La noche que compartí cama con mi cuñado
—Ave María Purísima —dijo una voz desde el otro lado de la celosía. Más joven de lo que esperaba.
—Bendíceme, padre, porque he pecado —respondí mientras me santiguaba y me aseguraba de que la cortinilla estuviera del todo cerrada. Ni una rendija. —Hace casi un mes que no me confieso.
Guardé silencio. Las palabras seguían atascadas en algún punto entre la cabeza y la boca.
—Hijo, ¿qué deseas confesar?
—Padre... ¿todos los pecados tienen perdón?
—Es una pregunta difícil sin contexto. Te noto nervioso. ¿Crees haber hecho algo grave?
—Sí, padre. Muy grave.
—La respuesta corta es sí. Todos los pecados tienen perdón, pero el arrepentimiento tiene que ser sincero y debes hacer el acto de contrición. ¿Estás dispuesto?
—Eso... no lo sé todavía, padre. Depende de lo que me diga cuando escuche todo.
Un silencio breve. Luego:
—Dime de qué te quieres confesar y lo vemos juntos. ¿Te parece?
En sus palabras había comprensión. Me imaginé que un cura habría escuchado de todo, pero lo mío era distinto. Lo mío era peor.
—Esta semana pasada... mis suegros nos invitaron a su pueblo de Galicia por Semana Santa. Un pueblo pequeño, con una procesión muy bonita, padre. Con nazarenos y todo. Nos invitaron a mí y a mi prometida, y también a mi cuñada con su novio.
—Entiendo.
—Llegamos el miércoles por la noche. Habíamos tardado el doble de lo previsto por la lluvia. Cuando por fin llegamos solo nos esperaba mi suegra. Un filete empanado y unas patatas que llevaban recalentándose desde hacía horas. Perdone, padre, acabo de pecar: tengo muchas quejas de mi suegra. Pero es buena mujer. Cenamos rápido, estábamos agotados. Y entonces nos dijo, como era de esperar, que mi prometida Lucía y yo no podíamos dormir en la misma habitación. En agosto nos casamos, y hasta entonces nada.
—Claro.
—Total, como solo había dos habitaciones, las hermanas dormirían juntas y yo con el novio de mi cuñada. Se llama de otra manera, padre, pero lo llamaré Axel. Entré en silencio porque ya estaba dormido. Era una habitación diminuta, con una cama pegada contra la pared para hacer algo de espacio. Me desnudé a oscuras, me puse el pijama como pude y me metí en la cama con un desconocido. Fíjese lo pequeña que era la habitación, padre. Fíjese.
—Entiendo.
—Había algo de luna entrando por la ventana. Se le veía el perfil. Era... de buen ver, padre. Yo creo que eso no cuenta como pecado mirar. Me quedé dormido mirándolo.
—Bueno. Continúa.
—En mitad de la noche noté que se movía. Tenía que ir al baño, pero entre el baño y él estaba yo. Pasó por encima de mí. Y ahí fue, padre. Ahí fue cuando lo noté.
—¿Notaste?
—Su... miembro, padre. Estaba duro y rozó mi cadera. Y también un poco el mío, padre. Fue un segundo, pero sentí como una corriente eléctrica, un calor que no sabía de dónde venía. Él fue al baño, oí que orinaba un buen rato, volvió, pasó por encima de mí otra vez y se quedó dormido. Yo me quedé mirando el techo. Aterrorizado.
—Es una buena señal, hijo.
—Quizás, padre. No lo sé. Al final concilié el sueño y por la mañana él ya no estaba. Me duché, bajé a la cocina y ahí nos presentaron. Todos se reían de que hubiéramos dormido juntos antes de conocernos. Yo reía con ellos pero por dentro estaba incómodo. Porque cuanto más lo miraba a la luz del día, más guapo me parecía.
Hice una pausa. Cómo explicar bien lo que sentí al verlo de frente.
—Tenía el pelo rubio casi blanco, la piel morena de tomar el sol, los ojos verdes muy claros. Su padre es noruego, padre. Por eso es tan alto. Hace natación, por eso está tan fuerte. Y además es muy listo: arquitecto, haciendo un máster. Y muy simpático, con unos chistes que hacía reír hasta a mi suegra. Yo no podía mirarle a los ojos y todos me preguntaban que si me había comido la lengua el gato.
