Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La confesión de mamá que lo cambió todo entre nosotros

La tarde de agosto en que mamá lo cambió todo empezó como tantas otras: comida larga, vino barato y el ventilador girando en el techo del salón. Éramos tres con ella: yo —Andrés, treinta y un años, el mayor—, Clara con veintisiete y Paula con veintiuno. La casa de mamá tenía ese olor particular a tabaco y detergente de limón que ningún piso moderno va a replicar nunca.

Mamá tenía cuarenta y ocho años. Cuerpo grande, generoso. Tetas que ya cargaban con su propio peso, caderas que habían parido tres veces y no lo disimulaban. Una mujer que nunca tuvo vergüenza de lo que era, de lo que pedía ni de lo que hacía. Eso lo sabíamos todos, aunque nunca lo habíamos dicho en voz alta.

Cuando levantó los platos y se sentó otra vez con nosotros, algo en su postura indicó que aquella tarde no iba a ser como las demás. Había en ella esa tensión particular de quien lleva tiempo guardando algo y ha decidido que ya es el momento.

—Tengo que contaros algo —dijo.

Clara bostezó.

—Mamá, si es el cuento de cuando te caíste en Rota otra vez...

—No. —Mamá encendió un cigarrillo y cruzó las piernas—. Algo de cuando yo tenía treinta y ocho años. Del año ochenta y ocho.

***

Había sido idea de Diana, su prima. Diana llevaba años yendo a un ginecólogo particular que, según ella, «le tomaba los asuntos muy en serio». Mamá lo contó así, con esas palabras exactas, y los tres nos imaginamos algo completamente diferente a lo que de verdad quería decir.

El doctor se llamaba Marcos. Tenía consulta en una clínica privada del centro. Unos cincuenta años bien llevados, pelo gris cortado corto, manos grandes con los dedos largos. La clase de hombre que te mira de frente sin que eso resulte incómodo, porque sabes que te está viendo de verdad y no solo mirando.

—Me hizo pasar sola al principio —contó mamá—. Diana esperó afuera. Entré con la bata puesta y sin nada debajo, porque Diana me había dicho que así era más rápido. Me señaló la camilla sin preámbulos. Como si ya supiera que me iba a parecer bien.

—¿Y te pareció bien? —preguntó Paula.

—Todavía no lo sabía. Pero me subí.

La exploración empezó de manera normal. Dos dedos, presión medida, preguntas sobre ciclos y molestias. Mamá respondía mientras miraba el techo y se preguntaba si Diana le había gastado una broma enorme. Pero entonces el tono cambió. El doctor empezó a describir lo que encontraba en voz alta, como si dictara un informe a un estudiante invisible. Las paredes muy elásticas. El cuello perfectamente posicionado. Una predisposición anatómica notable.

—Esa última frase la dijo con un tono que no tenía nada de clínico —dijo mamá—. Y a los pocos minutos ya me había abierto los muslos con las dos manos y me estaba lamiendo el coño como si llevara todo el día esperando probarlo. Sin permiso, sin explicación. Solo la lengua entera contra mí, arriba y abajo, y luego chupándome el clítoris con la boca entera hasta que se me arqueó la espalda sobre la camilla. Me metió tres dedos mientras seguía chupando y me hizo correrme antes de que yo entendiera lo que estaba pasando. Me corrí en su boca la primera vez sin haber dicho ni sí ni no.

—Mamá... —dijo Paula, y no dijo nada más.

—Entonces llamó a Diana.

Diana entró sin hacerse de rogar. Se puso al lado de la camilla como si hubiera estado ahí muchas veces antes. Le apretó la mano a mamá un momento. Luego se agachó, le mordió un pezón por encima de la bata, se la abrió del todo y se puso a chuparle las tetas mientras el doctor volvía a hundir los dedos.

