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Relatos Ardientes

Cuando mi madre abrió esa puerta no podíamos parar

3.2(50)

El 24 de diciembre me encontró paleando nieve frente a la cabaña, igual que los tres días anteriores. Llevábamos una semana atrapados en los Pirineos por una tormenta que nadie predijo. Lo que iba a ser un fin de semana largo se había convertido en una prisión blanca y helada. Mis hermanas Sofía y Laura habían decidido, sin consultarme, que yo era el responsable de mantener despejada la entrada. Nadie me preguntó. Así funcionaba siempre en esta familia.

—Para algo tenés que servir, hermano —dijo Sofía asomando la cabeza por la puerta, con una taza de café en la mano que, aclaró de inmediato, era para ella sola.

Lo dijo justo cuando Carla y sus hijas salían a ver el cielo. Las tres rubias. Carla era la dueña de las cabañas: alemana, cuarenta y tantos años, alta, con esa compostura de quien lleva toda la vida acostumbrada a tenerlo todo bajo control. Sus hijas, Nora y Claudia, soltaron una risita al escuchar el comentario de Sofía. Se me calentaron las orejas.

—Rodrigo, no apiles toda la nieve en el mismo rincón —dijo Carla desde el umbral, con ese tono entre maternal y condescendiente que ya me había aprendido de memoria—. Si hacés una montaña muy grande va a derrumbarse sola. Sería lo mismo que no haber limpiado.

Le respondí con un gruñido. Llevaba días hartándome de que me hablara como si fuera su segundo hijo.

La semana entera había tenido un sabor extraño: incomodidad mezclada con algo que no conseguía nombrar. Mi madre Verónica y Carla se habían hecho inseparables desde el primer día. Salían juntas a dar caminatas cortas entre la nieve, cocinaban juntas, y cada mañana se levantaban con esa sonrisa de quien ha dormido muy bien y ha hecho algo más antes de hacerlo. Las hijas de Carla se llevaban bien con mis hermanas. Yo era el único que sobraba.

Hubo una noche, sin embargo, que cambió algo.

Era pasada la medianoche. Me levanté del sofá —donde dormía desde que Verónica le había cedido su cama a Carla sin pedirme opinión— y bajé a buscar agua. La cocina estaba oscura salvo por la luz del extractor de la estufa, que dejaba apenas un rectángulo amarillo sobre la encimera.

Carla estaba de pie junto al fregadero. Solo llevaba una remera gris, holgada, que le llegaba apenas por debajo de los muslos. El frío le marcaba los pezones bajo la tela: dos puntas duras que tensaban el algodón fino, y la luz amarillenta del extractor le delineaba el contorno de las tetas pesadas, sin nada que las sujetara. Cuando se giró y me vio, la expresión de su cara cambió: no fue sorpresa, exactamente. Fue algo más parecido a la evaluación. Me recorrió de arriba abajo con la mirada y se detuvo medio segundo en el bulto que se me había marcado dentro del pantalón del pijama.

Me quedé inmóvil en el umbral.

—Vine a buscar agua —dije.

—Yo también —respondió, con una voz levemente ronca.

Tomó la botella de la mesada y bebió despacio, sin apartar los ojos de mí. Un hilo de agua le bajó por la barbilla y le mojó el cuello hasta perderse entre las tetas. No hizo nada por secárselo. Después se dio la vuelta y empezó a subir la escalera. Cuando llegó al rellano, la remera se levantó. No fue un accidente: duró exactamente el tiempo justo para que yo lo viera todo. El culo redondo, blanco, partido en dos por una sombra de vello rubio, y entre los muslos el coño desnudo, depilado, hinchado en los bordes. Luego se giró, tomó otro sorbo largo mirándome desde arriba, y siguió subiendo sin decir nada.

Volví al sofá con el vaso de agua sin tocar. Me quedé mirando el techo oscuro durante un buen rato, con la polla dura tensándome el pantalón. Me la saqué en silencio bajo la manta y me la corrí pensando en esa imagen, en ese coño abierto a contraluz, en los pezones marcándole la remera. Me corrí rápido y abundante, mordiéndome el labio para no hacer ruido, y aun así seguí duro un rato más.