—Ya veo.
—Yo, padre, por si se hace una idea, soy normal. Pelo oscuro, ojos oscuros. Un español de toda la vida. No soy bajito, tengo algo de barriga, pero los brazos fuertes. Soy macho español —me reí, pero el cura no me acompañó.
—Continúa, hijo.
—Axel y mi cuñada Nerea parecían muy enamorados. Se daban besos y abrazos delante de todos. Yo con Lucía siempre he procurado mucho respeto en casa de sus padres, así que verlos así me daba un poco de envidia. Mire, otro pecado que ni me había dado cuenta.
—¿Envidia de tu cuñada?
—De ella, sí. Y de él también, padre. Supongo.
***
—Por la tarde fuimos a la piscina del pueblo. Hacía calor a pesar de la época. Axel llevaba un bañador negro y, padre, tenía el torso perfecto: sin apenas vello, todo uniforme, con esa línea de los hombros que hace la natación. Cuando fuimos a meternos al agua me cogió por detrás, así, en broma para tirarme. Y noté todo su cuerpo contra el mío. Todo. Lo que llevaba en ese bañador era considerable, padre, y ya entonces estaba a media asta. Tuve que volver a la toalla y tumbarme boca abajo durante un buen rato. Porque padre, el mío tampoco tiene poco tamaño, y se me habría notado perfectamente.
—Entiendo.
—Todos me decían que estaba muy raro. Las chicas se metieron al agua y Axel vino a quedarse conmigo. Yo hacía como que leía un libro. Él sacó conversación. Habló de que le gustaba nadar sin vello corporal, que él no tenía casi nada y que había ayudado a muchos compañeros del equipo a depilarse. Me preguntó si yo me había depilado alguna vez. Le dije que no. Me ofreció ayudarme. Dijo que tenía material y todo.
—Ya.
—Padre, yo en ese momento tenía una erección que qué vergüenza. Eso no me había pasado en mi vida. Al final volvieron las chicas y estuvimos con ellas hasta que nos fuimos a cenar a casa. Cuando mis suegros se fueron a dormir, nos quedamos las dos parejas jugando al Monopoly. Habíamos abierto un vino de regalo, padre. Yo no suelo beber, así que con tres copas ya estaba arrastrando las palabras. Axel se reía mucho conmigo. La lengua se nos fue soltando y salió el tema de la virginidad. Lucía y yo contamos que esperábamos al matrimonio. Mi cuñada dijo que ella también. Axel dijo que él también, aunque mirándome mientras lo decía de una manera que no me convenció.
—¿En qué sentido?
—Con una sonrisa, padre. Esa sonrisa que tenía. Yo cambié de tema rápido. Al poco empecé a dar cabezadas y decidimos terminar la partida y irnos a dormir.
***
—Axel se desnudó nada más entrar al dormitorio, padre. Sin ningún pudor. Y yo sentí algo que no había sentido en mi vida: un calor que empezaba en el pecho y bajaba. Tenía un cuerpo perfecto, todo moreno salvo la marca blanca del bañador en la cadera, y su miembro, padre, era enorme.
—El tamaño no viene al caso, hijo.
—Luego sí que viene, padre. Se lo prometo. Total, lo vi desnudo poniéndose el calzoncillo y tuve que mirar a otro lado. Esta vez me puse del lado de la pared para tener menos tentaciones. Cerré los ojos. Con el vino encima me quedé dormido relativamente rápido.
—Bien.
—Pero me desperté a las tantas, padre. No había manera de volver a dormirme. Estaba incómodo, no encontraba postura. Y me giré hacia él. La noche era cálida y había apartado casi toda la sábana. Solo llevaba el calzoncillo negro. Podía ver perfectamente su pecho, su abdomen, la clavícula. Respiraba despacio, muy plácido. Y yo, padre, solo miraba un sitio. El slip negro y el bulto enorme que había debajo.
—Hijo...
—Ya lo sé, padre. Fatal. Pero va a peor, que le aviso. ¿Cuántos pecados llevo?
—No importa el número. Continúa, continúa.
