Lo que pasó en el sauna con mi amante de Berlín
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me asomé por la rendija sin pensar y lo que vi me clavó al suelo: mi padre no era quien yo creía.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
El parque estaba vacío a las nueve. Cuando aparecieron las tres siluetas oscuras al final del sendero, supe que no iba a llegar a casa la misma persona.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Cruzamos el océano para celebrar nuestros veintiuno con ellos. Cuando bajamos al salón vestidos, los dos nos esperaban de pie, y entendí que nada sería como antes.
Aquella mañana se despertó coqueto consigo mismo. Subió la colina con sus ovejas, se quitó la camiseta bajo el árbol y empezó a tocarse, sin saber que alguien lo miraba.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
El último mensaje de Saúl había llegado siete días antes: «A las seis, no faltes». Y a las seis en punto subí, con el pulso en la garganta y el cuerpo decidido antes que la cabeza.
Pensé que sería una sola tarde y un solo desconocido. No imaginé que cada uno me enseñaría algo distinto, ni que el tercero me dejaría sin voz durante dos días.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.