Mi primera vez con un hombre fue mucho más que curiosidad
Tenía cuarenta y cinco años cuando finalmente acepté lo que llevaba más de dos décadas guardando en un rincón cerrado de la cabeza. No fue una crisis ni una iluminación. Fue una tarde aburrida, un café enfriándose en el escritorio y un teléfono que pesaba más de lo normal en la mano.
Siempre me había considerado un tipo varonil. Casado, divorciado, dos novias después de la separación, un par de hijos ya grandes. Nunca había necesitado convencer a nadie de mi virilidad porque era evidente: barba cerrada, pecho velludo, voz grave, hombros anchos. Y, sin embargo, desde los veinte años cargaba con una fantasía que no se iba con los años, sino que crecía con ellos.
Me bajé la aplicación esa misma tarde. Subí una foto: solo el torso, los pezones tapados, la línea de vello del abdomen marcada por la luz lateral de la ventana del estudio. Ni cara ni nombre real. Esteban, dije que me llamaba. Cuarenta y cinco. Curioso. No escribí más.
El primer mensaje llegó en veintidós minutos.
—Lindo torso. ¿Hace mucho que andás dando vueltas?
Me hizo gracia el tuteo, la confianza directa. Le contesté que era nuevo. Que en realidad no sabía bien qué buscaba. Que tal vez nada. Que tal vez sí.
—Pasame una foto sin recorte. Quiero ver con quién hablo.
Le mandé una más completa. El tipo me devolvió la suya en un minuto. Alto, barba canosa, mirada de no perder tiempo. Cuarenta y tantos, también. Se llamaba Diego. Vivía solo, dijo. Divorciado, dijo. No sé si era verdad. Tampoco me importaba demasiado.
—Mañana a las siete. Llevá lo que llevás puesto y nada más. Si te arrepentís en el camino, no vengas. Pero si tocás el timbre, sabés a qué venís.
Estuve doce horas pensando en no ir. Y otras doce pensando en cómo llegar.
***
El edificio era bajo, de tres pisos, en una calle tranquila con jacarandás todavía florecidos. Me tomé un whisky en el bar de la esquina antes de subir, no por valor sino por miedo. Cuando toqué el timbre tenía la camisa pegada a la espalda y la lengua seca.
Diego abrió en pantalón de jogging y remera blanca. Más alto en persona que en la foto. Olía a jabón limpio y a algo más amargo, como tabaco rubio.
—Llegaste —dijo, y se hizo a un lado—. Pasá.
El living era pequeño, oscuro, con un sillón de cuero gastado y una mesita baja con un cenicero vacío. No había fotos en las paredes. Tampoco televisión.
—¿Cerveza?
—Por favor.
Volvió con dos latas y se sentó al lado mío, no enfrente. La rodilla derecha me rozaba el muslo. No la corrió. Yo tampoco.
Empezó a hablar de cualquier cosa: del calor, del barrio, de un viaje a la costa que había hecho el verano pasado. Yo asentía sin escuchar. Tenía los ojos clavados en el bulto que se le marcaba debajo del pantalón, una sombra que crecía a medida que él seguía con su monólogo tranquilo, como si no supiera que yo estaba mirando. O como si lo supiera demasiado bien.
De golpe se calló. Me tomó la mano sin pedir permiso y la apoyó encima de su entrepierna. La presión, el calor, la dureza debajo de la tela. Me quedé sin aire.
—¿Y? —dijo—. ¿A qué viniste, Esteban?
No supe qué contestar. Apreté apenas con los dedos, sintiendo el contorno. Él sonrió de costado.
—Levantate.
Lo hice.
—Arrodillate.
También.
—Bueno, putita —dijo, sin levantar la voz, como si me ofreciera otra cerveza—. A esto viniste. Hacé sentir bien a tu macho.
Putita. La palabra me golpeó en el pecho como si me hubiera estado esperando ahí. Sentí un calor que me subió desde el cuello hasta la frente. No era vergüenza. Era otra cosa. Era reconocimiento.
Le bajé el pantalón con manos torpes. El calzoncillo gris se le pegaba a una erección que ya no disimulaba. Cuando lo deslicé hacia abajo, la verga le saltó hacia adelante y me golpeó suavemente contra la mejilla. Era gruesa, larga, surcada de venas, con el glande oscuro y brillante. Mi primera reacción fue pensar que aquello no me iba a entrar en ningún lado. La segunda fue abrir la boca.
—Despacio —dijo, agarrándome la nuca con una mano firme pero sin empujar todavía—. No te apures. Quiero verte trabajar.
Empecé como pude. Primero con los labios, recorriéndolo entero, mojándolo. Después con la lengua, dándole vueltas a la cabeza, probando el sabor salado de la primera gota. Y al final, cuando él aflojó la presión sobre mi nuca y me dejó decidir, lo tomé entero, hasta donde pude, atragantándome la primera vez y bajando un poco más en la segunda.
—Eso es. Así, perra. Se ve que llevabas tiempo guardándote esto.
Lo llevaba. Por Dios que lo llevaba.
Le besé los huevos, se los lamí uno por uno, le subí por el tronco a lengüetazos largos. Diego me pasaba la mano por el pelo como quien acaricia a un animal que está aprendiendo. Sin querer le rocé los dientes en el glande y me clavó los dedos en la nuca.
—Cuidado, puta. Una más y te vas a la calle.
Me dio una cachetada que sonó más fuerte de lo que dolió. Después se separó y me ordenó que me desvistiera. Yo, todavía arrodillado, me saqué la camisa, los zapatos, el pantalón, los calzoncillos. Él se sacó la remera de un tirón y se quedó parado, mirándome desde arriba, con esa verga apuntándome a la cara.
