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Relatos Ardientes

Lo que nadie sabe de esa noche con mi primo

Tengo veintiséis años y hay algo que nunca le he contado a nadie. Ni a mis amigos más cercanos, ni a las mujeres con las que he estado, ni a la persona con la que comparto la vida desde hace casi dos años. Es una de esas cosas que uno guarda en el fondo de la memoria sin tocarla demasiado, porque sabe que si la abre va a tener que reconocer lo que sintió cuando pasó.

Y lo que sentí fue algo que no esperaba sentir.

Todo comenzó hace seis años, en la casa de campo de mis abuelos. Era agosto, hacía un calor espeso que pegaba desde temprano, y nos habíamos reunido casi veinte primos de distintas ramas de la familia para pasar el fin de semana. Ese tipo de reuniones que tienen de todo: asado, música, viejas discusiones de familia, y una energía que flota en el aire sin que nadie le ponga nombre.

Yo tenía veinte años. Rodrigo, mi primo de segundo grado, tenía veinticuatro. Habíamos crecido cerca a pesar de la distancia, y teníamos ese tipo de confianza que se construye a fuerza de veranos compartidos y silencios que no necesitan justificarse.

Esa mañana habíamos planificado ir al río. Las primas ya estaban listas desde hacía un buen rato y yo andaba rezagado porque me había quedado dormido tarde. Me metí al baño sin verificar si había alguien adentro. Era uno de esos baños antiguos de azulejos color crema, con una ducha separada por una cortina de plástico opaca que no llegaba al techo.

Rodrigo estaba del otro lado.

No dije nada. Él tampoco. Teníamos ese tipo de confianza. Me quité la ropa, entré y empecé a ducharme con el agua casi fría, pensando en el río y en nada más. Fue rápido lo que pasó después: Rodrigo corrió la cortina, sin apuro, y se acercó por detrás. Sentí el calor de su cuerpo mezclado con el vapor del agua, y luego el roce de su pelvis contra mi espalda. Deliberado. Lento. Inconfundible. Su verga estaba dura y me la apoyó justo en la raja del culo, sin disimulo, moviendo las caderas apenas dos veces para que no me quedaran dudas de lo que era ni de lo que quería. Sentí el bulto caliente marcándome la piel mojada, la punta gruesa buscando ubicarse contra mi entrada, y una de sus manos bajó y me tomó de la cadera con firmeza para mantenerme quieto contra él.

No lo rechacé. No dije nada. Me quedé quieto, como si el cuerpo supiera que moverse o hablar iba a romper algo que todavía no entendía. Sentí cómo su polla se deslizaba una vez más entre mis nalgas mojadas, lenta, casi como una promesa, y después el aire tibio de su respiración en mi nuca.

Rodrigo se retiró después de unos segundos. Cerró la cortina y salió del baño como si no hubiera pasado nada. Cuando yo salí, él estaba en el pasillo con una sonrisa completamente normal, de primo, de familia, de siempre. Esa tarde fuimos al río con todos. No volvimos a hablar de eso ese fin de semana.

Pero yo lo pensé muchas veces en los años que siguieron. Y cada vez que lo pensaba, en la ducha, en la cama, solo, se me ponía dura.

***

Seis años después, Rodrigo me mandó un mensaje avisando que venía a la ciudad por trabajo. Me preguntó si podía quedarse un par de noches en mi departamento. Le dije que sí sin pensarlo dos veces.

La primera noche la pasamos bien: cocinamos algo sencillo, tomamos un par de cervezas, pusimos música y hablamos durante horas. Rodrigo tenía esa forma de hablar de frente, sin rodeos, que siempre me había gustado. Me contó de un trabajo nuevo, de una relación que había terminado hace poco, de ganas de cambiar de ciudad. Yo lo escuchaba y sentía algo en el ambiente que no era exactamente incomodidad, pero tampoco era solo comodidad.

A medianoche le preparé el sofá cama del living, le dejé una toalla limpia y me fui a mi cuarto. Me costó dormirme. El departamento era chico y cualquier movimiento se escuchaba. Estuve un buen rato con los ojos abiertos y el techo blanco encima, diciéndome que no estaba esperando nada, que era tarde y debía dormir. Mentira. La tenía medio dura desde la cena.

