Lo que quedó entre nosotros después de todo
La mañana llegó demasiado pronto.
No habíamos dormido casi nada. Dos horas, tal vez tres, interrumpidas por silencios incómodos y por pensamientos que regresaban una y otra vez, como olas que no saben detenerse. Cuando sonó el teléfono a las ocho, ya estaba despierto, mirando el techo con los ojos abiertos, sintiendo el peso de lo que nos esperaba antes incluso de levantarme.
Mateo salió del baño con el pelo mojado, vistiéndose con esa calma tensa que a veces confundo con serenidad. Cruzamos una mirada desde el otro extremo de la habitación.
—¿Listo? —le pregunté.
Asintió despacio.
—Sí.
Salimos juntos. Caminamos en silencio los veinte minutos que separaban el piso de la comisaría. No nos tocamos, pero yo estaba pendiente de cada uno de sus pasos, de su respiración, de la tensión que cargaba en los hombros como algo que no terminaba de soltar.
Me detuve frente a la puerta.
El miedo regresó de golpe, punzante.
—Si no entramos ahora, no vamos a entrar —dijo Mateo sin mirarme.
Respiré hondo. Abrí la puerta.
Nos acercamos al mostrador. Expliqué, con la voz lo más firme que pude, que queríamos presentar una denuncia por acoso continuado, chantaje y agresión sexual. El agente escribió sin levantar los ojos del teclado. Tomó nota. Nos indicó que esperáramos.
Y mientras esperábamos, sentado en aquella silla dura de plástico, comprendí que ya no había marcha atrás. Que habíamos cruzado una línea de la que no había retorno, y que eso era exactamente lo que necesitábamos hacer.
***
Días después, el juzgado olía a papel antiguo y a nervios contenidos.
La sala de espera era una fila de sillas pegadas a la pared, ocupadas por personas que evitaban mirarse entre sí. El único ruido era el de puertas que se abrían y se cerraban al fondo del pasillo, y el murmullo aislado de algún abogado hablando en voz baja con su cliente.
Mateo tenía las manos apretadas sobre las rodillas. Yo no sabía qué decirle. No había palabras que valieran para ese momento, así que no dije nada. Solo estaba ahí, cerca, lo suficientemente cerca como para que lo notara.
Entonces la puerta del fondo se abrió.
Lo vi antes de que Mateo pudiera reaccionar.
Rodrigo.
Entró con esa seguridad de siempre, el mismo gesto arrogante en la mandíbula, pero algo había cambiado en él. Estaba más tenso. Más contenido. Como alguien que intenta mantener una máscara que ya empieza a cuartearse. A su lado venía una mujer mayor, bien vestida, con el mentón levantado hacia delante. Caminaba sin mirar a nadie.
Rodrigo nos vio. Y sonrió.
Se acercó lo suficiente para que nadie más pudiera escucharlo.
—Esto no va a acabar como pensáis —murmuró.
Sentí el cuerpo ponerse rígido. Mateo no respondió. Solo lo miró con una calma que me dejó sin palabras.
—Todavía estáis a tiempo de arrepentiros —añadió Rodrigo.
La mujer que venía con él habló entonces por primera vez.
—Estáis destrozando una familia —dijo—. ¿Sabéis lo que estáis haciendo?
La frase me atravesó de lado a lado. No por lo que decía, sino por el tono. Como si lo que le habían hecho a Mateo fuera un malentendido. Como si todo aquello pudiera reducirse a un problema de perspectiva. Encubridora. Lo supe al instante.
Una funcionaria asomó por la puerta y llamó el nombre de Mateo.
Nos levantamos juntos. Sin mirar atrás.
***
A la salida, el sol pegaba fuerte y yo seguía procesando todo lo que había ocurrido dentro.
Fue entonces cuando la vi.
Claudia estaba apoyada contra el muro de la acera de enfrente, con los brazos cruzados y una expresión que no era de sorpresa. Como si llevara un rato esperando allí, como si supiera exactamente adónde acudiría después de que todo terminara.
