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Relatos Ardientes

Semana Santa: lo que le hice a ese hombre dormido

4.6(12)

—Ave María purísima —dice una voz al otro lado de la celosía. Es más joven de lo que esperaba.

—Sin pecado concebida —respondo, y tardo un momento en continuar—. Bendíceme, padre, porque he pecado. Llevo más de un mes sin confesarme.

El silencio que viene después es solo mío. Sé lo que tengo que decir. No sé si puedo decirlo en voz alta.

—Hijo, ¿qué deseas confesar?

—Padre… ¿Todos los pecados tienen perdón? Necesito saberlo antes de empezar.

Una pausa breve. Luego:

—La respuesta corta es sí. Pero el perdón requiere arrepentimiento sincero. ¿Estás arrepentido?

—Eso es lo que no sé, padre.

Oigo que él ajusta su postura al otro lado.

—Cuéntame qué pasó —dice—. Lo vemos juntos.

Respiro hondo y empiezo por el principio.

***

En Semana Santa, los padres de Elena me invitaron a pasar unos días en su casa de veraneo, en un pueblo de la costa, en Cantabria. A Elena y a mí, que llevamos tres años juntos y nos casamos en agosto. Y también a Sofía, la hermana de Elena, con su novio Erik.

Llegamos el miércoles por la noche, después de tres horas y media de coche bajo una lluvia insistente. La madre de Elena nos esperaba con la cena. Cuando llegamos las patatas llevaban tiempo en el fuego y ya no eran lo que habían sido, pero no dije nada. Cenamos deprisa. Entonces ella dijo lo que siempre dice: que los novios no podían compartir habitación bajo su techo hasta estar casados.

Las chicas dormirían juntas en el cuarto de Sofía. Yo compartiría habitación con Erik, a quien no había visto en mi vida.

Como era tarde y él ya estaba durmiendo, entré en silencio. La habitación era pequeña, con una cama estrecha pegada a la pared del fondo y apenas espacio para moverse. Había algo de luz de luna por la ventana, lo justo para no tropezar. Me desnudé en la oscuridad, me puse el pijama y me metí en la cama con cuidado de no despertarlo.

Un desconocido a veinte centímetros. Normal. Completamente normal.

Tardé en dormirme, pero no le di mayor importancia. La cama era incómoda, el pueblo silencioso de una manera extraña para alguien de ciudad, y el viento golpeaba la contraventana cada cierto tiempo. Nada raro.

***

En mitad de la noche, Erik se despertó. Tenía que ir al baño, y entre él y la puerta estaba yo. Pasó por encima de mí intentando no molestar, y en ese momento noté algo que no debí notar. Su entrepierna rozó mi cadera. Y lo que rozó estaba duro. No fue un segundo, fue el tiempo que tardó en pasar, que tampoco es mucho, pero tampoco es nada. Sentí el peso de su polla contra mi hueso, la forma completa, la cabeza y el grosor apretados por la tela del calzoncillo, arrastrándose lentos sobre mi piel. Se me cortó la respiración.

Lo oí en el baño. El chorro contra la porcelana durando más de la cuenta, y después un silencio raro, como si se hubiera quedado ahí de pie sin hacer nada. Volvió, pasó de nuevo por encima —y juro que esta vez fue más despacio, y esta vez su verga me rozó desde la cadera hasta el ombligo— se acomodó en su lado de la cama y se durmió enseguida.

Yo no volví a dormir en toda la noche. Se me puso dura debajo del pijama y no me atreví a tocármela con él a veinte centímetros. La aguanté así, hinchada y palpitando, hasta que salió el sol.

—¿Eso cuenta como pecado, padre? —pregunto, sin poder evitarlo.

—No. Continúa, hijo.

***

A la mañana siguiente me duché temprano y bajé a desayunar. Fue en la cocina donde nos presentaron, entre risas de todos: el novio de Elena y el novio de Sofía, que habían dormido juntos antes de conocerse. Yo reí lo necesario para que no se notara nada.

Y es que Erik era un hombre de esos que no pasan desapercibidos. El pelo rubio casi blanco, los ojos de un azul muy claro, la piel bronceada pese a que todavía era abril. Su padre era del norte de Europa, eso se veía sin preguntar. Alto, espalda ancha, con esa calma en los gestos que tienen los hombres que no necesitan demostrar nada. Hacía natación desde los doce años, tenía un doctorado en ingeniería, y cuando contaba algo la gente dejaba de mirar el plato para mirarlo a él.

Yo soy moreno, de complexión normal. Me cuesta describir lo que soy porque siempre que lo intento me doy cuenta de lo poco que me fijo en mí mismo. Ojos oscuros, pelo oscuro, un español de manual. Sin nada especial en lo que fijarse.