Entonces se abrió la puerta.

Rodrigo entró sin encender la luz. Se sentó en el borde de mi cama sin decir nada. Yo tampoco dije nada. Nos quedamos así, en la oscuridad y el silencio, durante lo que me pareció un minuto muy largo.

—¿Estás despierto? —preguntó.

—Sí.

—¿Te acordás de lo de la casa de campo?

Me acordaba perfectamente. Pero esperé antes de responder.

—Sí —dije.

—Yo nunca lo olvidé —dijo con una calma que me desconcertó—. Vine con el pretexto del trabajo. Pero en realidad vine por esto.

No era una pregunta. Era una declaración dicha en voz baja y sin apuro, como si describiera algo que ya estaba acordado entre los dos aunque ninguno lo hubiera dicho nunca.

Me senté en la cama. Podía distinguir apenas su silueta en la oscuridad. Él no avanzó, no insistió. Se quedó quieto, esperando. Eso fue lo que más me sorprendió: que me dejara el espacio para decidir.

—¿Qué querés? —le pregunté.

—Cogerte —respondió—. Esta noche te voy a coger como quise cogerte hace seis años en esa ducha.

Nunca había estado con un hombre. Lo había pensado, de la manera oblicua en que uno piensa cosas que no termina de permitirse. Pero nunca había cruzado esa línea. Sentado ahí, en mi propio cuarto, con Rodrigo a un metro de distancia, entendí que el miedo que sentía no era a algo que no quería. Era a algo que sí quería, y que por primera vez estaba justo enfrente.

—Está bien —dije.

Rodrigo encendió la lámpara pequeña del escritorio. Prefería vernos, explicó. Yo asentí, aunque sentí que el corazón me latía más fuerte de lo normal.

***

Lo primero que hizo fue acercarse despacio y tomarme de la mandíbula con una mano. No con brusquedad, sino con una firmeza que no pedía permiso. Me miró unos segundos directo a los ojos, como evaluando algo que solo él podía ver. Después me besó.

Fue un beso largo y directo que me vació la cabeza de todo lo que no era ese momento. Me metió la lengua hasta el fondo, me chupó el labio de abajo, me mordió apenas, y con la otra mano me agarró por la nuca para que no me moviera. Yo sentía la respiración caliente y la barba corta raspándome. Cuando su mano libre bajó por debajo de la remera y me apretó una tetilla entre los dedos, se me escapó un jadeo dentro de su boca.

Me sacó la remera. Después me bajó el bóxer de un tirón. Yo ya la tenía durísima, apuntando al techo, con la punta brillando, y él me la agarró con la mano seca y me la apretó fuerte, evaluándome. Me pasó el pulgar por la punta, embarrándose el dedo con el líquido que me estaba saliendo, y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.

—Rica —dijo.

Bajó por mi cuello, por mi pecho. Se paró un momento en cada tetilla, chupando, mordiendo apenas, hasta que las tuve rojas y sensibles. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía sin apuro. Aprendí rápido que rendirme era mucho más fácil que pensar, y que dejar de pensar era justo lo que necesitaba. Cuando llegó a mi entrepierna me mamó la polla entera de una, sin pausa, hasta el fondo. Sentí la garganta apretándome la punta y las manos se me fueron solas a su pelo. Me la chupó despacio, subiendo y bajando, con la lengua trabajando la parte de abajo, hasta que casi me hace acabar en dos minutos. Se dio cuenta y paró justo antes, dejándome jadeando, con la verga latiéndome contra el estómago.

—Todavía no —dijo—. Faltan cosas.

Se paró y se sacó la ropa él. Cuando vi lo que tenía entre las piernas entendí por qué se movía con esa seguridad. Rodrigo era un hombre que sabía perfectamente lo que ofrecía: una polla gruesa, larga, de venas marcadas, la cabeza morada y brillante, ya goteando. Lo quise sin haberlo decidido conscientemente. Se me hizo agua la boca de solo mirarla.

Me arrodillé sin que nadie me lo pidiera.

—Bien —dijo, y esa sola palabra me produjo una descarga en el pecho que no supe cómo clasificar.

