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Relatos Ardientes

Mi hijastra me hizo señas mientras su madre dormía

Comimos en una terraza pequeña sobre la avenida principal, los tres apretados en una mesa redonda donde apenas cabían los platos. Camila contaba que había empezado el segundo año en la facultad de diseño gráfico, que los profesores la aburrían y que tenía que entregar un proyecto final el viernes. Mariela hablaba de lo de siempre: la oficina, las amigas, la casa que su exmarido le había dejado al firmar el divorcio. Yo asentía, sonreía cuando tocaba, pero no escuchaba ni la mitad.

Sentí el pie de Camila rozando el mío por debajo del mantel. Primero un toque casual, como si fuera un accidente. Después un segundo, ya no tan casual. Su zapatilla bajó hasta quedar a un costado y su pie descalzo subió por mi pantorrilla con una lentitud que no admitía dudas.

Tiene diecinueve años. Es la hija de la mujer con la que estoy saliendo. Esto no puede estar pasando.

Pero estaba pasando. Y mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza alcanzara a decidir qué hacer con la situación. La erección llegó tan rápida y tan torpe que tuve que cambiar de postura en la silla para que no me delatara contra la cremallera del pantalón.

—¿Y a ti cómo te va con tu trabajo, Tomás? —preguntó Mariela, llevándose la copa de vino blanco a los labios.

—Bien, tranquilo —contesté, agarrando el hilo a duras penas—. Esta semana cerramos un proyecto grande, así que ahora tengo unos días sin tanta presión.

Camila me miraba desde el otro lado de la mesa con cara de no estar haciendo nada. La inocencia que ponía me parecía más obscena que cualquier insinuación directa. Tenía el pelo recogido en una cola alta y dos mechones le caían a los costados de la cara. Movía la pajilla del agua con la lengua mientras escuchaba a su madre.

Lo que más me sorprendía era la habilidad con la que esa chica de diecinueve años manejaba el juego. Yo había estado con muchas mujeres, mayores que ella, con experiencia, y ninguna se acercaba a esa forma de provocar sin tocarte, de meterse en la cabeza del otro sin levantar la voz.

—¿Por qué no nos vamos a tu casa a ver una película? —propuse cuando trajeron la cuenta—. Pasamos por el supermercado y compramos unas cervezas.

—Buenísimo —dijo Mariela—. Tengo Netflix con la cuenta de mi hermana, hay de todo.

—Yo me apunto —agregó Camila, y al levantarse pasó tan cerca de mi silla que su flequillo me rozó el hombro.

Pagué intentando que la chamarra me cubriera el bulto. Pedí el viaje desde el celular y la espera se me hizo eterna. La cabeza me hervía. No pensaba en lo que estaba bien o mal, no pensaba en Mariela, no pensaba en nada que no fuera saber qué pasaría después.

***

El conductor llegó en un sedán blanco. Camila se subió primero al asiento trasero, después me dijeron que pasara yo al medio, y por último entró Mariela. Yo siempre cargo conmigo una mochila chica con un libro, una loción y un par de lentes oscuros. Esa tarde, además, llevaba la chamarra encima del brazo. Cuando el coche arrancó, la apoyé sobre las piernas y dejé la mochila como almohadilla, todo amontonado en mi regazo.

Que tu mano izquierda nunca sepa lo que hace tu mano derecha.

Me acordé del pasaje a mitad del semáforo, antes de que pasara nada. Me reí solo, por dentro.

Pasé mi brazo derecho por detrás de los hombros de Mariela. Ella me sonrió, satisfecha, y se acomodó contra el respaldo. Camila iba con la mirada fija en el celular, como si nada del mundo le interesara. A los pocos minutos sentí un roce en mi muslo izquierdo. Levísimo. Lo dejé pasar, fingí no haber notado nada.

Después la mano avanzó. Por debajo de la chamarra, escondida entre el bulto de tela y la mochila, los dedos de Camila buscaban el camino hacia mi entrepierna. Sentí el meñique tantear el contorno de mi pene a través del pantalón. Y eso fue lo que terminó de cocinarme: la sensación de lo prohibido entrando justo cuando su madre seguía pegada a mí, hablando del tráfico.

Me acomodé apenas, separando un poco las piernas para dejarle espacio. Ya no pensaba con claridad. Mi mano derecha bajó por la espalda de Mariela y, casi sin querer, terminó rozando el borde superior de su escote. Eran unos pechos grandes, bonitos, que ella sabía mostrar con los escotes en V. Yo deslizaba el índice por la línea donde la piel pasaba a la copa del corpiño y me ponía aún más caliente.

—Oye, Tomás —dijo Camila de repente, con esa voz dulce de muchachita cansada—, ¿te molesta si me apoyo en tu hombro? Me mareo en los autos, prefiero dormir un rato hasta que lleguemos.

