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Relatos Ardientes

Lo que mi sobrino confesó en la oscuridad

Nicolás y yo siempre fuimos muy parecidos. Más de lo que se admite en una familia. Compartíamos el mismo humor, el mismo gusto por las películas raras, la misma tendencia a reírnos cuando la situación pedía todo lo contrario. Era veinte años más joven que yo, pero había algo en él que me resultaba familiar de una forma que iba más allá del parentesco.

Volvimos de un viaje familiar en el peor estado. Los dos, al mismo tiempo, habíamos pillado algo que nos dejó sin energía ni ganas de nada. Le dije que se quedara en mi apartamento mientras estuviera convaleciente. Que era más grande. Que así nadie más se contagiaba. Que de paso me hacía compañía a mí también. Me lo creí.

Los primeros dos días fueron completamente normales. Caldo de sobre, manta y televisión en modo zombi. Nos cruzábamos en el pasillo y nos preguntábamos cómo estaba el otro sin esperar respuesta. Nada fuera de lo común.

Pero cuando empezamos a mejorar un poco, sin tener nada que hacer y sin poder salir, los temas de conversación se fueron agotando a una velocidad sorprendente. Y con los temas, también se fue el pudor.

Empezamos a hablar de cosas personales. Primero de relaciones pasadas. Después de experiencias que habíamos tenido. Después de cosas que no le habíamos contado a nadie. Me contó con qué tipo de tías se había acostado, cuántas veces por noche, qué le pedían, qué le gustaba a él. Yo le devolví con la misma moneda: le dije que hacía meses que nadie me follaba en condiciones, que la última polla que había tenido dentro había sido decepcionante, que me masturbaba casi todas las noches para poder dormir. Se lo dije con la voz plana, como si estuviéramos hablando del tiempo, y él me escuchó con la misma cara.

Yo me acostaba en el sofá con él para ver series y un día dejé el sujetador encima de la cama sin pensarlo. No pasó nada visible, pero lo noté. Lo noté en cómo él tardó un segundo de más en mirarme a la cara, en cómo se le fueron los ojos a mis tetas bajo la camiseta antes de subírmelos otra vez.

Esa noche me dijo que prefería dormir en la cama grande antes que en el sofá. Le dije que era una cama de matrimonio, que cabíamos perfectamente sin molestarnos. Que no había problema.

Error mío.

No fue inmediato. Tardó un par de noches en empezar. Primero fue un brazo que se desplazaba hacia mi lado mientras dormía. Luego una mano que intentaba deslizarse por mi cadera. Yo la apartaba sin decir nada y él no insistía en el momento. Pero lo volvía a intentar al día siguiente. Y al siguiente.

Lo curioso fue que, con el tiempo, empecé a notar que no me molestaba tanto como debería. Que cuando su mano rozaba mi cintura en la oscuridad, yo tardaba un segundo de más en apartarla. Un segundo que los dos notábamos y ninguno de los dos mencionaba. Un par de veces sentí también su polla dura contra mi culo a través del pijama, dormida o medio despierta, y en vez de darle un codazo me quedé quieta contando su respiración.

La convivencia te hace perder ciertas defensas. Sobre todo cuando no tienes nada que hacer más que estar.

***

Su manía con mis pies empezó de una forma absurda, como casi todo lo que importa.

Cada mañana entraba al cuarto y decía lo mismo: «Aquí huele a calcetines viejos, ¿qué te pasa?». Levantaba el edredón, me buscaba los pies, los olía con exageración teatral y ponía una cara ridícula de asco que me hacía reír a pesar mío. Era una broma de mal gusto, pero era nuestro tipo de humor.

Al principio me resistía, le apartaba los pies, le decía que era un cerdo. Él se reía y volvía a intentarlo. Con los días empecé a empujarle el pie yo misma, a ponérselo en la cara antes de que llegara hasta ahí. Como si fuera yo quien marcaba el ritmo del juego.

Y el juego fue cambiando despacio, sin que lo nombráramos.

