Mi hermana y yo volvimos a caer una mañana cualquiera
Ya les conté cómo empezó todo entre Renata y yo aquella primera noche; ahora me toca contar cómo es que volvimos a caer, casi sin querer y al mismo tiempo queriéndolo demasiado. La segunda vez nunca se piensa tanto como la primera, y por eso, justamente, duele más cuando se recuerda.
Después de aquella primera vez, mi hermana se replegó. Dejó de entrar a mi cuarto los fines de semana, dejó de pedirme prestadas las películas, dejó de hablarme en la mesa más allá de un «pásame la sal» seco. Pasó casi mes y medio en ese tono distante, y yo no hice nada por romperlo. Entendía perfectamente lo que sentía: vergüenza, culpa, miedo de mirarse al espejo y reconocerse. Yo también sabía que lo que habíamos hecho no era normal, no era sano, no era nada de lo que se espera entre dos hermanos que comparten apellido y techo. Lo sabía, sí. Pero también recordaba cada detalle de aquella noche con una nitidez que no me dejaba dormir.
Una mañana de lunes festivo, sin clases en la universidad, me desperté antes que nadie por pura inercia. La rutina manda. Salí de mi habitación medio dormido, crucé el pasillo en calcetines y empujé la puerta del baño sin tocar. La maldita costumbre.
Renata estaba ahí, frente al espejo, con el cepillo de dientes en la boca y nada encima salvo un conjunto azul marino: brasier y un cachetero a juego. Reaccionó tarde, demasiado tarde para taparse, y yo reaccioné peor: me quedé clavado en el umbral mirando el reflejo de su espalda y el contraste de la tela contra la piel.
—¿Qué haces despierto? —dijo, escupiendo la pasta—. No tenemos clases hoy.
—La costumbre —respondí, sin moverme.
Ese azul sobre su piel me devolvió de golpe la primera vez. Las pecas en sus hombros, la curva de la cadera, esa manera tan suya de cargar el peso en una sola pierna. Sentí cómo el cuerpo me iba por delante de la cabeza, y al mismo tiempo una pregunta urgente, casi infantil: ¿cómo lograr que volviera a pasar, ahora mismo, antes de que se rompiera el hechizo?
Me acordé entonces del libro. Una novela que le había prestado hacía tres o cuatro meses, una de esas gruesas que se quedó leyendo a medias y nunca me devolvió. Mejor pretexto, imposible.
—Oye, ¿me devuelves el libro de Murakami que te presté? Se lo quiero pasar a un amigo.
—Ahora lo busco. Ven, está en mi cuarto.
Caminamos en silencio por el pasillo. Yo iba detrás, mirándole la espalda, contando los pasos para no pensar en la espalda. Entramos a su habitación y ella, todavía en ropa interior, se agachó frente a la cómoda, abrió el cajón de abajo y empezó a hurgar entre sus cuadernos con las nalgas paradas hacia mí.
No fue una decisión. Fue una frase que se me escapó por la boca antes de pasarme por la cabeza.
—Renata, qué ricas se te ven las nalgas en esa posición.
Esperé el portazo, el insulto, la denuncia silenciosa. En cambio giró apenas la cabeza, me sostuvo la mirada un segundo de más y dijo, con el libro ya en la mano:
—¿En serio se ven ricas? —y al pasármelo, me rozó el brazo con los dedos, despacio, como quien escribe una contraseña en piel ajena.
Ahí supe que no era yo solo el del problema.
La tomé por la cintura y la atraje. Al principio puso las manos contra mi pecho, como frenándome, pero el freno duró tres segundos. Le besé el cuello primero, después la mandíbula, después la boca, y fue ella la que metió la lengua entre mis dientes con una intensidad que no le conocía.
Ya no hay marcha atrás, pensé.
Le desabroché el brasier tirando del broche sin mirar. Le mordí el hombro despacio, la clavícula, el lóbulo de la oreja. Renata empezó a respirar con la boca abierta y a soltar suspiros pequeños contra mi cuello. Le apreté la cadera y la pegué contra mí; sintió, sin duda, lo que ya estaba pasando dentro del pantalón del pijama.
—Baja la voz —murmuró—. Si mi mamá se levanta…
—Baja tú la tuya —le contesté, y le mordí el labio inferior.
La empujé hacia la cama. Cayó de espaldas con el brasier todavía colgando de un tirante. Le besé el cuello, los pechos, le rodeé los pezones con la lengua hasta que se le pusieron duros, y seguí bajando. Le besé el ombligo, el hueso de la cadera, el borde del cachetero azul. Cuando le bajé la prenda y la dejé caer al suelo, vi la mancha oscura de humedad sobre la tela.
Mi hermana estaba más caliente que yo. Eso me dio una confianza que no había tenido un minuto antes.
—Renata… —dije, sin saber qué seguía.
—Cállate y sigue —respondió, y me tomó la nuca con las dos manos para guiarme hacia abajo.
Hasta esa mañana, yo nunca le había hecho oral a nadie. Cero experiencia. Pero ella me fue marcando el camino con la presión de los dedos en mi pelo: más despacio aquí, más fuerte allá, círculos pequeños, lengua plana, un beso largo y suave justo en el centro. Aprendí en cinco minutos lo que ningún libro me había enseñado. La sentí temblar contra la boca, arquearse, agarrar la sábana con los nudillos blancos.