***

Terminé de limpiar la nieve a media mañana. Entré a la cabaña, me serví el chocolate que Claudia había preparado —con especias, sorprendentemente bueno— y desayuné solo porque todos los demás ya habían terminado. Me di cuenta de que en los últimos días era yo quien más ayudaba en la casa, pero nadie parecía registrarlo.

Carla y mi madre planearon la cena de esa noche mientras lavaban los platos. Pavo al horno, sidra, pan de especias. Verónica propuso el brindis a la medianoche, al estilo sudamericano. Carla dijo que le encantaba la idea. Las dos se rieron de algo que yo no escuché. Cada vez que las veía juntas, ese algo innombrable me apretaba en el pecho.

Cuando terminé de ayudar con los platos, subí al piso de arriba. Quería leer un rato tranquilo. El cuarto de mi madre quedaba vacío durante el día.

No estaba vacío.

Carla estaba recostada contra las almohadas, completamente desnuda. Las piernas abiertas de par en par, los pies apoyados en el colchón, las rodillas caídas hacia los costados. Dos dedos hundidos en su coño, moviéndose con una cadencia lenta y deliberada, entrando y saliendo con un ruido húmedo, brillante, que llenaba toda la habitación. La otra mano se le perdía entre las tetas, pellizcándose un pezón duro entre el índice y el pulgar. Cuando me vio, no sacó los dedos. Solo abrió los ojos un poco más y me miró fijo, con una calma que no era natural. Subió un dedo más al coño, ahora tres, y lo hundió hasta los nudillos sin dejar de mirarme.

Me detuve en el umbral sin cerrar la puerta.

—No llamás antes de entrar —dijo, con la voz más firme de lo que le salió.

—Es el cuarto de mi madre. —Cerré la puerta detrás de mí—. Cuando era el mío, tampoco llamaban.

Sus dedos se detuvieron, pero no los sacó. Los dejó ahí, dentro, mientras me hablaba.

—La otra noche en la cocina —dije, acercándome despacio—. No fue casualidad, ¿verdad?

—No sé de qué hablás.

—La remera. El giro en la escalera. Sabías que yo estaba mirando. Que te estaba mirando el culo y el coño.

Silencio. Sus mejillas empezaron a teñirse de un rosa leve. Sus dedos volvieron a moverse, muy despacio, como si su cuerpo tomara una decisión que su cabeza todavía debatía. Sacó los dedos, brillantes, hilados de flujo, y se los llevó a la boca. Los chupó uno por uno sin apartar los ojos de los míos.

—A lo mejor lo necesitaba —dijo al fin—. Llevaba mucho tiempo sin que un hombre me mirara así. Sin que nadie me follara como Dios manda.

Me senté a los pies de la cama y la miré directamente. Le miré las tetas pesadas, los pezones rosados y duros, el coño abierto y empapado entre los muslos blancos. Estaba completamente afeitada, y la raja se le partía limpia, hinchada, con el clítoris asomando entre los labios.

—Podés seguir.

Algo cambió en su expresión. Ya no era vergüenza lo que le quedaba en los ojos.

—Tenés cara de creer que con eso ya ganaste —murmuró. Pero abrió más las piernas y volvió a hundirse los dedos en el coño hasta el fondo, y esta vez no detuvo el movimiento. Empezó a frotarse el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, en círculos lentos, y se le escapó un jadeo grueso.

—No gané nada todavía.

—Tengo el doble de tus años —dijo, con una voz que quería sonar como advertencia.

—Lo sé.

—Y estoy acostumbrada a llevar el control en todo.

—Eso se nota. —Me incliné hacia adelante y apoyé una mano a cada lado de sus caderas—. ¿Siempre lo hacés sola?

Ella se mordió el labio. Sus caderas se levantaron apenas, un movimiento involuntario que delató más que cualquier palabra.

—Desde que llegó vuestra familia, sí. Todas las noches. Pensando en vos.

—Eso tiene solución.

