El músico me citó en su habitación y no pude negarme
Se levantó de la mesa, recogió su chaqueta del respaldo y dio dos pasos hacia la puerta del bar. Entonces se detuvo, volvió sobre sus pasos y se inclinó detrás de mí. Sentí sus manos apoyarse en mis hombros y su boca acercarse a mi oreja.
—Habitación 507. No tardes mucho.
Y se fue. Así, sin más. Como quien pide la cuenta y se marcha. Yo me quedé mirando la taza de café que todavía tenía entre las manos y noté cómo el corazón me latía en las sienes. La situación estaba clara desde hacía rato. Desde la primera mirada en el vestíbulo del hotel, desde aquella conversación que empezó por cortesía y terminó con nuestras rodillas rozándose bajo la mesa, la tensión entre nosotros era algo que se podía masticar. Sabía perfectamente lo que iba a pasar si subía a esa habitación. Y subir iba a subir, eso no estaba en duda.
Lo que me paralizaba era el cuándo. No me había dado la tarjeta magnética, así que tenía que abrirme él. Me había dicho que quería ducharse antes. No quería llamar a la puerta y encontrarlo aún bajo el agua, pero tampoco quería hacerle esperar demasiado. Le estaba dando vueltas absurdas a algo que no las necesitaba. Me terminé el café de un trago, dejé un billete en la mesa y caminé hacia el ascensor.
***
Martín debía de medir cerca del metro noventa. Yo mido uno ochenta, estoy acostumbrado a mirar a la gente a la misma altura o hacia abajo, y algo de él me gustaba precisamente por eso: la necesidad de levantar la barbilla para encontrarme con sus ojos. Era delgado pero con forma, de esos cuerpos que se notan trabajados sin exageración. Brazos definidos, espalda ancha, vientre plano. Llevaba el pelo oscuro muy corto, peinado con esa naturalidad que solo se consigue cuando alguien se lo cuida de verdad. La barba recortada al milímetro, una dentadura perfecta detrás de unos labios gruesos y una sonrisa que ya me había desarmado tres veces durante la tarde.
Tenía las uñas impecables, la piel cuidada, un olor limpio que me había llegado cada vez que se inclinaba para hablarme. Todo en él transmitía una masculinidad natural, sin esfuerzo. Y también tenía un buen culo, por qué negarlo. Cuando se había levantado de la mesa, me había girado para verlo alejarse y el pantalón de vestir le marcaba todo lo que tenía que marcar.
Yo soy algo más delgado y menos corpulento que él. Hago natación cinco días a la semana y se nota, pero mi complexión es más fibrosa, más estilizada. No me sentía en desventaja. Simplemente éramos distintos, y esa diferencia me atraía.
En el ascensor repasé mentalmente cómo había llegado hasta aquí. Esa mañana me había levantado con la intención de pasar un sábado tranquilo. Piscina por la mañana, comer algo ligero, quizá terminar de leer aquel disco que Martín había producido el año pasado y que llevaba semanas escuchando en bucle. Entonces Lucas me escribió para cancelar la sesión de piscina porque su coche no arrancaba, y yo decidí dar un paseo por el centro. Pasé por delante de este hotel de cinco estrellas donde un cartel anunciaba una sesión acústica privada en el bar, entrada libre. Entré por curiosidad. Y ahí estaba él, sentado en un taburete con una guitarra, tocando para veinte personas como si tocara para nadie.
Lo reconocí al instante. Había visto su cara decenas de veces en entrevistas, en las portadas de sus discos, en los vídeos que había buscado compulsivamente durante meses. Martín Heredia, el músico que me había acompañado en las noches más solitarias del último año. Y de repente estaba ahí, a tres metros, mirándome mientras tocaba.
Cuando terminó la sesión se acercó a mí. Me dijo que le había gustado cómo lo miraba. Yo le dije que llevaba meses escuchándolo. Él sonrió con esa sonrisa suya y me invitó a un café. Una hora después ya no era el músico de mis auriculares. Era simplemente Martín, un tipo de treinta y pocos con una risa contagiosa, una forma pausada de hablar y una costumbre de lamerse el labio inferior antes de decir algo importante.
