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Relatos Ardientes

La hijastra de mi novia me espiaba esa madrugada

Pasadas las tres me desperté con la garganta seca y la sensación de no saber dónde estaba. La habitación era ajena: el techo más bajo de lo que recordaba, un olor a sábanas recién compradas, una persiana que dejaba pasar una franja de luna sobre el espejo del armario. Tardé un par de segundos en ubicarme.

Camila dormía a mi lado, boca abajo, completamente desnuda. Tenía un brazo doblado bajo la mejilla y el otro caído fuera del colchón. El pelo se le había pegado a la nuca por el sudor. Olía todavía a vino tinto, a perfume cansado y a lo que habíamos hecho un par de horas antes.

Me quedé mirándola. La pose, la luz, el silencio de la casa. Era la primera vez que dormía en su cuarto y no podía dejar de pensar en el detalle que ella misma me había advertido a la hora de la cena.

Mi hija Lucía duerme en la habitación de al lado. Es muy ligera para despertarse.

Eso me había dicho. Y yo había asentido como un caballero antes de tirarle del cinturón en la cocina.

Sentí cómo empezaba a endurecerme otra vez, lento, casi por inercia. No era solo el cuerpo desnudo de Camila a mi lado. Era saber que al otro lado de un tabique de papel había una chica que probablemente nos había escuchado todo. Esa idea me apretaba el estómago de una forma incómoda y deliciosa al mismo tiempo.

Hice ruido a propósito moviéndome por la habitación. Tosí. Dejé caer mi cinturón al suelo con un golpe seco. Camila no se inmutó. Roncaba bajito, con la boca entreabierta. Me puse el bóxer, abrí la puerta apenas un palmo y salí al pasillo.

***

La casa estaba en penumbra, pero no del todo a oscuras. Desde el rellano se podía ver la sala abajo y el comienzo de la cocina. Las escaleras quedaban entre las dos plantas como una boca abierta. Arriba solo había dos puertas y, enfrente, el baño.

La puerta del cuarto de Lucía estaba entornada. No abierta del todo, pero tampoco cerrada. Una lámpara de mesilla, encendida con bombilla de bajo voltaje, dibujaba un rectángulo amarillento sobre el suelo del pasillo.

Me detuve. No debía mirar. Cualquier persona decente no habría mirado.

Miré.

Lucía dormía boca abajo, en una postura casi idéntica a la de su madre, como si fuera una herencia inconsciente. Llevaba un cachetero rosa y una camiseta corta que se le había subido casi hasta los omóplatos. La piel muy blanca, las piernas tonificadas por algún deporte que no me imaginaba —¿natación, voleibol?—, unas pantorrillas que terminaban en unos pies pequeños descalzos. Pero lo que me dejó la boca seca fue el cachetero. La tela rosa se le había metido entre las nalgas y dibujaba con descaro la frontera entre lo que era visible y lo que no.

Solté un suspiro que no quise soltar. Ella se removió, casi imperceptiblemente, y eso bastó para sacarme del trance. Giré sobre mis talones y entré al baño tropezándome con mis propios pies.

***

El baño olía a champú de coco y a algo cítrico. Era un baño de chicas: media docena de cremas en la repisa, dos cepillos eléctricos, esponjas de colores, un secador colgado. Cerré la puerta sin pasar el pestillo —no quería que se oyera el clic—, levanté la tapa del inodoro y oriné mirando al techo.

Cuando terminé me lavé las manos con agua fría. Me quedé mirando el cesto de la ropa sucia que estaba al lado del lavabo. Era de mimbre, con la tapa torcida.

No, eso no.

Dos segundos después había levantado la tapa.

Estaba casi lleno. Camisetas dadas la vuelta, un sujetador deportivo, unos vaqueros enrollados como una tripa. Y, hacia el fondo, un montón de ropa que evidentemente era de una chica joven: tops, leggings, dos o tres bragas pequeñas. Tomé una de algodón negro, con una cinta blanca cosida en la cintura. La tela todavía conservaba un calor que no era posible —sabía que era el cesto, no su cuerpo, pero el cerebro no entiende de lógica a las tres de la mañana—. La acerqué a la cara y respiré hondo.

El olor me golpeó como un coñac mal medido. Algo dulce, algo ácido, algo absolutamente humano. Cerré los ojos. Sentí un latido en la entrepierna tan claro que casi me dolió.

Un golpe en la puerta me devolvió al baño con la violencia de una bofetada.

—Un segundo —dije con voz pastosa—. Ya salgo.

—¿Quién es? —La voz era suave, joven, apenas asustada.

—Soy Daniel. Amigo de tu madre. Salí un momento al baño.

—Ah. —Una pausa—. Vale.

Metí las bragas al fondo del cesto, eché agua a la taza, apagué la luz y abrí la puerta intentando que pareciera la salida más natural del mundo. Tenía el bóxer todavía empujado por una erección que no había desaparecido, y por mucho que cruzara las manos por delante, la sombra delataba el bulto.

Lucía estaba en el pasillo, descalza, con la camiseta y el cachetero rosa. Más bajita de lo que parecía dormida. El pelo despeinado de un lado.

—Perdón que me veas así. No esperaba que estuvieras despierta.

—No te preocupes. —Bajó los ojos hacia mi cintura sin disimulo y los volvió a subir, divertida—. Te oí antes. Ya te había visto.

Lo dijo en un tono que no era el de una niña pillada en falta. Era cómplice. Casi un guiño.

Pasó a mi lado para entrar al baño. Al cruzarse, el hombro me rozó el bíceps, un roce mínimo, pero deliberado. Cerró la puerta detrás de ella y oí el clic del pestillo —ese sí lo echó—.

