Nos quedamos solas mi prima y yo en la casa
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Agachada detrás de la mesa, vi cómo ella lo calentaba poco a poco, sin imaginar que el marido ya estaba mirando desde la sombra.
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
Llevábamos media vida midiéndonos en silencio. Hasta que la mujer que él perseguía tocó mi puerta una madrugada de agosto y eligió quedarse.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
La puerta estaba apenas junta y dentro alguien repetía que sí, que sí. No debí mirar, pero me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración.
Cuando las luces se apagaron y quedamos suspendidos en lo más alto, mi prima dejó de fingir inocencia y me dijo exactamente lo que quería hacerme.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Bastó un resbalón y unas risas crueles para que descubriera que aquella vergüenza, lejos de doler, encendía algo nuevo y oscuro dentro de él.
Estaba enjabonándome cuando la cortina se abrió y ahí estaba ella, sonriendo, sin una sola prenda y decidida a no salir aunque se lo pidiera.
Llegamos a casa de nuestra tía para acompañarla el fin de semana. Esa noche, las tres en la misma cama, ella nos hizo una pregunta que lo cambió todo: ¿sabíamos guardar un secreto?
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Sofía dormía de espaldas a mí cuando los primeros gemidos atravesaron la pared. La desperté con la mano entre sus piernas: —Calla y escucha, le dije.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.
La puerta de emergencia se cerró con candado y mi mujer quedó del otro lado, con él. Solo nos separaba una pared de yeso. Empecé a escuchar.
Bajó por agua y los encontró riendo en el jardín. Esa noche, de rodillas en el pasillo, decidí recordarle a mi marido a quién pertenecía.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Se quedó en mi sofá un par de semanas, cortés y distante, hasta que una tarde dejó caer la frase que despertó todo lo que enterramos en aquellos veranos.