—Apóyate, tranquila —contesté, intentando que la voz no me temblara.

Acomodó el codo derecho sobre la mochila como si fuera la almohada y hundió la mano izquierda por debajo, en la oscuridad armada por la chamarra y mis muslos. Apoyó la palma entera sobre mi pene, ya completamente duro, y empezó a moverla. No con frenesí: con una calma quirúrgica. Recorría el largo, frenaba en la base, volvía. Con el pulgar dibujaba círculos en el glande a través de la tela. Cada bache, cada freno, cada cambio de carril era una excusa para apretar más.

Yo respiraba hondo, mirando el techo del auto, sosteniéndome para no acabar ahí mismo, en el asiento de atrás de un sedán cualquiera.

Lo otro increíble fue Mariela. Se prendió. Empezó a moverse contra mi mano, a buscarla. El conductor, mientras tanto, había acomodado el espejo retrovisor en un ángulo raro. Lo pesqué de inmediato. Estaba mirando el escote de mi novia, sin disimular demasiado, y a la vez fingiendo que miraba el camino. Cuando se cruzó con mis ojos, apartó la vista y se concentró en la avenida. Yo seguí.

—¿Quieres que juguemos un poco? —me susurró Mariela en el oído, con la voz pastosa de la copa de vino del almuerzo.

—¿Qué tienes en mente?

—¿Camila está dormida? —preguntó.

Camila, evidentemente, no estaba dormida. Estaba con la mano enroscada en mi pene a través del pantalón. Pero contesté lo que tocaba.

—Sí, profundamente.

Mariela se deslizó un poco más abajo en el asiento, hasta dejarme la mano libre para entrar en su escote. Metí los dedos entre los dos pechos, busqué el borde de la copa y subí hasta tocarle el pezón. Lo encontré ya duro. Empecé a apretarlo despacio. El conductor volvió a mirar por el retrovisor y esta vez no se molestó en disimular. La nuez se le movió cuando tragó saliva.

Yo no podía creer lo que estaba viviendo. La madre dejándose manosear delante de un desconocido. La hija cocinándome el pene del otro lado. ¿Qué clase de tarde era esa? ¿En qué momento se había desbarrancado todo?

Pero me lo pregunté como quien hace preguntas para los apuntes de un cuaderno que después va a romper. Mi cuerpo no estaba ni cerca de querer parar.

***

Faltaban dos cuadras para llegar. Le hablé al oído a Camila, casi rozando con los labios el lóbulo, para que «se despertara» y sacara la mano sin que se notara. Lo hizo con una naturalidad que me dejó pensando en qué tantas veces lo habría hecho antes.

Bajamos. Caminamos hasta la puerta, Mariela buscando las llaves en el bolso, Camila estirando los brazos como si recién hubiera dormido tres horas. Yo me excusé apenas entramos y me metí al baño.

Cerré la puerta y abrí el cierre del pantalón. Estaba como esperaba: el bóxer empapado de líquido seminal, el glande hinchado y sensible al menor roce. Abrí la llave, dejé correr el agua fría hasta enfriarlo. Me lavé con un poco de jabón, me sequé con la toalla de mano y respiré.

Cuando salí, Mariela estaba prendiendo el televisor y Camila destapaba tres cervezas en la mesa baja. La de ella no me la esperaba, pero me alegró que se sumara. Nos sentamos: Mariela y yo en el sillón grande, Camila en el sillón individual. Pusieron la primera de Harry Potter, que a mí me aburre soberanamente. No protesté.

Las cervezas desaparecieron rápido. Cuando abrí la segunda ronda, Camila pasó. Mariela aceleró: tomó la suya en menos de quince minutos y enseguida pidió la tercera. A los cuarenta minutos de película llevaba cinco. Yo iba por la segunda.

Bajo la mantita que Camila me había alcanzado «porque tienes frío», me la había sacado del pantalón. Me masturbaba con disimulo, con movimientos chicos, mirando la pantalla. Camila lo sabía. La pesqué dos veces apretando los muslos, una mirando de reojo desde su sillón y mordiéndose el labio inferior.

—Amor, vamos a recostarnos un rato a mi cuarto —dijo de pronto Mariela, levantándose con esa lentitud de cinco cervezas adentro—. Cami, tú sigue mirando si quieres.

—Sigo, mami. Tranquila.

Mariela me agarró de la mano y caminó hacia el pasillo sin dejarme acomodar el pene. Salí de abajo de la manta con el miembro parado, a la vista. Camila se quedó mirando el bulto sin pestañear, se mordió el labio y me guiñó un ojo. En voz baja, mientras Mariela ya estaba doblando el pasillo, me dijo:

—Acuérdate de lo que hablamos en la plaza.

Yo no me acordaba de qué habíamos hablado en ninguna plaza. No habíamos hablado de nada en ninguna plaza. Pero entendí.

