Lo que pasó la noche que mi madre estrenó mi piso
Llevaba apenas dos semanas viviendo solo cuando mi madre se anunció para el sábado. Desde que firmé el alquiler de aquel piso pequeño en Tabladilla, no había dejado de imaginar cómo sería su primera visita: ella revisando los rincones, abriendo armarios, opinando sobre los muebles que había comprado de segunda mano. Tenía treinta años recién cumplidos y por fin un sueldo decente como técnico de redes; tarde, decía mi madre cada vez que podía, pero por fin.
—Llevo unos pasteles de la pastelería de la avenida —me avisó por teléfono al mediodía—. ¿Necesitas algo más?
—Solo a ti, mamá. Ven cuando quieras.
Sonó cursi en el momento, y me arrepentí enseguida. Pero ella se rio y prometió estar antes de la cena.
Llamó al timbre cerca de las nueve. Cuando abrí, me quedé sin saber qué decir. Llevaba una falda negra ceñida que le terminaba justo encima de la rodilla, una blusa blanca de gasa abrochada hasta el segundo botón, y unos tacones que la levantaban del suelo lo justo para que las pantorrillas se le marcaran. Carolina nunca había sido descuidada con su aspecto, pero esa noche se había arreglado como si fuera a una cita.
—Estás guapísima —dije, y le sostuve la bolsa de papel mientras se quitaba el abrigo.
—No exageres, hijo. Hace un calor de espanto en la calle.
No exageraba.
Le enseñé el piso entero en cinco minutos: la cocina americana, el dormitorio con la cama deshecha, el baño minúsculo, la salita con el sofá viejo y la mesa de centro donde dejé sus pasteles. Ella iba detrás, asintiendo, tocando las cortinas, abriendo el grifo del fregadero como si comprobara que todo funcionara.
—Está pequeño, pero es tuyo —concluyó, y me apretó el brazo con una sonrisa.
—Anda, siéntate. ¿Te traigo un vaso de agua? Estás colorada.
—Sí, por favor. No me acostumbro a este verano.
Volví de la cocina con un vaso lleno hasta el borde. Quise dejarlo sobre la mesita, pero al inclinarme calculé mal el ángulo y el agua se desbordó sobre su escote. La blusa blanca se pegó a su pecho al instante, transparentando el sujetador negro de encaje que llevaba debajo.
—¡Ay, perdona, perdona! —solté, sin saber dónde mirar.
Ella miró hacia abajo y se echó a reír.
—Mi vida, me has dejado para ponerme a secar al sol.
Corrí a buscar un paño limpio. Cuando volví, intenté secarle la blusa con torpeza, pasándole la tela primero por los hombros, después por el escote. Cada vez que rozaba la curva del pecho, mi madre soltaba una risita nerviosa y yo apartaba la mano como si me quemara.
—Déjame, déjame —dijo al fin, levantándose—. Voy a quitármela antes de que se me pegue del todo.
Se desabrochó los botones delante de mí, sin teatro, como si nada. La blusa cayó sobre el respaldo de la silla y allí quedó ella, con la falda y el sujetador negro, los hombros desnudos, los brazos cruzados sobre el pecho de manera más simbólica que pudorosa.
—Ese sujetador te queda de escándalo, mamá —dije, y me oí decirlo con la boca seca.
Carolina enrojeció, alzó las cejas y volvió a reírse.
—Sebastián, qué tonto eres.
—Lo digo en serio.
—Pues no lo digas en serio. Llévame al baño, anda, que me ducho rápido y volvemos a la cena.
***
Mientras se duchaba, intenté lavar la blusa en la pila de la cocina. Frotando con jabón, viendo cómo el agua se teñía un poco con su perfume, pensaba en otra cosa. Pensaba en lo que había visto: el sujetador negro, el lunar pequeño que tenía bajo la clavícula izquierda, la manera en que se había desabrochado los botones sin pedir permiso. Sentí calor, vergüenza, una mezcla incómoda que no quería ponerle nombre.
Dejé la blusa colgando del respaldo de una silla y me quedé escuchando el sonido del agua. Carolina canturreaba, casi sin darse cuenta, una canción que de niño me cantaba a la hora del baño. Me acerqué al pasillo. La puerta del baño estaba apenas entornada. Y, más adentro, la cortina de la ducha —la había comprado yo mismo dos días antes— estaba abierta del todo.
