Lo que pasó entre mi hermana y yo pintando
Llevaba semanas pensando en esa mudanza como la entrada a una vida completamente nueva. El piso era pequeño, luminoso, en un décimo sin apenas ruido, y olía todavía a la pintura que había dado la semana anterior. Quedaba una pared sin terminar, la del salón, y había decidido dejársela para ese sábado de agosto.
Cuando le pregunté a Nadia si me echaba una mano, no lo dudó ni un segundo.
—Claro que sí. Pero te aviso: llego tarde y no pinto bien.
—Ya lo sé —le dije—. Pero me alegra que vengas.
Nadia es mi hermana pequeña. Bueno, pequeña en edad, no en nada más. Nos llevamos cuatro años y siempre habíamos sido más amigas que hermanas, de esas que se cuentan cosas que no se le cuentan a nadie. Habíamos compartido habitación hasta los veinte, habíamos viajado juntas, nos habíamos visto desnudas mil veces sin que eso significara nada especial.
O al menos eso creía yo.
Llegó a las once de la mañana con una bolsa de plástico llena de refrescos y una sonrisa que ocupaba toda la cara. Llevaba unos vaqueros cortados a la altura del muslo y una camiseta sin mangas que le marcaba todo. Cuando la vi aparecer en el umbral, algo que no supe nombrar se movió en algún lugar del pecho.
Siempre ha sido guapa, pensé. Pero no la había mirado así antes.
—¿Esto es todo lo que tienes? —dijo mirando el salón vacío—. ¿Dónde están los muebles?
—Llegan el martes. Por eso hay que pintar hoy, que no hay nada en medio.
Le expliqué el plan: una mano a la pared del fondo, la que quedaba, y ya. Dos horas de trabajo, si acaso. Tenía guardada ropa de mi ex en una caja, camisas grandes de tío para no mancharnos.
—Aquí podemos cambiarnos —le dije señalando el rincón donde había puesto un sofá viejo.
Nadia no lo dudó. Se quitó la camiseta y los vaqueros sin el menor complejo y se quedó en ropa interior. Era algo completamente natural entre nosotras. Nos habíamos visto así toda la vida. Pero esa mañana, no sé si era el calor o la luz o simplemente que llevaba meses sin verla, me quedé mirando más de lo que debía.
—¿Qué? —dijo, y me pilló.
—Nada. Toma. —Le tendí una de las camisas.
En vez de ponérsela como era de esperar, cogió la camisa, la abrió y se la ató con un nudo bajo el pecho. Quedaba prácticamente desnuda de cintura hacia abajo, solo con la ropa interior. Me miró esperando mi reacción.
—Hace calor —dijo, como si fuera la explicación más razonable del mundo.
—Hace calor —repetí yo, y no dije más.
Me puse la mía también. Me la abroché lo justo, no mucho. Cogimos los rodillos y empezamos a pintar. El silencio entre nosotras era cómodo, de esos que no necesitan llenarse. De vez en cuando llegaba alguna canción desde un piso de abajo.
El problema fue el calor. No era una metáfora: hacía un calor brutal esa mañana, el tipo de calor que se pega a la piel y no se va. A los veinte minutos ya teníamos la frente brillante y los brazos manchados de pintura blanca.
No me voy a pasar la mañana mirándola así, me prometí a mí misma.
Lo incumplí casi de inmediato.
Era difícil no hacerlo. En ese calor pegajoso de agosto, con las ventanas abiertas y el ventilador girando inútilmente en el rincón, Nadia pintaba su mitad de la pared con una concentración que yo envidiaba. Yo pintaba la mía, o lo intentaba. Pero mi atención volvía una y otra vez a sus piernas desnudas, a la forma en que se balanceaba ligeramente cuando alcanzaba la parte alta de la pared, a ese mechón de pelo que se le pegaba al cuello cada vez que giraba la cabeza. Cada vez que estiraba el brazo, la camisa se le abría y le veía un pecho entero, el pezón rosado y duro por el roce de la tela. Se me secaba la boca de mirar.
Nadia se movía con esa soltura que tienen las personas que no son conscientes de su propio cuerpo, o que sí lo son y han decidido no importarles. Subía el rodillo, bajaba, se estiraba, y cada vez que lo hacía la camisa se le abría un poco más.
—¿Me estás mirando? —preguntó sin girarse.
—Estoy mirando la pared.
—Ajá.