—Diana metió después dos dedos suyos al lado de los del doctor —siguió mamá—. Los cuatro dedos dentro a la vez, moviéndose distinto cada uno. Uno buscándome el punto de arriba, otros dos más profundos, y el pulgar de Diana dándome vueltas al clítoris con una paciencia que solo tiene otra mujer. Trabajaron juntos durante un buen rato. Sin hablar. Sin necesitar hablar. Solo prestando atención a lo que yo hacía, a lo que yo sentía. Era la primera vez que alguien me miraba así, sin ningún otro propósito que el de entender exactamente lo que me gustaba y dónde.

Mamá se pasó la lengua por los labios sin darse cuenta antes de seguir.

—En un momento el doctor se sacó la polla y me la puso en la mano. Grande, gorda, ya empapada por la punta. Se la agarré yo misma. Se me metió despacio, tumbada como estaba, con Diana todavía con los dedos dentro de mí junto a su polla. Notaba las dos cosas: la verga estirándome y los dedos de Diana rozando el glande desde adentro. El doctor me follaba con calma, mirándome la cara, describiéndome en voz baja lo apretada que la tenía y lo bien que me abría para él. Diana me lamía las tetas y me susurraba al oído que me corriera otra vez, que no me aguantara, que estaban los dos para eso.

—La sensación de estar completamente expuesta y de que eso no solo no me molestaba —añadió— sino que era exactamente lo que mi cuerpo llevaba tiempo pidiendo sin que nadie se lo hubiera dado. En algún momento perdí la cuenta. Ya no importaba cuántas manos ni cuántas bocas. Solo importaba seguir sintiéndolo. Cuando el doctor se corrió lo hizo dentro. Diana bajó la boca y me la limpió de ahí abajo con la lengua, tranquilamente, como si estuviera terminando una receta.

Se vino tres veces antes de que la exploración terminara oficialmente.

—Cuatro, si contamos el pasillo de vuelta a la sala de espera —añadió con absoluta calma—. Diana me metió los dedos otra vez contra la pared, todavía chorreando semen del doctor, y me tapó la boca con la otra mano para que no gritara.

Paula se tapó la boca para no reírse, pero también, me di cuenta, se apretó los muslos por debajo de la mesa.

—Mamá... —dijo.

—¿Qué? Es verdad.

***

Mamá apagó el cigarrillo. Nos miró a los tres, uno por uno, con esa calma suya que nunca era del todo inocente.

—¿Por qué nos cuentas esto ahora? —pregunté.

—Porque ya sois mayores. —Hizo una pausa—. Y porque llevo un tiempo preguntándome si vosotros también lo querríais.

El ventilador siguió girando. Afuera, un coche arrancó y se fue. Adentro, nadie dijo nada durante lo que pareció mucho tiempo. Yo notaba la polla dura contra la costura del pantalón. Clara tenía las mejillas encendidas y respiraba por la boca. Paula seguía con los muslos apretados y los pezones marcándosele bajo la camiseta fina.

Mamá se puso de pie sin esperar respuesta. Se desabrochó el vestido despacio, botón por botón, con la misma calma con la que había contado su historia. El vestido cayó al suelo y debajo no había nada más que ella misma: las tetas grandes y pesadas con los pezones oscuros ya duros, la barriga suave con las marcas que habíamos dejado los tres al nacer, las caderas anchas sin ninguna disculpa, el coño con el pelo cuidado pero espeso, brillando ya de humedad entre los muslos.

—Si alguien quiere parar —dijo—, me lo dice.

Nadie dijo nada.

Clara fue la primera en levantarse. Se sacó el vestido por la cabeza en un solo movimiento y quedó en ropa interior. Se acercó a mamá, le puso las manos en las caderas y la besó en la boca con la lengua entera, sin ningún preámbulo, como si llevara años ensayándolo en la cabeza.

***

Lo que siguió no tuvo urgencia. Eso me sorprendió. Me había imaginado que si algo así llegaba a pasar —y no lo había imaginado, o eso creía— sería torpe y rápido y lleno de culpa inmediata. No lo fue.