Avancé un paso. Después otro. La vi de espaldas, los brazos en alto enjabonándose el cuello, la espalda mojada brillando bajo la bombilla amarilla. Bajé la vista hasta sus caderas, hasta el arco de su cintura, hasta las marcas que la goma de la ropa interior le había dejado en la piel. Estuve allí más segundos de los que debí.
—¿Sebastián?
Me llamó al voltearse, sobresaltada, y se cubrió con una mano el pecho y con la otra el sexo. Reaccioné como pude.
—Te traigo una toalla, mamá. Pensé que no había puesto.
—Ah, qué amable —dijo, recobrando la compostura, sonriéndome incluso—. Déjala ahí, encima del lavabo.
Salí cerrando la puerta despacio. En el pasillo me apoyé contra la pared y respiré como si hubiera subido seis pisos. Tenía la polla dura debajo del pantalón. Me daba vergüenza y al mismo tiempo no podía dejar de pensarlo.
Me apuré en la cocina. Calenté el guiso que ella había traído en un táper, puse dos platos, abrí una botella de vino tinto. Cuando salió del baño, llevaba una camiseta blanca larga, sin sujetador, y unas bragas rojas asomando apenas por debajo del bajo. El pelo mojado le caía sobre los hombros. Olía a champú y a piel limpia.
—¿Comemos? —dijo, como si nada hubiera pasado.
—Comemos.
Nos sentamos uno frente al otro en la mesa pequeña de la cocina. Hablamos del piso, del trabajo, de la prima Lucía que se casaba en septiembre, del coche que tenía que llevar al taller. Ella bebía despacio, mirando la copa más que mi cara.
—¿Te puedo confesar algo? —dijo en algún momento.
—Lo que quieras.
—Desde que tu padre y yo nos divorciamos, me siento muy sola. La casa enorme, las habitaciones vacías. A veces me despierto a las cinco de la mañana y no sé qué hacer con tanto silencio.
—Quédate aquí unos días —le dije—. El sofá no es la maravilla, pero…
—El sofá no, hijo. Si me quedo, duermo en tu cama y tú al sofá. Soy la madre.
—Pues quédate todo el tiempo que quieras. En serio.
Me acarició el dorso de la mano con dos dedos. Una caricia lenta, como si midiera hasta dónde podía llegar.
—Qué bueno eres, Sebastián. Siempre lo has sido.
***
Después de cenar, recogí los platos. Carolina se llevó la copa al dormitorio y se tumbó sobre la cama, encima de la colcha, con las piernas estiradas y los pies cruzados a la altura del tobillo. Cuando entré con dos infusiones, me la encontré así, recostada contra el cabecero, mirándome con una sonrisa tranquila.
—Qué bien estás aquí, mamá —le dije—. Te queda bien mi cama.
—No empieces.
Me senté a los pies del colchón. Ella tenía las uñas pintadas de un rojo anaranjado, casi coral, y los pies pequeños, cuidados. Se los miré de manera que ella se diera cuenta de que se los miraba.
—¿Sabes hacer cosas con los pies? —pregunté entre risas.
—¿Cómo?
—No sé, pelar fruta, abrir botellas. Cosas.
—Bobo —dijo, y me dio un golpe suave con el pie en el muslo.
Le agarré el tobillo antes de que retirara la pierna. No fue brusco, ni siquiera apretado, pero los dos lo notamos.
—¿Te apetece un masaje? Tienes que estar reventada después de estos tacones.
—Hijo, qué exagerado. Pero bueno, si insistes.
Me acomodé con la espalda contra los pies de la cama y le coloqué los pies sobre el regazo. Empecé por las plantas, presionando con los pulgares en círculos, como había aprendido en aquel curso ridículo de spa que hice por aburrimiento un verano. Carolina cerró los ojos y soltó un suspiro hondo desde el primer minuto.
—Madre mía, qué gusto.
—Relájate.
Subí despacio por los talones, los gemelos. La piel de las pantorrillas la tenía tibia, ligeramente perfumada. Le levanté un poco la pierna para llegar a la corva. Ella no decía nada, pero la respiración se le había vuelto más lenta y más profunda.
Sin pensarlo mucho, le besé el empeine. Después le pasé la lengua por el arco del pie, lentamente, hasta llegar a los dedos. Me metí el dedo gordo en la boca.
—Sebastián…
Lo dijo bajito, sin abrir los ojos. No era una protesta. Era casi una pregunta.