Y sin embargo Erik me miraba mientras yo miraba la mesa.

Pasamos el jueves visitando el pueblo, yendo a misa, comiendo más de lo que debíamos. Erik hacía chistes que arrancaban carcajadas hasta a la madre de Elena. Yo casi no hablé en todo el día. Cuando me preguntaban si me pasaba algo decía que era el cansancio del viaje.

***

Por la tarde fuimos a la piscina municipal. El agua estaba fría todavía, pero nadie quiso quedarse en casa. Yo me senté en la orilla con un libro abierto en la misma página desde hacía media hora.

Entonces Erik salió del agua y caminó hasta donde yo estaba. Se sacudió el pelo mojado, me extendió la mano para que me levantara, y cuando lo hice me rodeó por detrás con los brazos. Un gesto de esos de amigos de toda la vida que intentan tirarte a la piscina, excepto que nosotros no nos conocíamos de nada.

Noté su cuerpo contra el mío. Noté su pecho mojado contra mi espalda, sus brazos rodeándome el torso. Y noté, debajo de su bañador, exactamente lo que había notado la noche anterior. Con menos tela de por medio y durante más tiempo. Su polla dura encajada entre mis nalgas por encima del bañador, marcándose entera, subiendo hacia mi espalda baja. Movió las caderas una vez, disimulando el gesto como si fuera parte del abrazo, y me la restregó de arriba a abajo. Sentí la cabeza del glande escalonarse contra mi coxis y se me aflojaron las rodillas.

Me solté, dije algo que no recuerdo, y volví a la toalla a tumbarme boca abajo, porque yo también estaba durísimo y no quería que se me marcara en el bañador. Elena me gritó desde el agua que era un aburrido. Yo levanté la mano como reconociendo el insulto y no me moví.

Erik vino a sentarse a mi lado un minuto después.

—Tienes mucho vello —dijo, señalando mis brazos. No era una crítica, solo una observación, pero me puse en guardia de todas formas.

—Bastante, sí.

—Yo casi nada, por lo de la natación. —Hizo una pausa—. Si quieres, te ayudo a depilarte. He ayudado a varios compañeros del equipo. Los dejo bien lisos, hasta el culo y los huevos, para que corten mejor el agua.

Mantén la compostura. Estás en una piscina pública. Tu prometida está a diez metros nadando.

—No hace falta, gracias —dije sin levantar los ojos del libro.

Erik se encogió de hombros y se quedó tumbado a mi lado, mirando el cielo. No sé cuánto tiempo estuvo así. Lo sé porque cuando por fin me atreví a mirarlo de reojo tenía los ojos cerrados, una mano apoyada sobre el bulto del bañador, y yo llevaba varios minutos sin leer una sola letra.

***

Esa noche abrimos el vino que habíamos traído de regalo. Los suegros se fueron a dormir pronto y nos quedamos los cuatro jugando al Trivial. Con dos copas yo ya estaba hablando más de la cuenta. Con tres me puse sentimental y le dije a Elena que la quería delante de todos.

En algún momento de la noche salió el tema de que Elena y yo éramos vírgenes y pensábamos serlo hasta el matrimonio. Sofía dijo que ella también. Erik dijo que él también, con una sonrisa que no supe interpretar.

Cuando por fin nos fuimos a dormir, Erik entró al cuarto antes que yo. Cuando yo entré, se estaba desvistiendo.

Debería haber mirado hacia otro lado. En ese momento supe que debería haberlo hecho.

No lo hice.

Tenía el torso desnudo y estaba buscando el pijama en la bolsa. O lo que fuera que usara para dormir, que resultó ser solo el calzoncillo. Un slip negro que se puso con la misma naturalidad con que uno se pone calcetines. Antes de subírselo lo vi entero un segundo, de espaldas: el culo blanco donde no le llegaba el sol, y al girarse para acomodárselo, la polla flácida colgando pesada sobre los huevos, gruesa incluso en reposo, con un rizo de vello rubio en la base. Se subió el slip y la tela se tensó, dibujándolo todo.

—¿Es verdad que eres virgen? —me preguntó mientras se giraba.

—Sí —respondí, y sentí que me ardía la nuca.

—¿Y nunca te has tocado con nadie, de ninguna manera? ¿Ni una mamada, ni una paja? ¿Nada?

—Nada —dije bajito, y noté cómo se me apretaba la garganta al decirlo.

—Joder —susurró él, y se pasó la lengua por los labios—. Qué desperdicio.

Cambié de tema. Me puse el pijama de espaldas a él, con las manos que no me obedecían del todo, y me coloqué del lado de la pared. Mirando el papel pintado. Esperando que el vino hiciera su trabajo cuanto antes.