Le aparté la mano del coño con suavidad, me agaché entre sus piernas y le metí la lengua hasta el fondo. El sabor le brotó en la boca: salado, denso, con un fondo dulce. Carla soltó un quejido largo, agudo, y se mordió el dorso de la mano para callarlo. Le chupé el clítoris con los labios, le metí la lengua adentro, le pasé toda la cara por el coño hasta empaparme. Ella me agarró del pelo y me apretó contra su pubis sin disimulo.

—Más fuerte —jadeó—. Chupame fuerte. Sí. Así.

Le metí dos dedos mientras le seguía mamando el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscando el punto. Lo encontré por cómo se le tensó todo el cuerpo. Las caderas se le levantaron de la cama y se le escapó un grito agudo que ahogó contra la almohada. Se vino contra mi boca, apretándome la cabeza con los muslos, soltando un chorro caliente que me bajó por la barbilla. La seguí lamiendo hasta que me empujó la frente, riéndose entre dientes.

—Suficiente, suficiente —jadeó—. Vení. Vení acá arriba.

Me arrodillé sobre el colchón y me bajé el pantalón. La polla me saltó, dura, hinchada, con la punta brillante. Carla se incorporó sobre los codos y la miró un segundo antes de tirarme del muslo para acercarme a su cara. Me la tragó entera de una sola vez. La sentí golpearle el fondo de la garganta y la oí gemir alrededor del glande, con los ojos clavados en los míos. Me la chupó despacio al principio, dejándome ver cómo entraba y salía de su boca, después más rápido, agarrándome los huevos con una mano y apretando el tronco con la otra. Le caía la saliva por el mentón y me empapaba los testículos.

—Más despacio —le dije, agarrándole el pelo—, que no quiero acabar todavía.

Ella sacó la polla con un sonido obsceno y se relamió los labios.

—Entonces metémela ya. Hace meses que no tengo una polla adentro.

Se tumbó de espaldas y abrió las piernas. La coloqué en posición, le apoyé la punta en el coño y la empujé adentro de una sola embestida. Carla arqueó la espalda y apretó los dientes para ahogar el sonido. La cama crujió dos veces. Los dos nos quedamos quietos, escuchando. Nada. Seguimos.

Le tomé las muñecas y las sostuve contra la almohada. Ella empujó para liberarse, no porque quisiera, sino para ver si yo cedía. No cedí. Una sonrisa breve le cruzó la boca.

—Interesante —murmuró—. Me gusta. Cogeme así. Duro.

Le di duro y parejo. La polla me entraba y salía del coño hasta los huevos, la oía chapotear con el flujo que ella largaba a cada embestida. Las tetas se le sacudían pesadas a cada golpe de cadera. Carla mordía la almohada para no hacer ruido. Una vez soltó un gemido que los dos fingimos no escuchar. Le pellizqué los pezones con fuerza, los dos al mismo tiempo, y ella cerró los ojos y respiró lento, como quien toma aire antes de hundirse. Le repetí el movimiento, esta vez retorciéndolos. Carla no cerró los ojos: me miró fijo, desafiante, como si estuviera evaluando cuánto más podía aguantar sin rendirse del todo.

—Date la vuelta —le dije.

Obedeció sin chistar. Se puso a cuatro patas, el culo en pompa, el coño rojo y abierto goteando sobre la sábana. Le agarré las caderas con las dos manos y se la metí de nuevo desde atrás, hasta el fondo. Carla soltó un gemido grueso, gutural, y empezó a empujar el culo contra mí, marcándome ella el ritmo ahora. Le di una palmada seca en una nalga. Le quedó la marca roja.

—Otra —jadeó.

Le di otra. Y otra. El culo se le iba poniendo rojo a juego con el coño. Le agarré el pelo, lo enrollé en el puño y tiré hacia atrás. Ella arqueó el cuello y abrió la boca, dejando escapar un quejido que no consiguió ahogar del todo.

Así estábamos cuando se abrió la puerta.

Carla se puso rígida al instante. Los ojos abiertos de par en par. La polla seguía adentro.