Mamá se tendió en el sofá grande, con las piernas separadas y una rodilla caída hacia afuera. Clara se arrodilló a su lado, ya desnuda del todo, con las tetas pequeñas y los pezones apuntando. Paula se quitó la camiseta y los pantalones sin decir palabra, se quedó en bragas un momento y después también se las bajó. Yo me desabroché los pantalones y la polla saltó afuera dura, apuntando arriba, con la punta ya mojada.

—Andrés —dijo mamá—. Ven aquí.

Me arrodillé entre sus piernas. Las abrió sin dramatismo, como quien abre una puerta que ya no tiene cerrojo. Estaba empapada. No un poco. Chorreaba, con los labios internos ya hinchados y separados, brillando bajo la luz naranja del salón, y el clítoris asomando entre el capuchón como una perla apretada.

Bajé primero la cara. Le pasé la lengua entera por toda la raja, de abajo a arriba, y noté el sabor a mi madre por primera vez: fuerte, salado, denso, tan de ella que reconocí algo que no sabía que reconocía. Ella soltó un gemido corto y me apretó la nuca con la mano. Le chupé el clítoris directamente, sin rodeos, cerrando la boca sobre él y usando la punta de la lengua. Empecé con dos dedos dentro al mismo tiempo. Sentí el calor antes incluso de llegar al fondo, y las paredes cerrándose alrededor de golpe.

Mamá cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo y no dijo nada durante un momento. Solo exhaló despacio, como alguien que lleva horas aguantando la respiración y por fin puede soltarla. Después habló bajito, mirándome desde arriba:

—Así, mi vida. Cómemelo bien. Métemela ya. Me la llevo esperando toda la tarde.

Clara le tomó la cara entre las manos y la besó en la boca. Despacio, con intención, con la lengua metida hasta el fondo. Mamá la cogió por la nuca y respondió igual, y les vi las lenguas trabándose entre las bocas. Paula inclinó la cabeza sobre sus tetas y las tomó entre las palmas, pesándolas, midiéndolas, y se metió un pezón entero en la boca. Lo chupó fuerte, con las mejillas hundidas, y mamá arqueó la espalda contra el sofá. Después Paula le mordió el pezón con los dientes, con cuidado pero firme, y mamá gimió alto por primera vez.

Yo añadí un tercer dedo dentro de mamá mientras seguía chupándole el clítoris. Sentí cómo se abría para recibirlos. Luego el cuarto. Ella se tensó un momento y luego se soltó completamente, como una cerradura que cede de golpe. Empecé a follármela con los cuatro dedos, entrando y saliendo con un sonido húmedo que llenaba el salón, mientras la lengua no dejaba el clítoris.

—No pares —dijo en voz baja—. No pares, joder, no pares.

Doblé los dedos hacia adentro, buscando la zona que había descrito en su historia. Cuando la encontré, lo supe porque ella cerró los muslos instintivamente sobre mi cabeza y luego los abrió más, con un gesto que no tenía nada de control. Sentí un chorro tibio contra la palma. Mamá se estaba corriendo mojándome la mano entera, empapándome la muñeca, y no había parado de hacerlo.

Clara metió también su mano al lado de la mía. Las dos juntas dentro de mamá, moviéndonos sin hablar, sintiendo cómo respondía a cada variación de presión y de profundidad. Yo saqué la lengua un momento y Clara ocupó el sitio, chupándole el clítoris mientras yo seguía dentro. Mamá se vino otra vez con un sonido que no le había escuchado nunca. No un grito. Algo más hondo, más desde dentro, como si el placer viniera de un lugar que normalmente no llega al exterior.

—Andrés —jadeó—. Métemela ya. Fóllame de una vez. Quiero notártela.

Me subí sobre ella. Le puse la punta de la polla en la entrada, la froté un momento arriba y abajo mojándomela con lo suyo, y empujé despacio hasta el fondo. Entré entero. Ella soltó el aire de golpe y me clavó las uñas en la espalda. Estaba tan mojada y tan abierta que la polla me entraba sin ninguna resistencia pero ella me apretaba desde dentro, como si tuviera manos ahí. Empecé a moverme largo, lento, hasta el fondo cada vez, y ella me acompañaba con las caderas.

