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Relatos Ardientes

La dieta que le impuse a mi hijo para que aprobara

Esa noche dormimos abrazados, sin que el sexo fuera la excusa. Solo el calor de dos cuerpos que se conocen de memoria y que, por unas horas, pretendieron ser algo diferente a lo que son. En aquel silencio oscuro, podría haber jurado que éramos una pareja normal. Casi me lo creí.

La mañana siguiente trajo la realidad de vuelta.

Mateo se despertó antes que yo. Sentí sus ojos sobre mi espalda antes de abrir los míos. Hay algo extraño en ser observada mientras duermes por alguien que también es tu hijo. Una intimidad que no se parece a ninguna otra.

—Buenos días, bruja —susurró. Ese apodo me lo había puesto él, hacía semanas. Al principio me irritó. Luego empecé a llevarlo con una especie de orgullo torcido.

—Buenos días —respondí—. ¿Tienes hambre?

—De ti —dijo, y se inclinó para besarme en el cuello.

No fue un beso suave. Fue una mordida húmeda que bajó por el hombro mientras su mano se colaba bajo la sábana y me abría los muslos sin pedir permiso. Encontró mi coño ya empapado, como si mi cuerpo hubiera estado esperándolo incluso durante el sueño. Dos dedos entraron de golpe, curvándose adentro con esa precisión que había aprendido a base de repetición.

—Estás chorreando, mamá —murmuró contra mi oreja—. Ni siquiera te has despertado del todo y ya tienes el coño hecho una sopa.

—Cállate y sigue —jadeé, arqueándome contra sus dedos.

Sonó el teléfono. El nombre de su padre apareció en la pantalla. Mateo se tensó junto a mí, como si el solo nombre pudiera envenenar el aire de la habitación. Pero no sacó los dedos. Los dejó adentro, quietos, latiendo con mi propio pulso.

—No lo cojas —dijo.

—Tengo que hacerlo. Es tu padre.

Respondí intentando mantener la voz tranquila. «Hola. Sí, todo bien. Mateo está muy centrado, ya lo conoces, la facultad le exige bastante». Mientras hablaba, él se puso de rodillas frente al sofá, me abrió las piernas despacio y empezó a trabajar con la lengua. Casi pierdo la voz en la mitad de una frase.

La lengua de Mateo hacía círculos lentos, precisos, sobre mi clítoris hinchado, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Chupaba y soltaba, chupaba y soltaba, mientras dos dedos me penetraban lento, muy lento, con la crueldad exacta de alguien que sabe que no puedes gritar. «Sí, ya es todo un hombre», dije, mordiéndome el interior de la mejilla. Él subió el ritmo, aplastando la punta de la lengua contra el capullo, arrastrándola de arriba abajo, comiéndome como si mi coño fuera lo único que había existido en su vida. «Claro, que te vaya bien en el viaje. Adiós». Colgué y me dejé caer hacia atrás con un gemido que había contenido durante demasiado tiempo.

—Sigue —le supliqué—. No pares ahora, cabrón.

No paró. Metió la lengua entera dentro de mí, follándome con ella como si fuera una polla pequeña y ágil, mientras su pulgar dibujaba círculos rápidos sobre el clítoris. Sentí la corrida subiendo desde los talones, un tirón eléctrico que me atravesó el vientre. Le agarré del pelo, le apreté la cara contra mí y me corrí en su boca con un grito ahogado, empapándole la barbilla y el cuello. Él tragó, lamió lo que quedó, y todavía siguió unos segundos más, sacándome espasmos que me hacían temblar las piernas.

Mateo se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa que me irritó casi tanto como me excitó.

—Eres un cabrón —dije, sin fuerzas para enfadarme de verdad.

—Soy tu cabrón —respondió, sentándose a mi lado—. Y ya que hemos establecido el orden de las cosas, hay algo que tenemos que hablar.

El tono había cambiado. Lo conocía demasiado bien para no notarlo.

—¿Qué quieres que pase? —pregunté, aunque la respuesta ya la sabía.