Tardó más de lo que me hubiera gustado, pero al final me dormí.

***

Me desperté de madrugada. La habitación estaba en completo silencio. La luna ya no daba en la ventana y apenas distinguía formas.

Erik dormía a mi lado, sobre la espalda, con la sábana a la altura de las caderas. Respiraba lento y profundo. Su pecho subía y bajaba despacio. El slip negro se marcaba bajo la tela fina, y ahí, en el centro, había un bulto que no era el de un hombre dormido tranquilo. Era el de un hombre empalmado.

Debería haber dado la vuelta y cerrado los ojos.

Alargué la mano.

Lo noté a través de la tela. Estaba completamente erecto, tan duro que la punta le llegaba casi al ombligo, tensando la goma del calzoncillo. Empecé a moverme despacio por encima del tejido, sin casi presión, solo sintiendo el recorrido: la base gruesa, la vena que le subía por el lado, el glande hinchado empujando contra el slip. Su respiración no cambió. Me moví un poco más, apretando ya con toda la mano, envolviéndolo entero. Seguía igual.

Para. Para ahora mismo. Tienes que parar.

No paré.

Me arrodillé junto a él en la cama, despacio, sin hacer ruido. Le levanté la goma del calzoncillo con dos dedos y lo saqué con cuidado, conteniendo la respiración como si eso fuera a cambiar algo. La polla brincó libre y le cayó pesada sobre el vientre, dejando un rastro brillante contra la piel.

Era grande. Más de lo que había imaginado, y había imaginado demasiado los últimos dos días. Larga, gruesa en la base, el glande rosado y descapullado, con una gota de líquido preseminal ya asomando por la punta.

Empecé a masturbarlo. Despacio al principio, con la mano entera rodeándolo, sin poder cerrar los dedos del todo alrededor. La sentí latir en la palma, dura como un hueso, caliente, con la piel deslizándose limpia sobre el eje al subir y bajar. Me llevé la otra mano a sus huevos, pesados y llenos, y los ahuequé con cuidado, sintiendo el peso, notando cómo se movían dentro del saco cuando le apretaba. Sus caderas no se movieron. Su respiración siguió siendo profunda y regular durante los primeros minutos, pero la verga se le hinchó un poco más entre mis dedos, y el líquido de la punta empezó a caer en un hilo espeso.

Me acerqué más, casi sin darme cuenta, hasta que pude sentir el calor que irradiaba de la ingle. Bajé la cara y respiré su olor —a jabón, a sudor limpio, a piel de hombre— y me mareé un poco. Extendí el pulgar por la punta, recogí el preseminal viscoso y lo repartí por todo el glande, y luego bajé la mano lubricándole toda la longitud con su propio jugo. En ese momento supe que no iba a poder parar.

Entonces noté la presión en la nuca.

Su mano. Firme pero sin brusquedad, empujando hacia abajo con una claridad que no dejaba lugar a dudas. Los dedos abiertos, enredándose en mi pelo, y esa fuerza serena de tío grande que te dice sin decir nada lo que quiere que hagas.

Abrí la boca antes de saber que lo estaba haciendo.

Me la metí hasta donde pude, que no fue todo, pero casi. El glande caliente pasó por mis labios, resbaló por la lengua y me chocó contra el paladar, y luego siguió empujando hasta el fondo de la garganta. Se me llenó la boca de él, del sabor salado del preseminal, del olor de su ingle contra mi nariz. Me atraganté un poco al principio, tosí en silencio con la polla dentro, y él aflojó un segundo la presión de la nuca, solo para volver a apretar cuando me recompuse.

Usé la lengua en movimientos que no sabía que sabía hacer, en espiral alrededor del glande, subiendo por el frenillo, deteniéndome en la corona, bajando en línea recta por la vena que le latía en el lado. Cada vez que subía, chupaba con fuerza, hundiendo las mejillas; cada vez que bajaba, la relajaba y dejaba que se me hundiera lo más posible. Se me caía la saliva por las comisuras, le mojaba los huevos, le corría por la ingle. Me daba igual. Solo quería más.

Él no dijo nada, pero sus caderas empezaron a moverse despacio, marcando el ritmo, empujando un poco más en cada bajada. Cerré los ojos y me dejé llevar, con las manos abiertas sobre sus muslos, sintiendo cómo los músculos se le tensaban cada vez que su polla golpeaba el fondo de mi garganta. Me hundía una y otra vez, cada vez con menos miedo, cada vez con más hambre. Le pasé la lengua entera por los huevos, me metí uno en la boca, luego el otro, y volví a subir chupando desde la base hasta la punta, muy lento, saboreando cada centímetro. Le lamí la gota espesa que se le había vuelto a formar en el ojal, y él soltó por fin un gemido bajo, casi un gruñido, y me apretó más la nuca.

