levantó. Era más alto de lo que Nicolás había calculado desde el otro lado del mostrador. También más corpulento. Llevaba unos pantalones de trabajo color beige, desgastados en las rodillas y con una mancha de aceite en el muslo derecho que parecía permanente y que, a juzgar por el color, llevaba ahí mucho más tiempo que esta temporada.
—Acompáñame. Están en el fondo, en los cajones bajos. Te enseño las opciones y eliges el que te suene —dijo, saliendo de detrás del mostrador.
Nicolás lo siguió por un pasillo estrecho entre estanterías que casi rozaban los hombros. Al fondo, la luz era más escasa: una bombilla sin pantalla colgando de un cable, que oscilaba levemente cada vez que alguien pisaba fuerte. El aire allí dentro era espeso, cargado de olor a metal y a aceite de máquina.
Roberto se detuvo frente a una fila de cajones de plástico encajados entre dos estanterías metálicas. Estaban etiquetados con rotulador permanente en letras mayúsculas: TORNILLO MADERA M6, TORNILLO MADERA M8, TORNILLO INOX M5. Señaló hacia abajo.
—Los de métrica ocho están en ese cajón de abajo del todo —dijo, y sin más, se agachó.
No se agachó con cuidado. Se puso directamente a cuatro patas, de la manera en que lo hacen los hombres que han pasado la vida entera cargando y moviendo cosas, sin pensar en las rodillas ni en la ropa. Y entonces pasó.
El pantalón, viejo y tenso por el peso del cuerpo en aquella posición, cedió en la costura trasera con un sonido breve y definitivo. La raja se abrió desde el centro hacia arriba, lo suficiente como para revelar la piel morena y velluda de sus nalgas, redondeadas y sólidas bajo aquella abertura accidental. La escena duró apenas un segundo. Fue suficiente.
Nicolás se quedó inmóvil.
Algo en la visión —la intimidad brutal de lo cotidiano, ese cuerpo de hombre maduro expuesto sin pretensión ninguna— le llegó directo a la entrepierna con una velocidad que no pudo anticipar ni controlar. No era algo que hubiera buscado. No era algo en lo que hubiera pensado jamás. Pero el cuerpo tiene sus propias opiniones, y el de Nicolás tenía una muy clara en ese momento.
El problema era la cremallera.
Recordó entonces, demasiado tarde, que había salido de casa con la misma ropa de la tarde anterior y que no había revisado nada. Ni la cremallera. Ni la ausencia de ropa interior. El pantalón vaquero llevaba la cremallera entreabierta desde antes de salir de casa, y cuando la erección llegó, rápida y sin pedir permiso, no encontró ningún obstáculo. La tela cedió hacia los lados y su polla quedó al aire, dura y directa, apuntando al frente.
Nicolás no se movió. No respiró.
Esto no está pasando.
Roberto tardó unos segundos en sacar el cajón y encontrar la caja correcta. Cuando se giró sobre las rodillas para mostrarle las opciones, todavía en el suelo, sus ojos fueron directamente al frente. Era imposible que no. Estaba exactamente a la altura.
Se quedó en silencio un momento. Nicolás esperaba el escándalo, las palabras subidas de tono, la orden de salir de la tienda. Roberto simplemente lo miró, primero a él, luego a lo que sobresalía de los vaqueros, y luego otra vez a él. Una sonrisa lenta se fue formando en su cara, sin prisa.
—Vaya —dijo Roberto, con una voz tranquila que no encajaba para nada con la situación—. ¿Eso también es métrica ocho?
Nicolás abrió la boca. No salió nada.
—Relájate —dijo Roberto, apoyando los codos en los muslos, todavía arrodillado—. Llevo cuatro horas aquí solo y la tarde estaba siendo larga. —Hizo una pausa, mirando hacia arriba con esa calma que tienen los hombres que han visto de todo—. ¿Quieres que te ayude con eso, o prefieres que miremos primero los tornillos?
Era tan ridículo, tan inesperadamente directo, que algo en Nicolás se rompió. No el pudor, exactamente. Más bien el miedo. Asintió, sin saber bien a qué estaba asintiendo, y se apoyó con una mano en la estantería que tenía al lado.
Roberto extendió una mano grande, con los nudillos raspados por el trabajo, y lo tomó sin rodeos. El contacto fue como un cortocircuito. Nicolás tuvo que apretar los dedos contra el estante metálico para no perder el equilibrio.