Pasó de oler con el calcetín puesto a tirarme del borde del calcetín con los dientes para bajarlo un poco. Un día me arrancó uno de un tirón y me olió el pie directamente. Después lo mordió en el arco, yo le di una patada y los dos nos reímos, pero él volvió a cogerlo. Le dejé que lo oliera un momento antes de apartarme.

Así fue escalando, sin que ninguno de los dos pusiera nombre a lo que estaba pasando.

Hasta que una tarde entró al cuarto, me quitó los calcetines con cuidado, olió primero uno y luego el otro con los ojos cerrados, y cuando empezó a besarlos me incorporé de golpe.

—¡Para! —le grité—. ¡Eso es una guarrada, qué demonios te pasa!

Le dije cosas peores que eso. Me salieron de dentro, sin pensar, con una fuerza que no esperaba ni yo misma. Él se quedó parado en mitad del cuarto con cara de no entender qué había ocurrido. Después salió y cerró la puerta.

No hablamos en todo el día.

***

Me costó horas entender qué me había pasado a mí exactamente.

No era tanto lo que había hecho él. Era que yo llevaba días dejándoselo hacer y de repente había reaccionado como si me hubiera atacado. Le había dicho cosas que no correspondían a lo que realmente sentía. Me había escuchado hablar y no me había reconocido.

Estuve dando vueltas por el apartamento sin saber qué hacer. Lo vi en el salón mirando el teléfono sin leer nada, con esa postura de quien no sabe dónde poner el cuerpo. No me miraba. En toda la tarde no me miró ni una vez.

Cuando fue la hora de dormir, fui a la puerta del salón y le dije que se viniera a la cama. Que teníamos que hablar.

Me puse el pijama completo, hasta los calcetines, y esperé con la luz de la mesita encendida.

Se tumbó a mi lado con cuidado, mirando al techo. Tenía el cuerpo rígido como si esperara otro golpe.

—Sé que te porté mal —le dije—. Te dije cosas que no merecías. Lo siento.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz le salió más baja de lo normal.

—Yo también me pasé. No tendría que haberlo hecho sin pedirte permiso.

Hubo un silencio. No uno de esos silencios incómodos, sino de los que pesan porque hay demasiadas cosas dentro.

Después me lo contó todo.

Me dijo que tenía ese fetiche desde que era adolescente. Que se había hecho pajas oliendo calcetines robados desde los quince años. Que nunca había podido hablarlo con nadie. Que con las pocas tías con las que había follado no se había atrevido a mencionarlo porque no sabía cómo iba a reaccionar. Que conmigo se había dejado llevar porque se sentía cómodo, porque éramos parecidos, porque llevábamos días hablando sin filtros y en algún momento se le había borrado la línea de lo que se podía y lo que no.

Me pidió disculpas dos veces. Me dijo que se había aprovechado de la situación sin preguntarme. Me dijo que si quería que se fuera al día siguiente, lo entendía.

Le escuché sin interrumpirle.

Cuando terminó, le dije que no tenía que pedirme perdón por tener un fetiche. Que nadie elige esas cosas. Que sí debía pedirme perdón por haberlo hecho sin preguntarme, y que eso ya estaba dicho y aceptado. Que yo también le debía una disculpa por haberle gritado lo que le grité, porque no lo merecía.

Me miró por primera vez en horas.

—¿No te parece muy raro? —preguntó.

—Todo esto ya es raro —le dije—. Llevamos una semana durmiendo en la misma cama. El límite de lo raro lo pasamos hace días.

Algo en su cara se aflojó. Apagué la luz.

***

No sé exactamente en qué momento decidí lo que decidí. O quizás no hubo una decisión como tal, sino una serie de cosas pequeñas que se acumularon en la oscuridad hasta que dejaron de ser pequeñas.

Nos quitamos la parte de arriba del pijama. Lo hacíamos desde el segundo día, sin hablarlo nunca, simplemente ocurría. El calor del edredón, la costumbre, lo que fuera. Esa noche él no se quitó la camiseta. Lo noté en cuanto fui a apoyarme en su espalda como hacía siempre. Le tiré de la tela hacia arriba y se la quité. Él levantó los brazos para dejármela sacar. No dije nada, él tampoco.

