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Relatos Ardientes

Lo que mi novia ignora cuando salgo los jueves

Llevo cuatro meses con Lucía y nunca había estado tan enamorado. Es la mujer que cualquiera querría a su lado: inteligente, cariñosa, divertida, con una risa que me desarma cuando vuelvo del trabajo. Hablamos de viajar juntos el año que viene, de mudarnos antes del verano, de los gatos que vamos a adoptar cuando tengamos un piso lo suficientemente grande. Yo le digo que sí a todo y se lo digo de verdad. La quiero. Esa parte no es mentira.

Lo que sí lo es, lo que me consume las madrugadas, es lo que hago dos o tres veces al mes cuando le digo que tengo una cena con compañeros de la oficina o un partido pendiente con un primo que vive en otra ciudad. Lo que hago, en realidad, es follar con hombres.

Sé que suena a cliché de manual: el novio que esconde su otra vida. Pero mi caso tiene un matiz que ni yo mismo termino de entender. No me atraen los hombres como tales. No me atrae su torso, no me atrae su barba, no me atrae la masculinidad. Me atrae una sola cosa muy concreta: la polla. Me vuelve loco una buena polla, sentirla pesada en la mano, metérmela en la boca y notar cómo se endurece contra mi paladar. Y me vuelven loco también las chicas trans, esas mujeres preciosas que para mí encarnan al ser humano perfecto: el cuerpo femenino, los pechos, la cintura, el pelo… y ese miembro que las hace únicas. Si tuviera el valor de vivir de otra manera, probablemente buscaría una pareja trans. Pero no lo tengo. Y por eso estoy donde estoy.

Lucía quiere lo que ella llama una relación «tradicional». No le gustan las fantasías ni los juegos, no le gusta nada que se salga de lo conocido. Cuando una vez le insinué, riendo, si alguna vez se había imaginado a otra persona en la cama con nosotros, se quedó callada cinco minutos y luego me dijo, muy seria, que ese tipo de cosas eran el principio del fin de cualquier pareja. Cambié de tema y nunca volví a intentarlo.

Nuestra vida sexual es buena, no me malinterpretes. Le como el coño casi cada noche y follamos cinco veces a la semana. Cuando se corre, le tiembla la barbilla y se le humedecen los ojos, y ese es uno de los momentos más bonitos de mi vida cotidiana. La excito y se excita. La hago disfrutar y disfruto haciéndolo. Pero el papel que ocupo con ella es siempre el mismo: el activo, el que dirige, el que pone su deseo encima del de ella. Y mi deseo, el verdadero, no cabe ahí.

***

A Mateo lo conocí dos años antes que a Lucía. Tiene cuarenta y siete, está casado desde los veintiocho y tiene dos hijos adolescentes a los que adora. Si lo vieras por la calle, dirías que es el padre de familia más previsible del barrio: chaqueta de pana, gafas de cerca colgando del cuello, bolsa de la compra de algún supermercado caro. Trabaja en una compañía de seguros y juega al pádel los sábados.

Nos vemos tres o cuatro veces al mes en un piso franco que él alquila por horas en una zona discreta, cerca de la estación. Mateo me cuenta a veces, mientras se desabrocha los pantalones, que con su mujer hace años que no follan más de una vez al mes y que cuando lo hacen ella se queda quieta como si estuviera esperando que pasara la tormenta. No le quiere mal, no quiere divorciarse, no quiere romper nada de lo que ha construido. Solo quiere que alguien le abra la boca y se la chupe sin prisa, y que después le abra el culo y lo deje vaciarse dentro.

Eso se lo doy yo. Me arrodillo entre sus piernas, le bajo el calzoncillo despacio, le respiro encima del miembro hasta que él me agarra la nuca y empuja sin pedirme permiso. Me gusta esa parte, la de no tener que pensar. Cuando estoy con Mateo no tengo que dirigir nada. Solo abrir la boca y dejar que use lo que necesita usar.

A veces, cuando termina, se queda un rato sentado en el borde de la cama, mirando al suelo, y me dice cosas que no le diría a nadie más. Que su hijo mayor le tiene rencor por algo que él no llega a entender. Que le da miedo cumplir cincuenta. Que cuando me ve aparecer por la puerta del piso, lo primero que siente es alivio. No follamos por amor; nos protegemos mutuamente del lugar donde no encajamos.

***

Iván es lo contrario de Mateo en casi todo. Tiene veintiséis años, es abiertamente bisexual y no se esconde de nadie. En su perfil de redes salen indistintamente novios, novias y citas en bares en los que no le difumina la cara a nadie. Dice, riendo, que por la mañana puede comerle el coño a una y por la tarde comerse una polla, y que si al universo le molesta, peor para el universo.

Nos conocimos en una aplicación, en esa parte de la aplicación en la que la gente no busca pareja. Quedamos un jueves. A los cuarenta minutos yo estaba contra la pared de su salón, con los pantalones por las rodillas y su mano sujetándome la nuca como si supiera, sin que yo se lo hubiera dicho, exactamente lo que necesitaba.