—Hola —dijo cuando nos acercamos.
—Hola —respondí.
Hubo un silencio largo entre los tres.
—Ya sé lo que pasó —añadió—. En el barrio no se habla de otra cosa.
Noté que Mateo me miraba de reojo.
—Lo que ese hombre hizo —continuó Claudia—. Lo que te hizo a ti. Lo que le hizo a él.
Desvió la mirada hacia Mateo un segundo. Luego volvió a mí.
—Lo siento —dijo—. Pensé que eras tú el problema. Que eras tú el que había hecho algo mal.
La palabra me descolocó.
—Me dolió mucho lo que pasó entre nosotros —continuó—. Pero entiendo por qué no podías seguir viviendo como vivías. Creo que nunca te conocí de verdad.
Negué lentamente.
—Ni yo mismo me conocía.
Claudia dio un paso adelante.
—No quiero seguir cargando con el rencor —dijo—. Prefiero intentar entender.
Sentí que algo se aflojaba dentro del pecho.
—Podemos intentar ser amigos —añadió—. Si quieres.
—Me gustaría eso —respondí.
***
El piso estaba en silencio cuando llegamos.
No era el silencio tenso de los últimos días. Era otro, más blando, más suave, como si el aire también necesitara descansar después de todo lo vivido. Cerré la puerta despacio. Nos quedamos de pie en el salón, mirándonos con esa mezcla extraña de agotamiento y alivio que solo aparece después de atravesar algo demasiado grande.
Nos miramos de verdad. Sin miedo. Sin máscaras.
Había algo nuevo en su expresión: una calma frágil, pero también un hambre que no se molestaba en disimular. Como si después de tantos días conteniéndose, ya no quisiera aguantar más.
Me acerqué despacio. Levanté la mano y le rocé la mejilla con la yema de los dedos, y él giró la cara para atrapar mi pulgar entre los labios. Lo chupó despacio, mirándome fijo, y solo con eso ya sentí la polla empujando contra el pantalón.
—Te necesito ahora —murmuró él contra mi mano—. Fóllame de una puta vez.
No hubo más preámbulos. Le agarré la nuca y lo besé fuerte, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca, mordiéndole el labio inferior hasta que se le escapó un gemido ronco. Sus manos ya estaban en mi cinturón, tirando, desabrochando con torpeza, bajándome el pantalón de un solo tirón. La polla me saltó dura, ya goteando en la punta, y él bajó la mirada y se relamió sin ningún pudor.
—Joder, cómo la tienes —dijo, y se arrodilló ahí mismo, en el pasillo, sin siquiera llegar al dormitorio.
Me agarró la verga por la base y se la metió entera en la boca, hasta la garganta, tan de golpe que me arrancó un gruñido. Le agarré el pelo con las dos manos y empecé a follarle la boca con embestidas cortas, sintiendo su lengua envolviéndome, sus labios apretados, la saliva chorreándole por la barbilla y cayéndole sobre mis huevos. Él me miraba desde abajo con los ojos vidriosos, aguantando las arcadas, tragando cada vez que le empujaba más adentro.
—Así, cabrón —jadeé—, chupa esa polla, no la sueltes.
Se la sacó un segundo para tomar aire, con un hilo de baba conectándole todavía los labios con el glande, y me lamió los huevos uno a uno, chupándomelos, metiéndoselos en la boca mientras me pajeaba con la mano. Después subió la lengua por toda la longitud, lenta, torturándome, y volvió a tragársela entera. Sentí el fondo caliente de su garganta y creí que me corría ahí mismo.
Lo levanté del pelo antes de que fuera tarde. Le rompí la camiseta tirando hacia arriba, le desabroché los vaqueros y se los bajé de un manotazo junto con los calzoncillos. Tenía la polla dura, mojada en la punta, curvada hacia el vientre. Se la agarré y le pajeé un par de veces mientras nos comíamos la boca, y él gemía dentro del beso, echando las caderas hacia delante, buscando más contacto.