—Ya voy a… —empezó, y no terminó.
Buscó una almohada con la mano, se la puso encima de la cara y soltó adentro un grito que me llegó amortiguado, lejano, casi tierno. Un líquido tibio me llenó la boca y siguió viniendo en ondas, una y otra vez, como si el cuerpo no supiera detenerse. Cuando aflojó, retiró la almohada y me miró desde abajo con los ojos vidriosos, todavía sin aliento.
—Dios mío —susurró, y se rió bajito, como una niña a la que sorprenden en una travesura.
Me incorporé para acomodarme entre sus piernas, ya con el pantalón del pijama por las rodillas. Pero ella me detuvo con la palma sobre el pecho.
—No. Ven acá.
Me empujó hasta acostarme boca arriba. Se arrodilló al costado, me terminó de bajar el pantalón con un solo tirón, y me agarró la verga con esa misma decisión nueva que le había aparecido en la cama. La miró un segundo como evaluándola y se la metió en la boca. No fue la mejor mamada de mi vida. Le faltaba técnica, le sobraban dientes, se atragantó dos veces y le tuve que apartar el pelo de la cara. Pero hasta hoy, cada vez que lo pienso, se me pone dura otra vez: fue la primera vez que mi hermana le hizo eso a alguien, y ese alguien fui yo.
—Renata, espera —le dije después de un rato, con la voz tomada—. Mi mamá se va a levantar para irse al trabajo en cualquier momento.
Se sacó la verga de la boca con un chasquido, se limpió la comisura con el dorso de la mano y me miró desde arriba, todavía inclinada sobre mí.
—Entonces apúrate y cógeme bien —dijo, y se acomodó en cuatro patas sobre la cama, mirándome por encima del hombro—. Te necesito adentro y no quiero esperar más.
***
La penetré en esa posición, despacio al principio, midiendo cada empuje contra el chirrido del elástico de la cama. Ella mordió la almohada para no gemir fuerte. Yo le sostuve las caderas con las dos manos, marcando un ritmo lento, profundo, escuchando con la otra mitad del cerebro los ruidos del pasillo: la llave del baño de mis papás abriéndose, la cafetera abajo en la cocina, el calentador encendiéndose con su chasquido seco.
—Más rápido —pidió, ahogada contra la tela—. Más.
Le hice caso. Aceleré sin perder el control, con la pelvis golpeando contra sus nalgas en seco, sintiendo cómo se me apretaba por dentro cada vez que ella aguantaba la respiración. Le pasé una mano por debajo, le encontré el pecho colgando, le pellizqué el pezón, y eso fue suficiente para que se le doblara la espalda en otro orgasmo, este más corto pero más violento, el cuerpo entero sacudiéndose como si se le escapara algo por dentro.
—Me voy a venir —avisé, y empecé a salirme—. No traemos protección.
Renata reaccionó rápido. Se giró de un movimiento, se sentó sobre los talones y me agarró la verga con una mano mientras con la otra me empujaba la cadera hacia adelante. Abrió la boca y me la metió hasta el fondo justo cuando empecé a venirme. Cuatro o cinco chorros largos, fuertes, que ella trató de tragar y no le alcanzó la garganta. Un hilo blanco le bajó por la comisura del labio y le cayó sobre el pecho, contra la piel todavía caliente, y la imagen se me quedó tatuada para siempre.
Cuando terminé, me dejé caer hacia atrás, jadeando, sin saber qué decir. Ella se limpió con la palma de la mano, se chupó los dedos sin pudor y me miró desde el borde de la cama con una calma que daba miedo.
—Vete a tu cuarto —dijo, ya recuperando esa voz seca de hermana mayor—. Cuando mis papás se vayan, hablamos.
***
Le hice caso. Crucé el pasillo descalzo, con el pijama mal acomodado, y me tiré en mi cama sin poder dormir, mirando el techo y escuchando cómo abajo se cerraba la puerta de calle. A las nueve, cuando bajé a la cocina, mis papás ya se habían ido al trabajo. Renata estaba terminando el café, con el pelo todavía mojado de la ducha y una camiseta vieja mía que yo ni siquiera sabía que ella usaba para dormir.
—Siéntate —dijo—. Tenemos que hablar.
Hablamos, supongo. No voy a aburrir con esa parte. Algo de «esto no puede volver a pasar», algo de «pero por qué volvió a pasar», algo de «si me miras así no puedo pensar». La verdad es que la charla duró tres minutos, máximo cinco, porque en algún momento ella estiró la mano sobre la mesa para sacarme una miga de pan del labio, y yo le agarré la muñeca, y ella se levantó sin soltar el aire, y yo la senté sobre la mesa de la cocina, todavía con la taza de café tibia al lado, y la penetré ahí mismo, con la luz del sol entrando por la ventana del patio y los vecinos sacando la basura tres metros más allá.
Esa fue la segunda vez. No la última.
Hoy, años después, Renata tiene un novio formal y yo estoy por casarme. Nos vemos en cumpleaños, en navidades, en cenas familiares donde todos sonríen sin sospechar nada. Y de vez en cuando, cuando se da la oportunidad —un viaje juntos, una visita corta, una tarde en la casa vieja antes de que mis papás vuelvan del supermercado—, repetimos. No siempre. No seguido. Pero repetimos.
Y hay una vez, una en particular, en la que algo cambió para siempre entre nosotros. Pero esa historia la dejo para otro día.