Mi primo encendió algo que no debería sentir
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Era hija de una prima de mi padre y al principio fue solo un saludo por las redes. Hasta la noche del cumpleaños de la abuela, cuando me llevó a un hotel discreto.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
Cuando le abrí la puerta a mi tío esa tarde, no había nadie más en casa. Lo que le confesé después, en su sofá, no se lo había dicho a nadie.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.
Toqué el dulce con la cuchara y se la pasé en la falda. Empezó a comer mirándome y supe, en el segundo lametón, que esa tarde nadie iba a estudiar.
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Cuando levanté la mirada en el último asiento del trolebús, los ojos que me devolvieron la sonrisa no eran los de un desconocido: eran los de mi primo Bruno.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.
Llegó a mi departamento con la mejilla todavía morada. Esa misma noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer al verme.
Cuando bajé al salón a por un vaso de agua, mi prima me esperaba con la falda subida hasta la cintura y una sonrisa que no admitía discusión.
La pantalla del despacho parpadeó y mostró el cuarto de masajes del chalet de mis suegros. Mi cuñada y su prima, desnudas, esperaban algo más que un masaje.
Llevábamos años escondiendo lo nuestro entre falsas parejas, hasta que la chica que era mi coartada me dijo te amo y todo se desordenó.
Mi prima me tendió la lencería de nuestra tía y sonrió. Era el precio que debía pagar si quería conseguir, por fin, lo que llevaba meses suplicándole.