Yo no soy de acostarme con alguien que acabo de conocer. No va conmigo. Pero aquella tarde todo se sentía distinto, como si las reglas que me había impuesto no aplicaran dentro de aquel hotel.
***
Comprobé tres veces el número de la puerta antes de llamar. Quinientos siete. Toqué con los nudillos, firme, una sola vez. Martín abrió a los pocos segundos. Llevaba una toalla blanca atada a la cintura y el torso completamente desnudo. El pelo mojado, medio peinado con los dedos, y esa sonrisa que él ya sabía que me desarmaba.
—¿Te importa descalzarte? Me gusta andar descalzo por la habitación.
Le miré los pies. Eran proporcionados al resto de su cuerpo, cuidados, masculinos. Tengo debilidad por los pies y los suyos me provocaron un pensamiento que guardé para más tarde. No me costó nada quitarme las zapatillas. Tenía pensado quitarme mucho más que eso.
Me saqué también la sudadera que llevaba y al hacerlo se me subió la camiseta, dejando al descubierto el abdomen. Todavía tenía la tela sobre la cara cuando sentí sus manos subirme por el estómago hasta el pecho. Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los tobillos. Parte sorpresa, parte deseo puro. La respiración se me cortó. Cuando por fin asomé la cabeza por debajo de la sudadera, su cara estaba a un palmo de la mía.
—Hace rato que tengo muchas ganas de hacer esto.
Apenas me dio tiempo a soltar un tímido «y yo» antes de que me besara. Su boca era firme y suave al mismo tiempo. Me mordía el labio inferior con una precisión que parecía ensayada. Tenía una mano en mi cintura y la otra en mi nuca, controlando el beso sin ser brusco. Yo lo rodeé con los brazos y por fin pude palpar lo que llevaba horas imaginando: la firmeza de su espalda, la curvatura de sus dorsales, la línea que bajaba hasta donde empezaba la toalla.
Mis manos bajaron un poco más y apenas rocé la tela, la toalla cedió y cayó al suelo. Él me quitó la camiseta. Así quedamos: él completamente desnudo y yo con un pantalón corto de deporte y el bañador tipo slip debajo. Como nadador que soy, llevo las piernas depiladas y soy más bien lampiño. Martín tenía algo más de vello, distribuido con esa generosidad justa que hace que un cuerpo masculino se vea exactamente como debe verse. Una línea de vello oscuro le bajaba desde el ombligo y se perdía más abajo. El pecho salpicado lo suficiente para que dieran ganas de recorrerlo con la lengua.
Nos besamos durante un rato que no supe medir. Sus manos me exploraban con una mezcla de hambre y paciencia que me estaba volviendo loco. Entonces empezó a hacer presión hacia abajo sobre mis hombros. El mensaje no necesitaba traducción.
Fui bajando por su torso, besándole el pecho, el vientre, deteniéndome en cada centímetro como si quisiera memorizar la textura de su piel. Cuando mis rodillas tocaron el suelo y mi boca llegó donde tenía que llegar, él colocó las manos detrás de mi cabeza y empezó a marcar un ritmo lento. Era dominante y amable al mismo tiempo, un equilibrio que muy pocos consiguen. Me encantaba mirar hacia arriba y ver sus expresiones, los ojos entrecerrados, el labio atrapado entre los dientes, la cabeza echada hacia atrás. Su respiración se iba acelerando proporcionalmente con la fuerza de sus manos y el temblor de sus piernas.
Al cabo de un rato dio un paso atrás y me levantó del brazo con una determinación suave que me dejó sin aliento. Me giró, me inclinó sobre el borde de la cama con los pies todavía en el suelo y me quitó el pantalón y el bañador de un solo tirón. Quedé completamente desnudo, boca abajo sobre las sábanas.
—Joder. Menudo cuerpo tienes.
Lo dijo con una espontaneidad que me hizo sonreír contra la almohada. Era tierno incluso cuando quería ser rudo. Entonces sentí su lengua y cerré los ojos. Empezó despacio, sin prisa, saboreando cada reacción mía como si tuviera toda la noche por delante. Y la tenía.