Mi madre estaba en el umbral. Verónica. Con los brazos cruzados y una expresión que yo conocía demasiado bien: no era sorpresa. Era la satisfacción tranquila de quien tenía razón desde el principio.

—Sabía que esto iba a pasar —dijo, cerrando la puerta detrás de sí y echando el pestillo.

—Verónica… —empezó Carla, con la voz temblorosa—. Te juro que no pretendía faltarte el respeto, es que…

—No te disculpes. —Mi madre empezó a quitarse la ropa con una calma que siempre me desconcertaba. Se sacó el suéter por la cabeza, se desabrochó el sostén y dejó caer las tetas pesadas, todavía firmes, los pezones oscuros y largos. Se bajó el pantalón y las bragas en un mismo movimiento—. Lo que me molesta es que a mí me tengas en ascuas y a él le des todo. A mí también me tenés con ganas hace días, Carla.

Carla la miró como si no pudiera procesar lo que veía. Mi madre desnuda, caminando hacia la cama. El triángulo oscuro de vello entre los muslos, recortado. Verónica se subió al colchón con una agilidad que me hizo apartar la mirada un segundo. Se sentó detrás de Carla y le pasó las manos por los costados, despacio, como si estuviera midiendo el terreno. Le ahuecó las tetas desde atrás y se las apretó.

—¿Qué…? —empezó Carla.

—Shhh. —Mi madre le apartó el pelo del cuello y le pasó la lengua por la piel, lento, dejándole una huella mojada. Carla se estremeció de pies a cabeza. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mi polla—. Seguí como estabas. Vos cogétela. Yo me ocupo del resto.

No supe qué me sorprendió más: si la reacción de Carla, que se dejó llevar sin resistencia, o la mía propia, que continué exactamente como si todo fuera la cosa más natural del mundo. Las caderas de Carla retomaron el ritmo, esta vez más despacio. Mi madre le rodeaba los hombros desde atrás, marcando el compás, y le bajó una mano hasta el coño. Le encontró el clítoris y empezó a frotárselo con dos dedos mientras yo se la metía y se la sacaba.

—¿Te gusta? —le preguntó Verónica al oído.

—Sí —respondió Carla, con una voz que apenas reconocí—. Sí. Mucho.

—¿Cuánto tiempo llevás sin que alguien te cuide bien?

—Mucho. Demasiado. Por favor no paren.

Mi madre le giró la cara y la besó en la boca. Carla respondió sin dudar, abriendo los labios para dejarle entrar la lengua, con las manos aferradas a mis hombros y los ojos cerrados. Algo en ese beso cambió el ritmo de la habitación entera: ya no era urgencia sino otra cosa, más lenta y más intensa. Verónica le mordió el labio inferior y le bajó la boca al cuello, después a las tetas. Le chupó un pezón despacio, lo lamió, lo mordisqueó, lo soltó con un beso húmedo. Carla soltó un quejido largo.

Las dos se enredaron en un abrazo que me dejó fuera un momento. Verónica le pasaba las manos por el cuerpo con esa familiaridad que solo dan los años; Carla cerraba los ojos y se dejaba hacer. Mi madre se tumbó de espaldas, abierta de piernas, y le hizo un gesto a Carla.

—Vení. Sentate acá.

Carla se acomodó a horcajadas sobre la cara de mi madre, mirándome a mí. Verónica le agarró el culo con las dos manos, la tiró hacia abajo y le hundió la lengua en el coño. Carla soltó un grito que ahogó tarde, mordiéndose la mano. Sentí cómo se le tensaban los muslos. Yo seguía detrás de ella, con la polla dura, viendo cómo mi madre le comía el coño que yo le había estado follando un minuto antes.

—Vos también —dijo Verónica, separando la boca del coño de Carla un segundo—. Metésela en la boca a Carla. Hacé que te la chupe mientras yo me la como.

Obedecí. Me arrodillé delante de Carla y le acerqué la polla a los labios. Ella la abrió sin pensar y se la tragó hasta el fondo. La sentí ahogarse un poco, después acomodarse, después chupar con un hambre que no era fingida. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca despacio, mirando hacia abajo, viendo cómo entre sus muslos asomaba la lengua de mi madre lamiéndole el clítoris.

