Mi hermana nos escuchó desde la puerta esa noche
Alquilamos la casita un miércoles por la tarde, tres días antes del treinta y uno. Era pequeña, de esas que se construyen todas iguales dentro de un condominio cerrado: jardín del tamaño de una mesa, paredes delgadas, dos habitaciones y una cocina donde era imposible no chocarse. Pero era nuestra para cuatro días, y eso era suficiente. Matías y yo llevábamos dos años juntos sin haber tenido nunca unas vacaciones de verdad, sin familia y sin compromisos. Solo nosotros dos, una bolsa de supermercado y ningún plan concreto más allá de no hacer nada obligatorio.
El plan se complicó el mismo día que llegamos.
Me llamó Carolina, mi hermana. Tres años menor que yo, igual de terca, con esa manera suya de formular las preguntas como si la respuesta ya estuviera decidida.
—¿Puedo pasar año nuevo con ustedes? —preguntó.
Antes de que yo pudiera abrir la boca, Matías levantó la vista del teléfono desde el otro extremo del cuarto y dijo:
—Que venga. Hay sitio.
Y así fue como terminamos tres en una casita con una sola habitación libre.
La casita olía a pintura fresca y a un ambientador que intentaba disimular el encierro de los últimos meses sin ocupantes. Era acogedora de todos modos, con esa intimidad forzada que tienen los espacios pequeños y que Matías y yo no terminábamos de detestar.
Carolina llegó el treinta y uno por la tarde con una maleta demasiado grande y dos botellas de espumante rosado. Cocinamos juntos, pusimos música, y las horas pasaron con esa facilidad que tienen los días de fin de año cuando no hay ningún sitio al que ir. A las doce menos cinco nos paramos frente a la pequeña ventana del living con las copas en la mano y vimos los fuegos artificiales del condominio vecino, que tampoco eran gran cosa, pero cumplieron bien su función. Brindamos, nos abrazamos, y el año entró sin mayores ceremonias.
Después del brindis nos quedamos sentados hasta tarde. La conversación empezó siendo trivial y fue derivando, copa a copa, hacia terrenos más personales. Fue Carolina quien sacó el tema que nadie había nombrado todavía.
Nos dijo que sabía lo nuestro desde hacía tiempo. No solo que Matías y yo éramos pareja, sino cómo éramos pareja. Unos meses atrás había llegado a casa sin avisar y nos había encontrado en el cuarto. Yo estaba de rodillas sobre la cama, apoyado en las manos, y Matías estaba detrás con las manos sobre mis nalgas, penetrándome. Ninguno de los dos la escuchamos entrar. Ella cerró la puerta con cuidado y se fue a caminar una hora.
—No pasó nada —dijo, sin rastro de incomodidad—. Cada quien vive como quiere.
Matías soltó una carcajada. A mí me subió el calor a la cara, aunque supongo que en ese punto ya era tarde para avergonzarse.
—¿Por qué no dijiste nada? —le pregunté.
—¿Qué quería que dijera?
Tenía razón. No había nada que decir. Lo que hacíamos en nuestra cama no le debía explicaciones a nadie, y sin embargo la noticia de que ella lo sabía desde hacía meses me generó algo parecido al alivio.
La conversación siguió de forma natural. Carolina mencionó, con esa calma que tenía para hablar de cualquier cosa, que hacía poco había empezado a tener sexo anal con su novio. No sé bien qué me pasó. Sentí ese impulso automático de hermano mayor, ese reflejo protector de preguntar si estaba segura, si era algo que realmente quería. Tuve que recordarme en silencio que yo mismo recibía a Matías de esa manera con bastante regularidad, y que mi cuerpo llevaba tiempo más que adaptado a ello. Habría sido una hipocresía difícil de sostener.
Carolina me miró con una sonrisa.
—¿Tú siempre eres el pasivo? —preguntó, eligiendo la palabra con cuidado.
—Sí —dije—. Siempre.
Le expliqué como pude que ese rol me hacía sentir cómodo de un modo que no era fácil de describir. Había algo en dejar el control, en confiar el cuerpo completamente, que me generaba una sensación de completud que no encontraba de otro modo. Matías agregó lo suyo sin rodeos: él era el hombre de la relación. Lo dijo como quien enuncia un hecho, sin arrogancia ni necesidad de justificación.
—¿Y la ropa interior? —preguntó Carolina de pronto.
La miré sin entender.
—Dejaste una tanga en el baño de mamá el verano pasado —dijo—. La guardé antes de que alguien la encontrara.
Hubo un silencio de dos segundos antes de que los tres nos pusiéramos a reír. Le confirmé que sí, que desde hacía años usaba ropa interior femenina de forma exclusiva. No era exactamente un secreto guardado con esfuerzo; simplemente nunca había surgido la ocasión de mencionarlo.
—Me parece perfecto —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Es tu cuerpo.