Yo debería estar en la piscina haciendo largos y estoy aquí, en un hotel de cinco estrellas, con el músico al que llevo un año escuchando en bucle.
Aquella mañana, mientras me tomaba el café en casa y organizaba el día, no podía ni imaginar que acabaría así. Que Lucas no pudiera arrancar su coche había cambiado mi sábado por completo.
Cuando Martín consideró que todo estaba listo, se puso de pie detrás de mí. Lo que vino después fue un placer tan hondo, tan absoluto, que tuve que morder la almohada para no gritar. Él me tapó la boca con la mano y eso me excitó todavía más. Sentía que llegaba a un lugar donde nadie había llegado antes, un territorio que no sabía que existía dentro de mí. La piel se me erizó de los pies a la nuca. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo estaba encendida y él sabía exactamente qué hacer con cada una.
Notaba que estaba intentando prolongar el momento, retrasar el final para regalarme más tiempo. Y lo estaba consiguiendo. Pero yo sentí que se acercaba a su límite, lo noté en la presión de sus dedos sobre mis caderas, en el cambio de su respiración.
—Déjate ir —le dije.
Él entendió. Lo vi por el rabillo del ojo y esa imagen se me quedó grabada: los ojos cerrados, la mandíbula apretada, el cuerpo entero tensándose como la cuerda de una guitarra a punto de romperse. Sonreí porque estábamos compartiendo exactamente lo mismo.
Se desplomó sobre mi espalda. Podía sentir su corazón golpeando contra mis costillas y su respiración caliente en mi cuello. Se quedó ahí varios segundos, sin fuerza. Debía de pesar noventa kilos y los estaba sintiendo todos, pero no quise moverme. Me gustaba tenerlo así, todo su peso sobre mí, toda su vulnerabilidad.
Finalmente lo notó y se apartó. Me acarició el pelo con una ternura que no esperaba y me dijo:
—Vamos a la ducha.
***
Él salió antes que yo. Cuando aparecí con la toalla en la cintura, había dos conjuntos de ropa perfectamente doblados sobre la cama. Uno era evidentemente para mí. Estaba hablando por teléfono con recepción.
—Sí, para esta tarde. Dos accesos al spa dentro de media hora y una reserva para cenar a las nueve, mesa para dos. También necesito un juego de toallas adicional y quiero cambiar la habitación de individual a doble con desayuno incluido. Gracias, muy amable.
Colgó y me miró con esa naturalidad suya, como si organizar el resto de la noche para dos fuera lo más normal del mundo.
—Martín —le dije—, me quedo esta noche contigo. La tarde, la cena, todo. Pero no hagas planes para mañana. Tengo que volver a mi vida.
Él asintió sin un gramo de drama.
—Entiendo. Gracias por quedarte esta noche.
El resto de la tarde fue exactamente como él lo había planificado. El spa, la cena, las copas de vino en la terraza del restaurante con las luces de la ciudad abajo. Me dejé llevar en todo porque dejarse llevar por Martín era lo más fácil que había hecho en mucho tiempo.
Por la noche casi no dormimos. Cada vez que el sueño empezaba a llegar, uno de los dos extendía la mano y el otro respondía. Fue como si nuestros cuerpos supieran que aquello tenía fecha de caducidad y quisieran exprimir hasta el último minuto.
A la mañana siguiente desayunamos en silencio, un silencio cómodo que no necesitaba rellenarse. Nos despedimos en el vestíbulo del hotel. Un abrazo largo, un beso breve. No tuve valor de mirar atrás.
***
Cuando llegué a casa me acordé de que me había regalado su último disco antes de la despedida. Lo había dejado en el asiento del copiloto. Lo abrí y leí la dedicatoria que había escrito a mano en la portada interior:
«Mañana por la mañana te irás y no volveré a saber de ti. Pero algo me dice que esta va a ser una de las noches más extraordinarias de mi vida.»
Hoy estoy escuchando su cuarto álbum. Hay una canción que creo que habla de mí. Nunca lo sabré con certeza, pero cada vez que suena me vuelve aquel escalofrío del primer contacto, sus manos subiendo por mi estómago en aquella habitación, y sé que algunas cosas no necesitan repetirse para quedarse dentro de ti para siempre.