***

Como pude me guardé el pene dentro del pantalón y caminé al cuarto. Al entrar, me quedé tieso. Mariela estaba boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama, completamente dormida. ¿Cómo te duermes así, en treinta segundos, con cinco cervezas? Por un instante no supe qué hacer. Me acerqué, le saqué los zapatos, le desabroché el botón del pantalón y se lo bajé despacio, deslizándolo por las piernas y sintiendo la piel tibia bajo los dedos. La giré de costado, le dejé puesta la blusa y la tanga y la cubrí con la manta de la cama.

Dejé la puerta abierta. No la cerré, no quería el clic del picaporte. Empecé a masturbarme parado, a los pies de la cama, mirando hacia el pasillo.

Y ahí estaba.

Camila me miraba desde la otra puerta, la de su habitación. Me hizo una seña con el índice, despacio, como cuando llamas a un perro que sabes que va a venir igual. Caminé hacia ella sin dejar de verla. Ya no tenía los leggings. Ya no tenía la tanga puesta: la traía colgada del dedo meñique. El top se lo había levantado hasta encima de los pechos. Eran chiquitos, redondos, los pezones rosados, parados.

Mi voluntad se había evaporado. Caminé despacio, midiendo cada paso para no hacer ruido en el piso de madera. Cuando llegué al umbral de su cuarto, me detuve.

Estaba arrodillada en el piso, justo del otro lado del marco. Abrió la boca y sacó un poco la lengua. Parecía un pichón esperando que la madre le trajera la lombriz. Me acerqué. Le tomé la nuca con suavidad, sin apretar, y pasé el glande por su labio inferior, como quien usa un labial. Le dibujé el contorno entero de la boca. Mi líquido le quedó embarrado en los labios, brillante con la luz que entraba desde el living.

Ella enrolló la tanga alrededor de la base de mi pene, apretándola, y empezó a moverla como una manga. Con la otra mano se buscó entre las piernas y se frotó el clítoris, rápido, con dos dedos. Le sostuve la cabeza y empujé la primera vez. Se arqueó. Hizo el ruido seco de una arcada y lo aguantó. Después empezó a chuparla con un hambre que no era teatral.

De fondo, alguien explicaba algo sobre un hechizo en el televisor. Aquí adentro no había más sonido que el chasquido de la saliva escurriendo entre la tanga y mi pene.

Sentí cómo el calor subía desde la base. No iba a poder pararlo. Me empezó a palpitar todo, los testículos se replegaron, la respiración se me cortó y solté el primer chorro directo al fondo de su garganta. Camila lo escupió enseguida, pero no en cualquier lado: lo recogió en la tanga, juntando cada chorro siguiente en la tela. Cuando terminé, tenía la prenda toda manchada, pesada de líquido tibio.

Las piernas me temblaban. Me agarré del marco de la puerta para no irme contra la pared. Camila se puso de pie, me miró con la expresión más obscena que le había visto en toda la tarde y, sin apartarme los ojos, se puso la tanga empapada por encima de la vagina. Movió la tela con dos dedos, embarrándose. Después metió el dedo medio entre los labios, recorrió todo y lo sacó completamente mojado, brillante.

Me lo acercó a la boca.

Le agarré la muñeca. Le pasé la lengua por la falange, despacio, recogiendo cada gota. El gusto de los dos mezclado se me quedó pegado al paladar. Le dejé el dedo limpio, casi seco.

Me sonrió, esta vez tierna, casi de niña, y me empujó con la mano libre fuera de su cuarto. Cerró la puerta sin hacer ruido. Escuché el clic del pestillo. Después, los pasos hacia la cama y el crujido del colchón cuando se acostó.

Yo me quedé un rato parado en el pasillo, con el pene a medio acomodar dentro del pantalón y el corazón todavía golpeando contra las costillas. Desde el living seguía sonando la película. Desde el cuarto de Mariela, la respiración pesada de alguien que no se iba a enterar de nada.

Mañana voy a tener que mirarla a la cara y fingir que no pasó. Y ella va a sonreírme como si fuera la primera vez que me ve.

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Comentarios (8)

Zornot

Tremendo!! uno de los mejores que leí aca

Lautaro_noche

La escena del taxi me dejó sin palabras. Se siente muy real, muy bien narrado

lectora_ansiosa

Me enganchó desde el primer párrafo. El tipo de historia que no podes dejar de leer

Facundo_Rv

Por favor necesito la continuacion!! no puede quedar asi

GabrielMx

Morboso y bien contado, justo lo que buscaba esta noche. Saludos

PedroK_78

jaja la tensión del inicio es increible, tremendo momento para todos los que estaban ahí

MartinGBA

El suspenso del principio es lo que mas me gustó. Le da otro nivel al relato

rodrigo_parana

tremendo, me lo leí de un tirón. Sigan subiendo relatos de esta categoría

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