—¿Sigo? —murmuré, sin soltarle el pie.
—Sigue.
***
Le chupé los dedos uno por uno mientras subía la otra mano por el muslo. La camiseta blanca se le había levantado por el movimiento, dejando ver las bragas rojas, lisas, ajustadas. Carolina giró sobre sí misma boca abajo, ofreciéndome la espalda, y yo seguí, ahora besándole la corva, después la cara interna del muslo. Le mordí con suavidad la nalga derecha por encima de la tela y ella soltó un gemido que ya no podía disfrazarse de nada.
—Mírame, mamá.
Se giró otra vez, despacio. Tenía los ojos brillantes, el labio inferior atrapado entre los dientes. Se llevó la mano sola hasta el pecho, por encima de la camiseta, y se acarició encima del pezón.
—Ven aquí, cariño. Acurrúcate conmigo.
Me tendí a su lado de cucharita, abrazándola por la espalda. Le besé la nuca, despacio. Le subí la camiseta a la altura de las costillas y le encontré un pecho tibio, blando, con el pezón duro. Carolina tomó mi mano y se la cubrió ella misma, apretándomela contra la teta.
—Estrújala —susurró—. Más fuerte.
Obedecí. Le besaba el cuello, la oreja, el ángulo de la mandíbula, mientras con la otra mano le bajaba la goma de las bragas. Carolina movió las caderas hacia atrás contra mi entrepierna, frotándose contra mi erección por encima del vaquero, y soltó otra vez un quejido grave que me partió el último escrúpulo.
La hice girar otra vez para quedar frente a frente. La besé en la boca por primera vez. Sabía a vino y a pasta de dientes, y besaba lento, profundo, como si ya hubiera decidido que esto iba a durar. Le quité la camiseta por encima de la cabeza. Sus pechos, libres, eran más grandes de lo que había recordado de la ducha. Bajé la cabeza y le chupé un pezón, después el otro, mientras ella me hundía los dedos en el pelo y arqueaba la espalda.
—Quítate la ropa —me pidió.
Me incorporé, me saqué la camiseta, los pantalones y los calzoncillos en tres movimientos. Carolina estiró la mano, me agarró por la polla y empezó a masturbarme con calma, mirándome desde abajo, sonriendo.
—Hace mucho que no veía una de cerca.
Le tiré de las bragas hacia abajo. Tenía el sexo afeitado, brillante, las ingles marcadas. Le abrí las piernas y bajé. La lamí entera, despacio primero, después con más insistencia, y le metí dos dedos para sentir cómo se cerraba sobre ellos. Carolina enredó las manos en mi cabello y empezó a embestirme la cara con las caderas.
—Sube, sube —jadeó al fin—. Necesito tu boca aquí.
Subí. Nos besamos otra vez, ella saboreándose en mí. Me empujó con suavidad hasta tumbarme de espaldas y se trepó encima. Me la metió ella misma, sentándose lentamente sobre la polla, hasta hundirla del todo. Cerró los ojos, se mordió el labio, empezó a cabalgarme con un ritmo lento y cerrado, las manos apoyadas en mi pecho.
—No sabes cuánto necesitaba esto —dijo, casi para sí.
La agarré de las caderas y aceleré el movimiento. Le miraba los pechos saltando, la cara enrojecida, el pelo todavía húmedo pegado a las sienes. La giré sin sacársela y la dejé boca abajo. Le levanté la cadera hasta dejarla a cuatro patas y volví a entrar, esta vez más fuerte, más profundo. Carolina hundió la cara en la almohada y empezó a gemir sin contenerse.
—Así, hijo. Así.
Cuando sentí que se me venía, me retiré a tiempo. Le terminé encima del vientre, sobre la curva blanda del bajo abdomen, mientras ella se contraía debajo de mí con un grito ahogado contra la almohada. Me dejé caer a su lado, agotado, sintiendo cómo se me iba la respiración poco a poco.
Carolina abrió los ojos, me sonrió de medio lado y me apartó un mechón de la frente.
—Pásame esa toalla, anda.
Se la pasé. Se limpió, se acurrucó contra mi pecho y se quedó así, calladita, con la mano sobre mi corazón. Afuera empezaba a amanecer. Me dormí pensando que al día siguiente le diría, otra vez, que se quedara todo el tiempo que quisiera.
Y que esta vez sería en mi cama.