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Relatos Ardientes

Cómo terminé en la cama con mi mejor amigo gay

Rodrigo me lo propuso el viernes por la tarde y dije que sí antes de que terminara la oración. Necesitaba salir. Necesitaba bailar hasta que me dolieran los pies y beber hasta que me doliera la cabeza, porque lo que no podía era seguir mirando el techo de mi cuarto pensando en Claudia.

Claudia, que me dejó por su «ex con la que no quedaba nada». Claudia, que resultó que sí quedaba algo, bastante algo, tanto algo que yo quedé fuera del cuadro en un solo fin de semana. Esto de ser lesbiana tiene sus complejidades, y la mayor es que cuando una mujer quiere fallarte, lo hace de formas que no te esperas. Dices que eres lesbiana y la gente asume que los problemas de pareja se simplifican, que sin hombres de por medio todo fluye mejor. No sé de dónde viene esa idea, pero no funciona así.

Rodrigo era mi ancla en esas situaciones. Llevábamos años de amistad, desde el instituto, y ya había perdido la cuenta de cuántas veces nos habíamos consolado mutuamente. Yo lo ayudé cuando salió del armario, cuando su familia tardó meses en hablar con él, cuando lloraba en mi cuarto y no sabía si aquello iba a mejorar algún día. Él me ayudó cada vez que yo terminaba con alguien, que eran bastantes veces, más de las que me gustaría contar.

No era el tipo de gay que reconocías a primera vista. Sin gestos afectados, sin plumas en el trato cotidiano. Era un hombre tranquilo, de voz grave, que podía pasar una hora hablando de fútbol con tus tíos en una cena familiar sin que nadie se preguntara nada. Solo cuando bebía demasiado emergía otra versión de él, más suelta, más dramática, más él en cierta forma. Esa versión era mi favorita, aunque no todo el mundo tenía acceso a ella.

El club era exactamente lo que necesitaba: ruidoso, oscuro y lleno de desconocidos. El olor a alcohol y perfume barato se te metía por la nariz antes de atravesar la puerta. Rodrigo me agarró de la mano para no perdernos entre la multitud y me gritó algo al oído que apenas entendí por encima de los graves del altavoz.

—¡Esta noche no te dejo sola! ¡O sea, a menos que encuentres mejor compañía!

—¡Me lo debes! —le grité de vuelta—. ¡Siempre me dejas tirada cuando encuentras algo interesante!

Se rio con esa carcajada suya que le salía del estómago, y yo también me reí, y en ese momento ya me sentía un poco mejor. Ese era nuestro pacto cuando salíamos a ligar: ninguno interfería con el otro. Si yo encontraba a alguien interesante, él desaparecía discretamente. Si él encontraba a alguien, yo me buscaba la vida. Era un sistema que llevábamos practicando años y funcionaba sin fricciones.

Las horas pasaron de una forma que solo pasa cuando bebes lo suficiente y la música es buena: sin que te des cuenta. Rodrigo y yo nos movíamos entre la pista y la barra, alternando tragos con canciones, sudando, riéndonos, bailando como cuando teníamos veinte años y nada nos pesaba. Me había olvidado de Claudia, me había olvidado de todo, y eso era exactamente lo que había ido a buscar.

No era la primera vez que bailábamos juntos de esa forma. Pegados, él detrás de mí o yo detrás de él, moviéndonos al ritmo sin pensar en ello. Nunca había sido nada más que eso, nunca había cruzado por mi mente ninguna otra interpretación. Pero esa noche algo estaba funcionando diferente, y tardé en darme cuenta de qué era exactamente.

Su cadera marcaba cada tiempo contra la mía con una precisión que me estaba descolocando. El calor de su cuerpo, el movimiento lento y rítmico de sus caderas pegadas a las mías, sus manos apoyadas en mis hombros sin cruzar ninguna línea. Sentí un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el alcohol.