—A la cama —le dije al oído—. Ya.
Fuimos casi tropezándonos, quitándonos la ropa que quedaba, y lo tiré boca abajo sobre el colchón. Le abrí las piernas de un empujón y le levanté las caderas para dejarle el culo bien expuesto. Se lo abrí con las manos y me quedé mirándole el agujero rosado, apretado, latiendo. Bajé la cabeza y se lo lamí de un pasada larga, de arriba abajo, y Mateo soltó un grito ahogado contra la almohada.
—Joder, joder, sigue —jadeó, empujando el culo contra mi cara.
Le comí el culo sin prisa, metiéndole la lengua todo lo que podía, ensalivándoselo bien, chupándole el borde del agujero hasta dejárselo brillante. Le clavé un dedo despacio y notó cómo se abría alrededor, tragándomelo entero. Metí un segundo y empecé a moverlos en tijera, abriéndoselo, mientras seguía lamiéndole entre los dedos. Él tenía la polla aplastada contra el colchón, moviendo las caderas contra mi cara, y no paraba de decir mi nombre entre gemidos.
—Fóllame ya, por favor —suplicó—. No aguanto más, mételo.
Me incorporé de rodillas detrás de él. Le escupí en el agujero, me escupí en la polla y la froté contra su entrada, empujando la punta despacio. Sentí cómo cedía, cómo se abría alrededor del glande, y empujé un poco más hasta que la cabeza se metió del todo. Mateo apretó las sábanas con los puños y soltó un gemido largo, entrecortado.
—Sigue —jadeó—, hasta el fondo, no pares.
Le fui metiendo la polla centímetro a centímetro, sintiéndolo apretarme, envolvérmela caliente, hasta que mis huevos chocaron con su culo. Me quedé quieto unos segundos, respirando fuerte, hundido hasta el fondo en él. Luego empecé a moverme. Salidas lentas, casi hasta la punta, y embestidas profundas que le arrancaban un jadeo con cada golpe.
—Así, más fuerte —pidió—, dame más.
Le agarré las caderas y empecé a follármelo en serio, marcando el ritmo, embistiéndole el culo con fuerza, escuchando el sonido húmedo de mi cuerpo chocando contra el suyo. Me incliné sobre su espalda, le mordí la nuca, le agarré del pelo y tiré hacia atrás para que arqueara la espalda mientras seguía clavándosela.
—Qué culo tienes, joder —le gruñí al oído—, hecho para que te folle.
—Es tuyo —jadeó—, todo tuyo, no pares.
Lo giré. Quería verle la cara. Le puse las piernas sobre mis hombros y volví a hundirme en él de una sola embestida. Mateo echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta, la polla dura rebotándole contra el vientre a cada golpe. Le escupí en la mano y se la agarré, pajeándosela al ritmo con el que se la metía, y él gimió más fuerte, apretando el culo alrededor de mi verga.
—Me voy a correr —avisó—, así, así, no pares.
Aceleré. Le follaba profundo, sin piedad, viéndole la cara descomponerse de placer, sintiendo cómo su culo me apretaba cada vez más. Le pajeaba fuerte, mirándole a los ojos, y de golpe soltó un grito y empezó a correrse, chorros gruesos de semen que le cayeron sobre el pecho, en el vientre, uno hasta la barbilla. Su culo se cerró en espasmos alrededor de mi polla y yo aguanté los dientes apretados, embistiendo dos, tres veces más, hasta que ya no pude más.
—Dentro —jadeé—, ¿puedo dentro?
—Córrete dentro —gimió—, quiero sentirte.
Me clavé hasta el fondo y me corrí llenándoselo entero, con el cuerpo temblando, la polla pulsando dentro de él descargando chorro tras chorro. Nos quedamos así, quietos, respirando fuerte, con la frente apoyada en la suya, hasta que noté cómo el semen empezaba a resbalarse cuando fui saliendo despacio.