Tenía veinte años y a veces, en momentos como ese, parecía que cargaba con el peso de alguien que hubiera vivido el doble. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos fijos en los míos. Su padre, mi marido, era el único obstáculo que quedaba en pie entre nosotros y algo parecido a una vida real.

—Quieres que me separe —dije. No era una pregunta.

—Es lo lógico. Esto no puede ser un paréntesis entre sus viajes de negocios. No puedo ser tu amante de media jornada.

—¿Y qué serías entonces? ¿Mi compañero de piso con derechos muy particulares?

La ironía era mi escudo favorito. Pero sus palabras me golpeaban porque tenía razón. Vivíamos en un limbo que se iba achicando semana a semana.

—Podríamos movernos a otra ciudad —continuó—. Empezar de cero. Somos adultos los dos.

Me levanté y fui hasta la ventana. La calle seguía su ritmo habitual. Gente normal, perros, niños saliendo del colegio. Un universo paralelo al nuestro donde nadie sabía nada.

—La libertad es más complicada de lo que parece a los veinte años —dije, sin volverme—. Incluye facturas, y vecinos, y explicaciones que no quieres dar.

—Entonces deja de ponerte excusas.

Me giré. Estaba en el sofá, con la espalda recta, los ojos fijos en mí. No era el mismo chico al que le había enseñado a atarse los cordones de los zapatos. Pero tampoco era alguien completamente distinto.

***

Una semana después, el mundo real llamó sin pedir permiso.

Llegó un correo electrónico del tutor de Mateo en la facultad. Asunto: «Rendimiento académico — motivos de preocupación». Lo leí tres veces. «Por debajo de su potencial». «Concentración irregular». «Tareas sin entregar». «Actitud dispersa».

Cerré el portátil. La ira, fría y limpia, me ocupó entera. Era mucho más fácil de gestionar que el amor.

Esa noche, mientras cenábamos, lo solté sin rodeos.

—Mateo. Tu tutor me ha escrito.

Levantó la vista del plato con expresión de inocencia calculada.

—¿Sí? ¿Y qué ha dicho?

—Que tus notas están cayendo más rápido que nuestra reputación si alguien supiera lo que pasa en este apartamento.

Se encogió de hombros.

—Es el primer trimestre. Ya subirán.

—¿Cuándo estudias, exactamente? —pregunté, dejando el plato en el fregadero con un ruido que no fue accidental—. Llevamos semanas sin separarnos. Hemos explorado cada rincón de este apartamento. ¿Cuándo abres un libro?

Me vino a la memoria una imagen de cuando él tenía ocho años, sentado a mi lado en la mesa de la cocina mientras yo le explicaba las fracciones con gajos de naranja. Qué simple era todo entonces. Las soluciones eran claras. La lógica, obvia. Ahora su lógica operaba desde un lugar completamente diferente, y la única respuesta que encontraba a cualquier problema era siempre la misma.

—Aprendo más aquí que en esa facultad —dijo, con una arrogancia que me dieron ganas de tirarle el plato a la cabeza—. Aprendo de ti.

—¡Aprendes a follar, campeón, no a resolver modelos financieros! —perdí la compostura—. ¡Y no me sirves de nada si te conviertes en un universitario reprobado con talento para el coito!

Se puso de pie. La cena había terminado. La discusión empezaba.

—Yo no te pedí que me enseñaras a estudiar —replicó, con la voz dura—. Te pedí que me enseñaras a vivir.

—Y te estoy enseñando. Te estoy enseñando que hay consecuencias. Que el deseo no lo justifica todo.

Nos miramos desde lados opuestos de la cocina. La distancia entre nosotros era de tres metros y de todo lo demás.

—Esta Yocasta moderna está poniendo fin a la orgía —dije, con una determinación que me sorprendió a mí misma—. Hasta que tus notas no vuelvan a ser las de alguien con cerebro, estás a dieta sexual.

La palabra colgó en el aire como una sentencia.

—¿Una qué? —preguntó, como si no hubiera entendido bien.