—Así, mi hijo. Toda. Métemela toda. Rómpeme el coño.

***

Paula se movió hacia abajo cuando yo salí un momento y Clara y yo nos separamos para respirar. Se instaló entre las piernas de mamá y empezó a usar la boca sin preguntar. Le abrió los labios del coño con los dedos, le pasó la lengua plana desde el culo hasta el clítoris de un solo lametón largo, y luego se puso a chuparla con hambre, tragándose lo que yo había dejado dentro. Mamá abrió los ojos de golpe.

—Dios —dijo—. Dios, hija, así.

Clara se rio y se subió a horcajadas sobre la cara de mamá.

—¿Mejor o peor que el doctor Marcos?

—Cállate —dijo mamá, y cogió a Paula por el cabello con una mano y a Clara por las caderas con la otra, bajándola contra su boca. Le vi la lengua de mamá salir y perderse en el coño de Clara, que echó la cabeza atrás y empezó a moverse encima despacio, frotándose contra la boca de nuestra madre. Le agarré las tetas a Clara desde atrás. Se las apreté fuerte y le pellizqué los pezones a la vez, y ella gimió más alto y siguió cabalgando la lengua de mamá.

Yo me coloqué detrás de Paula mientras ella seguía comiéndose a mamá. Le puse la mano en la espalda para que se doblara más, se me presentó de culo, con el coño rosa y abierto entre las nalgas y el ojete pequeño y apretado justo arriba. Le pasé la punta de la polla por toda la raja, la mojé con lo suyo, y me la metí en el coño de una embestida hasta el fondo. Paula soltó un grito ahogado contra el coño de mamá y siguió lamiendo. Empecé a follármela fuerte, agarrándola de las caderas, oyéndola gemir contra los labios de mamá y sintiendo cómo cada empujón mío hacía que la boca de Paula empujara más contra el clítoris de nuestra madre. Follando yo a una, la otra se corría también.

Mamá se corrió así, con la lengua de Clara metida en la boca ahora y la lengua de Paula en el coño y mis embestidas transmitiéndose por todo el sofá. Se corrió apretando las piernas contra la cabeza de Paula, agarrándole el pelo, gimiendo con la boca abierta contra la de mi hermana.

—Ahora yo —dijo Paula sin despegar la cara del coño de mamá—. Andrés, dame tú también. Córrete dentro.

La cogí de las caderas más fuerte y me la follé con ganas hasta que noté que se me subía. Ella se corrió antes, apretándome la polla desde dentro con espasmos, y yo me vine detrás vaciándome dentro de mi hermana pequeña con tres embestidas hondas. Cuando salí, vi el semen caer despacio del coño de Paula sobre el sofá, y mamá me llamó por señas. Le presenté la polla todavía mojada y ella me la chupó de arriba abajo, limpiándomela entera, sin quitarme los ojos de encima.

***

No sé cuántas horas pasamos así. El sol fue bajando detrás de los postigos. La luz cambió de amarilla a anaranjada y luego se fue. El salón quedó en penumbra y nadie fue a encender la luz porque nadie quería moverse. En algún momento cambiamos de posición otra vez: Clara acabó de espaldas sobre mí, con la polla mía metida en el coño y la boca de mamá comiéndole el clítoris al mismo tiempo, y Paula sentada sobre la cara de Clara, dándole a mamar sus tetas pequeñas mientras se dejaba lamer también. Los cuatro conectados por bocas, manos y sexos, sin saber ya de quién era cada dedo dentro de quién.

Mamá tenía los ojos abiertos ahora. Miraba a quien tuviera delante en cada momento con una expresión que no era la madre que conocíamos: era más antigua que eso, más propia, más completamente suya. Le brillaba la barbilla de saliva y de coño ajeno, tenía las tetas rojas de tanto chupetón, y las piernas seguía sin cerrarlas.