Lo tomé despacio al principio, con la lengua primero, lamiendo desde los huevos hasta la punta como si estuviera midiéndomela. Le pasé la lengua por el frenillo, chupé la cabeza gorda entre los labios y sentí el gusto salado del líquido preseminal en el paladar. Después me la metí. Al principio solo la mitad, ajustándome a la vara, ahogándome un poco cuando llegaba a cierta profundidad. Rodrigo ponía una mano sobre mi cabeza pero sin forzar, acompañando. Guiando. Cada tanto decía algo en voz baja, algo que no era exactamente un cumplido pero que funcionaba mejor que cualquier cumplido.

—Así —decía—. Sigue así. Toda adentro. Aprendé a mamármela bien.

Y yo seguía. Bajaba hasta que la punta me tocaba el fondo de la garganta y las arcadas me hacían llorar los ojos. Él me sostenía ahí un segundo más, sintiendo cómo me tragaba entera, y después me dejaba subir a tomar aire. Le chupé los huevos uno por uno, se los pasé por la lengua como caramelos, mientras con la mano le hacía una paja lenta desde la base. Cuando volvía a tragármela él dejaba escapar un gemido ronco y me tiraba un poco del pelo, y esa era la señal de que estaba haciéndolo bien. Se me caía la baba por la barbilla, tenía la boca abierta, y me estaba gustando de una manera que hace un rato hubiera negado.

—Basta —dijo al final, sacándomela de la boca con la mano—. Si seguís así me acabo en tu cara y todavía no te cogí.

Me tiró de los brazos y me subió a la cama. Me giró de espaldas a él y me puso en cuatro, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Me abrió las nalgas con las dos manos y me quedé quieto, sintiendo el aire frío ahí, sabiendo lo que venía. Cuando me pasó la lengua por el ojete la primera vez pegué un salto que no pude controlar. Nadie me había hecho nunca eso. Rodrigo me sostuvo firme de las caderas y volvió, esta vez sin pausa, chupándome, metiéndome la lengua adentro, dejándome mojado, abriendo con la punta de la lengua. Yo mordía la almohada y gemía como no había gemido en la vida.

Cuando me puso de rodillas sobre la cama supe lo que venía. Estaba nervioso: esa clase de nerviosismo que no es miedo sino anticipación pura, que te tensa los hombros y te acelera la respiración antes de que haya pasado nada todavía.

Rodrigo no fue apresurado. Eso no lo esperaba. Pensé que sería algo brusco, directo, y en cambio fue cuidadoso y metódico: preparó el terreno sin que yo tuviera que pedírselo ni decirle nada. Sacó lubricante del bolsillo del pantalón —lo había traído, había venido preparado— y se echó una buena cantidad en los dedos. Me metió uno, despacio, entrando hasta los nudillos, moviéndolo en círculo hasta que me relajé. Después dos. La escozor fue evidente, pero él sabía moverlos, buscar adentro, y en algún momento me tocó un punto que me hizo gemir fuerte contra la almohada. Se rió apenas.

—Ahí lo tenés —dijo—. Ese es el que quería.

Me pregunté, fugazmente, si lo había hecho antes con alguien más.

Después dejé de preguntarme cosas.

Cuando entró fue con un movimiento que combinaba velocidad y peso de una manera que no pude anticipar. Sentí la cabeza gorda forzando la entrada, abriéndome, y después toda la vara hundiéndose hasta las pelotas. El dolor fue real: agudo, nítido, imposible de ignorar. Se me escapó un sonido que no había planeado, entre gemido y quejido. Rodrigo no siguió del todo pero tampoco se retiró: se quedó quieto, adentro, con una mano firme sobre mi cadera, esperando. Yo sentía cada centímetro de su polla estirándome por dentro, latiéndome, y él respiraba pesado apoyado contra mi espalda.

—Respira —dijo—. Aflojá. Estás muy apretado.

Respiré.

El dolor cedió. En su lugar apareció algo distinto: una presencia densa, una sensación de estar completamente ocupado por algo externo que sin embargo encajaba de una manera que no supe cómo describir. Me escuché emitir un sonido que nunca había hecho antes, largo y grave, cuando él empezó a retirarse apenas y a volver a hundirse.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dije.