—Una dieta de cuerpo, Mateo. Cero. Ni un dedo, ni una lengua, ni una polla, nada. Vas a estudiar. Vas a ir a clase. Y vas a recuperar ese cerebro que pareces haber dejado en alguna tarea que no entregaste.

Su cara cambió. La arrogancia se disolvió, reemplazada por incredulidad herida.

—Estás bromeando.

—Me encantaría que fuera una broma. Pero mira a tu alrededor. Esto es un caos delicioso, sí, pero un caos. Y mi trabajo, aunque lo estemos reinterpretando de una forma bastante perversa, sigue siendo asegurarme de que no desperdicies tu vida.

Me di la vuelta y me apoyé en el fregadero, con la espalda hacia él. Necesitaba no mirarlo.

Por dentro, todo gritaba. Mi cuerpo, que se había acostumbrado a su atención constante, a su polla dura entrando en mí a cualquier hora del día, ya sentía el pánico del abandono. Pero tenía que ser firme. Era como cuando, años atrás, le quité el chupete. Lloré a escondidas. Pero sabía que era necesario.

Se fue, dando un portazo. Me quedé sola en la cocina. El silencio resonó como una declaración de guerra.

***

Los días siguientes fueron un infierno glacial.

Vivíamos en el mismo apartamento pero éramos dos polos que se repelían. Él me miraba con rabia, con hambre. Yo le devolvía la mirada con una indiferencia fabricada a base de voluntad pura. Por las noches, mordía la almohada mientras mi mano bajaba entre mis piernas y me tocaba pensando en su polla, en su boca, en sus dedos. Me venía sola, ahogando los gemidos, y luego me odiaba por ello. Pero me mantuve firme. Era mi penitencia. Mi forma de demostrarle que esto no era un juego.

Yo, sin embargo, me convertí en una maestra de la provocación silenciosa.

Un mediodía estaba en el salón con una pierna apoyada en la mesa, pintándome las uñas de los pies de un rojo que no dejaba lugar a dudas. Llevaba una bata corta abierta hasta la cintura, sin nada debajo. Sabía que Mateo estaba en la cocina, a punto de salir. No necesitaba mirarlo para sentir sus ojos recorriéndome los tobillos, el arco de la espalda, la curva del cuello, y más abajo, entre los muslos abiertos, donde el coño quedaba a la vista bajo la luz de la mañana. La prohibición era mi mayor poder, y lo ejercía con la frialdad de alguien que ha estudiado el juego en profundidad.

Otra tarde, mientras preparaba la cena, se me cayó un trozo de pan al suelo. En lugar de recogerlo con la mano, me agaché despacio, a cuatro patas, y lo alcancé con la boca. Me giré hacia él, que estaba sentado a la mesa, con el pan entre los dientes y una sonrisa calculada. Sus ojos se abrieron de par en par. El mensaje era claro: esto es lo que pierdes, esto es por lo que estás luchando. Vi el bulto crecer bajo su pantalón, tenso, obvio, y me relamí lentamente los labios con el pan todavía atrapado, imaginando ese mismo bulto en mi boca.

Mi obra maestra llegó una noche mientras contaba el cambio del supermercado. Se me cayeron unas monedas detrás del aparador grande del salón. Hice un pequeño drama de ello. Me arrodillé en el suelo, de espaldas a él, con una faldita corta que no cubría nada, y me estiré lo más que pude bajo el mueble, con el culo en el aire. La tela subió hasta la cintura. No llevaba bragas. Me quedé así unos segundos, sabiendo perfectamente que desde su silla podía ver todo: el culo abierto, el ojete apretado, el coño hinchado y brillando de humedad porque llevaba horas provocándome yo sola con la idea. Moví las caderas un poco, buscando la moneda, dejando que la vista se prolongara. Luego me incorporé y lo miré con la mayor inocencia del mundo.

—Parece que no podré comprarte el helado de mañana.