—Al cuarto.
***
La habitación tenía una sola lámpara prendida, sobre la mesita de luz. La cama estaba sin tender. En la pared del frente había un espejo grande, de cuerpo entero, apoyado en el suelo. Después entendí para qué estaba ahí.
—Quiero que me chupes el culo —dijo, plantado al lado de la cama—. Quiero sentir la lengua de mi putita limpiándomelo entero.
Se dio vuelta, apoyó las manos en el colchón, abrió las piernas. Yo me acerqué de rodillas todavía y dudé apenas un segundo. Después le metí la cara entre las nalgas y empecé a lamer como si llevara horas con hambre. Diego gemía bajito, satisfecho, y de vez en cuando me daba alguna instrucción tranquila.
—Más adentro. Eso. Bien hondo. Hacelo bien.
Sentí mi propia verga golpeándome contra el muslo, completamente dura, goteando contra el piso de madera.
—Basta —dijo después de un rato largo—. Subí a la cama. En cuatro patas. Y abrí.
Obedecí. Me trepé al colchón, separé las rodillas, bajé el pecho. Lo escuché destapar un frasco. El olor dulce del lubricante. Una mano fría sobre mi cintura.
—¿Vos también me vas a chupar a mí, papi? —pregunté, en un susurro estúpido, buscando alguna reciprocidad.
Diego soltó una risa seca.
—Yo no hago esas porquerías, putita. Yo te voy a coger. Después te volvés a tu casa. Eso es todo.
Me untó el lubricante con dos dedos, despacio, y después de un rato me apoyó la cabeza de la verga contra el agujero. Empujó. Sentí un dolor que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Un ardor caliente que me subía por la columna como una corriente eléctrica.
—Ay —dije—. Esperá. Esperá.
—Claro que duele, perra. Pero eso no te importa. A las putas como vos lo único que les tiene que importar es complacer al macho.
Me dio una nalgada con la palma abierta. El golpe sonó en la habitación vacía y me hizo apretar todo. Diego aprovechó y empujó un poco más.
—¿A qué viniste, decime?
—Ah… No sé… Sacame por favor.
—Respuesta incorrecta.
Otro empujón. La mitad. Me agarró las dos caderas y me clavó los pulgares en la piel.
—¿A qué viniste?
—A… a que me cojas.
—Mejor. Pero todavía no.
Empezó a moverse. No despacio. No esperó a que yo me acomodara. Entraba y salía con embestidas largas, controladas, profundas. Yo gritaba contra la almohada mordiéndola, gritaba palabrotas que jamás había dicho en voz alta, gritaba pidiéndole por favor sin saber exactamente por qué.
Y de a poco, sin darme cuenta, el dolor cambió de color. Se volvió otra cosa. Se mezcló con algo caliente y eléctrico que me subía desde abajo. Cada embestida me llenaba de una manera que nunca me había imaginado que un cuerpo podía llenarse.
—Ay, papi —escuché que decía mi propia voz, irreconocible—. Qué rica la tenés. No pares. Por favor no pares.
—¿A qué viniste, putita?
—Ah… a complacerte… a sacarte la leche con mi culo… a que me dejes preñada…
—Eso es. A eso viniste. Abrite vos sola.
Me llevé las manos a las nalgas y las separé. Diego entró todavía más hondo. En esa posición, con el pecho contra el colchón y el culo en alto, levanté la cabeza y vi en el espejo del frente la imagen completa: yo, abriéndome con mis propias manos, el hombre detrás clavándomela hasta los huevos, su panza chocando contra mis nalgas con un ruido húmedo y sordo.
Me miré a los ojos en el reflejo cinco segundos. No me reconocí. Y, sin que nadie me tocara la verga, me vine a chorros sobre las sábanas.
—Papi… ah… me vine…
—¿Viste? Sos una puta hecha y derecha. Te acabaste por el culo, sin ayuda. Ahora me toca a mí. Te vas a llevar el culo lleno a tu casa, zorra. Vas a manejar de vuelta con mi leche adentro.
—Sí, papi… ah… llename… ah…
Sentí cómo el ritmo se le quebraba, cómo se le tensaban todos los músculos, cómo se me hundía una última vez hasta el fondo. Y descargó dentro de mí en chorros largos que sentí uno por uno. Después se desplomó sobre mi espalda, jadeando contra mi nuca, sudado, pesado, apretándome contra mi propio charco.
***
Estuvimos un minuto largo así, sin hablar, sin movernos. Él respirando sobre mi hombro, yo con la cara contra la sábana mojada, intentando entender qué acababa de pasarme. Después se levantó, se sacó el preservativo —porque había habido preservativo, recién entonces me daba cuenta— y me ordenó, casi con cariño, que se la limpiara con la boca. Lo hice. Tenía el sabor del lubricante mezclado con su sudor.
Me lavé en el baño chico, me vestí en silencio. Diego me alcanzó una toalla húmeda y un vaso de agua. Ya no me llamaba putita. Me llamaba Esteban, y me sonreía como quien despide a un amigo después del café.
—Si querés volver, sabés dónde encontrarme.
Volví tres veces más en el mes siguiente. La segunda vez fue más larga. La tercera fue distinta, más callada, casi tierna en algún momento que ninguno de los dos quiso nombrar. Después dejó de contestarme los mensajes. No me ofendió. Entendí que era parte del trato.
Lo que no entendí, hasta mucho después, fue por qué nunca pude volver a coger con una mujer sin pensar en aquel espejo. Sin escuchar, dentro de mi cabeza, esa voz tranquila preguntándome a qué había venido.