Intenté cambiar de posición para rebajar la temperatura, que ya estaba subiendo sin que hubiera motivo aparente. Error de cálculo. Su cadera quedó justo detrás de mis glúteos, y con eso la situación no mejoró precisamente.

Esto es absurdo, me dije. Es Rodrigo. Llevo años bailando con él y nunca ha pasado nada.

Pero mi cuerpo no estaba escuchando razonamientos. Sentí su aliento en mi cuello cuando se inclinó para decirme algo, y el sonido de su voz grave contra mi oído me produjo un escalofrío que no pedí y que no supe interpretar en ese momento. No fui consciente de que había soltado un sonido hasta que lo escuché reírse contra mi oreja.

—Oye, Valeria, ¿estás bien?

—Eh, sí, sí —respondí con demasiada rapidez.

—No sé, con esos sonidos hasta yo me calenté un poco.

—Cállate —le dije riendo, intentando quitarle hierro al asunto—. Estoy disfrutando la música.

—Claro, claro. Como tú digas.

Pero ninguno de los dos se apartó. Sus manos bajaron despacio a mis caderas con una naturalidad que me desconcertó, acortando una distancia que ya era mínima. Y entonces lo noté. Algo que no debería estar ahí, algo firme contra mi espalda baja, y el mundo giró un poco. Me di la vuelta para mirarlo de frente, buscando una explicación lógica, una excusa que convirtiera aquello en algo sin importancia.

—¿Qué está pasando? —pregunté, y me salió la voz más tímida de lo previsto.

Él me miró con una expresión que no era culpa exactamente, pero tampoco era inocencia.

—Nada —dijo—. Solo estoy disfrutando el momento, como tú.

—Necesito aire.

Salí de la pista antes de procesar bien lo que estaba haciendo. El aire fresco de la calle me golpeó en la cara y solté un suspiro largo, apoyada en la pared, mirando el suelo de adoquines sin verlo realmente.

Esto no puede estar pasando.

—¡Oye! ¿A dónde vas? —Rodrigo salió detrás de mí antes de que terminara el pensamiento—. ¿Hice algo mal?

—Dime que estoy loca.

—¿Qué?

—Dime que lo que pasó ahí adentro no fue real. Que me lo estoy inventando todo.

Silencio. Un silencio que duró lo suficiente para que yo supiera, sin lugar a dudas, que no me lo estaba inventando.

—No puedo decirte eso —dijo al fin, con la voz tranquila.

Lo miré. Él me miró. Los dos estábamos en el mismo lugar confuso, sin mapa, sin brújula, sin ningún punto de referencia que nos indicara por dónde continuar.

—¿Qué estamos haciendo, Rodrigo?

—No lo sé, Valeria. En serio. No sé qué me pasó. Perdona si te incomodé.

En su cara había algo genuino, algo que reconocí porque lo había visto antes en él: la expresión de alguien que no sabe cómo ha llegado a donde está. Esos ojos que ponía cuando estaba perdido y no sabía cómo pedirte ayuda.

—Yo no quiero perder lo que tenemos —dije.

—Yo tampoco.

Nos abrazamos. Fue un abrazo de esos que empiezan como consuelo y se quedan ahí un segundo de más. Cuando empezamos a separarnos, nuestras caras estaban cerca y nuestros ojos se encontraron con esa complicidad que no necesita palabras para decir lo que está a punto de pasar.

El beso vino solo.

No decidí hacerlo, o si lo decidí fue en el mismo instante en que sucedió, sin margen para pensarlo. Sus labios estaban entreabiertos, sabían a cerveza y a algo dulce que no supe identificar, y me aferré a su cintura y profundicé el beso hasta que sentí que el suelo no estaba muy firme bajo mis pies. Cuando nuestras lenguas se encontraron, noté un pulso cálido entre mis piernas que no estaba esperando.

***

—Vamos a mi casa —dijo con la voz ligeramente ronca.

El trayecto en taxi fue en silencio. Un silencio cómodo, extraño, como si no hubiera nada que decir que no fuéramos a decir pronto de otra manera. Al llegar a su portal, frente a la puerta de su piso, la lucidez me golpeó de golpe.