Me quedé quieta un momento, escuchando cómo respiraba. Le apoyé una teta desnuda contra el omóplato a propósito, sin taparme, y noté cómo se le cortaba el aire.

Después me senté en el borde de la cama y me quité los calcetines despacio. Los cogí en la mano y me acerqué a él en la oscuridad.

—¿Te puedo confesar una cosa?

Percibí cómo se tensó sin moverse.

—Yo también tengo cosas raras —le dije—. No me extraña nada que te guste esto. A mí me pone cachonda mandar. Y hoy me apetece mandarte a ti.

Le puse el calcetín en la cara antes de que pudiera decir nada. Lo tapé hasta la nariz y le sujeté la cabeza con suavidad pero con firmeza. Intentó girarse. Le dije en voz baja que no se moviera.

—Huélelo bien —le susurré al oído—. Llevo todo el día con ellos puestos. Es lo que llevas queriendo desde hace una semana, ¿no?

Le oí tragar saliva. Respiró hondo contra la tela y noté que el pecho se le hinchaba, que se le escapaba un gemido bajo que él intentó tapar y no pudo. Le apreté el calcetín contra la nariz un poco más fuerte.

—No te tapes. Quiero oírte.

Me tumbé contra su espalda. Apoyé las tetas desnudas en él y sentí cómo respiraba de otra forma, más rápido, más superficial. Le puse la mano en la cadera por encima del pijama y le bajé el pantalón junto con los calzoncillos de un tirón, sin ceremonia. Se le escapó el aire de golpe. Le pasé la mano por el muslo, por el vientre, sin tocarle todavía la polla que ya la tenía como una piedra. Acerqué los labios a su oído.

—Esto no va a pasar más de una vez. Y no se lo puedes contar a nadie. ¿Entendido?

Asintió sin hablar.

—Dilo.

—Entendido —murmuró contra el calcetín, con la voz ahogada.

Le pasé la mano por encima de la polla sin llegar a cerrarla. Estaba durísima, caliente, con la punta ya mojada. Le rocé el glande con la yema del pulgar y le arranqué otro gemido. Sonreí en la oscuridad.

—Mira cómo la tienes. De un calcetín. Estás muy mal de la cabeza, ¿sabes?

—Sí —dijo.

—Sí, ¿qué?

—Sí, estoy mal.

Le agarré la polla entera con la mano, sin apretar todavía. Metí la mano despacio, cerré los dedos alrededor y empecé a moverla desde la base hasta la punta muy despacio, arrancándole el aire. Cogí el otro calcetín y lo enrosqué alrededor de la polla, usándolo como una funda improvisada. La textura del algodón sudado contra la piel tirante, la oscuridad, el silencio del apartamento roto solo por su respiración cada vez más entrecortada. Todo era extrañamente concreto, como cuando estás muy concentrada en algo y el mundo exterior se vuelve borroso.

Empecé a pajearlo despacio, con el calcetín envolviéndole la polla, arrastrando la tela desde los huevos hasta la punta y de vuelta. Le pasé la lengua por la nuca, le mordí el lóbulo de la oreja, le clavé los pezones duros en la espalda.

—¿Te gusta cómo te la meneo con mi calcetín sucio? —le dije al oído—. Contesta.

—Sí…

—Más fuerte.

—Sí, me gusta, joder…

Él intentó darse la vuelta para mirarme. Le empujé la cabeza contra la almohada.

—Te he dicho que no.

Intentó llevarme la otra mano hacia su boca. Le retiré los dedos.

—No.

Quería besarme, se giró la cabeza hacia donde yo estaba. Le pasé los labios por la mejilla muy despacio, apenas un roce, y me aparté.

—Quieto. Tú no me tocas a mí. Hoy tú no haces nada. Hoy te dejas.