Él no dijo nada. Solo me miró, con la respiración contenida, los nudillos blancos sobre la mesa y la polla marcada bajo el chándal como una barra tensa que amenazaba con romper la tela. Era una tortura para los dos. Sentía el calor acumularse en mi interior, el deseo apretando desde adentro, mi coño hinchándose solo con imaginar que se levantaría, cruzaría la cocina y me follaría contra el aparador. Pero tenía que ser fuerte. Me fui a la cama, me metí tres dedos hasta el fondo pensando en él, y mordí la almohada durante horas hasta que me corrí dos veces seguidas, sudada, sola, odiándome sin poder parar.

***

El sábado antes de su examen final, el interfono sonó.

Yo estaba en el salón, arrodillada junto a una orquídea, quitando las hojas secas. Mateo venía de la ducha, con una toalla enredada en la cintura y el pelo goteando sobre los hombros. Fue a responder sin verme. En el momento exacto en que puso la mano sobre el botón, se giró y me vio.

Nos quedamos así. Mirándonos. La luz de la mañana entraba de lado y no dejaba nada a la imaginación. La toalla marcaba el bulto que se hinchaba en tiempo real bajo ella.

El interfono seguía zumbando.

Él no se movió. Dio un paso hacia mí, bloqueando el pasillo. La distancia entre nosotros era de menos de un metro. Podía sentir el calor que irradiaba su piel húmeda de la ducha, oler el jabón mezclado con el sudor de sus ganas.

—Mateo, déjame pasar —dije. Mi voz salió más ronca de lo que pretendía.

—Nada de lo que hay ahí fuera es importante ahora mismo —dijo, con la voz convertida en un gruñido bajo.

Me rodeó con los brazos y me apretó contra él. Sentí su cuerpo contra el mío, urgente y cargado de semanas de abstinencia que pesaban en cada músculo. La polla dura le empujaba contra mi vientre a través de la toalla, tan hinchada que la sentía latir.

—Te necesito —dijo, con la cara enterrada en mi cuello—. No puedo concentrarme. Te huelo en todo el apartamento. Te veo cuando cierro los ojos. Sueño con tu coño, con tu boca, con tu culo, y me despierto empalmado y solo. No puedo más.

Sus palabras me desarmaron. Sentí algo que no era solo deseo: era una especie de amor enfermizo y protector que no tiene nombre en ningún manual de psicología.

—Mi niño —susurré, pasando las manos por su espalda, sintiendo la tensión en cada músculo—. Mi campeón.

Levanté su cara con las manos. Tenía los ojos rojos de estudiar, de no dormir bien, de contenerse durante demasiados días.

—Tu examen es el lunes —dije, con la voz firme pero suave—. Solo un día y medio más. Hazlo por nosotros. No lo eches a perder ahora.

Le di un beso en la frente. Un beso de pacto, no de rendición.

—Piensa en esto como la última prueba. Si la superas, los dos ganaremos.

Mis palabras parecieron calmarlo, aunque su cuerpo siguiera tenso y la polla siguiera empujando entre nosotros como un tercer participante que no se resignaba. Se separó un poco, pero no del todo. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, un inventario largo y lento que me costó sostener sin reaccionar.

—Eres una bruja —dijo, con una media sonrisa—. Una bruja muy cruel.

—Y tú eres mi mejor alumno. Ahora déjame ver quién es.

Me soltó. La voz al otro lado del interfono resultó ser la de alguien que vendía contratos de telefonía. Le dije que no estaba interesada y colgué.

Me giré. Mateo seguía en el pasillo, mirándome.

—Ya ves —dije, acercándome—. Nada importante.

Me puse de puntillas y le susurré al oído.

—Un poco más, campeón. Y luego te daré todo lo que quieras. Mi boca, mi coño, mi culo, todo. Te dejaré follarme hasta que no puedas más. Te lo prometo.

Le di un beso rápido, prometedor, y me alejé. Lo dejé solo en el pasillo con su determinación, su toalla mal atada y sus libros. La guerra casi había terminado.

***

El lunes fue una eternidad.