Nos fuimos a dormir pasadas las dos. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, Carolina se asomó al pasillo y nos dijo que si íbamos a tener sexo no nos contuviéramos por ella, que ya era adulta y que no le importaba lo que hiciéramos. Matías respondió con una sonrisa y, en cuanto se cerró la puerta, me pegó una palmada en el trasero que resonó más de lo que ninguno de los dos esperábamos.
Esa noche no pasó nada. Solo dormimos.
***
A la mañana siguiente, Carolina anunció que quería explorar los alrededores. Había visto en el mapa que había una feria artesanal a veinte minutos caminando y pensaba ir. Salió después del desayuno con una mochila pequeña y los auriculares puestos, sin dar un tiempo estimado de vuelta.
Matías y yo nos quedamos solos en la casita.
La mañana tenía esa calidad quieta de los días de vacaciones: luz que entraba horizontal, sin prisa, y ninguna obligación inmediata. Me quedé unos minutos mirando el techo desde la cama antes de levantarme.
Fui al baño. Mientras estaba ahí, algo se me cruzó por la cabeza: la posibilidad de que Carolina volviera en cualquier momento sin avisar, igual que aquella vez en casa. No sé bien por qué ese pensamiento me encendió. Quizás era el eco de la conversación de la noche anterior. Quizás era simplemente que llevábamos días sin tener intimidad real. Me hice una limpieza rápida, me puse la tanga que había dejado en el bolso, y salí del baño con la decisión tomada.
—Tengo ganas —le dije a Matías, que seguía en la cama con el teléfono en la mano.
Lo apoyó en la mesita de noche sin decir nada y me miró.
Me acosté a su lado. Él se acomodó detrás de mí, me rodeó con el brazo y me pegó contra su cuerpo. Lo sentí listo contra mí desde el primer momento. Me bajó el pantalón del pijama con calma, corrió la tanga hacia un lado con dos dedos, y usó saliva primero para lubricarme, luego un poco de crema del cajón de la mesita. Todo sin apuro. Matías siempre tomaba su tiempo, y yo siempre terminaba agradeciéndolo.
La entrada fue lenta. Los dos acostados de lado, él contra mi espalda, empezando con movimientos casi imperceptibles que se fueron haciendo más profundos y sostenidos. Tenía la mano sobre mi cadera, los labios rozando mi nuca. La cobija nos cubría hasta los hombros y el mundo quedó reducido a eso: el calor de su cuerpo, el ritmo constante, la presión en el lugar exacto.
Cerré los ojos.
No escuché la puerta.
No escuché los pasos en el pasillo ni el ruido del picaporte. Estaba demasiado dentro de esa sensación que se instala cuando el cuerpo deja de pensar y solo recibe: el peso de él contra mi espalda, el movimiento lento y profundo, el calor acumulado bajo la tela, el sonido de mi propia respiración haciéndose más irregular con cada empuje.
Fue la voz de Carolina lo que me hizo abrir los ojos.
—Qué rico la están pasando —dijo desde el umbral.
No grité. No me moví. Matías tampoco paró.
—Le estoy dando lo que se merece —dijo él, con una calma que en ese instante me pareció completamente obscena.
Carolina se quedó un momento apoyada en el marco de la puerta. Me miró. Yo la miré. No había vergüenza en su cara, solo algo parecido al reconocimiento.
—Disfrútalo —me dijo—. Yo ya sé lo que es.
Y se fue.
Matías no se detuvo. Siguió con el mismo ritmo, quizás un poco más intenso en los últimos minutos, con la mano apretándome la cadera. El hecho de que ella hubiera estado ahí, de que él no hubiera parado ni un segundo, me encendió de un modo que no esperaba. Me escuché gemir más fuerte. Cuando él llegó, lo hizo adentro, con un sonido grave y corto que salió de su garganta, y después se quedó quieto. Los dos quietos bajo la cobija.
Sentía cómo la tensión abandonaba su cuerpo, cómo su respiración se iba acompasando con la mía, cómo él se iba poniendo flácido dentro de mí sin que ninguno hiciera el ademán de moverse.
Afuera se escuchaban pájaros. En algún punto el sol entró por la rendija de la persiana y atravesó la cobija. Seguimos sin movernos.
Nos quedamos así un buen rato, en silencio.
***
En el desayuno tardío, Carolina preparó café y tostadas sin mencionar lo que había visto. Esperó a que estuviéramos los tres sentados alrededor de la mesa antes de hablar.
—Quiero que sepan que aprecio mucho que me tengan este tipo de confianza —dijo, mirando primero a Matías y después a mí—. No es algo que todo el mundo tenga con su familia.
Matías asintió. Yo envolví las manos alrededor de la taza y miré el café.
—Nosotros también —dije al final.
Afuera, el sol de enero entraba por la ventana del comedor. El año había empezado bien.