Me lanzó una mirada por encima del hombro y las dos nos reímos sin más.
***
El accidente pasó cuando yo estaba trabajando en la parte alta. Levanté demasiado el rodillo y un chorro de pintura me cayó directo en el pecho. Solté un grito de sorpresa y Nadia se giró, me vio, y se echó a reír sin ningún disimulo.
—¿Tiene gracia? —le dije.
—Mucha.
La salpiqué con el rodillo. Ella me lo devolvió. En cuestión de segundos las dos estábamos manchadas de blanco y muertas de risa. Empezamos a extendernos las manchas con las manos, primero en los brazos, luego en los hombros, y en algún punto entre la risa y el calor y las manos sobre la piel, dejó de ser un juego de niñas.
Sus dedos se deslizaron por mi costado, bajaron hasta la cadera y de ahí subieron por dentro de la camisa hasta rozarme una teta. Me pasó el pulgar por el pezón, muy despacio, sin dejar de mirarme.
Yo dejé de reírme.
Nos miramos. No sé cuánto tiempo estuvimos así, con las manos todavía sucias de pintura y la respiración un poco agitada. Nadia tenía una mancha blanca en la mejilla y los ojos muy abiertos, y algo en su cara decía que ella tampoco había planeado esto.
Me besó.
No fue un beso de hermanas. Fue lento, firme y deliberado, con la lengua metiéndose en mi boca sin pedir permiso, y cuando yo no lo rechacé se fue haciendo más largo. Sentí su mano subir por mi costado hasta apoyarse sobre mi pecho, buscando a través de la tela, apretando, pellizcando el pezón entre el índice y el pulgar. Solté un gemido que no me di cuenta de que iba a soltar hasta que ya estaba en el aire. La otra mano me bajó al culo y me apretó contra ella, y noté cómo sus muslos se abrían para dejarme pegar el mío contra su coño por encima de la ropa interior. Estaba mojada. Se le notaba en la tela.
—Para —dije.
No hizo caso. Me mordió el labio y siguió metiéndome la lengua.
—Nadia. Para un momento.
Se separó lo justo para mirarme, sin sacar la mano de dentro de mi camisa.
—¿Quieres que pare?
No, pensé. No quiero que pares.
—Estamos manchadas de pintura —dije en cambio.
Ella sonrió despacio.
—Entonces duchémonos primero.
***
El baño era lo único del piso que estaba mínimamente en orden. Nadia abrió el grifo y comprobó el agua con la mano mientras yo me quedaba de pie en la puerta sin saber qué hacer con mi propio cuerpo.
—¿Vienes o no?
Me quité la camisa. Ella hizo lo mismo. Se bajó las bragas por los muslos con dos dedos, sin dejar de mirarme, y las dejó caer en un charco de tela mojada al lado del retrete. Le vi el coño por primera vez: depilado casi por completo, con una raya fina de pelo oscuro justo encima, y los labios ya hinchados. Me quité yo también las mías. Entramos juntas bajo el agua.
Había algo extraordinariamente extraño en estar así, con mi hermana, bajo el mismo chorro. Extraño en el sentido de que no debería estar pasando, y al mismo tiempo en el sentido de que no quería que parara. El agua arrastraba los restos de pintura por nuestros cuerpos y con ellos algo más, algún límite que habíamos tenido siempre sin cuestionarlo.
Sus manos me jabonaron la espalda. Yo hice lo mismo con ella. Fue despacio, sin prisa, como si hubiera todo el tiempo del mundo. Le pasé las manos enjabonadas por las tetas, se las apreté, le rodeé los pezones con los pulgares hasta que se le pusieron duros como piedras. Ella soltó un jadeo cortito y me devolvió el gesto, cogiéndome las mías por debajo, sopesándolas.
Cuando se giró hacia mí, la vi de frente, y me quedé quieta un momento.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Es que... —No encontré las palabras.
—Ya lo sé —dijo, y me besó otra vez.
Esta vez no me detuve. La toqué como me daban ganas de tocarla, con las palmas de las manos abiertas sobre su espalda, bajando hasta la cintura, más abajo, agarrándole el culo con las dos manos y separándoselo mientras nos besábamos con la boca abierta. Metí una mano entre nuestros cuerpos y le busqué el coño bajo el agua. Estaba caliente, resbaladiza no solo por el agua. Le pasé un dedo por los labios y le acaricié el clítoris con la yema, en círculos lentos. Nadia se me agarró de los hombros y se quedó muy quieta, respirando fuerte contra mi cuello.
