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Relatos Ardientes

Espié a mi marido con sus hermanas en el chalé

El indicador del sistema parpadeó tres veces antes de estabilizarse. Yo estaba en mi estudio, con la luz apagada y la única claridad provenía de la pantalla. Llevaba semanas pagando esta suscripción y todavía no entendía del todo por qué seguía haciéndolo. Bueno, sí lo entendía. Solo que no lo admitía en voz alta.

Cuando la imagen se aclaró, reconocí enseguida el chalé de mi suegro. La luz dorada de la mañana entraba por los ventanales del salón. Mi marido estaba sentado en el sillón orejero de cuero verde, con una taza de café en la mano izquierda y el periódico desplegado sobre las rodillas. Llevaba la camisa azul que le regalé en su cumpleaños.

Detrás de él, en el umbral, apareció su hermana Camila.

Y venía completamente desnuda.

Caminaba descalza, sin prisa, con esa naturalidad de quien sabe que no hay nadie más en la casa. Tenía el pelo recogido en un moño suelto y la piel del pecho aún enrojecida, como si acabara de salir de la ducha. Le quitó el periódico de las manos a mi marido antes de que él pudiera reaccionar.

—Buenos días, hermanito —dijo, y se inclinó hasta apoyar uno de sus pechos contra su mejilla.

Mi marido se quedó petrificado.

—¿Qué demonios haces? —balbuceó.

—Nada. Solo quiero saber si estoy buena cuando estoy desnuda. ¿Y quién mejor que mi hermano mayor para darme una opinión sincera?

Sentí algo extraño en el estómago. No eran celos, todavía no.

Camila bajó la mirada hasta la entrepierna de mi marido y sonrió con la calma de quien ya ha ganado una partida.

—Veo que tu hermana pequeña sí te interesa un poquito. No te preocupes, voy a ocuparme yo de eso. Levántate.

Lo dijo con una determinación que no admitía discusión. Mi marido se puso de pie como si lo movieran cuerdas. Ella se arrodilló sobre la alfombra persa, le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones lo justo para sacarle la polla, ya rígida, traicionada por su propio cuerpo.

—Era de esperar —murmuró Camila.

Cerró la boca alrededor de él y empezó a chuparla con calma, mirándolo desde abajo. Mi marido echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que yo no le había escuchado en años. La voz de Camila volvió a salir entre lametones.

—Dime una cosa. ¿La aburrida de tu mujer te la chupa así, o solo cuando es tu cumpleaños?

El comentario me clavó algo entre las costillas. Y aun así no aparté la mirada de la pantalla.

Camila se incorporó y se sentó de medio lado sobre la mesa de comedor, abriendo las piernas con una lentitud calculada.

—Te voy a enseñar cómo se le come el coño a una hermana. Atento, hermanito.

Mi marido se arrodilló sin decir una palabra, como si lo hubieran hipnotizado. Sacó la lengua y empezó a lamerla con la torpeza inicial de un chico la primera vez. Camila gimió, le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo. Era ella quien dirigía. Siempre fue ella.

—No se te da nada mal —jadeó—. Lástima que tu mujercita no sepa apreciarlo.

Aguanté esa frase también.

—Ahora fóllame —ordenó Camila.

Mi marido se bajó los pantalones hasta los tobillos, todavía con los zapatos puestos, y la penetró de un solo empujón. La mesa de comedor crujió bajo el peso de los dos. Camila echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un grito largo que retumbó por el salón vacío.

—Estarías más cómodo desnudo —dijo después, recuperando un instante de aliento.

Él obedeció. Se quitó la camisa, los pantalones, los calcetines. Cuando estuvo desnudo, Camila se bajó de la mesa, se puso de espaldas a él y se sentó sobre su regazo, dejando que la polla volviera a entrar en ella. Empezó a cabalgarlo con un balanceo lento, casi obsceno, mientras hablaba sobre el hombro.

—Dime, hermano. ¿Soy tan zorra como las que te llevas a la cama de los hoteles cuando viajas por trabajo?

—Eres la más zorra de todas —respondió él, y esta vez no se molestó en disimular.

Aquellas palabras me arañaron por dentro. Y aquellas palabras también me empezaron a calentar. Era una contradicción que aún no sé explicar.

Cambiaron al sillón. Él se sentó y ella le siguió cabalgando, ahora de frente, abrazándole el cuello con los brazos. Mi marido le chupaba los pezones uno detrás de otro y le susurraba cosas que la cámara no captaba. Yo solo veía sus labios moviéndose contra la piel de ella.

—Quiero comerte la polla otra vez —pidió Camila al cabo de un rato.