Me pasé el día caminando por el apartamento sin poder quedarme quieta. Pensé en él, en sus exámenes, en sus manos sudando sobre el papel. En su cerebro funcionando por fin sin la distracción habitual. No hubo llamadas, no hubo mensajes. Solo el silencio y el latido de mi propia impaciencia, y una humedad constante entre las piernas que no lograba calmar por más que me apretara los muslos.

Volvió dos horas después de lo habitual.

Cuando abrió la puerta, mi corazón se me subió a la garganta. No venía derrotado. Venía con una sonrisa que ocupaba toda su cara, la sonrisa de alguien que acaba de ganar una batalla que importaba de verdad.

No dijo nada. Cruzó el salón y me tendió el teléfono. La pantalla mostraba las calificaciones: 9,4, 9,7, 10, 10, 10.

No esperé a procesarlos. Me abrazó. Me levantó del suelo como si no pesara nada. Mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura por instinto. Sentí su alegría vibrando a través de su piel y transmitiéndose a la mía, y también sentí la polla ya dura contra mi coño a través de la ropa.

—Mateo... —susurré, con los ojos húmedos—. Te lo has ganado. Todo.

Bajó la cabeza y me besó. No fue un beso de celebración. Fue un beso de conquista. Largo, profundo, sin pausas, con la lengua entrando en mi boca como si quisiera reclamar cada milímetro. Mi cuerpo, que había pasado un mes en un estado de sequía que no le deseo a nadie, se despertó de golpe, con una urgencia que me sorprendió incluso a mí. Sentí las bragas empaparse en segundos.

Por fin nos separamos, los dos jadeando.

—Ve a ducharte —dije, empujándolo con suavidad—. Prepárate.

Me miró con esa hambre que ya conocía tan bien.

—¿Y tú?

—Yo ya estoy lista, cariño. Más que lista. —Hice una pausa, dejando caer la última bomba con toda la calma del mundo—. Ah, por cierto. Se fue la luz. Corte programado. Tendrás que ducharte con agua fría.

Su cara fue un poema. Una mezcla de éxtasis y pura incredulidad.

—¿En serio?

—Un último sacrificio. Para templar el acero antes de la batalla.

Mientras maldecía en dirección al baño, me reí en silencio. La tortura moderna era un arte sutil, y yo había llegado a dominarlo.

El agua fría hizo su trabajo. Volvió con la piel erizada y los ojos ardiendo. La rabia y la frustración de las últimas semanas se habían convertido en algo más puro, más concentrado. Era un lobo hambriento al que por fin muestran el cordero después de un mes de ayuno. La polla se le marcaba dura y larga bajo la toalla, apuntando hacia arriba como si tuviera vida propia.

No hubo cena. No hizo falta.

Vino hacia mí sin palabras. Me tomó en brazos y me llevó a la cama. No fue el abrazo triunfante de antes, sino el de alguien que finalmente alcanza lo que lleva persiguiendo demasiado tiempo y no está dispuesto a desperdiciar ni un segundo.

Me arrancó la ropa. Literalmente. Escuché la costura de la blusa rasgarse y no me importó. Las bragas volaron a un rincón. Cuando quedé desnuda sobre las sábanas, se quedó un segundo mirándome, respirando fuerte por la nariz, con la polla dura goteando ya una perla espesa en la punta.

—Ven aquí —le ordené—. Métemela ya. No aguanto más.

—Primero la boca —dijo, y se subió encima de mí, apoyando las rodillas a los lados de mi cara. La polla se me apoyó en los labios, caliente, hinchada, con las venas saltadas. Abrí la boca y él empujó, hasta el fondo, sin pedir permiso. Sentí la punta chocando contra mi garganta y las lágrimas me subieron a los ojos, pero no lo aparté. Al contrario, le agarré el culo y lo empujé más adentro. Él empezó a follarme la boca con embestidas cortas, apoyando las manos en el cabecero, gimiendo cosas que no entendí. La saliva se me escurría por la barbilla, hilos gruesos que caían sobre mis tetas. Su polla latía entre mis labios, sabía a jabón y a sal.

—Joder, mamá, me la chupas como una diosa —gruñó, mirando hacia abajo con la cara descompuesta—. Te he echado tanto de menos así.