—Joder —murmuró.
Le metí un dedo, luego dos. Entraban con una facilidad indecente. Ella empezó a moverse contra mi mano, buscándomelos, mordiéndome el hombro para no gemir demasiado alto. Con el pulgar seguía frotándole el clítoris.
—¿Desde cuándo te van las chicas? —le pregunté en la oreja, sin sacar los dedos.
—Desde hace tiempo. Tuve algo con una amiga el año pasado. —Hizo una pausa, tragó saliva—. ¿Y tú?
—No lo sé. Creo que desde esta mañana.
Se rió. Fue una risa genuina, de las que salen sin querer, cortada de golpe por otro jadeo cuando le curvé los dedos hacia arriba, buscándole ese punto por dentro.
—Me alegra ser la primera.
—No sé si alegrarme o preocuparme —dije—. Que seas mi hermana complica un poco las cosas.
—O las simplifica —respondió, con los ojos cerrados y la cadera pegada a mi mano—. No hay nada que explicar.
***
Nos secamos con la única toalla grande que tenía, pasándonosla la una a la otra, sin mucha paciencia. Yo todavía tenía los dedos oliendo a ella. El salón seguía a medio pintar. A ninguna de las dos nos importó.
El colchón estaba en el suelo de la habitación del fondo, sin cama todavía, con una sábana encima y dos almohadas. Nadia se tumbó y me miró desde abajo, todavía con el pelo mojado pegado a la cara y las piernas ligeramente abiertas.
Empecé desde arriba. Por el cuello, los hombros, la curva de la clavícula. Le lamí el hueco del cuello, le mordí el lóbulo, bajé por el esternón y me metí una teta entera en la boca. Ella cerraba los ojos de vez en cuando y luego los abría para mirarme, como si necesitara asegurarse de que era real. Bajé hasta sus pechos, despacio, rodeando los pezones con la lengua, chupándolos hasta que se le ponían duros y los soltaba con un pop húmedo. Le mordí uno, con cuidado pero con ganas, y ella arqueó la espalda.
—Dios mío —dijo en voz baja—. Sigue.
Seguí bajando. Por el vientre, el ombligo (metí la lengua ahí también), los costados. Me tomé mi tiempo porque quería tomármelo, porque llevábamos toda la vida siendo hermanas y nunca habíamos tenido esto y ahora lo teníamos y no quería desperdiciarlo. Le mordí la cara interna del muslo, primero uno y luego el otro, y ella empezó a impacientarse, a levantar la cadera buscándome la boca.
—No me hagas esperar —murmuró.
Cuando llegué adonde quería llegar, ella abrió las piernas del todo sin que yo tuviera que pedírselo. El coño se le abrió delante de mi cara, rosado, brillante, chorreando ya. El primer contacto de mi lengua arrancó un sonido largo de su garganta. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, lento, saboreándola, terminando en el clítoris. Volví a bajar. Le metí la lengua todo lo que pude, la clavé dentro, y ella se agarró a mi pelo con las dos manos.
—Ahí, ahí, no te muevas de ahí.
La escuché. La observé. Le chupé el clítoris entre los labios, con succión, y al mismo tiempo le metí dos dedos, despacio primero, luego con más intensidad según lo que ella pedía con el cuerpo, porque el cuerpo pide cosas muy claramente cuando sabes escucharlo. Nadia se retorcía bajo mis manos y decía cosas inconexas a media voz, mi nombre, palabras que no llegaban a completarse.
—Así —pedía—. Así, joder, no pares. Métemela más. Cómeme el coño, cómemelo entero.
No paré. Le metí un tercer dedo y le follé el coño con la mano mientras le lamía el clítoris sin descanso, un ritmo constante, cada vez más rápido. Ella empezó a temblar entera. Los muslos se le cerraban contra mis orejas.
—Que me corro. Que me corro, que me corro...
Cuando llegó al orgasmo lo hizo con todo el cuerpo, tensa primero y completamente suelta después, apretándome los dedos por dentro con espasmos que me hicieron ganas de meterle la lengua otra vez para sentirlo. La seguí lamiendo despacio mientras bajaba, hasta que me apartó la cabeza porque no aguantaba más. Se quedó quieta un buen rato, mirando el techo blanco del piso nuevo, con el pecho subiendo y bajando.