Y empezó a moverse.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Hubo un punto en que dejé de observar lo que estaba pasando y me convertí en parte de ello. Rodrigo cambiaba el ritmo, la fuerza y el ángulo con una precisión que me hacía pensar que estaba leyendo señales en mi cuerpo que yo mismo no había registrado nunca. Empujaba fuerte cuando yo lo necesitaba y aflojaba justo antes de que fuera demasiado. Cada estocada me sacaba un gemido de la garganta. La cama crujía. Se oía el ruido húmedo de sus pelotas golpeándome el culo cada vez que se hundía hasta el fondo, y ese sonido era casi peor que el propio placer, porque me hacía imposible ignorar lo que estaba pasando.

Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás para hablarme al oído sin dejar de embestirme.

—Mirá cómo apretás mi verga —me dijo con la voz ronca—. La estás chupando entera con el culo. Sabía que ibas a coger así.

Me metió dos dedos en la boca y yo se los chupé como si fueran su polla, mientras él me seguía cogiendo desde atrás con envestidas más fuertes. Se los dejé embarrados de saliva y él los sacó y con esa misma mano me agarró la verga durísima y me empezó a hacer una paja al mismo ritmo de sus embestidas. Yo pensé que me iba a acabar en tres segundos y se lo dije, medio balbuceando, con la cara aplastada contra la almohada.

—Aguantá —me ordenó—. Vos te venís cuando yo te diga.

Me soltó la polla y me clavó las uñas en la cadera para embestirme más profundo.

En algún momento me hizo hablar. No como una orden, sino como una invitación que no se podía declinar. Me preguntó si me gustaba tener su polla adentro. Le dije que sí. Me preguntó si quería que le acabara adentro. Le dije que sí. Me preguntó si era su puta esa noche.

Le dije que sí, que sí, que sí.

—Dilo bien —dijo con voz ronca—. Todo entero.

—Soy tu puta —dije—. Cogeme como quieras. Soy tuyo.

Y lo decía en serio.

Hay algo que pasa cuando cedes el control de esa manera: la mente se apaga y queda solo el cuerpo, y el cuerpo sabe exactamente lo que quiere aunque la mente haya pasado años evitándolo. Yo estaba moviéndome al ritmo de sus embestidas sin haberlo decidido, empujando el culo hacia atrás para que me la clavara más profundo, decía cosas que en otro contexto no hubiera dicho nunca, y me descubrí disfrutándolo de una forma que me desconcertó y me liberó al mismo tiempo.

Rodrigo me giró boca arriba en algún momento. Me tomó de los tobillos, me los levantó sobre sus hombros y entró de nuevo desde ese ángulo. Fue diferente: más profundo, más directo, y produjo en mí algo que no tengo una palabra justa para describir. Era dolor y placer al mismo tiempo, apilados, mezclados, imposibles de separar. La polla me daba en un punto que me nublaba la vista cada vez que él empujaba, y yo me la agarré y empecé a hacerme una paja mirándolo a los ojos. Él sonrió apenas y me embistió más fuerte.

—Así, dale, tocate la verga mientras te cojo —dijo.

Me tomó del cuello con la mano libre, no para ahogar sino para anclar, apretando apenas los costados, y eso fue lo que más me hizo perder el hilo de todo. Yo veía cómo su polla entraba y salía de mí, brillante de lubricante, y veía el estómago tenso de él, los músculos del abdomen contrayéndose con cada estocada, y no podía creer que estuviera pasando.

—No pares —le dije, y me sorprendí escuchándome.

—No voy a parar —respondió—. Te voy a llenar hasta que te chorree.

Y no paró. Se inclinó sobre mí, plegándome en dos, y me embistió sin control durante lo que me pareció una eternidad. Le clavé las uñas en la espalda. Le mordí el hombro. Sentía la corrida subiéndome sin que la pudiera contener y le dije que ya no aguantaba más, que me venía. Él me agarró la polla firme con la mano y me empezó a hacer la paja al ritmo con el que me la estaba clavando.

—Ahora sí —me dijo—. Vení para mí.

