Mi hermana volvió y supo que yo la había espiado
El mensaje me llegó mientras cerraba el portón del taller. «Hola Damián, soy Mariela. Me separé, ahora vivo sola. Cuando puedas pasate.» Debajo, una dirección en un barrio del oeste que yo conocía solo de nombre.
Mariela tenía treinta años recién cumplidos y era dos años mayor que yo. De los cuatro hermanos, éramos los más chicos y, después de la muerte de nuestros padres, los únicos que seguían en la ciudad. Los otros dos se habían ido al sur hacía tiempo y aparecían en los cumpleaños cuando podían.
Nos habíamos criado en una zona de chacras, a quince kilómetros del centro. Mis viejos trabajaban para los chacareros y nosotros pasábamos los días entre el monte y la huerta. La casa era una construcción de adobe con techo de chapa, cuatro habitaciones separadas por cortinas y un baño afuera, contra la medianera. Para bañarnos usábamos un fuentón de chapa galvanizada, en un cuartito pegado a la cocina. En invierno calentábamos agua a leña.
Mariela quedó embarazada a los dieciocho del hijo de un peón y se fue de casa. Mis padres lo tomaron como una ofensa personal y le cortaron el habla durante años. Yo seguí viéndola a escondidas, las pocas veces que ella bajaba al centro. Cuando los viejos se murieron, ya no había razón para esconderse, pero por entonces ella estaba metida en sus problemas y yo en los míos.
Aprendí el oficio de mi tío y abrí un taller de tornería en el garaje de la casa heredada. Tuve dos o tres novias, ninguna prosperó. Cada vez que llevaba a una chica al cuarto, terminaba pensando en otra cosa, en otra piel, en otra boca que no podía nombrar ni en voz alta ni en mis propios pensamientos.
Esperé un día entero antes de contestar. No quería parecer ansioso, aunque la noche anterior había soñado con ella y me había despertado con la sensación de haber traicionado algo. Al mediodía siguiente la llamé desde el banco del taller, con las manos manchadas de grasa.
—Hola, soy yo. ¿Te molesta si me escapo un rato y voy?
—Vení ahora. Las chicas están en el colegio hasta las cinco. Tomamos unos mates.
Cerré el portón con doble vuelta, me lavé las manos hasta los codos y manejé la camioneta hasta la dirección que me había mandado. Era una casa baja, de revoque blanco y rejas pintadas de verde, en una calle de tierra. Toqué timbre dos veces.
Cuando abrió la puerta, casi me olvido de saludar.
Tenía el pelo mojado y peinado hacia atrás, un solero color crema que le caía hasta media pierna y los pies descalzos sobre el piso de mosaico. La tela era tan liviana que dejaba ver el conjunto blanco de abajo y, cuando se dio vuelta para guiarme adentro, el vestido se le pegó a las nalgas y dibujó la separación de cada una. Tuve que apretar la mandíbula para no hacer ningún ruido.
—Pasá, dejé los mates listos en la cocina.
La cocina era pequeña, con una ventana que daba al patio interno. Sobre la mesa de fórmica había un termo, un mate de calabaza con virola y un plato con bizcochitos de grasa. Me senté frente a ella y, durante la primera ronda, me obligué a mirarla a los ojos.
Me contó la separación con un tono cansado, sin rencor. El marido se había ido con otra hacía seis meses. Las dos nenas, de nueve y siete años, ya estaban acomodadas en la escuela del barrio. Ella había conseguido un puesto en una zapatería del centro y trabajaba a la mañana. La casa era alquilada, modesta, suficiente.
—Ahora estoy tranquila, sola con las chicas —dijo, cebando el último mate—. Es raro, pero estoy bien.
—Yo también vivo solo —dije, y sentí cómo me ardían las orejas—. La casa de los viejos es grande, sobran dos cuartos. Si en algún momento quisieras…
Me sonrió de costado, con un brillo que no le había visto desde la adolescencia.
—Mirá vos qué pillo me saliste.
—¿Por qué pillo?
—Para mirarme cuando me bañe, como cuando éramos chicos.
Sentí que el cuerpo entero se me caía hacia adentro. Bajé la cabeza, busqué algo que decir y no encontré nada. Me había pasado quince años convencido de que el secreto era solo mío, de que ella nunca había notado el ojo pegado a la rendija de la cortina, las pajas silenciosas en el cuarto de al lado, el ruido contenido del fuentón.
—No te avergüences —dijo, y la voz le bajó dos tonos—. A mí me gustaba que me miraras.
Me levantó la cara con dos dedos bajo la mandíbula. Después se levantó, rodeó la mesa, abrió las piernas y se sentó sobre mi rodilla. La tela del solero era tan fina que sentí el calor de su sexo a través del jean. Mi cuerpo respondió antes de que yo terminara de procesar lo que estaba pasando.
—Decime una cosa —murmuró, con la boca a dos centímetros de la mía—. ¿Todavía me deseás?
La voz me salió de un lugar que no sabía que tenía.
—Más que nunca. Te quise siempre.
Me besó con la mano apoyada en mi nuca. Cuando nuestras lenguas se encontraron, no fue un beso de prueba ni de hermanos. Fue el beso al que llevábamos años llegando. Mis manos subieron por sus muslos, le levantaron el solero a la cintura, le encontraron la cadera tibia y la atrajeron contra mi pelvis. Ella se rió contra mi boca y me mordió el labio inferior.
—Vamos al cuarto. Tenemos dos horas hasta que las busque.
***
El dormitorio estaba al fondo, con la persiana baja y una luz amarilla que entraba por las hendijas. La cama era de plaza y media, con una colcha clara. Mariela cerró la puerta con llave y se acostó sin sacarse el solero. Yo me saqué la remera y los borceguíes, le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas.