Me obedecía, y eso, por alguna razón que no intenté analizar esa noche, hacía que todo fuera más intenso. Le apretaba más la polla, le movía la mano más rápido, y sentía cómo se le tensaba todo el cuerpo cada vez que subía hasta el glande.

Le solté un momento, le arranqué el calcetín de la cara y le metí dos dedos en la boca.

—Chúpalos. Bien.

Los chupó como si le fuera la vida en ello, con la lengua entera, mojándomelos hasta los nudillos. Cuando se los saqué se los llevé a mi propio coño y me toqué un momento delante de él, sin que pudiera verme pero dejando que oyera perfectamente lo mojada que estaba, el ruido líquido de mis dedos entrando y saliendo. Se le escapó un quejido.

—¿Oyes eso? —le dije—. Esto es lo que me pones. Y no vas a probarlo. Ni un poquito.

Volví a agarrarle la polla con el calcetín y le apreté fuerte. Empecé a pajearlo más rápido, con la muñeca girando un poco en cada subida, tal como me gusta hacérmelo yo. Él intentaba aguantar, apretaba la mandíbula, pero se le escapaban los gemidos contra la almohada.

—Suéltalos —le dije—. Quiero oír cómo se te escapa.

Gimió más alto. La cama empezó a moverse con el ritmo de mi mano. Le pasé la otra mano por debajo, le agarré los huevos con cuidado, se los apreté con la punta de los dedos y lo noté estremecerse entero.

Al cabo de un rato empezó a moverse contra mi mano, con una cadencia que no podía controlar del todo, follándose el puño de calcetín como si fuera un coño de verdad. Me dijo que ya estaba cerca.

—Pídemelo —le susurré—. Pídeme que te deje correrte.

—Déjame… déjame correrme, por favor…

—Otra vez.

—Por favor, déjame correrme, joder, por favor…

—Buen chico.

Le apreté el calcetín contra la polla y le aceleré la mano, subiendo y bajando rápido, sin darle tregua. Lo noté antes de que lo dijera: el cambio en su respiración, la forma en que se quedó inmóvil un segundo justo antes, cómo se le contrajeron los huevos en mi mano. Sentí cómo la polla le latió y cómo el calcetín se llenaba caliente de corridas, chorro tras chorro, mientras él expulsaba el aire de golpe con la frente hundida en la almohada y un gruñido largo que le salió del fondo de la garganta.

Le seguí meneando despacio hasta la última gota, hasta que se estremeció y me puso la mano encima para que parara porque ya no podía más.

Nos quedamos así un momento. Los dos sin decir nada, solo su respiración deshaciéndose poco a poco y mis pezones todavía duros clavados en su espalda.

Después me levanté, fui al baño, tiré el calcetín empapado a la basura y me lavé las manos mirándome en el espejo, con las mejillas encendidas y el coño latiendo. Cuando volví a la cama él todavía no se había movido. Me tumbé a su lado y miré al techo.

—Nos quedan cuatro días —dije.

Él no contestó. Pero en la oscuridad, noté que sonreía.

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Comentarios(8)

Ramiro_cba

Que relato tan intenso!!! no podia parar de leer hasta el final

LectoraNocturna

Se me puso la piel de gallina leyendo esto. Muy bien escrito, se siente real sin ser burdo

SilencioYDeseo

Que manera de escribir, en serio. Lo que mas me gusto es como describis esa tension previa, esa incomodidad mezclada con el deseo. Muy pocas veces un relato de esta categoria lo logra asi. Esperando ansioso el proximo

NachoCba2

no me esperaba ese giro, tremendo jajaja

MartinCba91

Me recordo a momentos de mi propia vida que jamas hubiera creido posibles. Gracias por animarte a escribir algo tan intimo

Paty_23

Hay algo en como esta narrado que lo hace diferente a otros de la categoria. Se nota el cuidado en cada parrafo

LectoRealMdq

Por favor tiene que haber una continuacion, me dejo con muchas ganas de saber que paso despues!!

DarioMza

Excelente!!! Uno de los mejores que lei en mucho tiempo en este sitio

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