Me acabé con un gemido que me salió del fondo del pecho. La corrida me saltó a chorros gruesos sobre el estómago, en el pecho, hasta el cuello. El culo se me apretó alrededor de su polla como un puño y él dejó escapar un gruñido cuando lo sintió estrangularlo.

Cuando llegó al límite me avisó con pocas palabras. Me preguntó si podía quedarse adentro. No lo dudé: lo quería adentro, quería sentir su semen ahí, quería esa última cosa también, ese final que sellara todo lo que había pasado esa noche en mi cuarto sin pedir permiso.

—Adentro —le dije—. Acabame adentro.

Rodrigo me embistió tres, cuatro veces más, fuerte, hasta el fondo, y después se quedó clavado apretándome las caderas contra su pelvis. Lo sentí latir dentro mío. Sentí cada chorro de corrida disparándose contra mi próstata, calentito, espeso, llenándome. Contó como cinco o seis pulsaciones, cada una acompañada por un gemido suyo bajo y ronco. Se quedó adentro hasta el final, sin retirarse ni un centímetro, hasta que la vara se le empezó a aflojar dentro mío y aun así se quedó un rato más, como si no quisiera romper el sello.

Cuando por fin salió, salió despacio. Sentí el hilo tibio del semen escurriéndome por la raja del culo hasta la sábana. Él se quedó mirando eso un segundo, con una media sonrisa, y me pasó un dedo por ahí, embarrándose la yema, y me lo llevó a los labios. Se lo chupé sin pensarlo. Me miró como diciendo "así me gusta" y no dijo nada.

Lo que siguió fue una calidez que empezó en algún punto interior y se fue expandiendo despacio. Me quedé quieto. Él también. El silencio duró bastante y ninguno de los dos lo interrumpió.

***

Después nos quedamos acostados sin hablar. El techo de mi cuarto es blanco y liso y lo miramos los dos durante un tiempo que no medí. Rodrigo tenía un brazo cruzado sobre el pecho y respiraba de a poco. Yo tenía las manos sobre el estómago, todavía pegajoso de mi propia corrida, y me sentía extrañamente en calma, como después de una tormenta que esperaste demasiado tiempo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije—. Estoy bien.

Era verdad. Era una de esas raras veces en que la respuesta automática y la respuesta real coinciden exactamente.

Rodrigo volvió a su cama del living cerca de las tres de la mañana. Antes de salir del cuarto se dio vuelta en la puerta y me miró un segundo desde el umbral.

—Gracias —dijo. Solo eso.

Yo no supe qué responder, así que no dije nada. Cuando cerró la puerta me quedé mirando el techo todavía un buen rato, sintiendo su semen todavía dentro mío.

A la mañana siguiente desayunamos juntos como si nada. No es que fingimos: simplemente lo dejamos donde había quedado. Rodrigo se fue esa tarde con su valija y un abrazo de siempre. Antes de subirse al taxi me miró una vez más con esos ojos quietos y directos que tenía, y asintió apenas.

Yo también asentí.

Desde esa noche no he vuelto a estar con un hombre. No porque no quiera, sino porque todavía no he encontrado a nadie que me haga querer cruzar esa línea de nuevo con las mismas ganas. Y sé, con una claridad que no tenía antes de esa noche, que cuando aparezca lo voy a reconocer sin ninguna duda.

Rodrigo me enseñó eso: que el cuerpo sabe antes que la mente, y que a veces la confesión más honesta es la que uno se hace a sí mismo en la oscuridad de su propio cuarto, con las piernas todavía abiertas.

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Comentarios(8)

NicoBA_85

Tremendo!!! me dejo sin palabras

Carlita_BA

Por favor necesito una segunda parte!! no lo podes dejar asi jaja

SabrinaC_MZA

Me gusto mucho como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Sigue escribiendo

PabloKross

De los mejores relatos que lei aca en mucho tiempo. Gracias por animarte a contarlo

fercho_lee

La tension del momento esta tan bien descripta... uno casi siente que esta ahi

DieguiSalta

Muy buena historia, de esas que te hacen pensar. No es facil escribir algo asi con tanta honestidad y que quede tan creible. Desde Salta, saludos!!

LectorzuelaMdp

Buenisimo!! me lo lei de un tiron

Mili_lectora

Esas confesiones que te erizan la piel... de diez puntos

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