Su respiración se fue haciendo más corta, más irregular. Las caderas más insistentes, follándome ya la boca sin disimulo, empujándome contra su pubis en cada envión. Yo ya no pensaba en nada concreto, solo en no parar, en hacerlo bien, en el calor que tenía en la garganta y en el pecho y en los brazos. Se me había puesto durísima yo también dentro del pijama, y notaba que me corría un hilo pegajoso en la pierna sin haberme tocado siquiera.

Cuando sentí que estaba llegando —los huevos se le encogieron contra el cuerpo, la polla se le puso más gruesa, más dura, imposible—, me aparté un momento para respirar y enseguida volví, con la mano tomando el relevo, meneándosela rápido con la muñeca girada. Le pasé la lengua plana por el glande, en círculos, sin dejar de bombear con la mano. Su cuerpo se tensó de golpe, arqueó la espalda unos milímetros, y en ese momento llevé los labios al extremo y lo recibí todo con cuidado.

La primera descarga fue caliente y espesa y me llenó media boca. La segunda vino detrás, casi sin pausa, y la tercera. Seguí meneándosela mientras se corría, apretando bajo el glande para sacárselo todo, y él siguió empujando cortitas veces contra mi lengua, vaciándose entero. Me tragué la primera tanda para hacer sitio, y luego el resto se me acumuló en la boca antes de bajarlo despacio. No derramé nada. Me lo tragué todo, sintiendo cómo bajaba caliente por la garganta, con ese sabor amargo y salado y limpio. Limpié la punta con la lengua, recogí las últimas gotas, chupé una última vez por encima para estar seguro, y me incorporé poco a poco.

Él tenía los ojos cerrados todavía. Sus caderas se relajaron. Respiró hondo una vez, luego otra. La polla, todavía dura pero más pesada, le cayó sobre el vientre brillando de mi saliva.

—Qué bien sabes hacerlo —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Para no haberla mamado nunca.

Se dio la vuelta y en diez segundos volvía a dormir.

Yo me quedé sentado en el borde de la cama durante mucho tiempo, en la oscuridad, con el sabor de él todavía en la boca y el pijama pegado al muslo por mi propia lefa, que se me había escapado sin que me diera cuenta. Sin saber qué hacer con lo que acababa de pasar. No con lo que había hecho. Con cómo me sentía habiéndolo hecho.

—¿Todo bien, padre? —pregunto, porque al otro lado de la celosía hay un ruido que no sé descifrar.

—Sí, sí —responde con la voz algo diferente—. Continúa, hijo.

—Eso es todo, padre. Lo que le he contado es lo que tengo que confesar.

El silencio dura más de lo normal.

—Dios perdona todo arrepentimiento sincero —dice por fin—. ¿Te arrepientes?

Me quedo callado. Pienso en la mano de Erik en mi nuca, en cómo su cuerpo se tensó y cómo su respiración cambió. Pienso en el peso de su polla en mi lengua, en el sabor de su corrida bajándome por la garganta. Pienso en Elena, que se casa conmigo en agosto. Pienso en la cara que puse esa mañana en el desayuno y en cómo él me miraba sin decir nada, con esa sonrisa que tampoco decía nada, y en cómo yo miraba la mesa.

—Eso es lo que no sé, padre —repito.

—¿Quieres que te dé tu penitencia?

—Espere. Todavía no he terminado.

Al otro lado de la celosía, el cura exhala muy despacio.

—Hijo —dice—, llevo aquí más de media hora.

—Lo sé, padre. Pero es que lo de aquella noche no fue solo una vez.

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4.6(12)

Comentarios(9)

vikingo33

Dios mio que relato... me quede sin palabras al final. Gracias!

moreno28

Necesito la segunda parte urgente jajaj se corto justo cuando mas queria saber

Fabricio_mx

Me recordó a unas vacaciones en la costa, esa tension antes de que pase algo... lo captaste perfecto. Sigue escribiendo

daybear

El titulo me engancho al toque. Tenes mas relatos de este estilo?

Balta63

Muy excitante, me tuvo enganchado hasta el final. Enhorabuena

LectoR_casual

Semana Santa nunca mas va a sonar igual despues de leer esto jajaja. Muy bueno

Diego Vega

Bien escrito y con buen ritmo. De los mejores que cai por aca ultimamente, la verdad.

Renato_BA

Me gustó mucho como manejaste la tension del principio, no se siente forzado para nada. Felicitaciones

Fer

corto pero completo, eso se agradece. Mas!!!

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