Se arrodilló frente a él y se la metió en la boca con verdaderas ganas. Mi marido le acariciaba el pelo con una ternura que llevaba mucho tiempo sin dirigirme a mí.

—Hermanita, me corro —avisó.

Camila no apartó la cara. Dejó que él terminara dentro de su boca y se tragó hasta la última gota mirándolo a los ojos.

—Subamos a mi habitación —propuso ella, secándose los labios con el dorso de la mano—. Allí podemos seguir con calma.

Subieron. La cámara los siguió con un cambio de ángulo automático. En el dormitorio de Camila —paredes color salmón, una colcha bordada que reconocí de las fotos familiares— ella tumbó a mi marido boca arriba y volvió a chupársela hasta ponerla a punto. Después se sentó encima de él de espaldas, cabalgándolo en silencio durante un par de minutos antes de darse la vuelta para mirarlo de frente.

—Qué suerte tiene tu mujer —dijo entre gemidos— de poder gozar de esta polla todas las noches.

—No creas. Con ella ya no me sale igual —respondió él.

Y ahí, exactamente ahí, sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se rendía al mismo tiempo.

Camila terminó dándose la vuelta otra vez, ahora a cuatro patas, dejando que mi marido la penetrara desde atrás. Y desde atrás, mientras ella le miraba sobre el hombro con la boca entreabierta, mi marido le pidió permiso para algo más. Un gesto, una mirada, una sonrisa. Camila asintió. Y él guio la polla un poco más arriba.

El primer empuje la hizo gritar. El segundo, gemir como una loca. Camila se aferró a las sábanas y empezó a balbucear cosas que apenas se entendían. Cuando él anunció que se iba a correr otra vez, ella se levantó y se arrodilló en el suelo, con la cabeza echada atrás y la boca abierta. Mi marido la inundó. Parte cayó en la lengua, parte en las mejillas, parte en el cuello.

En ese momento la conexión se cortó.

***

Pasaron tres días antes de que el sistema volviera a parpadear. Tres días en los que dormí mal, hablé poco y sonreí mucho. Mi marido había vuelto del chalé, me había abrazado en la entrada, me había preguntado por mi semana. Yo le respondí con la misma voz de siempre. Por dentro era otra mujer.

Cuando la pantalla se aclaró otra vez, mi marido estaba de nuevo en el chalé. Esta vez no en el salón, sino en la cocina. De pie junto a la encimera. Y a su lado, vestida con unos vaqueros muy ajustados y una blusa blanca con los primeros botones desabrochados, estaba su otra hermana, Daniela.

Daniela siempre fue la opuesta de Camila. Más alta, más callada, más mía —o eso creía yo, porque nos llevábamos especialmente bien.

—Hermanito, qué bien te cuidas. Estás cada vez más guapo —le dijo, apoyando una mano en su pecho.

Y antes de que mi marido pudiera responder, ella le besó. No fue un beso de hermana. Fue un beso largo, con lengua, con la mano deslizándose por debajo de su camisa. Mi marido se la devolvió con un hambre que me dolió y me encendió a partes iguales.

—Menuda polla tienes —murmuró Daniela cuando se separaron, mientras le bajaba ya el cinturón—. No pienso desperdiciarla por el simple hecho de que seas mi hermano.

Le quitó la camiseta. Le bajó los pantalones. Cuando estuvo desnudo, ella retrocedió un paso para mirarlo entero y se mordió el labio inferior, satisfecha. Después se desabrochó la blusa con una lentitud teatral y dejó ver un sujetador de encaje azul. Se desabrochó los vaqueros y los dejó caer hasta los tobillos, quedándose en un tanga diminuto del mismo color.

—Hoy le toca a tu hermana ocuparse de esta polla —dijo, y se arrodilló.

Le metió la polla en la boca con los ojos cerrados, concentrada, como si estuviera saboreando algo prohibido y delicioso a partes iguales. Mi marido la agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverle la cabeza al ritmo que él quería. Daniela lo aguantaba todo, sin protestar, dejando que él tuviera el control.

Cuando estuvo bien duro, ella se levantó, se apoyó de espaldas contra la encimera y subió una de las piernas sobre el mármol, ofreciendo su sexo como en bandeja.

—Vamos, hermanito. Fóllame como si fuera ella.

«Ella» era yo. Lo sabía. Mi marido lo sabía. Daniela lo sabía. Y aun así él se lanzó contra su hermana con una violencia que llevaba años sin mostrarme.

La penetró duro, agarrándola de la cintura, y los dos empezaron a gemir descontroladamente. La cocina entera vibraba: las copas en la alacena, los imanes de la nevera, el azucarero junto al hervidor. Daniela le clavaba las uñas en los hombros. Mi marido le susurraba al oído cosas que la cámara no captó, pero que la hacían sonreír con una sonrisa torcida.