—Nunca me lo habían hecho tan bien —dijo al fin.
—Mientes.
—Un poco —admitió—. Pero no mucho.
***
Luego me tocó a mí. Nadia tenía experiencia, eso quedó claro enseguida. Me hizo tumbarme boca arriba y se colocó entre mis piernas, pero no fue directa. Sabía dónde ir y cómo ir, sabía cuándo acelerar y cuándo tomarse su tiempo, sabía leer las señales que yo ni siquiera sabía que estaba dando. Me besó el vientre, me lamió la ingle, me sopló sobre el coño mojado sin llegar a tocarme, y yo le agarré la cabeza para bajársela.
—No corras —dijo, y se rió contra mi muslo.
Cuando por fin puso la lengua sobre mí, me la pasó plana desde abajo hasta el clítoris, y yo me arqueé de la cama entera. Me chupó los labios uno por uno, se los metió en la boca, me metió la lengua dentro y la sacó, y luego me atacó el clítoris con una precisión insultante, alternando lengua y labios, a veces succionando, a veces solo rozando. Yo no sabía qué hacer con las manos. Se las metía en el pelo, se las quitaba, las cerraba en la sábana.
Me metió dos dedos y me los curvó por dentro, buscando ese punto, mientras me lamía el clítoris sin parar. Me mantuvo así, al borde, mucho más tiempo del que yo habría querido, retirándose cada vez que yo estaba a punto. Aprendí en directo que Nadia era una hija de puta muy buena en lo que hacía.
—Por favor —le supliqué—. Por favor déjame correrme.
—Pídelo bien.
—Por favor, hazme correrme. Cómeme, no pares, por favor.
Fue entonces cuando aceleró. Me metió los dos dedos hasta el fondo, me los sacó y los metió a un ritmo brutal mientras me chupaba el clítoris con fuerza, y yo me corrí a gritos, con las piernas apretándole la cabeza, meándome por dentro sobre su mano, sin control ninguno.
—Calla —dijo riéndose contra mi coño—, que te oye el vecino.
—Que me oiga —jadeé—. Para eso me he mudado sola.
Subió por mi cuerpo y me besó en la boca. Me supo a mí misma. Me montó la pierna sobre la suya, coño contra coño, y empezó a frotarse encima de mí, despacio, resbaladiza, y yo notaba su clítoris pasando sobre el mío como un cable pelado. La agarré del culo con las dos manos y le marqué el ritmo. Se movió más rápido, se le abrió la boca, se le puso la cara tensa, y se corrió otra vez encima de mí, dejándome el muslo empapado.
Se dejó caer a mi lado. Estuvimos así un rato, sin decir nada, escuchando el ruido sordo del edificio y el tráfico lejano y nuestras respiraciones bajando poco a poco.
—El salón sigue a medio pintar —dije al final.
—Ya lo sé.
—Tengo que terminarlo antes de que lleguen los muebles.
—Ya lo sé. —Pausa—. ¿Cuándo llegan?
—El martes.
—Entonces tenemos el domingo.
Lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo: volvemos mañana, terminamos la pared, y lo que pase, pasa. Sin drama, sin etiquetas, sin que ninguna de las dos tuviera que nombrar lo que acababa de ocurrir.
—¿Vas a venir mañana? —le pregunté.
—Si me invitas.
—Te invito.
—Entonces vengo.
Se incorporó para recoger su ropa del suelo y se la puso con esa misma naturalidad con la que había hecho todo lo demás, sin ponerse las bragas, que se metió arrugadas en el bolsillo trasero de los vaqueros. Yo la miraba desde el colchón sin moverme.
—Oye —dije.
—¿Qué?
—No le digas nada a nadie.
Me miró un momento.
—¿De verdad pensabas que iba a hacerlo?
Tenía razón. Era mi hermana. Nos habíamos guardado secretos toda la vida. Este era simplemente el más complicado de todos. Y también, sin que yo hubiera planeado pensarlo así, el más agradable.
***
Se fue a la hora de comer. Yo me quedé sentada en el colchón un rato más, desnuda, con el olor a ella todavía en los dedos y entre los muslos, mirando las paredes blancas del piso nuevo, pensando en todo lo que había pasado esa mañana. El calor seguía dentro, ese tipo de calor que no tiene que ver con la temperatura.
Había una pared sin terminar en el salón.
No importaba.