En algún momento los tres nos reorganizamos sin que nadie lo dijera, como si la situación tuviera su propia lógica. Carla inclinó la cabeza hacia abajo y se metió a comer el coño de mi madre, devolviéndole la atención. Yo me arrodillé detrás de Carla otra vez y le metí la polla, ahora con un ángulo distinto. Mi madre, debajo, me miraba a los ojos mientras Carla le mamaba el clítoris. Le agarré una teta a Verónica con la mano libre y le pellizqué el pezón. Mi madre arqueó la espalda y sonrió.

—Hacelo bien, hijo —murmuró—. Hacela acabar a Carla. Que la sienta toda la casa.

Fue en ese momento cuando Carla empezó a hablar. No sé si porque el cuerpo de mi madre debajo la hacía sentir segura, o porque ya no le importaba guardar nada. Levantó la boca del coño de Verónica y, sin dejar de empujar el culo contra mi polla, empezó.

—En este pueblo, en invierno, pasan cosas raras —murmuró entre respiraciones entrecortadas—. Estamos muy aislados casi todo el año. Con el frío la gente se encierra… y a veces pasan cosas que no deberían.

—¿Como cuáles? —preguntó Verónica, sin dejar de moverse, frotándose ella misma el clítoris debajo de la boca de Carla.

—Una noche, hace dos inviernos, espié a mi vecina por la ventana. Tiene mi edad y un hijo de la edad de Rodrigo. Siempre me pareció que entre esos dos había algo raro. Una noche me asomé y los vi.

—¿Y qué hacían?

—Estaban cogiendo. Ella encima de él, en el sofá del salón, con las tetas al aire, montándolo como una loca. Le mamaba la lengua mientras se le movía encima. Me quedé paralizada con la cara pegada al vidrio. Nunca había visto algo así. No entendía por qué me calentó tanto… quizás por el aislamiento, quizás por la falta de polla. Pero me fascinó. Me metí la mano en las bragas ahí mismo, en la ventana, y me corrí mirándolos.

—¿Por eso quisiste acercarte a Rodrigo? —preguntó mi madre, con una voz que no tenía ni una sola nota de reproche.

—Algo así —confesó Carla. Sus caderas se movieron con más fuerza, empujándose contra mi polla—. Aunque no me lo esperaba así, con vos en medio. Comiéndome el coño mientras tu hijo me la mete.

—¿Y te molesta? —le preguntó Verónica, pasándole la lengua por el muslo.

Una pausa larga. Carla abrió los ojos y me miró directamente por encima del hombro.

—Para nada. Me encanta. Quiero más.

Lo que siguió no tuvo mucho más de palabras. Mi madre se incorporó, le agarró la cara a Carla y la besó hondo, dejándole probar su propio sabor mezclado. Después me hizo un gesto. Me acosté de espaldas. Carla se subió encima y se sentó sobre mi polla de un solo movimiento, hasta el fondo, con un quejido grueso. Empezó a moverse de arriba abajo, las tetas sacudiéndose delante de mí. Mi madre se acomodó detrás de Carla, le pasó las manos por delante y le agarró las tetas, ahuecándoselas, ofreciéndomelas a la boca. Le chupé los pezones de Carla mientras ella me cabalgaba y mi madre le mordía el cuello desde atrás.

—Vení, vení que ya acabo —jadeó Carla—. Me corro, me corro…

—Acabate adentro —le murmuró mi madre al oído—. Dejá que se te corra adentro, Carla.

Carla se contrajo entera. El coño le agarró la polla como un puño, ordeñándomela, y soltó un grito largo que mi madre le ahogó con la boca. La sentí inundarse contra mí, empapándome los muslos. Aguanté tres embestidas más, hasta el fondo, y me corrí dentro con una descarga larga que me dejó vacío. Carla se desplomó sobre mi pecho, jadeando.

Mi madre la levantó suavemente, le separó las nalgas y le miró el coño, ahora rojo, abierto, goteando mi corrida. Sonrió. Bajó la cara y le pasó la lengua por la raja, recogiéndome de adentro. Carla soltó un gemido tembloroso, hipersensible. Verónica se incorporó, vino hasta mi boca y me besó, dejándome probar la mezcla de las dos en su lengua.