Le subí el vestido despacio, como si pudiera arrepentirse en cualquier momento. Le bajé la bombacha por los muslos y la dejé colgando del tobillo izquierdo. Antes de soltarla, me la llevé a la cara, sin pensar. El olor era íntimo, salado, mío.
Su sexo estaba completamente depilado, con los labios gruesos y una humedad que ya brillaba bajo la luz tenue. Pasé la yema del pulgar por todo el largo, dos veces, y me la llevé a la boca. Sabía como había imaginado mil noches y, al mismo tiempo, no se parecía a nada de lo que había imaginado.
—Damián —dijo, apretando los puños sobre la sábana—. Por favor.
Bajé la cabeza y la lamí desde la entrada hasta el clítoris, con la lengua plana, sin apuro. Ella levantó las caderas. Yo le sostuve los muslos contra el colchón y seguí, alternando la presión, dibujando círculos lentos. Le subí la mano izquierda al pecho, le encontré el pezón duro debajo del corpiño y se lo apreté entre el índice y el pulgar.
El primer orgasmo le llegó pronto, casi a su pesar. La sentí cerrarse contra mi boca con un gemido grave, ronco, que parecía sostenido desde hacía años. No la solté. Seguí lamiendo, más suave, hasta que las piernas dejaron de temblarle.
Subí por su cuerpo besándola por encima del solero, le encontré la boca y la besé hondo, para que se sintiera a sí misma en mis labios.
—Ahora yo —dijo, y bajó la mano hasta el cinturón.
—No —le sostuve la muñeca—. No quiero acabar en tu boca todavía. Quiero estar adentro tuyo.
Se mordió el labio.
—¿Cómo me querés?
—Como a vos te guste.
—Dame vuelta.
Se puso en cuatro patas en el medio de la cama, con el solero todavía arremangado en la cintura. Yo terminé de sacarme el jean y el slip, me arrodillé detrás y le pasé la lengua por la línea entera, desde el coxis hasta más abajo. Cuando llegué al ano, la sentí estremecerse y se tensó.
—Por ahí no —dijo, sin darse vuelta.
—Solo la lengua, por ahora.
Se rió bajito y se relajó. La penetré despacio, con la frente apoyada en su espalda, dejándola que se acostumbrara al ritmo. Mi pene es de tamaño común, pero ella estaba tan estrecha y tan mojada que cualquier movimiento me sonaba dentro de la cabeza. Le agarré las dos caderas y empecé a moverme con embates más largos, más profundos, hasta que el sonido del cuerpo contra cuerpo llenó la habitación.
Una de mis manos subió hasta su pecho y le encontró el pezón derecho colgando, suelto, fuera del corpiño. Se lo pellizqué al ritmo de los embates. Ella empezó a empujar hacia atrás, a clavarse contra mí.
—No salgas —pidió, casi sin voz—. Acabá adentro.
—¿Estás segura?
—Estoy cuidada. Acabá adentro, por favor.
Me llevó otros dos o tres minutos. Cuando llegué, le clavé las manos en las caderas y me quedé hundido todo lo que pude, sintiéndome derramar dentro de ella en oleadas lentas, larguísimas. Mariela apretó la cara contra la almohada y aguantó el grito, pero la sentí venirse otra vez, contra mí, con su sexo estremeciéndose alrededor del mío.
Quedamos un rato así, los dos respirando, el sudor uniéndonos las pieles.
***
Después fuimos a bañarnos. El baño era pequeño, con azulejos celestes hasta media pared y una cortina plástica que se movía con el aire. Entramos juntos, sin hablar, y el agua caliente nos cayó encima como si recién entonces empezara la conversación.
Verla desnuda bajo la lluvia de la ducha, con el pelo pegado a la espalda y la luz del tubo dibujándole los hombros, me trajo otra vez la dureza. Ella se dio cuenta antes que yo. Se arrodilló en el piso, sin importarle el agua que le caía en la cara, y me agarró con la mano derecha.
—Vos dijiste que no te gustaba —murmuró, mirándome desde abajo—. Probemos otra vez.
Se la llevó a la boca despacio, sin profundidad al principio, midiendo. Después fue bajando, con la lengua trabajando alrededor, las manos sosteniéndome la base. La miré desde arriba: el pelo mojado, los ojos cerrados, una expresión de paciencia que no le conocía. No sé si fue eso, o el agua, o todo lo que había contenido durante años, pero acabé pronto, una segunda vez, con un gemido que no fui capaz de tragarme.
Ella se tragó todo. Después se levantó, se enjuagó la boca y me besó. Sentí mi propio sabor en su lengua y no me importó.
—Damián —dijo, apoyando la frente contra la mía—. Si esto va a pasar, no quiero compartirte. Ni con novias, ni con amigas, ni con nadie. Decime ahora si no podés.
—Toda tuya. Siempre fui tuyo.
Cerró el agua, me alcanzó una toalla y se puso a secarse el pelo con otra. Mientras me vestía en el cuarto, miré por la ventana hacia el patio interno: una soga con ropa de las nenas tendida, una bicicleta apoyada contra la pared, una maceta con jazmines. Una vida entera que iba a tener que aprender a cuidar como si fuera mía.
—¿Cuándo volvés? —me preguntó desde la puerta del baño, peinándose con los dedos.
—Mañana, si querés. Y todos los días.
—Mañana —repitió—. Y traete un bolso. Los cuartos de los viejos son grandes, pero acá hay uno que está vacío y prefiero ése.
Salí a la calle de tierra con la camisa todavía a medio abotonar. Adentro de la camioneta, antes de poner llave, me quedé mirando la fachada blanca y las rejas verdes, con la sensación de que acababa de cruzar un umbral que ya no se podía deshacer. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuve ganas de volver a deshacerlo.