—Sois mejores que el doctor Marcos —dijo en algún momento.

Clara rio contra su hombro, con mi polla todavía dentro.

—¿Mejor que Diana también?

—Mucho mejor. Sois lo que sois. Sois míos.

Mamá se vino varias veces más. Cada una diferente de la anterior: una larga y callada, con los labios apretados y las manos aferradas al cojín mientras Paula le metía dos dedos y le apretaba el clítoris con el pulgar; otra con un grito corto que le salió solo cuando yo se la metí por detrás por primera vez, despacio, con ella boca abajo sobre los cojines y Clara debajo comiéndole el coño mientras yo le abría el culo con la polla; otra con los ojos muy abiertos mirando al techo, como si hubiera visto algo que no esperaba, cuando las tres bocas de sus hijos la chupaban a la vez, una en cada teta y una entre las piernas.

Nosotros también, en distintos momentos, sin ningún tipo de competencia. Yo me corrí dos veces más: una en la boca de Clara, que se lo tragó todo mirándome, y otra en las tetas de mamá, viéndolo caer sobre la piel que me había amamantado hacía treinta y un años.

***

Cuando todo terminó, mamá estaba tendida en el sofá con las piernas ligeramente separadas y esa expresión de quien ha resuelto algo que llevaba mucho tiempo sin resolver. Tenía el coño hinchado, brillante, con semen mío secándose en los muslos y saliva de sus hijas por toda la barriga. Clara tenía la cabeza apoyada en su vientre. Paula estaba tumbada a sus pies, con una mano descansando todavía sobre el tobillo de mamá. Yo me senté en el suelo con la espalda apoyada contra el sofá, la mano de mamá descansando sobre mi hombro.

Nadie habló durante un buen rato. El ventilador seguía girando.

—El doctor Marcos me dijo algo al salir aquel día —empezó mamá al final—. Me dijo que muy poca gente sabe lo que quiere de verdad. Y que menos aún se lo permiten.

Clara levantó la cabeza para mirarla.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que yo siempre había sabido lo que quería. —Una pausa—. Lo que no sabía era si mis hijos también iban a quererlo algún día.

Paula se incorporó y apoyó la barbilla en la rodilla de mamá, todavía desnuda, con los pezones enrojecidos y una marca de mordisco en el cuello.

—¿Y Diana? ¿Sabe que nos has contado todo esto?

Mamá sonrió. Esa sonrisa suya que nunca era del todo inocente.

—Diana llega mañana a las once.

Los tres nos miramos.

—Creo —dijo Clara lentamente— que vamos a necesitar más vino.

Mamá se rio. Una risa desde el pecho, de las que escuchábamos poco últimamente. Extendió la mano y nos tocó a los tres, sin orden, solo para saber que seguíamos todos ahí.

—Tenemos tiempo —dijo—. Esta noche todavía no termina.

Afuera, la calle de agosto seguía igual que siempre. Dentro nada volvería a ser igual nunca.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios(9)

nikoBA

que relato!!! me dejó helado, no me lo esperaba para nada

DiegoCba22

La tension que vas construyendo desde el principio es genial, se siente que algo va a explotar en cualquier momento

curiosa87

me recordó a una conversacion que tube hace años con alguien de confianza... esas charlas que empiezan tranquilas y de repente cambian todo. Muy logrado.

SantiRol

segunda parte!!! no puede quedar asi jaja

Julieta

No es para cualquiera pero a mi me gusto mucho. Bien escrito y sin vueltas

Marco_SC

esto es autobiografico o todo inventado? porque parece muy real la dinamica entre los dos

carlitos_mdq

excelente relato, de los mejores que lei aca

Nahuel_BA

jajaja la cara que puse cuando entendi a donde iba la cosa. bien hecho

lino40

muy buen ritmo, no se hace largo en ningun momento

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.