—Rodrigo, no sé si esto es buena idea. Quiero decir… a ti no te gustan las mujeres. Esto puede terminar muy raro para los dos.

—¿Y cómo sabes exactamente lo que me gusta a mí?

—Nunca has estado con una mujer.

—¿Y eso me convierte en experto en lo que no quiero? —Se acercó despacio, sin brusquedad—. Déjame decidir a mí.

Se inclinó hacia mi cuello antes de que yo respondiera nada, y sus besos empezaron tímidos, explorando el terreno, tanteando mi reacción con cuidado. Pero la sola situación, la rareza y la familiaridad mezcladas, me encendió de inmediato. No era solo deseo físico; era el peso de años de confianza convertido en algo diferente, algo que sabía a prohibido sin ser realmente prohibido.

Me empujó suavemente hacia la pared y bajó por mi cuello hacia la clavícula, y mis suspiros le fueron dando instrucciones que yo no articulé en palabras. La ropa fue cayendo en el pasillo, prenda a prenda, sin urgencia pero sin pausa. Cada vez que le tocaba la piel sentía que estaba descubriendo a alguien que conocía de memoria en otro idioma.

Cuando me llevó a la cama ya estábamos los dos sin nada que ocultar. Lo miré con una curiosidad mezclada con deseo que no intenté disimular. Era la primera vez que lo veía así. La primera vez que sentía algo así mirándolo.

Empezamos despacio, aprendiendo sobre la marcha. Le acaricié con cuidado, observando su reacción en cada punto, leyendo los pequeños sonidos que soltaba sin darse cuenta. Un bufido contenido, los dedos cerrándose contra las sábanas: señales claras de que iba por el camino correcto.

—No tengo mucha experiencia en esto —le dije con honestidad.

Tomó mi mano con la suya y empezó a guiar el movimiento sin decir nada, dejando que yo sintiera directamente lo que le gustaba.

—Yo también te guío —dije, tomando su mano libre y llevándola adonde la necesitaba.

Me miró un segundo. Luego me besó, largo, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche, que era exactamente lo que teníamos.

Pasamos un buen rato así, explorándonos sin prisas, dejando que la excitación fuera subiendo sola. Tenía sus dedos moviéndose con una precisión que me sorprendió, como si hubiera prestado mucha atención a lo que yo le decía con el cuerpo. Mi clítoris palpitaba y me estaba costando mantener la respiración regular.

—Necesito más —le pedí sin rodeos.

Se colocó encima de mí con un cuidado que no esperaba, me miró un momento buscando confirmación en mi cara, y entró despacio. Los dos soltamos un sonido al mismo tiempo: el suyo de sorpresa, el mío de alivio.

Era una sensación que había olvidado. Hacía tanto tiempo que no estaba con un hombre que había dejado de comparar. Y con él tenía una dimensión extra que no supe nombrar: lo familiar hecho desconocido, lo conocido hecho nuevo.

Empezamos a movernos juntos, buscando el ritmo, y cuando lo encontramos los gemidos llenaron la habitación sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo. Me puse encima, tomé el control, y lo miré desde arriba mientras se aferraba a mis caderas con los ojos entornados y una expresión que nunca le había visto.

—Estás tan bien —murmuró entre dientes.

No respondí. Me incliné hacia adelante y lo besé mientras seguía moviéndome.

Cambiamos de posición varias veces, buscando ángulos, adaptándonos el uno al otro. En una de ellas, de lado, podía tocarme mientras él seguía dentro de mí, y el orgasmo llegó con una fuerza que me sorprendió: todo el cuerpo tenso un instante, luego soltando todo a la vez, y la almohada apagando el sonido que no pude contener.

***

Cuando me recuperé, él estaba boca abajo con los ojos cerrados y la respiración lenta. Pasé la mano por su espalda, despacio, siguiendo las líneas de sus músculos. Luego bajé más. Él no dijo nada, pero sentí cómo cambiaba su respiración.