Cuando terminamos los tres, Carla quedó boca arriba mirando el techo con los ojos brillantes. Mi madre se acomodó a su lado, hombro con hombro, en un silencio que no necesitaba explicación. Después de un momento se giraron la una hacia la otra y se besaron, despacio, sin que yo formara parte de ese intercambio. Era algo entre ellas. Mi madre le pasó la mano por la teta, le acarició el pezón con la yema del pulgar, y Carla suspiró bajito.

Me vestí sin prisa y salí. Me di una ducha larga con el agua tan caliente como aguantaba.

***

Las dos se quedaron encerradas en el cuarto toda la tarde. De vez en cuando, al pasar cerca, me llegaba un quejido apagado, un crujido de cama, una risa baja. Yo maté el tiempo en el living con el teléfono en la mano, sin ver nada en particular. Mis hermanas y las hijas de Carla charlaban en la cocina con esa facilidad de quien se lleva bien desde el principio. A mí nadie me buscó.

Cuando las dos salieron por fin, empezaron los preparativos de la cena. El olor del pavo que llevaba horas en el horno llenó la cabaña entera. Me puse a poner la mesa sin que nadie me lo pidiera. No quería que siguieran mirándome como si fuera un adorno inútil.

Carla pasó a mi lado para buscar los vasos y me rozó el brazo con los dedos. Solo eso. Sin mirarme. Pero sentí cómo bajaba la mano y me apretaba la polla por encima del pantalón un segundo antes de seguir caminando. Seguí poniendo los platos como si no hubiera pasado nada.

Cuando Nora y Claudia bajaron la escalera, tuve que apoyarme en la silla más cercana.

Llevaban vestidos blancos sin tirantes, ajustados al cuerpo como una segunda piel. Sin corpiño, era evidente. Los pezones se marcaban a través de la tela. Los vestidos les llegaban apenas a mitad del muslo, y cuando Claudia se inclinó para acomodar una copa, me di cuenta de que no llevaban nada debajo. Un atisbo de coño rubio asomó entre los muslos antes de que se incorporara.

—¿Qué te parece? —preguntó Nora, girando sobre sí misma frente a mí con la naturalidad de quien no imagina el efecto que produce. O fingiendo no imaginarlo.

—Muy bien —respondí, con una voz que sonó más controlada de lo que me sentía.

—¿No te parece demasiado corto?

—Para una Nochebuena en los Pirineos —dije—, está perfecto.

Las dos se rieron. Sofía puso los ojos en blanco desde la cocina.

Me serví un vaso de sidra y brindé en silencio, antes de que llegara la medianoche. Por la tormenta que nos dejó atrapados. Por Carla. Por mi madre. Por esta Nochebuena que ninguno de los tres iba a olvidar fácilmente.

Y por las horas que todavía quedaban por delante.

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3.2(50)

Comentarios(11)

Gastón_86

que relato mas intenso, no lo pude soltar hasta el final. Muy bueno!!!

RubenVoy

El comienzo te atrapa al instante. No me esperaba ese giro, tremendo.

LucianoK77

increible como lograste transmitir esa tension desde la primera linea. Sigue asi!!!

Claudia_DF

Por favor, seguí escribiendo. Tenes un talento enorme para crear suspenso.

fercho_lee

uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

Mirtha_leo

La narrativa es muy buena, se siente real sin ser burda. Espero que haya continuacion, quede con ganas de mas.

NoctámbuloBCN

jaja me dejo sin palabras, no lo vi venir para nada

andrespaz22

corto pero intenso. Asi me gustan :)

Pedro

Felicitaciones, muy buen relato. Esperando el proximo con ansias. Saludos desde Mendoza

Tatianita97

Me recordo a una situacion parecida que vivi, aunque no tan extrema jaja. Excelente como lo contaste.

Rodrigo_K

Se hizo cortisimo, queria que siguiera. Segunda parte porfavor!!!

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