Roberto sabía lo que hacía. No era el movimiento torpe de alguien nervioso: era el de alguien que conoce su oficio, que lee bien lo que tiene delante. Mantenía la presión justa, el ritmo exacto, sin apresurarse. Sus ojos seguían mirando hacia arriba, hacia Nicolás, con una expresión entre concentrada y satisfecha.
—Llevas tiempo sin esto —dijo Roberto, como si lo estuviera constatando en voz alta.
—Semanas —admitió Nicolás, con la voz más ronca de lo normal.
Roberto asintió despacio, como si la respuesta tuviera sentido, y luego, con la mano libre, se desabrochó el pantalón roto. Sacó su propia polla, ya dura. Era gruesa, de proporciones que no sorprendían viniendo de aquel cuerpo. Empezó a tocarse con la misma practicidad con la que hacía todo lo demás: sin teatro, sin pose, como si fuera la cosa más natural del mundo masturbarse en el pasillo del almacén mientras atendía a un cliente.
El pasillo estaba en silencio. Solo se oía el zumbido de la bombilla y la respiración de los dos, cada vez más irregular. El calor en aquel rincón era denso, acumulado entre las estanterías cerradas.
Nicolás miraba hacia abajo. La cabeza de Roberto estaba a pocos centímetros, el calor de su aliento alcanzando la punta de su polla. Roberto no la esquivaba. Más bien parecía deliberada esa proximidad, ese rozar casi sin rozar, ese calor constante que era a la vez promesa y pregunta.
El placer se acumuló mucho más rápido de lo que Nicolás esperaba. Estaba acostumbrado a la soledad y la paciencia de su habitación, no a esto: una mano de hombre, grande y áspera, moviéndose con seguridad; el aliento cálido; el sonido de los dos respirando en ese espacio estrecho.
Sintió cómo todo se contraía, cómo la tensión llegaba al límite sin previo aviso.
—Para —logró decir—. Que voy a…
No terminó la frase.
El orgasmo llegó con más fuerza de lo que había anticipado. Su cuerpo se sacudió y eyaculó en pulsos seguidos, abundantes, y casi todo fue a parar a la cara de Roberto: a la barba, a una mejilla, a los labios entreabiertos. Roberto ni se apartó. Cerró los ojos un instante y luego los abrió con la misma calma de antes. Se pasó la lengua por los labios, pensativo.
La imagen —ese hombre de cuarenta y ocho años arrodillado en el suelo con el semen de Nicolás en la barba y los ojos sin vergüenza— fue lo que terminó con Roberto. Con un gruñido contenido, llegó también al orgasmo, derramándose sobre el linóleo del suelo y sobre su propia camisa de cuadros azules.
Hubo un silencio largo. Respiración pesada. El zumbido de la bombilla.
Roberto sacó un trapo gris del bolsillo del pantalón —el tipo de trapo que siempre tienen los hombres que trabajan con las manos— y se limpió la cara con la misma calma con la que hacía todo lo demás. Luego se limpió las manos, se metió el trapo en el bolsillo y se levantó del suelo con un ligero crujido de rodillas.
Miró a Nicolás, que seguía apoyado en la estantería, todavía con las piernas ligeramente temblorosas.
—Los tornillos de métrica ocho son estos —dijo Roberto, tendiéndole la cajita de plástico—. Para madera maciza aguantan bien. Si es aglomerado te recomiendo los autorroscantes, que muerden mejor.
Nicolás cogió la caja sin decir nada.
—¿Cuántos necesita tu tío?
—Una docena, más o menos.
Roberto abrió la cajita, contó doce tornillos con el dedo y los metió en una bolsita de plástico transparente. Le añadió un puñado de arandelas que Nicolás no había pedido.
—De propina —dijo—. Por si el tío es exigente.
***
Caminaron de vuelta al mostrador. Roberto tecleó el importe en la caja registradora antigua, una máquina de los noventa con las teclas desgastadas.
—Cuatro euros con veinte.
Nicolás pagó con un billete de cinco. Roberto le devolvió el cambio moneda a moneda, poniéndolo directamente en la palma de su mano.
—La próxima vez que vengas —dijo Roberto, sin mirarlo, volviendo a coger la revista técnica—, revisa la cremallera antes de entrar.
Hizo una pausa.
—O no la revises.
Nicolás salió a la calle con la bolsita de tornillos en el puño y el sol todavía alto sobre los tejados. Tardó media manzana en darse cuenta de que seguía sin colocar la cremallera. La subió entonces, despacio, y pensó que tendría que volver dentro de poco.
El tío siempre necesitaba algo.