—Extendí la mano, padre. Sin pensar. Lo toqué por encima de la tela y estaba duro como una piedra. No sé qué me vino, pero empecé a subirlo y bajarlo despacio, por encima de la tela. Él respiraba profundo. Mi corazón iba a doscientas. Me acerqué para olerlo, no quería despertarlo. Y entonces algo se apoderó de mí, padre. Sé que iba a arruinar mi proyecto de vida con Lucía, sé que no estaba pensando, que era el vino quizás, que veía borroso. Con mucho cuidado levanté la goma del calzoncillo y lo saqué de ahí. Era precioso —tragué saliva— digo...
—No te preocupes por las palabras, sigue.
—Era precioso. Tenía un prepucio perfecto que subí y bajé hasta que empezó a salir líquido. Era tan grueso que, mire que tengo las manos grandes, casi no podía rodearlo del todo. Empecé a masturbarlo despacio, de arriba a abajo. Sentía un calor por todo el cuerpo, el vello erizado, la respiración entrecortada. Yo siempre he respetado a Lucía, padre, siempre. Pero nunca había sentido nada parecido a aquello.
Seguí moviéndome cada vez más rápido. Me olvidé de que podían oírnos, me olvidé de todo. Y de repente, padre —bajé la voz, casi un susurro— noté algo en la nuca.
—¿En la nuca?
—Una presión. Su mano, padre. Me llevé un susto enorme, el corazón se me paró un segundo. Pero no podía parar, estaba endemoniado. Y cuando noté que esa mano empujaba despacio, que acercaba mi cabeza hacia abajo, me lo metí en la boca. Y empecé a chuparlo, de arriba a abajo, intentando meterlo todo aunque me costara.
—No pudiste... controlarte ni un poquito —su respiración sonaba extraña. Más pesada. Pensé que era la ira de escuchar aquello.
—No, padre. Cerré los ojos y me dejé llevar. Usaba la lengua para darle más placer, luchaba porque no me dieran arcadas. Su mano me llevaba más abajo y sus caderas empezaron a moverse, empujando hacia mi garganta. De repente su respiración se volvió más pesada y yo entré en pánico. Recuperé un segundo de cordura y llevé mi mano a su boca para acallarlo, pero seguía moviéndose. Y entonces me acordé, padre —la vergüenza me cortaba la voz.
—¿De qué, hijo!? ¡Continúa!
—De lo que pasa cuando uno acaba. Me preocupó que mi suegra pudiera encontrar alguna evidencia de lo que estábamos haciendo sus yernos. Ninguna evidencia del pecado. Me aparté un momento para tomar aire, pero seguí masturbándolo con la mano. Y cuando su cuerpo se contrajo y supe que era el momento, me llevé su miembro a la boca haciendo una cavidad con los labios. Mi otra mano seguía en su boca, notando el aliento de sus gemidos ahogados.
—Dejé que... eyaculara ahí. Con mucho cuidado de que no cayera nada. Ni una gota, padre.
—Bien hecho, hijo —escuché que decía con la voz algo rara.
—¿Bien hecho?
—No, no, o sea... lo que quiero decir es que me imagino lo difícil que debe ser contar estas cosas. Continúa.
—Claro, padre. Pues descargó todo su semen ahí. Pensé que no me iba a gustar el sabor, pero no estaba mal. Me lo tragué todo y limpié la punta con cuidado para que no quedara rastro. No me atreví a mirarle la cara. Solo oí que me decía en voz muy baja: «Llevas razón, cuñado, qué bien la tienes». Y se giró y se quedó dormido. Yo me quedé mirando el techo hasta que amaneció.
Oí un ruido raro al otro lado de la celosía. Como si el padre cambiara de posición.
—¿Todo bien, padre?
—Sí... sí —exhaló lentamente.
—Padre, ¿ve la gravedad de todo lo que he pecado? —El cura tardó en responder.
—Dios lo perdona todo si hay arrepentimiento sincero. ¿Quieres que te diga tu penitencia?
—¿Penitencia? Padre, si apenas he empezado. Eso fue el jueves. Todavía me queda contarle el viernes, el sábado y el domingo de Resurrección.
Un silencio largo al otro lado.
—Tómate tu tiempo, hijo —dijo por fin, con la voz un poco ronca. —No tengo ninguna prisa.