—Quiero recibir tu leche en la boca —jadeó ella al cabo de un rato, separándose de él.

Se arrodilló otra vez. Se la chupó con ansia, con prisa, con la determinación de quien quiere ganar una carrera. Cuando él se corrió, ella no perdió ni una gota. Después se levantó, se pasó la mano por la barbilla y le sonrió con la calma de quien tiene todo el día por delante.

—Vámonos al salón. Allí estaremos más cómodos.

Y así lo hicieron. La cámara los siguió. En el sofá, ella volvió a chupársela hasta que mi marido la levantó por las caderas y la sentó sobre su regazo, repitiendo la misma postura que había usado con Camila apenas unos días antes. Daniela cabalgó con un ritmo distinto, más pausado, más sucio. Le mordía el labio inferior. Le pellizcaba los pezones. Le hablaba al oído.

Cuando él pidió cambiar de postura, ella se tumbó de espaldas en el sofá y dobló las piernas. Mi marido se metió entre sus muslos y la penetró otra vez, esta vez mirándola fijamente a los ojos. Y eso, no sé por qué, fue lo que más me dolió.

Después él le pidió otra cosa. Daniela arqueó una ceja, sopesó la propuesta, sonrió.

—Caramba, qué salido estás, hermanito. Está bien. Eres mi hermano y voy a complacerte. Pero deja que sea yo quien lleve el control.

Le hizo tumbarse boca arriba. Se subió encima. Y guio la polla de mi marido hasta su otro agujero, despacio, midiendo cada centímetro. Cuando lo tuvo todo dentro, empezó a moverse como si llevara haciendo aquello toda la vida.

—Qué bien te entra. Y qué bien te mueves —jadeó él—. Se te nota la experiencia.

—Cabrón —respondió ella entre risas y gemidos—. Mi culo no es el primero que pruebas. Y el de tu mujer no es el único, seguro.

Tenía razón, supuse. No tuve tiempo de procesarlo. Daniela se dio la vuelta sin sacarla, ahora de espaldas a él, y siguió cabalgando. Mi marido la sujetaba por la cintura, marcando el ritmo. Cuando él pidió cambiar otra vez, Daniela se puso a cuatro patas sobre el sofá. Mi marido se arrodilló detrás. Y entró.

Aquellos minutos fueron los más intensos de toda la grabación. Daniela se corrió varias veces, gimiendo cosas que apenas eran palabras. Mi marido aguantaba, aguantaba, aguantaba. Hasta que ya no pudo.

—Me corro. ¿Dónde lo quieres?

—Otro día dentro —jadeó ella—. Hoy me lo trago.

Se tumbó de espaldas con la boca abierta. Él se corrió encima. Parte cayó en la lengua, parte en la mejilla, parte goteó hasta el cuello.

En ese momento la conexión se cortó.

***

Apagué la pantalla con la mano temblando. Me había subido la falda sin darme cuenta, había apartado la ropa interior sin darme cuenta, y mis dedos llevaban un buen rato moviéndose por su cuenta. No me corrí enseguida. Lo hice despacio, prolongando la sensación, mirando el reflejo de la pantalla apagada en el cristal de la ventana.

Pensé en mi marido. En Camila. En Daniela. En todas las noches de los últimos años en las que él se había venido conmigo en silencio, sin ganas, sin susurrarme nada al oído. Y pensé en lo paradójico que era: por separado, ese matrimonio rutinario que llevábamos vivía las cosas más intensas de su vida. Solo que por separado.

Me corrí, por fin, mordiendo la manga del jersey para no hacer ruido.

El sistema parpadeó otra vez. Verde, verde, verde.

Algo me decía que la próxima vez que se conectara, no iba a ver a mi marido.

Iba a verme a mí.

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Comentarios (8)

NorbertoGP

que relato!!! no lo pude dejar de leer hasta el final

Romi_Gdl

Por favor continua esto, quede con muchas ganas de saber que pasa despues

LecturaClandestina

Me dejo sin palabras. Eso de descubrir algo asi sin buscarlo... increible como lo narraste

Ferchu_rba

¿y que hiciste despues de verlo? no puedo imaginar esa situacion jaja

Marcos_Mdq

tremendo el comienzo, me engancho de entrada

PedroVelasco

Me recordo a algo que vivi hace tiempo. Esas situaciones que no buscas y de repente estan ahi. Buen relato

nocturno_44

sigue!!!

MarisolDKT

Muy bien escrito, la tension al principio esta perfecta. Esperando mas partes

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