***

Volví al cuarto sin pensar nada coherente. Camila seguía dormida, pero ahora se había girado y estaba boca arriba, con las piernas separadas y un brazo cruzado sobre los pechos. Respiraba profundo, casi roncaba.

El sentido común me decía que debía meterme en la cama, darme la vuelta y esperar a que pasara la erección y, con ella, las ganas de hacer algo estúpido.

Hice exactamente lo contrario.

Me arrodillé al pie de la cama, le abrí más las piernas con la palma de la mano y bajé la cabeza hasta apoyar la mejilla en su muslo interior. Olía todavía a nosotros dos, a esa tarde, a esa noche. Saqué la lengua y la pasé despacio sobre sus labios sin tocar el clítoris.

Camila suspiró largo, en sueños, sin abrir los ojos. La conocía lo suficiente como para saber que tardaría un par de minutos en despertar del todo, y eso me dejaba tiempo. Le abrí los labios con los dedos índices, dejé el clítoris al aire y empecé a recorrerlo con la punta de la lengua, primero suave, luego con más presión, cerrando los labios sobre él en un beso húmedo.

Esta vez dejé los oídos despiertos. Apuntando a la puerta.

No tuve que esperar mucho. Oí el sonido apenas perceptible de un pomo girando despacio. La puerta del cuarto se quedó como estaba —yo la había dejado entornada—, pero a través del filo entre la hoja y el marco se filtraba ahora una sombra distinta. Una respiración.

Lucía estaba mirando.

No giré la cabeza. No quería asustarla. Si descubría que yo sabía que ella estaba ahí, podía irse. Pero seguí trabajando con la lengua un poco más despacio, un poco más teatral, sabiendo que ahora aquello no era solo para Camila. Era para la chica detrás de la puerta. Quería que entendiera con detalle lo que le estaba haciendo a su madre.

Camila empezó a despertar. Llevó las manos a mi pelo y me apretó la cara contra ella. Movía la pelvis con un ritmo aún torpe, soñoliento. Soltó un primer sonido grueso, sin contención, sin saber que tenía público.

Aquel sonido fue el detonante. La sombra detrás de la puerta dejó de moverse y se quedó quieta. Demasiado quieta. Como aguantando la respiración.

Apreté la lengua contra el clítoris sin moverla, dejándola vibrar con cada pulso de su sangre, y subí los brazos para sujetarle los muslos. Camila intentó cerrar las piernas, vencida por la sensibilidad, pero no la dejé. Se le escapó un grito a medias cuando se vino. Sentí cómo le temblaban los muslos contra mis sienes, cómo se le tensaba la barriga, y cómo un chorro caliente me cruzaba la barbilla y bajaba por el cuello.

—Joder —dijo en voz alta, ya despierta, riéndose de sorpresa—. ¿Qué haces, animal?

—Despertarte —contesté.

***

Le pedí que se sentara y me la chupara. Lo dije en voz baja, sin dramatismo, como si fuera la cosa más natural del mundo. Camila era de esas mujeres a las que no había que pedirles nada dos veces. Se acomodó entre mis rodillas con la pereza de las cuatro de la mañana, me besó el muslo, me besó el bajo vientre y se llevó los testículos a la boca con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Yo apoyé la nuca en la almohada y giré despacio la cara hacia la puerta.

Lucía seguía ahí. Esta vez con la rendija un poco más abierta, lo justo para que pudiera ver media cara y un hombro. Nuestras miradas se encontraron y, por un segundo eterno, ninguno de los dos hizo nada. Yo esperé que saliera corriendo. No salió. Bajó los ojos hacia mi pene en la boca de su madre, los volvió a subir hasta los míos y se mordió el labio inferior.

Vi cómo movía un brazo. No podía verlo del todo, pero la cadencia del torso era inconfundible. Se estaba tocando.

Su madre subió la lengua del glande a la corona, lo metió entero y empezó a mamar con un ritmo profundo y suave. Yo no quitaba los ojos de la rendija. Lucía aceleraba la mano. Yo aceleraba la pelvis. Sin proponérnoslo, sin decir nada, los tres entramos en un ritmo común: madre, hija y desconocido coordinados en silencio por una puerta entornada.

Cuando me corrí, no avisé. Cerré una mano en el pelo de Camila para mantenerle la cabeza donde estaba y miré a Lucía con la dignidad rota. Vi cómo se mordía el labio para no hacer ruido. Vi cómo cerraba los ojos un instante y volvía a abrirlos justo a tiempo para no perderse el final.

Camila tragó, tosió un poco y se rió contra mi muslo, ajena a todo lo demás.

Cuando volví a girar la cara hacia la puerta, la rendija estaba vacía. Lucía se había ido sin que la oyera marcharse.

Me quedé un rato así, escuchando la casa. Una tubería que crujía. Camila respirando contra mi cadera. Y, al fondo del pasillo, una puerta que se cerraba muy, muy despacio.

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Comentarios (8)

Rodrigo_22

genial, de los mejores que lei ultimamente!!

Maxi_uy

quede con ganas de mas. tiene que haber segunda parte si o si!!

DiegoBA78

que tension genera todo el relato desde el principio, tremendo jaja

ClaraM_85

Me tuvo pegada de principio a fin sin poder soltar el celular. Muy bien escrito.

Ferchu22

Muy bueno, se nota que saben escribir. La narrativa fluye bien y se hace cortisimo :)

ElenaV_mx

impresionante!! ya quiero leer que pasa despues

Charly_Baires

Son de los relatos que te dejan pensando cuando terminas. La situacion esta planteada con mucha tension y eso lo hace especial. Ojala haya continuacion porque quedaron varias puntas abiertas.

Daniela22

muy morboso pero bien contado, sin pasarse de la raya. Me gusto bastante

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