La sacó de golpe, con un ruido húmedo, y bajó por mi cuerpo. Me chupó los pezones uno tras otro, mordiéndolos con esa medida perfecta entre placer y dolor que solo él sabía dar. Luego siguió bajando, dejando un rastro de saliva por el vientre, hasta enterrar la cara entre mis muslos.

—Estás empapada. Tu coño está llorando por mí.

—Deja de hablar y cómemelo.

Y lo hizo. Con hambre real, con la lengua entera trabajando de arriba abajo, entrando, saliendo, chupando el clítoris hasta que grité. Metió dos dedos, luego tres, curvándolos hacia adelante, apretando ese punto que me hacía perder la cabeza. Me corrí en menos de un minuto, arqueada, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza, mojándole la cara entera. Él siguió lamiendo mientras temblaba, hasta que ya no aguanté más y le tiré del pelo para que subiera.

Entró en mí de un solo movimiento, una embestida que me robó el aliento y me recordó exactamente todo lo que había extrañado durante ese mes. Su polla llenaba cada milímetro, empujando hasta el fondo, tocando lugares que llevaban semanas cerrados. Era como sentirlo por primera vez, otra vez, con esa intensidad que solo da el deseo largamente contenido.

—Así, campeón, así —gemí, clavándole las uñas en la espalda—. Rómpeme. Fóllame como te has imaginado todos estos días.

Y me folló. Duro. Sin ritmo poético, sin cuidados. Embestidas profundas y salvajes que hacían crujir la cama, chocar las caderas con un sonido húmedo, hacer botar mis tetas contra su pecho. Me agarró las muñecas y me las clavó por encima de la cabeza, inmovilizándome mientras me penetraba una y otra vez, mirándome a los ojos como si quisiera ver mi cara en cada golpe.

—Dime que soy el único que te folla así —gruñó—. Dilo.

—Eres el único —jadeé—. Solo tú. Solo tu polla. Nadie más me llena así.

Se corrió dentro con un rugido, apretándome contra el colchón, vaciándose en chorros calientes que sentí como quemaduras en el fondo. Yo me corrí con él, gritando, apretándole con el coño como si quisiera arrancarle hasta la última gota.

Durante tres días, fuimos eso. La cama, el suelo, la ducha, la mesa de la cocina, el sofá. Comíamos cuando el hambre era más fuerte que el deseo, y eso no era frecuente. Bebíamos agua del grifo, empapándonos la cara y riéndonos como dos personas que han sobrevivido algo juntas. Follábamos en cualquier posición que se nos ocurriera. Yo encima, montándolo hasta que las piernas me temblaban. Él por detrás, agarrándome del pelo, embistiendo mientras yo apoyaba las manos contra el azulejo. En la ducha, con el agua caliente cayéndonos encima y mi espalda pegada a los baldosines. Contamos las corridas de él porque yo perdí la cuenta de las mías después de la séptima.

***

La segunda noche, me tumbó boca abajo sobre la cama.

La luna llena entraba por la ventana y bañaba mi espalda en luz plateada. Sentí sus manos recorriendo mi columna, despacio, como quien toma posesión de un territorio recién ganado. Bajó los dedos por el surco de las nalgas, abriéndolas con las dos manos, y noté cómo su lengua caliente aterrizaba sin aviso en el ojete.

—Joder, Mateo... —gemí, mordiendo la almohada.

—Cállate. Esta noche te toca esto.

La lengua entró y salió, mojándome, ablandándome. Un dedo se sumó, empujando despacio, luego dos. Untó lubricante, generoso, deslizándolo alrededor y adentro con paciencia de artesano. Todo el peso de la abstinencia le hacía tratarme con una lentitud casi cruel, como si quisiera prolongar cada segundo.

Luego su cuerpo presionó contra el mío desde atrás, reclamando el último acceso que había estado vedado durante semanas. Apoyó la punta de la polla contra el ojete y empujó, milímetro a milímetro.

—Estás más apretada —susurró, con la voz completamente ronca.