Sabía lo que quería intentar. Lo había escuchado hablar de sus preferencias en más de una conversación de madrugada, con más franqueza de la que me esperaba, y había grabado esa información en algún lugar de la memoria sin saber para qué. Ahora lo sabía.

Lo hice con cuidado, sin prisa, leyendo cada señal. Cuando él empezó a relajarse y sus gemidos bajaron de tono, supe que estaba en el lugar correcto. Buscaba algo más y me lo dijo sin palabras.

—¿Tienes algo? —pregunté contra su piel.

—En la mesilla —respondió sin mover la cara de la almohada, con la voz espesa.

Abrí el cajón. Ahí estaba: un juguete de colores vivos que me arrancó una sonrisa. Lo tomé, lo preparé, y volví a él con la misma calma.

Continuamos un buen rato, explorando, ajustando el ritmo a lo que él me pedía con los sonidos y los movimientos del cuerpo. Le tiraba del pelo corto cuando me lo pedía, le apoyaba la mano en la espalda, y él gemía frases que se deshacían entre las sábanas. En algún momento empezó a tocarse a sí mismo con urgencia creciente, y sus gemidos subieron de registro hasta volverse irreconocibles.

—Valeria… me voy a venir…

Lo ayudé a terminar con la mano, y cuando cayó rendido los dos nos quedamos mirando el techo durante un minuto entero sin decir nada. La habitación olía a sexo y a la colonia que él usaba desde siempre, una mezcla extraña que no debería funcionar pero funcionaba.

***

Amanecimos enredados, todavía sin ropa. Me desperté antes que él y estuve un rato mirando la luz que se filtraba por la persiana, escuchando su respiración. Los recuerdos de la noche llegaron en orden, uno detrás de otro, y no me produjeron lo que había esperado en algún nivel: ni culpa ni vergüenza ni arrepentimiento. Algo más parecido a una satisfacción tranquila, como cuando terminas un libro que no sabías que necesitabas leer.

Rodrigo abrió los ojos y me miró con la misma calma.

—¿Hablamos de lo de anoche? —pregunté.

—Sí, me gustaría —dijo—. Pero no precisamente con palabras.

Antes de que yo terminara de entender la frase, ya estaba bajando por mi abdomen con los labios, despacio, sabiendo exactamente adónde iba. Se tomó su tiempo. Y yo lo dejé.

—¡Rodrigo! —conseguí decir, aunque no con demasiada convicción.

Se rio contra mi piel y siguió bajando.

Fue un fin de semana que no estaba en ningún plan. Rodrigo y yo nunca convertimos aquello en algo que necesitara etiqueta ni explicación. Lo hablamos de otras formas, en otros momentos, con la misma confianza de siempre pero con una capa nueva que ninguno de los dos había anticipado. Seguimos siendo lo que éramos. Solo que ya sabíamos algo más el uno del otro.

Hay cosas que no se explican bien desde fuera. Esta era una de ellas. Y honestamente, no tenía ninguna necesidad de explicarla.

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Comentarios (10)

Nico_BA99

tremendo relato!!! me dejo sin palabras

Angie_lect

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

MiguelBA23

Me recordo a algo que viví hace un par de años, esas situaciones que no planeás y simplemente pasan solas

Guille_R

increible como lo describis, se siente muy real. Sigue así!

NocheBA_22

esperando el proximo!! sigue escribiendo

CarlitosV

el club siempre tiene la culpa jajajaja

Valentina_rdp

Y despues? siguieron siendo amigos o todo cambio entre ustedes?

zodape

Lo mejor de estos relatos es cuando se nota que son genuinos. Muy bueno

Tomas_88

Lo lei de un tiron. Me gusto mucho como vas describiendo la tension sin apurar nada, se agradece

Martina_lec

Que bien escrito, se nota que lo vivis de verdad. Esas noches que te cambian sin que te das cuenta son las mejores

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