Me tumbé a su lado. Él se giró contra mí, pegándome la boca al cuello, todavía jadeando. Le pasé la mano por la espalda sudada, lentamente, sintiendo cómo se le iba calmando la respiración.
Era la primera vez en mucho tiempo que estar con alguien no tenía nada que ver con el miedo, sino con la libertad.
***
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
La habitación seguía en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue que se filtraba desde la calle. Yo acariciaba su espalda con movimientos lentos, casi automáticos, intentando grabar en la memoria cada segundo de aquel momento.
Sabía que tenía que decirlo. Pero no encontraba la forma.
—Mateo… —murmuré finalmente.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente.
—¿Sí?
Mi mano se detuvo sobre su espalda. Tragué saliva antes de continuar.
—Tenemos que hablar.
Se incorporó despacio hasta quedar frente a mí, mirándome con atención. Sus ojos estaban tranquilos, pero había algo en su mirada que ya intuía lo que venía.
—Mis tíos han hablado conmigo —dijo él antes de que yo pudiera continuar—. Me voy a ir con ellos una temporada.
Lo miré sorprendido.
—¿Irte?
Asintió.
—Necesito alejarme de aquí, de todo esto. Del barrio, de Rodrigo, de todo lo que pasó. Empezar de cero en algún sitio donde nadie me conozca.
Sentí una mezcla extraña de alivio y de tristeza, las dos cosas al mismo tiempo.
—Creo que es lo mejor —añadió—. Allí podré empezar de nuevo.
Lo miré en silencio unos segundos.
—Mateo… lo nuestro no puede continuar.
Vi cómo su expresión cambiaba apenas.
—Lo sé —respondió en voz baja.
Esa respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—Te quiero demasiado —continué— como para hacerte daño. Y creo que esto, si lo dejamos crecer, te lo haría.
Hice una pausa breve, buscando sus ojos.
—Tienes veintiún años. Estás empezando a saber quién eres, lo que quieres, todo eso que todavía te queda por delante.
Bajé la mirada un instante.
—Yo tengo treinta y cuatro. Estoy en otro momento, en otra etapa.
El silencio entre nosotros fue profundo.
—No quiero ser alguien que te limite —seguí—. Ni alguien que te ate a una historia que quizás no es la que necesitas vivir ahora.
Mateo me escuchaba con una serenidad que me desarmaba.
—Tienes que vivir tu vida —dije—. Equivocarte, descubrir, enamorarte, todo eso que aún te queda. Y yo también tengo que empezar a vivir la mía. Reconstruirla. Aprender a ser quien soy sin esconderme.
Mateo bajó la mirada un segundo.
—No me estás rechazando —dijo.
Negué despacio.
—Nunca.
Me acerqué un poco más.
—Estoy intentando cuidarte.
Sus ojos brillaron ligeramente.
—Yo también te quiero —murmuró.
Sentí el nudo en la garganta.
—Lo sé.
Mateo tomó mi mano entre las suyas.
—Esto no ha sido un error —dijo.
Negué con firmeza.
—Nunca.
Nos miramos durante un buen rato, como si los dos intentáramos guardar algo de aquel momento.
—¿Crees que volveremos a vernos? —preguntó.
—Sí —respondí—. Algún día, cuando todo esto sea solo un recuerdo. Cuando podamos mirarlo sin dolor.
Mateo asintió lentamente.
—¿Y cómo lo recordarás? —preguntó.
Lo miré fijamente.
—Como un amor que me cambió.
Se inclinó hacia mí y apoyó la frente contra la mía, igual que había hecho horas antes. Permanecimos así unos segundos largos, respirando juntos, sin necesidad de más palabras.
Fue una despedida hecha desde el cuidado, desde el respeto, desde el amor, aunque ese amor no tuviera futuro.
Hay historias que no están hechas para durar siempre, pero sí para recordarse toda la vida.