Lo que tiene Iván, además del descaro, es la polla más impresionante con la que me he encontrado. No lo digo por presumir; lo digo porque es la verdad y porque marca todo lo que pasa entre los dos. Es larga, gruesa, recta, y cuando se le pone dura adquiere una rigidez que da casi miedo. La primera vez que se la metí en la boca, me asusté. Calculé el ángulo, calculé hasta dónde podía llegar, calculé cuánto iba a aguantar. Para la tercera vez ya había aprendido a relajar la garganta y dejarla pasar entera. Iván sonrió y me dijo que pocos lo conseguían.

Procuro verle una vez a la semana. Suele ser los jueves, porque Lucía tiene esa noche su clase de inglés y llega tarde. Yo invento una cerveza con un compañero, le doy un beso en la frente antes de salir y voy directo al piso de Iván, en un edificio antiguo del centro con escalera de madera que cruje. En el rellano, antes de tocar el timbre, siempre se me corta la respiración un segundo. No sé si es ansiedad o expectativa.

Iván me abre normalmente con una camiseta interior y unos pantalones de chándal y nada más. Me besa en la boca con una calma que contrasta con todo lo que viene después. Me lleva al sofá, me empuja con dos dedos en el pecho, me hace ponerme de rodillas. Sabe que esa coreografía me desarma. Sabe que yo, que con Lucía decido cada paso, con él necesito justo lo contrario.

Las sensaciones con Iván son incomparables. He llegado a correrme sin tocármela, solo con su miembro hundiéndose en mí y su mano apretándome la cadera. Es un orgasmo seco, denso, que me sube desde un sitio que no sabía que existía. Y después está el momento en que él se viene, que es lo que más me obsesiona contar y lo que más vergüenza me da haber contado. Me la mete entera en la boca, me agarra la cabeza con las dos manos, y cuando empieza a palpitar contra mi lengua y a llenarme, siento que me estoy quedando vacío de mí mismo. Como si por unos segundos no fuera nadie. Y eso, aunque suene contradictorio, es lo más parecido a la paz que he conocido nunca.

***

Anoche llegué a casa pasada la una. Lucía dormía boca abajo, abrazada a mi almohada. Me duché dos veces antes de meterme en la cama. Me lavé los dientes con esa pasta fuerte de menta que ella odia, me enjuagué con colutorio dos veces y aun así, mientras me deslizaba bajo las sábanas, tenía la sensación de oler a otro hombre.

Ella se removió, me buscó con la mano y se durmió otra vez con los dedos enredados en los míos.

No mereces esto, pensé. Y por «esto» no me refería al engaño en abstracto. Me refería a tener a alguien al lado que la quiere y que, al mismo tiempo, vuelve cada jueves con la boca aún sabiendo a otra cosa.

Me quedé despierto hasta las cuatro mirando el techo. Pensé en dejarlo. Pensé que mañana mismo bloquearía a Mateo, borraría a Iván de todas las aplicaciones, le pediría a Lucía que nos casáramos al final del año. Que con eso se acabaría. Que con quererla mucho bastaría.

Después pensé en la boca de Iván, en el peso de su miembro contra mi labio, en cómo se ríe cuando se corre, y supe que estaba mintiéndome a mí mismo otra vez.

No sé cuánto voy a aguantar así. Sé que esto está mal. Sé que si Lucía se enterara, no me lo perdonaría jamás, y sé que tendría todo el derecho del mundo a no perdonármelo. Pero también sé que llevo años deseando lo que deseo, que no he elegido desearlo, y que la idea de pasarme la vida fingiendo que con una sola persona me basta me asfixia más que la culpa.

A veces pienso que un día dejaré de esconderme. Que cogeré un avión, me iré a otra ciudad, encontraré a una chica trans con la sonrisa que llevo años imaginándome y empezaré desde cero. Otras veces pienso que no me atreveré nunca, que seguiré con Lucía, que terminaré casándome con ella, y que cada jueves seguiré encendiendo el coche con las manos temblando por lo que estoy a punto de hacer.

Esta es mi confesión. No espero que nadie la entienda. Solo quería contarla en voz alta, aunque sea aquí, para dejar de cargar con ella yo solo.

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Comentarios (5)

SilviaMar

tremendo... me quede sin palabras

NachoCba

Por favor que haya una segunda parte. No puede quedar asi, quede con demasiadas ganas de saber como termina todo esto

CheTucu

El detalle de los jueves dice todo sin decir nada. Eso es escribir bien. Felicitaciones.

Mili_BA

increible!!! sigue escribiendo así

PedroLector_MX

Lo que mas me gustó es que no cae en lo burdo. Se siente autentico, de esos relatos que te quedan dando vueltas en la cabeza un buen rato. Felicitaciones y espero que sigas publicando.

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