—El mes de abstinencia hace su efecto —respondí, con la cara hundida en la almohada.

Entró despacio, dándome tiempo para adaptarme, y la sensación fue tan intensa que tuve que morderme el labio con fuerza para no gritar. La quemazón se mezcló con el placer, esa mezcla imposible que solo él sabía provocarme. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto un segundo, dejándome respirar, dejándome sentir cómo me llenaba entera.

—¿Estás bien, mamá?

—Muévete. Fóllame el culo.

Y se movió. Primero con estocadas cortas y controladas, luego más profundas, más urgentes. Su peso sobre mi espalda, su respiración en mi cuello, sus manos sujetando mis caderas con una firmeza que no dejaba duda sobre quién había ganado esta batalla. Sacó una mano y la coló bajo mi vientre, encontró mi clítoris, empezó a frotarlo mientras me embestía por detrás. La combinación era demoledora. Mi coño chorreaba, mi culo se abría para su polla, y su boca me mordía la nuca susurrando cosas sucias que apenas registraba.

—Este culo es mío —jadeaba—. Solo mío. Nadie más lo va a tener nunca.

—Tuyo —lloriqueé—. Todo tuyo, campeón.

Me corrí primera yo, temblando entera, gritando contra la almohada. El espasmo me apretó todavía más alrededor de él, y sentí cómo llegaba al límite y cómo se derrumbaba dentro de mí en un espasmo largo y total que pareció durar más que ninguno de los anteriores. Chorros calientes llenándome el culo, su cuerpo aplastándome, su gruñido gutural contra mi pelo.

Me quedé quieta bajo su peso, con los ojos cerrados, sintiendo cómo se salía despacio, cómo el semen empezaba a escurrirse por mis muslos.

Y en ese silencio, sin buscarlo, llegaron los recuerdos. Lo vi con siete años, con su mochila de dinosaurios, agarrado a mi mano camino al colegio. Lo vi nervioso y elegante el día de su graduación del instituto. Lo vi estudiando en la mesa de la cocina, con el ceño fruncido, mientras yo le traía un vaso de leche caliente y él ni levantaba los ojos de los apuntes.

Y ahora esto. Ahora él. Ahora nosotros.

La contradicción era tan enorme que me hizo gritar. No un grito de placer, sino de revelación. Un grito que lo contenía todo: el miedo, el deseo, el amor prohibido, y la certeza absoluta de que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.

Cuando terminó, cuando yacimos sobre las sábanas, sudorosos y sin aliento, ninguno de los dos habló durante un rato largo. La luna había cambiado de posición. En algún momento de la noche había llegado la madrugada.

Luego él rompió el silencio.

—Dijiste que si terminaba entre los tres mejores, te separarías de él.

—Lo sé —dije.

—¿Sigue en pie?

Lo miré. Tenía veinte años y los ojos de alguien que ya había decidido todo mucho antes de que yo terminara de planteármelo.

—Sigue en pie —dije—. Pero eso también tiene un precio, cariño. Todo lo que más quieres lo tiene. Yo pagué el mío para llegar hasta aquí. Ahora empieza la parte difícil de verdad.

Él asintió despacio, sin apartar los ojos de los míos.

—Lo sé —dijo—. Pero contigo vale la pena.

Y en ese momento, en esa cama desordenada y cargada de historia, le creí.

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Comentarios(8)

DiegoMR

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Camila95

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. La tension que fuiste armando es increible

ElViajante90

La idea de la espera es lo que mas me gusto, muy original eso. No se me hubiese ocurrido

MiguelDeRosario

Me pregunto si vas a continuar con esta historia... me dejo enganchado al final

Tomas_2k

tremendo!!! esperando ansioso el proximo. Saludos desde cordoba

NoraCba_lect

Me encanto como esta narrado, se siente muy real. Enhorabuena

PatriciaLectora

Como escribis! Se siente todo sin ser burdo ni vulgar. Sigue publicando por favor!!

LucianoR_85

Muy buen relato. Me tuvo leyendo sin parar, se hizo corto :)

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